sábado, enero 21, 2017

Cómo tener una lavanda feliz

En varias ocasiones las personas que han llevado a su casa y a sus vidas una planta de lavanda me escriben pidiéndome consejos para cuidarlas. Aprovechando que ya sé cuáles son algunas de las preguntas más frecuentes las agrupo en este texto junto a las respuestas que doy, aunque aclaro que no soy ninguna experta, sólo alguien que lleva algún tiempo aprendiendo por ensayo y error y consultando a quienes saben del tema más que yo.

¡Socorro!, a mi lavanda le salieron unos bichos, ¿qué hago?

Si los bichos son unos insectos leves, diminutos y blancos son esos conocidos como palomillas, inofensivos para las plantas. Los he visto vivir sobre varias plantas aromáticas y sobre el geranio de olor sin dañarlas. Si son verdes y regordetes es muy probable que sean piojos, pero la lavanda sabe cómo defenderse de ellos. Los piojos prefieren estar alrededor de las flores, incluidos los botones, así que la única molestia que pueden causar es que termines comiéndote alguno si preparas una infusión con una flor de la planta afectada.

Otra molestia común, que la lavanda comparte con las plantas en general, es la presencia de mosquitos, de los comunes, no de los que chupan sangre. Si, como yo, has quitado las hojas secas y las has dejado encima de la tierra, en lugar de usarlas para hacer abono, es posible que huevos de mosquitos las usen como guardería, el resultado es un enjambre pequeño, inofensivo pero de aspecto desagradable alrededor de tu planta.

La solución es quitar las hojas secas y remover la tierra. El riego puede hacerse de forma menos frecuente o abundante, pero recordando que la prioridad es la salud de la planta.

El consejo general que doy cuando me hacen preguntas sobre esta preocupación es guardar la calma, poner la planta cerca de una ventana, abrirla y animar al elemental de la planta afectada para que llame a los insectos necesarios para que la defiendan de la plaga. Así suene a patraña, funciona. En este momento mi lavanda tiene mosquitos pero los piojos desaparecieron. Repito, no soy experta, tampoco soy entomóloga, pero desde lo que sé pareciera como si los mosquitos se hubiesen comido
a los piojos. Preferiría que hubiesen venido mariquitas / vaquitas de San Antonio al rescate, pero eso fue lo que mi planta convocó, por lo que respeto su decisión, al menos cuando me aguanto las ganas de matar unos cuantos mosquitos o cuando no dejo un recipiente con agua sobre la tierra para que se suiciden. El que uso es una copa blanca de plástico, después de un tiempo veo algunos cuerpos oscuros inertes flotando en la superficie del agua.

Si matar mosquitos con los dedos o con agua te parece cruel y asqueroso, puedes comprar un insecticida hecho a base de cebolla y productos naturales por una empresa de discapacitados de las Fuerzas Militares (de Colombia) a los que encuentras llamando al 310 679 1311 y por WS en el 315 809 6878. Mi mamá ha usado algún producto de ellos y ha quedado satisfecha con el resultado.

Mi lavanda está grande, hermosa y fuerte. Quiero trasplantarla. Además de pedirle permiso a su elemental, ¿qué debo hacer?, ¿necesita abono especial?

La primera vez que mi lavanda fue trasplantada no tuve voz ni voto para opinar. Mi mamá lo hizo mientras estaba de viaje así que no he tenido el gusto de vivir esa experiencia, pero ya lo haré. La mía hoy está enorme. Sea como fuere lo que sé, por procedimientos de transplante anteriores hechos con otras especies es que agradecen el abono que se hace en casa con cáscaras de vegetales y cáscaras de huevo que resulta de preparar comidas.

Algunas fuentes dicen que al abono hay que mezclarlo cada tanto, dejarlo respirar y sacarle los líquidos que va soltando. Yo, así los expertos expertísimos se agarren la cabeza con las manos, no he hecho nada de eso. He metido las cáscaras en un tarro, lo he tapado, me he olvidado de él durante meses, le he dado una que otra vuelta perezosa, lo he olisqueado y cuando tiene aroma a caca / popó, o como le digan en su región al excremento, lo he usado. La conejilla de indias fue una variedad de mentha suaveolens, conocida en Europa como menta manzana. En poco más de dos meses pasó de tener tres ramitas a estar como se ve en las fotos.

Esta niña vive al lado de una ventana y la rama larga es sostenida por el vidrio, por eso se ve así.

Vista desde la rama larguísima.

Así que volviendo a la pregunta se puede usar tierra con cascarilla de arroz o tierra negra con abono casero. Para evitar un poco la molestia de los mosquitos prefiero usar el abono en el fondo de la maceta y luego relleno con tierra común.

Si, como yo usas cristales como la amatista, el jade o el ágata para potenciar la energía de las plantas, es importante sacarlos antes de cambiarlas de matera y semienterrarlos en el recipiente nuevo una vez has terminado el proceso.

Y ya que hablaste de abono, ¿qué hago con las pastillas que me diste con mi lavanda?

Las pastillas que uso están hechas a base de fósforo, nitrógeno y potasio. Se usan para que las plantas apreciadas por sus flores tengan alimento para seguir ese proceso, pues pedirle a una planta que florezca sin alimentarla es como pedirte a ti que des lo mejor de tu ser viviendo a dieta de jugo y más jugo. Las plantas necesitan amor y alimento, además de agua.

Mi lavanda ya floreció y en tu libro (el que entrego junto a la lavanda) dices que debo cortarle las flores después de que florezca. ¿Cómo sé cuándo cortarlas?, ¿dónde hago el corte?

Yo corto las flores de la mía cuando los tallos empiezan a tener un color grisáceo o pardo. El corte lo hago en sesgo, en diagonal cerca a la base, donde las hojas se abren en dos para dar paso a la flor.

¿Cuánta agua debo ponerle?

Eso depende de la variedad de lavanda que tengas. Las que conozco de cerca son la dentata y la angustifolia. La angustifolia necesita ser regada casi a diario en épocas calurosas y un poco menos en épocas más frescas. La angustifolia, por el contrario, necesita menos agua, así que basta con humedecerle bien la tierra y esperar hasta que se ve seca para volverla a regar. La observación, sin embargo no sobra, pues es una herramienta indispensable para aprender a conocer las necesidades específicas de cada especie. Esto aplica para todas las plantas.

Mi lavanda tiene unas ramas como caídas, ¿qué será?, ¿qué hago?

Si es dentata es posible que esté pasando frío o soledad. En ese caso es mejor llevarla a un sitio cerrado o, al menos, bajo techo para que se sienta abrigada y protegida. También conviene analizar si ha pasado mucho tiempo sin compañía humana, pues he visto que necesitan atención y miradas amorosas. Con la variedad angustifolia no tengo tanta experiencia pero la razón podría ser falta de agua, ya que es más resistente al frío, lo que tiene sentido si se considera que es conocida como lavanda inglesa, una geografía conocida por el clima lluvioso y las temperaturas bajas.

Esto resume los conocimientos técnicos que he acumulado aplicables al cuidado de la lavanda y al de otras plantas. Si tienes alguna pregunta que no está aquí puedes enviármela a través de mi página de facebook.

miércoles, enero 18, 2017

Cómo conocí la lavanda

La lavanda para mí era un nombre, una ilustración, un olor sintético antes de que la viera en vivo.

Aunque me gustaría poder decir que la primera vez que vi una planta viva de lavanda fue mágica, estática y maravillosa lo cierto es que su espíritu es tan sutil que tuve que pasar a su lado varias veces antes de ser consciente de su presencia. Me parece que fue en una primavera austral, en un patio grande, muy abierto, cuando una de sus flores logró llamar mi atención.

Mi suegra del momento le pidió a su hija que cortara una flor y la pusiera debajo de la almohada de su nieto bebé. Decía ella que eso le ayudaría a dormir mejor. Luego vi la flor de color lila pálido en la mano de la que era mi cuñada y luego cambiamos de tema.

El tiempo pasó y en un viaje de un día a una ciudad que me cautivaba con sus historias de castillos y alquimia volví a verla. De un modo más cercano pero también fugaz. Mi pareja de la misma época, quiso hacer un plano cerrado de una abeja visitando flores. En ese momento estaba más interesada en la similitud que hay entre las palabras “marisquería” y “whiskería”, por lo que no le presté mucha atención al jardín. Luego guardé las fotos de ese día, las que tomó él y las que tomé yo, y sólo volvería a observarlas, con ojos de botánica aficionada, años después.

