viernes, enero 06, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 10

Viene de aquí.

Carrera turística

En nuestra memoria reciente estaban los elfos y los gnomos cuando llegamos al parque Boston Common. Algunas personas acercaban sus dedos desnudos a las ardillas para alimentarlas con maní y nueces. Nosotras aprovechábamos el espectáculo gratuito para fotografiarles. ¿A las ardillas o a los turistas? Ya no recuerdo.

Harvard, MIT, casas de estudiantes, iglesia, viento helado soplando, se hace tarde.

Un fin de semana es demasiado corto para llevarse una impresión completa de Boston. Tal vez los vasos desechables y biodegradables, hechos a base de maíz, los microcafés de diez dólares, los señores de barbas blancas bailando en el Boston Common, el agua que una vez supo a té y los barcos que navegan en ella sean mejores postales del temperamento de esta ciudad, yo sólo sé que estoy muy dispuesta a repetir el placer de visitarla.

jueves, enero 05, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 9


Michael vive entre hadas

Era domingo cuando Lina y yo empacamos, después de discutir quién se llevaría la crema y quién el champú con olor a mandarina incluidos en el conjunto de aseo personal proporcionado por el hotel. Todavía hacía frío cuando ella y Ryan se abrazaron despidiéndose antes de que él tomara su bus de regreso a Nueva York.

Brunch, esa es otra palabra que me gusta y que sólo se materializa cuando estás en su presencia.

Si te levantas tarde y quieres ahorrar plata en Boston, tu mejor opción es visitar un salón donde sirven brunches. Esa cruza entre desayuno y almuerzo es magnífica para cualquier goloso. Jugo de naranja, huevos mezclados con espinacas u otro vegetal, pan en cantidades abundantes, mermeladas, mantequilla, todo lo que un organismo hambriento y con resaca necesita y desea. Después de un brunch sólo a eso de las cuatro de la tarde recuerdas que comer es una necesidad natural.

Caminar, de nuevo. Newbury es la calle turística que te lleva a esa tienda irreal. Vas buscando un modo de acelerar la digestión cuando la arquitectura británica te hace creer que en todas esas casas perfectamente conservadas vive un hada, sin embargo vez gente de lo más normal saliendo, cada tanto, de ellas. Luego es que ocurre la revelación.

Una niña hecha completamente de yeso, con su mirada perdida en una dimensión paralela, con sus alas orgullosas en alto yace junto al camino que te conduce a esa casa donde sí viven las hadas, así, en plural.

Michael es un hombre de rasgos italianos y candor femenino. Quizás sea así porque desde hace años vive entre diosas: estrellas de rock, protagonistas de cuentos infantiles o turistas trasnochadas que llegan a mostrarle páginas en Internet, donde se pueden ver imágenes exquisitas, lo han impregnado con una esencia tan fuerte como dulce que se aleja de lo empalagoso. Las colecciona. Nos colecciona. La tienda que administra Michael es un rincón que merece repeticiones, una esquina a la que se desea volver sin haberla dejado.

A él tendría que agradecerle la confianza que me inspiró para hablar en una lengua extranjera sin preocuparme por los tropiezos típicos del aprendizaje. Y ya que estoy también podría darle las gracias por las fotos y el abrazo.

miércoles, enero 04, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 8

Viene de aquí.

Tipsy, I like that word

No saber nunca qué peinado usar, ni mucho menos qué maquillaje o qué atuendo llevar parecen ser mi firma cuando debo poner en práctica mis habilidades sociales, por eso sólo me lavé los dientes y esperé a que Lina completara su ritual previo a la salida.

“Yes” era la sílaba mágica que tenía que pronunciar para ir de un lugar a otro, por ejemplo del hotel a la casa de Philippe. 

Caminamos. En Boston caminábamos de noche sin preocuparnos por las distancias pues a casi todos los lugares era posible llegar usando un par de zapatos cómodos. No sabía qué esperar, más bien no esperaba nada cuando salió este muchacho de sonrisa amplia y modales depurados. Era lindo, mucho, a Lina y a mí nos gustó al verlo. No sé cuándo se nos unió otra persona, mujer, y tampoco recuerdo cómo llegamos al primero de los bares donde varios estudiantes veían en pantallas gigantes un partido de algún deporte de equipo.

Ryan me preguntó qué quería tomar y protestó cuando respondí “a soda”. Yo, tan arisca con los licores, cambié de opinión para tomar un Cuba Libre. Ese ambiente, esa rumba tan puritana, me gustaba por eso sentí que algo no encajaba cuando tuve que apurarme para abandonar sobre una mesa el vaso de trago aún lleno. Íbamos a otro bar.

Aves pequeñas de maíz inflado como pasabocas y cerveza con una rodaja de naranja eran los objetos que se veían sobre la mesa. Las frases, las carcajadas y recibir cambio de un billete de cincuenta dólares, que creías perdido en la siguiente ronda, ilustran sólo parcialmente la diversión que se hace posible cuando te sientes tan nativa en suelo extranjero.

Volver al hogar, al temporal, al calentito y limpio, volver a pie para que el viento frío y delicado te devuelva un poco la lucidez que perdiste con tanto gusto. Aprender el significado de la palabra “tipsy” en el camino, con la experiencia viva y risueña.

martes, enero 03, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 7

Viene de aquí.

Y entonces vino el frío

Tener tiempo para perderte a propósito y luego encontrarte hace parte de las vacaciones, no importa si te vas durante quince días o sólo te escapas el fin de semana. Entonces jugamos a seguir la punta de nuestros pies y a admirar el metro de Boston con sus vagones brillantes, impecables, llenos de sillas acojinadas y adornados con guías vivos uniformados elegantemente.