Aquí entra en escena Mick Jagger


Habían pasado varios años desde que había dejado el paisito. Resignada, me acostumbré a la falta de estaciones y aprendí a identificar el momento aproximado del año en el que empieza la cosecha urbana de cerezas. Pero nunca dejé de observar los jardines anhelando encontrar una lavanda. No sé cómo sabía que la reconocería pero lo sabía. No era experta, tampoco ahora, sólo sé que algo me decía que cuando la encontrara sabría que era ella.

Muchas veces recordé la lavanda viendo una planta ornamental, también de flores en espiga y tonos violáceos, en los jardines bogotanos, pero aunque bella no era ella. Sus hojas son más oscuras, más duras y nada aromáticas, al menos no para la sensibilidad de mi nariz. Pasaron años hasta que la encontré a la vuelta de mi casa.

Mi mejor amigo estaba por venir a la ciudad para ir al concierto de los Rolling Stones, por lo que me había pedido que lo dejara quedar en mi habitación de huéspedes. Agradecida con la oportunidad de salir de mi zona cómoda, así fuera sólo por unos días, me metí en el papel de la anfitriona ejemplar.
Fui a buscar pan para el desayuno de ambos y de camino pasé por una tienda pequeña en la que venden plantas, tierra, macetas, pero que no acabo de llamar vivero porque también venden jabones para la buena suerte, incienso, billetes de lotería y además reciben el pago de servicios públicos. Ella, la planta de lavanda que tengo en casa, estaba en la puerta, luciéndose, coqueteándome. Pasé a su lado y sentí un sobresalto.

Compré el pan y me quedé pensando en ella. No lo creía posible. Era demasiado fácil y demasiado conveniente. La lavanda no es nativa de América ni mucho menos de Colombia, pero qué importaba, ya estaba hipnotizada por su presencia. Me devolví a esa tienda a la apenas había entrado un par de veces a comprar tierra para otras plantas.

Pregunté cómo se llamaba y la dueña del negocio dijo que era una citronela. Evité contradecirla, tampoco estaba segura de mi hallazgo. Pregunté cómo se cuidaba y el precio. La pagué y me la llevé. No podía creerlo. Tenía una lavanda y la había encontrado en el barrio vecino al mío.

Llegué, busqué en internet y confirmé que las plantas que suelen ser llamadas citronelas tienen un aspecto muy distinto, incluido un tipo de geranio que también tiene su parte en esta historia.
Comparé el olor de mi planta con el de unas flores secas que me había traído de España una amiga y con otras que compré en Berlín, envié correos con fotos a amigos interesados en la lavanda y todos, sorprendidos, confirmaron mi hipótesis. Ellos fueron los primeros en pedir las suyas, que encargué a la señora de la tienda y luego repartí..

Los polvos de la verdad


Un amigo me dijo una vez que pareciera como si usara polvos de la verdad, un invento como los que le dan a James Bond para completar sus misiones. Según él tengo la capacidad de extraer información confidencial sin siquiera proponérmelo, y quizás sea así.

Un día, en un episodio que contaré en otra historia, necesité tierra para tratar de rescatar un esqueje de geranio y, como no tenía, me fui al negocio de la señora que me vendió la lavanda. Mientras estaba ahí y sin hacerle muchas preguntas, sino más bien contándole que mi planta estaba grande, hermosa y fuerte, me contó que quien se la había vendido había traído las semillas de México y las había germinado acá. No pregunté cómo se llamaba pero de todos modos me dio el nombre, tampoco quise saber en dónde la había comprado pero igual me lo dijo. Así encontré los datos de quien, sin proponérmelo, ahora es uno de mis maestros.

No hagas planes, la Divinidad se va a reír de ellos


En una visita no planeada a mi mamá, pues se había enfermado repentinamente, acordamos ir al mercado de plantas de Paloquemao. Estando allí busqué al hombre que me había mencionado la mujer de la tienda del barrio, hablé con él y terminé inventándome un negocio en el que yo también vendería plantas de lavanda pero agregando valor, pues los negocios de intermediaria simple, en los que compras barato para vender caro, no me llaman la atención. Entonces empezó la etapa de investigación.

Ya tenía identificada la variedad de lavanda que estaba cuidando desde hacía meses: Lavandula dentata, una de las conocidas como lavanda francesa. Seguí hurgando hasta entender las diferencias entre esta y otras como la stoechas y la angustifolia, antes conocida como officinalis. Observé cómo se comportaban sus hojas ante la falta de agua, revisé artículos de jardinería y libros que indicaban sus usos mágicos y las leyendas que hay en torno a la lavanda en general.

Recordé que el año anterior había encuadernado a mano y con tela unos libros que me habían pedido por encargo. Hice una edición expresamente para vender la lavanda con una tela linda que guardaba desde no sé hacía cuánto y empecé a ofrecerlas a través de mi página de facebook.

El comienzo fue tímido y hoy, todavía, es una actividad de movimientos lentos, pero como nunca hice planes para hacerme rica vendiendo plantas de lavanda no me importa. Autodenominarme la Señora de la lavanda y sentir que a través de mí esta plantita maravillosa llega a las casas de personas sensibles alegra mis días. Además es lindo recibir correos con preguntas de quienes han comprado alguna y quieren saber cómo pueden cuidarla mejor.

Si no me quieres mejor ni me mires


La lavanda, en general, es una planta muy sensible. Responde de forma casi instantánea al humor de quienes están cerca de ella. He visto que resiente la soledad, así tenga suficiente agua y luz, por lo que no le sobra un regaño o un llamado de atención cuando agacha las hojas de forma dramática. Poco después se la encuentra animada y erguida, como diciendo “gracias por reconocer mi presencia”.

Del carácter sensible de la lavanda también sé por la experiencia de una amiga dueña de un negocio, que dejó a la vista una plántula de lavanda inglesa y que, luego de ser admirada y tocada por un cliente, empezó a decaer hasta morir. Con esta variedad no tengo mucha experiencia, pero estoy en el proceso de aprender después de que mi maestro me ayudara a germinar algunas semillas que traje de Austria. Tengo una pequeña guardería de plantas bebés que algún día llegará a ser un matorral disperso en varias casas y fincas.

El mensaje del deva de la lavanda


Al espíritu que cuida una especie se le puede llamar elemental, deva, duende o como se quiera. A mí me gusta la palabra deva por lo que leí en Comunicación con los ángeles y con los devas*, un libro en el que Dorothy Maclean se refería con esta palabra a estos seres.

Al vivir al lado de la lavanda he aprendido que es una planta sutil, delicada e inspiradora, que me ayuda a valorar lo que tengo alrededor y a hacer los cambios que necesito, sin distraerme pensando en lo que no me hace falta. Esta planta ha traído gozo y sensibilidad a mi vida.

Hace semanas, cuando preparaba uno de los encuentros herbales en los que, junto a mi socia, transmitimos a otros el conocimiento que hemos acumulado en torno a las plantas, se me antojó meditar concentrándome en este ser etéreo. El texto que sigue es lo que percibí:

Limpio los ambientes, el espacio, los pensamientos de energías negativas y residuales.
Ayudo a los seres humanos a evolucionar con mi aroma, con mis rezos.
Limpio el corazón de las personas de energías negativas, por eso doy tranquilidad y calma.
Ayudo a dejar en el pasado lo que debe estar allí, por eso ayudo a valorar el presente, a dejar atrás el dolor y a tratar la depresión causada por los duelos.
Sentimos el amor de las personas, por eso somos tan sensibles. No nos gusta estar en casa de quienes no nos aprecian y preferimos estar al aire libre para crecer sin restricciones.
Amamos la luz, ADORAMOS la luz. Somos mediterráneas las lavandas. Nos llevamos bien con el romero, por eso nos gusta confundirnos con él aunque no somos tan resistentes. Él es más protector, más guardabosques.
Como todas las plantas usamos la energía de los pensamientos de los humanos para crecer y prosperar, por eso es tan importante que ustedes nos conozcan y nos respeten, y les enseñen a sus hijos desde niños la importancia de cuidarnos, así como lo hizo tu mamá contigo, porque cuando llegan a adultos sin saber éstas cosas es más difícil crear un cambio de consciencia.

Sí quizás esté chiflada, al fin y al cabo chiflado es sinónimo de herbolario, así que no creo estar tan lejos de mi camino verdadero.

*En este libro también hay un mensaje recibido del deva de la lavanda junto a otros provenientes de otras plantas.

La canción que me sirvió para sintonizarme con el mood que sentí antes de escribir este texto es Such great heights en la versión de Iron & Wine.

miércoles, enero 04, 2017

¿Cómo romper las creencias limitantes?

Lo primero que tengo que decir es que no uso una pregunta para titular este texto sólo para retar al lector, lo hago porque todavía no sé la respuesta, porque escribir es en este momento un ejercicio para acercarme a ella.

Vengo pensando en las creencias limitantes desde hace mucho, pero sólo hasta hace unos meses adopté este rótulo, después de escuchar una conferencia de Enric orbera. La verdad es que mucho antes, en 2013, cuando hospedé a un alemán que puso a prueba mi tolerancia, pasaron por la radio pública una entrevista que le hicieron a Martín Caparrós, uno de mis escritores predilectos. En ella contaba avances del que sería su próximo libro, Hambres, y recordaba historias escritas en los previos, Una luna y Contra el cambio. En Contra el cambio relata una conversación que tuvo con una mujer africana. Le hizo una pregunta gastada: si viniera un ser mágico a concederte lo que quisieras, ¿qué le pedirías? Una vaca, fue la respuesta de la mujer. Caparrós indagó e indagó hasta dar con la razón de un deseo tan pobre, tan flaco. La mujer había vivido siempre en unas condiciones tan limitadas que incluso su capacidad de imaginar estaba atrofiada. Pero ¿no es lo que nos pasa a todos?, reflexionaba Caparrós al respecto durante esa entrevista, y sí, decía yo mientras ignoraba al alemán, mientras hacía como que me concentraba en lo que decían el escritor y los periodistas.

Poco tiempo después le conté la anécdota a mi mamá y cuando estaba por llegar al final apareció una tía, hermana de ella. Orgullosa después de oírme terminar el relato dijo “me imaginé que ese iba a ser, dos vacas, ante la insistencia la señora pidió dos vacas”. Yo me seguía preguntando ¿por qué no pedimos más?, ¿por qué no nos atrevemos a soñar con más? Caparrós ya había respondido la pregunta pero yo no acababa de digerir la respuesta. Deseamos poco y nos conformamos con poco porque nos han criado para eso, porque nos han formado para que nos alegremos con poquito. Nos amaestraron para que ante la pregunta de un genio de la botella respondamos “quiero ir a Europa” en lugar de “quiero conocer el universo entero”.

Los límites no están en la billetera, en la cuenta bancaria, ni siquiera en el partido que gobierna tal o cual república bananera, los límites están en la mente y nos habituamos tanto a ellos que nos parecen naturales, como ese tornillo que le insertan quirúrgicamente a alguien y que después de unos años ha asimilado como cualquiera otro de sus huesos. Pero entonces, ¿qué hacemos para librarnos de ellos? Lo primero, digo yo, es hacer la primera persona del plural a un lado. Las cosas no “nos pasan”, las cosas “me pasan”. Lo primero es asumir la responsabilidad propia, la individual en el modo en el que está mi vida. Entender que si no me he ido de vacaciones a Curazao no es porque mi jefe me odia y me niega un aumento sino porque de entrada creo que no me merezco ese viaje o porque creo que es más importante pagar el colegio de los niños que ir a dorarme en la arena. Y no, acá no estoy hablando de lo que está bien ni de lo que está mal porque gracias a la diosa Fortuna cada día me es más fácil ver que el mundo no es a blanco y negro. Si dejo de pagar el colegio de mis hijos para irme con ellos a Curazao tal vez estoy eligiendo educarlos de una manera distinta, quizás escojo mostrarles en la práctica que los límites están en mi mente y no en las circunstancias que materializo.

Ayer retomé otro libro, uno que intento terminar desde 2014, ese que me espía, que me patea, que me da cachetadas pero al que vuelvo una y otra vez porque sé que las historias que muestra y los ejercicios que plantea son lecciones que necesito para no acomodarme demasiado en el presente. Esta vez, un poco prevenida, me devolví para buscar una historia que quería releer, la del naturópata que antes de adoptar tal profesión se dio cuenta de que tenía que cultivar la constancia y por eso estuvo trabajando como informático 10 años o más en una empresa. Al final no leí la historia, como acabo de demostrarme la tenía lo suficientemente fresca como para volver a ella, por eso preferí leer otras y seguir para ver si algún día termino de leerlo, y ahí estaba otra vez, el tema de las creencias. Las frases que catapultaron mi entendimiento a otro nivel vinieron de Milagros que se cumplen de William Thomas Tucker, leyéndolo, leyendo la misma idea después de N veces por fin entendí, entendí que si mis viajes son tan cortos y tan esporádicos es porque en mi mente existe una parcela que dices “o tienes casa propia o te vas de viaje más de un mes”. El mes es una cifra ridícula, de ejemplo, bien podría ser 3 años, 3 días o 3 horas, el punto no es ese, así que no lo pierdas de vista si quieres avanzar, el punto es que por esas cárceles invisibles que nos inventamos los seres humanos somos tan fáciles de manipular, de controlar.

¿Qué importa si quienes controlan el mundo son reptilianos o illuminati?, lo que importa es que sus métodos funcionan porque no los cuestionamos, porque no los cuestiono, ahí está de nuevo la trampa del grupo, la tentación de escurrir el bulto. No he conseguido lo que anhelo no porque no sea posible sino porque creo que otras cosas son posibles. Este no es, ni me propongo que lo sea, una letanía de lo mucho que me hace falta y de lo poco que tengo. Nada de eso. Ahora veo la puerta, la observo como un animal salvaje al han tenido encerrado durante mucho tiempo y que al ver la luz natural sin el filtro de las rejas se maravilla al tiempo que teme salir. ¿Podré?, ¿seré capaz de disfrutar la libertad?, ¿tendré tan atrofiada la imaginación que fracasaré al primer movimiento? Todas preguntas que vienen del miedo, todas de miedos putos que como cepos me cortan los pasos.

Claro que es posible viajar durante años, décadas y tener una casa propia al mismo tiempo. Obvio que es posible darle agua, comida y energía gratis a todo el mundo, el problema no es si existe la tecnología, si hay financiación o si hay voluntad política, el problema es la creencia de que todo eso es imposible. La varita mágica la llevas adentro, está en tu consciencia, amplia o limitada, elevada o hundida, que te concede todos tus deseos sin cuestionarte. ¿Quieres un jefe que no te dé el salario que deseas? ¡Concedido! ¿Crees que eres feo y pobre y que por eso no podrás conquistar a ninguna mujer bonita? ¡Concedido! Mírate al espejo, encara la imagen, en ella descubrirás a tu peor enemigo, ese que va contigo incluso al fin del mundo, ese que te enjabona la espalda y corta el papel higiénico por ti. Sí, echarle la culpa al otro es fácil, es cómodo, pero también es infantil, poco realista y autolimitante. Si quieres que tus sueños se hagan realidad el primer paso que debes dar, al menos como lo veo desde aquí, es reconocer si crees o no que realmente mereces eso que deseas. ¿De veras eres tan bueno y perfecto para ganarte la lotería?, ¿de veras eres incapaz de señalar a alguien que la necesite más o que haya acumulado más méritos que tú?, ¿podrías asegurar que te mereces el mundo incluso estando borracho?, porque si lo que crees es que eres un ser humano inmundo, ruin y lamentable tu genio propio te concederá todas y cada una de las experiencias necesarias para comprobar tu creencia, verás cómo pasan muchísimas cosas buenas pero siempre a los demás.

Ahora me voy a seguir levantando la cabeza, a descubrir qué creo que merezco, quizás dentro de poco deje de ver la puerta de las creencias limitantes con ilusión y me anime a cruzarla, así no sepa bien cómo hacerlo o cuáles son las reglas del otro lado, ese territorio que durante tanto tiempo me pareció imposible pero que sólo estaba fuera de mi campo visual.

jueves, diciembre 15, 2016

Un vistazo al Otro Lado

Hace mucho tiempo que dejé de ser fanática de la navidad. Siendo hija de padres separados, desde muy niña aprendí que es una época en la que los conflictos familiares emergen así quieras callarlos con plata, por eso, y porque con el tiempo navidad se convirtió en sinónimo de ciudad convulsa y de compromisos obligados, apenas pude me fui a pasar esas fechas con una amiga bruja.