Ya en el campus de Harvard comprobamos que la magia se pierde cuando estás bajo la lluvia insistente, mientras el frío constante te acecha y pasas cerca de un grupo que toca música andina en alguna esquina. Los zapatos mojados te recuerdan que a esa universidad rimbombante también la afectan las leyes de la física. La irritabilidad de las manos desensibilizadas te devuelve la consciencia de lo maravillosas que son las siestas.

De regreso en esa cama doble, mullida y vestida de blanco, nos sumergimos en sueños profundos, aparentemente ausentes de imágenes surrealistas, preparándonos para lo que sería el recorrido nocturno.

lunes, enero 02, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 6

Viene de aquí.

MIT, Cheers, Quincy Market

En algún punto le había dicho a Lina que seguramente Ryan tenía amigas que estudiaran en Harvard o al menos en el MIT, esas universidades que desde el sur parecen irreales, inalcanzables e incluso inasibles y sí, tuve razón. 

Más tarde cuando hablábamos en el tren y cruzábamos el agua llena de barcos, él nos contaba de ellas, de sus amigas con apariencia nórdica que estudiaban en la famosa institución identificada por tres letras. Las vimos por única vez en el mercado de nombre esquivo y hablamos con ellas cinco minutos a lo sumo. La diferencia entre turistas – ¿o viajeros? – y residentes es de carácter temporal: mientras los primeros recorren precipitados los lugares que creen importantes, los segundos andan por ahí como si tuvieran la vida entera para dedicar un día entero a cada monumento. A las amigas de Ryan no les atraía la idea de vagar por los pasillos flanqueados de puestos de comida dulce y salada, siempre limpios y ordenados, así que identificaron el sitio donde querían comprar sus alimentos, entretanto me sorprendía la posibilidad de probar un sándwich de langosta.

Hambre, creo que teníamos mucha hambre porque recuerdo que pronto nos sentamos a comer en alguna barra en ese sábado que había convocado a tanta gente en ese espacio. Luego vinieron algunas fotos con ángulos rebuscados y sonrisas verdaderas.

Ahí estaba la réplica de ese bar, ese al que no entré, ese igual a donde se grababa Cheers, un sitcom gringo que tal vez vi un par de veces siendo niña; lo supe por la cantidad de clichés ambulantes que se detenían con sus gestos refritos para ser fotografiados digitalmente. Sin embargo lo que más me sorprendió fue la honestidad, o lo que me pareció honestidad.

Ese mapita que Ryan nos había dado y que nos serviría para ubicarnos mientras él estaba con sus amigas de colores claros, permanecía solitario en un estante de una tienda de recuerdos que visitamos con Lina, una en la que sí hicimos compras, compras que nos hicieron olvidar su presencia hasta que decidimos que no queríamos una foto en Cheers. Desandamos los pasos previos y volvimos ansiosas para comprobar que nadie lo había tocado, como nadie toca los lápices que dejas en las mesas de la Biblioteca Pública de Nueva York cuando te levantas para ir al baño.

Sigue aquí.

viernes, diciembre 30, 2011

No todo puede ser New York: Boston - 5

Viene de aquí.

Hola, cubrelecho de plumas

Dos eran las camas dobles y amplia la ventana, cercana a la que dormía Ryan. El sitio estaba impecable debido al orden - ¿compulsivo? – que rodea a este hombre. Deshicimos los bolsos y comenzamos a planear nuestro recorrido.

Ryan nos entregó un mapa pequeño de la ciudad, sacado de algún folleto turístico. Nos habló de un espectáculo de hombres azules que vería más tarde con sus amigos, oriundos de California como él, y de la posibilidad de jugar bowling más tarde. Sí, sí, sí, a todo decía yo que sí, algo que tenía un poco sorprendida a Lina, pero sí, yo quería decirle que sí a todo para aprehender tanto de Boston como fuera posible.

Al salir del hotel Ryan nos llevó, usando el gps de su teléfono, hasta una estación para tomar un tren que nos llevaría al Quincy Market, ese lugar que no siempre recuerdo por su nombre pero sí por lo que ocurre dentro de él.

jueves, diciembre 29, 2011

No todo puede ser New York: Boston - 4

Viene de aquí.

You’re thinking, not dreaming

Fuimos caminando hasta el hotel, en donde se confirmarían nuestras sospechas: como mochileras éramos un fraude. Lina ya me había dicho que el hotel donde nos alojaríamos era uno de cuatro estrellas. Días antes Ryan le había pasado la dirección a Lina, así, sin aspavientos ni títulos, una calle, un número y nada más. Ella, con sus costumbres locales adoptadas, lo escaneó con el buscador colorido y encontró el nombre de la famosa cadena, sin embargo nos resistíamos a creerlo. Sólo hasta llegar al edificio inmenso, con varias puertas de entrada, todas anchas y hechas de vidrio, nos convencimos de nuestra buena suerte.

Cruzar un lobby de un hotel gigantesco, casi famoso e ir directamente a los ascensores me pareció un poco criminal, malicioso, era como si ese hombre de corta estatura que tenía la deseada nacionalidad, estuviera metiendo, a escondidas y a la vista de todos, a un par de latinas a su habitación para que lo favorecieran sexualmente. Sí, exagero, lo sé, lo hago adrede pero ideas así estaban en mi cabeza en ese momento. En mi minúscula experiencia para poder quedarse en un sitio así primero hay que registrarse y declarar todos los detalles que sueles dar en primeras citas.

Sigue aquí.