Supongo que fue el mismo año en que simbólicamente renuncié a la religión católica, ese en el que le dije con orgullo a mi mamá “soy bruja y ya no me va la misa ni los sacramentos” y como entonces tenía un grupo con el que practicaba ritos y conjuros sentí la fuerza necesaria para hacer esa declaración y muchas cosas más. Sandra, la amiga que me acogió esa y otras veces más en el futuro, tuvo el privilegio de quedarse sola en la casa familiar por un motivo que ya no recuerdo. Con esta información, y después de que me invitara a refugiarme en su hogar, empaqué algo de ropa, compré un presente, para no llegar con las manos vacías, y me preparé para darle una probadita a la adultez.

La noche del 24 fue más parecida a una visita larga que a una fiesta de solteras. Vimos por la ventana a los vecinos quemar pólvora, preparamos algo de comida y nos fuimos a dormir. Del desayuno del 25 de diciembre recuerdo una textura deliciosa en unos huevos revueltos con restos de alguna carne curada que habíamos comida la noche anterior. El día lo rematamos yendo a cine en un centro comercial y haciendo planes para la semana próxima, en la que Sandra seguiría siendo reina de su dominio. Ninguna imaginaba en ese punto lo que traería nochevieja.

Durante la semana Sandra y yo empezamos a hablar de fantasmas en privado, lejos del resto del coven. Un día, mientras hablábamos por teléfono, hicimos chistes acerca de las almas de los muertos que se quedan en este plano sin poder ir a otro lugar. Sandra me dijo que había sentido algunos ruidos sin causa aparente en su casa pero como ninguna le dio mucha importancia al asunto, terminamos diciéndole al aire “si quieren irse de aquí mejor que vayan a la casa de Adalberto”. Bromeamos largo y riendo mucho.

Días después le contamos a Adalberto nuestra conversación, pero él no se tomó el tema con tanto humor. Nos regañó diciéndonos lo irresponsables que habíamos sido, que los paquetes de memoria (este término lo aprendí años después) adoraban usar el teléfono como medio de comunicación y que en ningún caso se tomaban en broma una invitación para ir a tal o cual casa. Sandra y yo nos reímos, un poco por temor pues Adalberto, en tono de orden, nos comunicó que gracias a nuestro comportamiento descuidado el 31 de diciembre lo dedicaríamos a despedir difuntos, además del año viejo. Casi sin darnos cuenta lo que esperábamos fuera una noche divertida entre amigos se transformó en el exorcismo de una casa. Ninguna de las dos entendía bien porqué Adalberto había hecho tanto escándalo. Él nos hablaba con frecuencia de su habilidad para comunicarse con los muertos y ayudar a los espíritus a pasar al otro lado, por eso ese cambio de actitud, de lo casual a lo severo nos desconcertó.

Los invitados a Nochevieja éramos Adalberto, Mauricio, un amigo del hermano de Sandra, Alexandra y yo. Quizás estuvo alguien más pero de momento son los que más recuerdo. Aunque Sandra pidió encarecidamente que todos llevásemos vino tinto la mitad de los invitados llevó la contraria con vino blanco. Entre unos y otros cada quien se bebió una botella, inicio poco recomendable para el ritual que seguiría.

La comida fue copiosa y deliciosa, reímos mucho y a cierto nivel esperábamos que las advertencias de Adalberto fueran palabras vacías. Nadie quería despedir nada que no fuera el espíritu del año que se acababa, pero él tenía otros planes y no iba a quedarse con todo armado.

El ritual empezó en la mesa, de un modo que, quizás, sólo Adalberto vio venir. Él tomó una de las últimas botellas de vino tinto para servirlo en la copa que estaba al lado. Apenas puso de nuevo la botella sobre la mesa la copa llena a medias se dio la vuelta. Alrededor de los objetos estábamos todos por lo que era difícil esconder un truco de ilusionista en tales condiciones. El ambiente se enrareció de inmediato. Nos mirábamos buscando una explicación con los ojos. No la encontramos, al menos no en ese momento. Adalberto indicó que era hora de comenzar. A pesar de la ansiedad buscamos velas, además de alcohol y sal para poner en un cuenco. Él dirigió la ceremonia, trazó el círculo y les habló en voz alta a los espíritus presentes para que dejaran el lugar.

En la sala, tomados de las manos, prestábamos atención a lo que Adalberto decía y tratábamos de mantener la calma. Alexandra era la única que lo lograba. Permanecimos con los ojos cerrados oyendo algo crepitar, al parecer proveniente del cuenco con alcohol y sal. Adalberto siguió con sus rezos. Con voz firme les pedía a los desencarnados que salieran por una ventana, yo lo oía lejos al tiempo que perdía el sentido de la orientación. Siguiendo enseñanzas previas de Adalberto, había intentado conectarme con mis guías espirituales para que me protegieran pero no lo lograba. Hacía esfuerzos desesperados para visualizar raíces negras saliendo de mis pies que crecían hasta el centro de la tierra e hilos plateados saliendo de mi cabeza para expandirse en el cosmos pero nada funcionaba. Llamaba a mis guías por sus nombres pero no dejaba de sentirme sola y perdida, metida en un torbellino lúgubre que no me permitía orientarme. Por fin, Mauricio, sentado a mi lado, me jaló con fuerza la mano derecha al tiempo que me llamó por mi nombre, pronunciado del modo en que acostumbro. Quizás si me hubiese llamado como lo hace la mayoría de la gente en América (Joana en lugar de Johanna) no habría reaccionado. Estaba llorando, asustada, aterrorizada, no entendía qué había pasado y todos me miraban como esperando una respuesta de mí. En ese momento supe que habían intentado llamarme varias veces sin ninguna respuesta de mi parte.

La calma fue llegando poco a poco. El círculo se abrió, nos soltamos las manos y empezamos a organizar la sala antes de ir a dormir.

Al día siguiente mientras estábamos en la cocina lavando trastes vimos algo inquietante. El cuenco que guardaba la sal y el alcohol desde la noche anterior parecía contener engrudo. No supimos si Adalberto agregó a la mezcla algo más, sólo nos consta lo que vimos con luz natural y ya sin alcohol en la sangre. El potaje fue derramado en el lavaplatos pero no nos olvidamos de él.

Sandra nos contó que los días que vinieron y que pasó sola en su casa fueron tranquilos. El silencio predominó y dejó de sentirse vigilada. Los demás, por las dudas, no volvimos a dirigirnos irrespetuosamente a entes invisibles. Yo, además, me he negado hasta la fecha a probar sustancias alucinógenas por miedo a visitar regiones del Otro Lado de las que no sepa cómo volver. Suficiente tuve con esta experiencia y con otra, en la que una simple meditación solitaria me llevó a acceder a lo que parecía una dimensión paralela.

miércoles, noviembre 23, 2016

Yo invento el trabajo de mis sueños

En el trabajo de mis sueños acepto la responsabilidad de mis elecciones. En él uso mis talentos sin cansarme y lo reconozco como parte del proceso que estoy siguiendo para expresar todo el potencial de mi ser. Lo que sigue es un relato de cómo llegué a esta definición.

En términos de periodismo, esa profesión que durante tanto tiempo creí sólo podías ejercer si una universidad te avalaba para hacerlo, he hecho prácticamente todo lo que he querido. Trabajé como redactora en una agencia de publicidad, escribí artículos para una revista de arquitectura, redacté contenidos de temas diversos para páginas web y llegué a ser la responsable de redactar todo el contenido de otra revista corporativa. En el proceso aprendí a hacer entrevistas desestructuradas, a editar testimonios hasta hacerlos comprensibles, sin cambiar el sentido original, y a tomar fotos aceptables para ser publicadas. Esta experiencia me sirvió para que me contrataran en una tercera revista, de circulación nacional y dependiente de un periódico prestigioso y con mucho abolengo. Lo curioso de este recorrido es que no recuerdo haber sido tan feliz con esos trabajos como lo he sido escribiendo acerca de temas que realmente me importan para proyectos que yo me inventé.

Lo que no cuentan las fotos

Tengo una foto que me tomó un ex novio en un viaje a Buenos Aires, en ella estoy al frente de una de las entradas del teatro Colón con expresión de aburrimiento. No hay satisfacción ni felicidad, pero la falta de color no puedo achacársela a la compañía. Entonces estaba en la segunda parte de una luna de miel digna de cualquier chick-flick, pero para ser capaz de señalar la causa de mi gesto tuve que esperar.

Varios años después otro hombre me tomó una foto en la terraza de un museo dedicado a la cultura celta. La expresión que tengo en esa imagen es totalmente distinta. No era sólo el saber que tenía la preciosa campiña austríaca a mis espaldas sino la sensación de haber estado expuesta a tanto conocimiento, a través de las traducciones de ese regalo vestido de amigo. Ese día fui plena, total. Ese día viví otra vez como investigadora curiosa sabiendo que me preparaba para adorar, una vez más, el sentirme poseída mientras escribo. Ese día, a diferencia de ese otro ya tan lejano, en otro continente, estaba siendo yo. La foto no fue la respuesta a un “requisito”, a un hay que hacerlo porque es lo que dictan las buenas costumbres sino un recuerdo espontáneo para el futuro de lo que realmente me hace feliz.

Antes de publicar el artículo que escribí hace unos días pensé en ilustrarlo con alguna foto, pero como pasa cuando intentas que una imagen transmita mensajes tan etéreos como espiritualidad, creatividad o encanto no logré hacerlo rápido. Busqué algunas imágenes y la única que llamó mi atención fue una diagramación bonita de una frase en inglés que podría traducirse como “el trabajo de tus sueños es el que tú creas”. Insatisfecha y apurada cerré la ventana del explorador y me ocupé de otras cosas, pero la frase quedó ahí, en el cuarto trasero de mi mente, preparándose para volver en forma de revelación.

Leer está muy bien, leer es muy fácil, pero leer también es el vicio que me hace creer que estoy haciendo algo cuando en realidad no estoy haciendo nada, porque el cambio en mi consciencia, el darme cuenta sólo ocurre cuando me cuestiono, que fue lo que pasó a continuación.

En un momento en que mi mente estaba libre de tensiones importantes vino la revelación: así como de la época escolar recuerdas más a las personas, las vivencias, lo que aprendiste a nivel emocional, y no cómo calcular el seno y el coseno en clase de trigonometría, de la vida vas atesorando los momentos que te dejaron lecciones valiosas y alegrías. Entre las páginas de mi diario no guardo una diapositiva en miniatura de esa presentación tan chula que hice para el cliente X ni la foto de un gerente leyendo el discurso que escribí para él. En mis cuadernos de campo pego el tiquete del ferry que me llevó a un lugar que parece sacado de un cuento de hadas, el recorte de la pizzería a la que fui con mi ex después de asistir a una obra de teatro que nos mató de risa y los borradores que hice de la portada de mi libro La numerología de los sueños. Los cuadernos de recortes y los diarios personales se han transformado en epitafios, en legados de los años que se fueron y que, a gusto o no, dejé atrás.

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, elige el que tenga corazón

Ya pasó mi disgusto y mi irritación. Ya no le veo sentido a criticar a los oficinistas que mansamente van todos los días a degustar exquisita agua de botellón y que esperan con ilusión el día de la paga para comprar eso que no pudieron el mes pasado. Ya he sido capaz de ver ofertas de trabajo sin hastío y reconocer varios cargos a los que se ajusta mi perfil profesional y que podría solicitar con mi hoja de vida elegante y bien planchada, y así, con ese desapego a lo negativo, he evaluado la posibilidad de volver a esos escenarios frente a la alternativa de seguir escribiendo, dibujando, recortando y pegando para crear objetos con alma. Es más, ahora me siento más cerca de la comprensión de que no se trata de esto o lo otro, sino que puede ser esto, lo otro y aquello. Ahora, así no ponga cartas sobre la mesa para saber cuál es la alternativa más conveniente desde el punto de vista del Bien Universal, entiendo mejor eso de “el camino que tiene corazón”.

Si considero ir a trabajar a otra agencia está bien y si prefiero ir a vender artesanías a una feria o una playa también. El conflicto es cada vez menor porque cuando escojo salir del presente, cuando miro al pasado o al futuro encuentro lo mismo, veo que al final del día, de la etapa o del ciclo el amor, la felicidad, la armonía han venido de adentro, de hacer lo que amo, de pagar para hacer reportería para escribir una crónica que nadie me encargó, de investigar para escribir un artículo que me importaba y que quería hacer para aprender, de curar y modificar imágenes para crear una baraja que empezó como una distracción para olvidar la tristeza de no haber vendido ningún libro de La numerología de los sueños a pesar de mis esfuerzos para darlo a conocer.

La felicidad no es esquiva, es rara. La felicidad es rara cuando no tienes consciencia, cuando no te das cuenta de que eso que compras o contratas sólo durará un rato porque viene de afuera, pero cuando te acercas a ella, la entiendes y comprendes de dónde viene, cómo viene, cómo la generas, entonces descubres el secreto de la magia. No importa en qué palabras te la cuenten, cómo esté encuadernada o cuál sea el disfraz del maestro que intenta transmitírtela, todos son medios de un fin que tú y sólo tú puedes alcanzar. Puedes alcanzarla a través de la literatura, los sueños o un libro de física cuántica pero a menos que medites, que reflexiones y que hagas tu trabajo no habrá promesa, método o clave que te la entregue lista para consumir.

A la alegría de vivir te la ganas con trabajo duro y con esfuerzo y ese es uno de los secretos reales de este asunto. Las promesas tipo encuéntrelo rápido también son promesas de piérdalo rápido, porque una vez comprendes el mecanismo sabes cómo repetirlo en el futuro, cuando haya nubes negras y noches de borrasca, ahora si sabiéndolo lo usas o no es otra historia, pero en mi opinión sólo cuando te has apropiado de veras de este conocimiento te es más difícil olvidarlo la próxima vez y es cuando puedes decir que has avanzado, así sea una micra en tu camino hacia la iluminación.




lunes, noviembre 07, 2016

Uno

La pregunta me la han hecho varias veces y sé que en el futuro me la harán otras más:

−¿Cómo te metiste en esto de los sueños?

Mi respuesta, con algunas variaciones, es la misma:

−Una vez mi abuela paterna tuvo un sueño tan, pero tan impactante que hizo que mi mamá me recogiera de la casa de la tía en la que me estaba quedando para pasar tiempo con una prima.

La reacción de mi mamá frente al sueño de mi abuela me pareció tan fuerte que despertó mi curiosidad. Antes ya había estado expuesta a la oniromancia. La modalidad, ahora vintage, de venta de libros por catálogo también había tocado la puerta de mi casa de infancia. A través de ella mi mamá había comprado un diccionario de símbolos para interpretar sueños. El libro pasaba de mano en mano entre mi mamá, mis tías y mi abuela de la casa materna. Yo también lo ojeaba pero lo que más recuerdo de ese texto era el miedo que me recorría cuando veía una reproducción del cuadro El grito de Munch y que a través de sus interpretaciones aprendí el significado de la palabra “querella”. Pero no todo fue tan estilizado ni tan intelectual.

Durante mi infancia y mi adolescencia, como buena hija de la década del 80, una de mis niñeras más leales fue la televisión. Veía todo, absolutamente todo, lo que me permitían y lo que no, que veía a escondidas, los pecados de Inés de Hinojosa, por ejemplo. De esa oleada de contenidos recuerdo especialmente dos películas relacionadas con la magia: Warlock, el hechicero y Jóvenes Brujas. Entre una y otra pasaron varios años, pero sus historias y los efectos especiales de la época fueron suficientes para plantarme dudas que décadas después no acabo de despejar.

Con Warlock, la primera que vi de las dos, se abrió para mí la puerta de la simbología, pero no la de los diccionarios de sueños comunes sino la de la semiótica y las culturas del mundo. Después de verla pedí con insistencia mi primer diccionario de símbolos, que todavía conservo. Mientras llegaba el tiempo de ver la segunda exploré conceptos budistas y los efectos de crear conjuros en una lengua extranjera, en lo que amigas de ocasión me acompañaron.

La primera fue Lays. En un momento muerto de clase y usando el anexo de un diccionario Larousse de los gordos, nos inventamos un hechizo para algo que no recuerdo, el todo era escribirlo en latín porque así sonaba más poderoso. Una dictaba y la otra escribía. Al terminar lo leímos y sí, era poderoso, inspiraba respeto. Entendimos con la práctica que la palabra es muchísimo más poderosa de lo que se quiere aceptar comúnmente. Supongo que por alguna intuición preferimos dejar de lado el documento, o quizás lo dejamos atrás para entretenernos con otro tema que nos pareció más interesante en ese momento: la hipnosis.

Un profesor de filosofía nos había encargado un ensayo en el que debíamos explicar si la hipnosis era o no efectiva. En un primer momento lo escribimos sin ninguna experiencia, consultando libros y reflexionando, pero luego, con la semilla de la curiosidad plantada, pasé a la parte práctica con otra amiga, Vanesa.

Vanesa era un poco menor que yo pero no por eso más manipulable. Le conté lo que quería hacer y ella se ofreció como conejillo de indias. Gradué la luz de mi habitación para que fuera acogedora, luego ella se tendió en mi cama y yo me senté a un costado en la silla del escritorio. Cuidadosamente seguí las instrucciones que tenía a mano. Hablé despacio y en un tono monótono para lograr el efecto que deseaba. Usé la metáfora de la escalera. Le pedí que bajara varios peldaños hasta encontrarse en un lugar subterráneo y tranquilo, luego le indiqué que se mirara la mano izquierda, que tenía a la vista y que la abriera y la cerrara. A pesar de una duda breve, siguió mis instrucciones. En ese punto la saqué lentamente del trance. No me interesaba plantarle ninguna idea rara ni ordenarle nada. Suficiente había tenido con probar que la hipnosis funcionaba, incluso cuando había alguna resistencia pues, como Vanesa después me confesó, intentó resistirse para que no pudiera ordenarle nada mientras yacía en mi cama, pero, contrariando sus deseos, fracasó.

De esa época también recuerdo el habernos resistido, con Lays, a entrar a misa porque nos declarábamos budistas. Al evocar ese episodio veo desde el exterior el aula múltiple en la que todas nuestras compañeras respondían los rezos del cura mientras un profesor, con gesto comprensivo, nos preguntaba a qué templo asistíamos para practicar nuestra fe, algo que no supimos cómo responder. No recuerdo cómo terminó el episodio sólo sé que después le pedí a mi papá que me llevara a conocer una mezquita budista, pues creía que así se llamaban los lugares de culto de esa religión. Luego intenté leer textos en inglés que hablaban del nacimiento y expansión del budismo, por eso tengo claro que el dogma de la fe funciona muy bien y sin importar la creencia. Mi comprensión de esa lengua no era muy buena, de ahí que cada vez que leía “monk” entendiera “mono” o “simio”. Ahora puedo reírme de mí misma, pero hubo una época en la que creía que los primeros encargados de transmitir la doctrina de Buda habían sido animales peludos. Con el tiempo no sólo entendí la diferencia entre las palabras “monk” y “monkey” sino que empecé a usar Internet, la herramienta que define nuestros días, para hacer más honda mi conexión con el mundo onírico.

Introducción

La memoria. Durante mucho tiempo creí que la memoria era fiel, que una vez guardabas un recuerdo permanecía siempre igual pero poco a poco, revisando registros en mis diarios viejos y leyendo artículos y libros acerca de neurociencia, aprendí que la memoria es todo menos estable. Creía yo, hace años, que cuando pensaba en un ex novio o en mi abuelo muerto les estaba dando vida a los recuerdos ligados a ellos, que los fortalecía al sacarlos a pasear por mi mente, pero luego entendí que las consecuencias de la evocación son muy distintas: cada vez que vuelves a la casa de tu infancia que vive en tu memoria la cambias, la modificas incluso sin proponértelo.

Las conexiones cerebrales son todo menos estables. La comunicación que se establece entre una neurona y otra y, por ende, entre un sector y otro, recibe la influencia de nuestra actividad mental, con lo que se logra aquello que dijo el premio Nobel Ramón y Cajal de que somos escultores de nuestro propio cerebro.

Ya he aceptado el hecho de cambiar mis recuerdos. Los adorno, los podo y los embellezco dependiendo de la actitud que tengo cada día. Si me siento invencible imagino un pasado de súper heroína y cuando no estoy en paz conmigo misma me invento miserias que nunca ocurrieron, y esto no es un privilegio sólo mío. Todos hacemos lo mismo.

El recuento que sigue es, por tanto, subjetivo hasta el infinito. Más que un relato de cómo recuerdo hechos de mi vida relacionados con el modo en que he aprendido a transitar el mundo de los sueños y a ser una de sus guardianas, es una crónica ficcionada que se transforma con cada giro, con cada remembranza y que responde al capricho del paso del espacio-tiempo, real y fantástico. El único objetivo que alcanzo a vislumbrar con esta recapitulación es acumular energía para tener sueños lúcidos más a menudo. Si además logro plantar señales en el camino de algún soñador principiante, pues que así sea.

jueves, noviembre 03, 2016

Que no te dé miedo hablar

En el tiempo que llevo indagando acerca de mi pasado he descubierto varios secretos oscuros pero, al margen de ellos, lo que más llama mi atención es la reacción de las personas a las que muestro mis trapos sucios.

Después de reconocer abusos, abortos y posibles incestos sentí que me deshacía, pero como la primera que me contó estas historias fue mi mamá poco pude hacer. En ese momento sentí la obligación ¿moral? de resistir, de aplicar lo mejor que pude el entrenamiento que recibí en la facultad de psicología para hacer como que todo eso era absolutamente normal, pero al final de cuentas ¿qué lo es?

Días más tarde, cuando estaba en mi espacio sagrado y seguro, pude meditar, llorar de un modo raro -no sabía si sentía rabia, dolor, tristeza o qué- y sentir que físicamente mi cerebro estaba cambiando. Tenía unas sensaciones extrañas en el cráneo que me avisaban que algún esquema mental viejo se estaba modificando. Pero esto no fue todo.

Aunque al principio elegí guardar silencio pronto empecé a hacer listas mentales, listas cortas, de a quién podría contarle todo lo que acababa de saber. Lo primero que me asaltó fue la culpa pues se supone que no debes decir nada "malo" de tu familia, pero como vengo trabajando desde hace un tiempo con conceptos parapsicológicos y dilemas morales que me recuerdan de modo contundente que el bien y el mal no existen, pronto dejé de sentir la obligación de ser leal a mi clan, por lo que la culpa que podría sentir al contar hechos reales y pasados se disipó.

No se trata de que esté orgullosísima de haber tenido un bisabuelo que amenazó de muerte a su esposa y a varios de sus hijos, pero tampoco es que me sienta gozosa de haber descubierto que era un músico autodidacta y profesor de esgrima, es que estoy aprendiendo a ver todo eso como hechos, como situaciones que de algún modo contribuyen a un Orden Mayor, así con mayúsculas. Aceptar esos esas realidades, así, sin juicios, me ha permitido contar a mis amigos lo que pasó en mi familia y en mí misma. Ahora con toda la información que tengo encima entiendo mejor mis propios instintos asesinos y veo de otro modo al ego, que en algún momento me impidió soltarlos para que desperdiciara ve tú a saber cuántos años en una cárcel por un crimen que no valía la pena cometer. ¿Y sabes qué es lo que más me ha sorprendido de esto? La reacción de las personas con las que hablo.

Cuando esperaba que me acusaran con sus dedos limpios e inmaculados, porque quien juzga se pone en el papel del juez santo y puro, salieron risas cómplices y confidencias no solicitadas pero que agradecí porque me hicieron sentir menos "mala", -mira que el bien y el mal son ilusiones difíciles de desvelar-. Una vez conté lo peorcito que me ha pasado y que les ha pasado a mis ancestros vinieron las confesiones del tipo "yo también siento a veces que odio a mi mamá", "mis abuelos no se quisieron" y "mi abuelo también tiene un hijo por fuera del matrimonio". Yo veo todo esto como magia. Iba esperando latigazos severos y me encontré con comprensión y hasta "envidia de la buena" por ser capaz de confrontar a mis mayores para ir tras la comprensión de mi genealogía.

Te lo concedo, explorar el pasado aterra porque es terreno desconocido, así se trate de tu familia. Muy seguramente desconoces el nombre de tus tatarabuelos y las profesiones ejercidas por tus bisabuelos, incluso guardas secretos que les cuentas a tus amigos pero que escondes de tus hermanos y como no escribo queriendo hacerme la superada diré que todo eso es "normal".

Todos gastamos demasiada energía tratando de dar una imagen que no corresponde con nuestros pensamientos ni con nuestras emociones. A muchos les da vergüenza sacar la basura porque quieren sostener la mentira de que en su casa no hay nada malo ni sucio, otros, como yo, creemos con devoción que somos súper independientes al tiempo que olvidamos convenientemente que todos los muebles que llenan nuestras casas fueron comprados por nuestros padres. Sí, contamos cuentos de hadas que creemos ciertos hasta que reflexionamos y desenmascaramos al lobo negro que vive dentro de nosotros.

Cada vez que cuento una historia que creo peor que la anterior lo hago con menos miedo que antes. Ya no espero un tablazo ni ser lapidada por los demás. Ahora sé que ese que me escucha, mirándome o no, se siente identificado con mis oscuridades, al tiempo que resiste las ganas de decir que él o que ella también ha sentido ansias asesinas, que odia a su tía o que cree que su papá le arruinó la vida. Mis historias no son mías, son las de todos y en la medida en que más las ventilo más se sana mi entorno y más me ayudo a mí misma, que es a la única que puedo ayudar.

El trabajo de tus ¿sueños?

Hace unos días me llegó un recordatorio de lo que supone uno es el trabajo de tus sueños. Hacer eso que tanto te gusta y que además te paguen bien por hacerlo. Pero ¿qué pasa cuando el trabajo soñado deja de hacerte feliz?

No tengo el recuerdo consciente de haber deseado tal o cual trabajo durante años hasta haberlo conseguido, al menos no fue así de niña o de adolescente. Recuerdo sí que me sentaba a escribir durante horas y la actividad per sé me causaba felicidad, eso era todo. No pensaba en cuánto me iban a pagar ni siquiera pensaba en si te pagaban por hacer eso, lo hacía y ya. Claro está que ayudaba mucho el ser niña y adolescente, porque en ese entonces las cuentas por pagar no eran algo que me preocupara.

Con el tiempo, la experiencia y los cambios llegaron trabajos que en su momento pensé me harían muy feliz. Quizás fueron lo más parecido que tuve a un trabajo soñado PERO pasados tres, cuatro meses todo volvió a ser como antes. La curva de aprendizaje se aplanó, el reto se perdió y yo sentía en más de una ocasión que sólo hacía plata. A muchas personas la plata les basta para seguir adelante. Siempre están pensando en eso nuevo y brillante que se van a comprar y por eso la plata los motiva, pero yo, que ya he llenado casi 5 cajas de objetos que no quiero, no me sirven, me estorban y que sé pueden hacer feliz a alguien más, no soy quien para sentirme radiante y poderosa por ganar más y más millones, muchísimo menos si a cambio de ellos debo trabajar jornadas de 12, 16 horas cada día en algo que me mata el alma. Pero que no se me malinterprete, tampoco quiero ser una hippie mugrosa y pobretona. Yo busco algún equilibrio.

El trueque es bello, hermoso, práctico pero a mí, como a ti me llega sin falta la factura de la luz y la del gas y la empresa no me recibe ilustraciones, mezclas herbales ni clases a cambio del servicio que me presta. Acepté estar en este mundo y una de las condiciones para estar aquí es transar con dinero.

Dejemos a un lado el cuento de hadas

Hace un par de años empecé a ver mi insatisfacción con el trabajo que tenía. Había aprendido mucho acerca de periodismo sin inscribirme en ninguna universidad. Tenía el privilegio de firmar artículos con mi nombre aunque ninguna autoridad oficial ha dicho que soy periodista y por un tiempo me gustó. Luego vino, como suele pasar con todas las decisiones que no están precedidas por un cambio de consciencia, la insatisfacción. Creí que ese trabajo me haría feliz durante mucho tiempo y sí, fue un medio para conseguir fines: viajes, sensación de independencia, cremas que huelen rico, etc. pero esa satisfacción fue efímera. Escribir una y otra vez de los mismos temas, así fuera cada vez más fácil porque sólo tenía que reescribir textos viejos, dejó de gustarme. Firmar como jefe de redacción se convirtió en una carga y, como un reflejo de lo que me pasaba, la empresa con la que trabajaba
entró en decadencia. La crisis no fue inesperada, el descenso estaba muy anunciado y yo me preparé tanto como pude. Seguí con este, mi proyecto personal, ahorré, viajé y me entregué.

Mirar el miedo a los ojos

Pasar de sentirte independiente, todopoderoso y cómodo a encarar la escasez y a vivir de plata prestada, mientras sigues luchando para que aquello en lo que crees persista no es fácil. Da miedo. Da muchísimo miedo.

En este punto no estoy bien y no me gusta aceptarlo, me irrita, me incomoda. Soy consciente de que esto no será eterno porque nunca lo es. Me molesta tener que malcubrir gastos fijos con entradas escasas e inestables, pero cuando considero la alternativa de buscar otra vez "un trabajo normal" o un "contrato rentable" viene a mí una sensación desagradable, amarga y pesada que lo invade todo. Así en este punto no sepa de dónde vendrá la plata que necesito para comprar jabón de tocador ni cómo cubriré la deuda que tengo de seguridad social, puedo ver a los ojos al miedo y decirle "sí, estás ahí pero así solo pueda dar un paso corto a la vez no pienso retroceder". La alternativa de estar de nuevo en un trabajo que no amo, que ni de lejos contribuye al Bien Universal y que sólo parece estar hecho para enriquecer a los ya ricos a costa del bienestar ajeno no me parece soportable.

No soy ninguna milagrera

Sentí la necesidad de escribir esto no sólo para mí sino para abrirle los ojos a algunos inocentes. Sí, ya sé que a veces soy demasiado pretenciosa por creer que la gente, en general, puede elevarse por encima de sus limitaciones, pero me cuesta ser de otro modo. A lo que voy es a que cada tanto se me acerca alguna persona pidiéndome que me sume a su proyecto, que trabaje en compañía de ella o que hagamos alguna actividad y por principio digo "sí" a todo. Me gusta descubrir hasta dónde se puede llegar con una iniciativa, a veces a feliz término, como pasó con el taller que di hace unos meses en Tunja, y otras veces no pasa de publicar un evento que luego borro porque no inspiró interés
suficiente para cubrir los gastos básicos que implica una actividad

de éstas, pero sea como fuere no dejo de percibir, quizás erróneamente, que algunas personas se acercan creyendo que tengo capacidades extraordinarias de convocatoria, que con sólo tocar el teclado atraigo la atención de los amantes de las plantas y del mundo onírico y que por eso a los eventos que organizo llegan decenas de personas y pues no, no es así.

A la charla que quise dar el jueves pasado no llegó nadie. No me da vergüenza decirlo porque estoy en la onda de ser tan transparente como puedo y porque tras revisar los pasos que dí para organizar ese evento pude concluir que por darle prioridad a otro que pretendí armar en sociedad, dejé de lado la preparación de este y lo descuidé.

Los temas que me interesan podrán tener mucho de paranormal pero no por eso la logística, la responsabilidad y la persistencia dejan de importar cuando se trata de materializar algo.

Esto que me pasa no es una exclusividad mía. Los altibajos, una oferta excesiva de cursos, talleres y, en general, de productos y servicios son una característica de nuestro tiempo. La competencia no es mala, al contrario, sirve para medir si lo que haces es de calidad o si debes mejorar lo que ofreces, pero aunque tu oferta sea la mejor de nada servirá si no trabajas con persistencia y con esmero. Puedes ser el mejor del mundo en lo que haces pero si lo haces cada año inevitablemente ese mediocre constante que se expresa todos los días te ganará la partida al cabo de un tiempo.

Yo misma he pecado por no trabajar con las ganas y con la constancia que envidio en otros. Los "problemas" que tengo ahora me los he buscado yo sola y por eso no tengo el dedo listo para buscar culpables afuera. Me acomodé, me dejé seducir por los beneficios de trabajos y contratos "estables y jugosos" que me anestesiaron y me hicieron olvidar en más de una ocasión que si quiero vivir de esto, de mis textos queridos, de mis barajas, de mis cursos no puedo pretender lograrlo sólo con esfuerzos frugales y aislados. O pongo mi lindo trasero en la silla y me pongo a trabajar como debo o me busco algo más para hacer, algo que al cabo de unos meses me dejará tan insatisfecha y tan aburrida como lo estuve en el pasado, algo, cualquier cosa que me pondrá en el punto de partida de un ciclo ya conocido pero hasta ahora no superado.

Adivina qué es lo que sigue.

domingo, octubre 23, 2016

Diario de la locura - Sensaciones fantasma

A veces están ahí y a veces no, justo como la comezón en un miembro amputado. No sabes de dónde vienen pero son tan reales que no puedes negarlas, como la seguridad que sentías cuando vivías con tus abuelos, la misma que sentiste cuando fuiste a vivir con uno de tus novios y que sólo podrías describir usando poesía.

Hace poco más de un mes salí a caminar porque sí. En el camino recordé una trilogía que terminé de leer este año: Silber de Kerstin Gier. Supongo que el cielo gris, sin amenazar lluvia, me recordó el clima de Londres, ciudad en la que se desarrolla la historia. Me dije que me gustaría vivir en una casa tudor y seguí esa línea de fantasías. Más adelante, mientras pasaba por un sitio que no había planeado en una dirección que tampoco había planeado, se me ocurrió empezar una conversación con un amigo al que había vuelto a contactar recientemente, después de hubiese pasado más de un año sin saber nada de él. No tenía expectativas. Buscarlo era como disparar un tiro al aire, pero el tiro dio en el blanco.

El encuentro que tuvimos al día siguiente se parecía mucho a una abducción extraterrestre. El tiempo se dilató mientras estábamos juntos y oí cosas que no esperaba oír en esta vida. La chica con la que había salido el Sombrero Loco había sido asesinada. Meses antes, cuando habíamos chateado, ya me había contado de su muerte, pero a pesar de que vivimos en un país con una historia tan larga de violencia, di por sentado que la causa de su fallecimiento había sido una enfermedad, no un balazo.

Me contó una historia breve con presentimientos, con odios, con disculpas y con esperanzas rotas. Al terminar supe que no podía estar con él aunque lo quisiera. Lo quería todo para mí y él estaba dividido. Al día siguiente, con dolor pero con certeza se lo dije. Él aceptó mi posición y, como de costumbre en nuestra historia larga, dejó entreabierta la puerta  que nos comunica.

Poco a poco más certezas me fueron atravesando. Dejaría de hablar con él durante un tiempo y luego lo buscaría. Vinieron noches de releer conversaciones viejas, de comprender cuánto me gusta el Sombrerero Loco y cuánto miedo me producía la intensidad de tales sentimientos. Llegó también la comprensión de que si nunca quise estar cerca de él antes, cuando estuvo en relaciones serias con otras mujeres, no fue por respeto a la moral y a las buenas costumbres ni tampoco por miedo a que si él engañaba a su pareja conmigo en el futuro me pasaría lo mismo con mi pareja del momento. La razón era más compleja y me había sido esquiva durante mucho tiempo.

Cuando tenía 14 años mi mamá, separada, me presentó a su novio nuevo. Cuando lo vi olí fuego, olí problemas, olí rabia, olí muchos sentimientos y muchas experiencias negativas, y no me equivoqué. A los 14 años mi mamá era mi proveedora y yo tenía un nivel de consciencia muy distinto del que tengo ahora, por eso me quedé a su lado. Los 10 años que siguieron, si bien tuvieron momentos muy felices, los recuerdo también como una época muy turbulenta en mi vida. Las peleas con mi mamá porque siempre había jugo de lulo en la casa para complacer al señor Jairo. La llegada del contestador automático para evadir a la mujer que buscaba a mi mamá para insultarla. Los limones cortados en cruz en todos los rincones de la casa, que luego se recogían negros y podridos. El no querer entrar al supuesto espacio seguro porque estaba él sintiéndose tan dueño y señor de un sitio que no le pertenecía. Sí, pasaron todavía más años antes de que mi madre aceptara en mi cara que se había metido en una relación ya establecida. Vinieron luego las explicaciones sin pruebas que se dan en esos casos. Que el matrimonio ya estaba acabado, que estaban los hijos de él y de la mujer, que bla y que bla y que bla. Pero yo no podía ser tan traidora ni tan puta como mi madre. Yo no quería ser tan gurupa (grupa) como las mujeres con las que se acostaba Vicente, mi tatarabuelo, ni mucho menos como las que le saciaban las ganas a Críspulo mi bisabuelo. Yo quería ser santa, así eso implicara morirme, literalmente, sin darle un beso al Sombrero Loco.

Entender todo esto, al menos a un nivel superficial, me tomó semanas, semanas alejada de él, pero cerca de mis muertos y de mi árbol genealógico. La recapitulación de mi historia y las conversaciones con familiares y amigos me fueron explicando más cosas. La dificultad, que muchas veces aflora en mí, para aceptar el amor desinteresado es una herencia que recibí de ancestros no reconocidos por sus padres y que sintieron la necesidad imperiosa de satisfacer a los demás para ganar un poquito afecto. Lentamente entendí que sí, que cuando digo que tengo una relación buena conmigo misma no me miento, por eso en algún punto, como acto de amor propio, le pedí perdón al Sombrerero Loco por todas las veces que fui dura con él por miedo a sentir demasiado. Le pedí perdón porque me hacía falta perdonarme a mí misma. La madrugada en que lo hice, porque al parecer la madrugada es el momento de las epifanías, me fui a dormir tranquila.

A la mañana siguiente pensé en alguna actividad que pudiera hacer para seguir honrando el compromiso que tengo conmigo. Revisar registros oníricos grabados en audio en mi teléfono celular me pareció buena idea. Empecé por los pocos que me quedaban de abril. Los oía, les ponía un título y los guardaba en mi disco duro externo. Todo iba bien, no sospechaba lo que estaba a punto de pasar.

En uno de los registros oníricos de mayo, que narré con naturalidad total, una palabra hacía referencia a la chica muerta con la que había salido el Sombrerero Loco. En ese momento el detalle del sueño era tan menor, tan cotidiano que no me perturbó, pero el estallido emocional ya estaba al acecho. Este es un resumen del relato que seguía sonando en mis audífonos:

Repito una palabra de una transmisión de radio que he estado escuchando. Estoy con Paloma Navarrete, una sensitiva española que respeto mucho y con otra mujer. Paloma Navarrete nos está dando una clase acerca de cómo detectar pistas de asesinatos, luego dejamos la habitación de paredes de madera en la que estamos y vamos a un salón anexo. Allí están el Sombrerero Loco y dos familiares suyos.

En ese punto solté el teléfono y corrí a llamar a mi mejor amigo. No lo encontré por lo que el garrón se lo tuvo que aguantar la novia. Yo estaba alterada, muy alterada aunque ella no dejaba de decirme que era increíble mi presencia de ánimo. La fecha no mentía. El sueño lo había tenido a menos de un mes de la muerte de la chica y dos meses antes de que el Sombrerero Loco me hablara de ello. El sueño además tenía otra particularidad. A diferencia de otros viajes nocturnos recientes, en los que me las he arreglado para disfrazarlo, su figura era tan clara que lo mencionaba con nombre y apellido.

Luego de varias horas encontré el valor necesario para oír toda la grabación y a continuación pedí ayuda del Otro Lado. La respuesta que recibí  fue “este mensaje no es sólo para ti”. Le envié el archivo sin convertir para que pudiera verificar la fecha, le pedí que dudara, porque si yo recibiera algo así también lo haría, finalmente le dije que si quería saber más me buscara. Pasadas unas horas respondió. En su mensaje me explicaba porqué aparecían sus familiares en el sueño y me daba el nombre completo de la chica. Uno de sus apellidos era la palabra que recordaba de la transmisión de radio con la que empezaba el relato.

Estaba muy alterada. Busqué ayuda. Me comuniqué con personas que siento saben más que yo de temas espirituales y que tienen un contacto cotidiano con otras dimensiones. Me tranquilizaron y me enviaron su apoyo. Por mi cuenta seguí tratando de entender todo lo que había pasado.

***

Para este punto el Sombrerero Loco me ha escrito otra vez. Dice que no quiere saber nada más de la chica muerta. Deja en mis manos la exploración de estos datos.

Lo que escribo aquí es lo que quería discutir con él. Es un ensayo de explicación, un ejercicio para tratar de entender. Esta cadena de hechos vino a comunicarme de un modo bastante contundente que muchos de los mensajes que recibo en sueños no son casualidades, no pueden ser casualidades sino información precisa y valiosa que necesito para guiar mis pasos.

En el pasado intenté alejarme de la percepción extrasensorial, darle la espalda a acontecimientos, en apariencia, inexplicables pero una y otra vez su intensidad aumentó, obligándome a verlos a los ojos y a escuchar lo que tienen para decir.

Nunca pedí recibir esta información. Cuando tuve este sueño tan inquietante ni siquiera había pensado en volver a buscar al Sombrerero Loco, pero se nota que en el Otro Lado estaban pensando en mí.





viernes, octubre 21, 2016

Diario de la locura - Las historias de los calzones

En mi familia hay una obsesión, explicable, con los calzones. La primera historia que hace referencia a ello ocurrió en la década del 60. Mi abuela paterna preparaba a su hija, mí tía, para ir al colegio. Cuando ya estaban por salir a la calle la vio caminar de un modo extraño, apretaba las piernas como si tuviera urgencia de ir al baño, pero sin urgencia. Mi abuela le preguntó la razón de ese comportamiento y la respuesta fue directa “es que no tengo calzones”. Mi abuela levantó la falda de mi tía, verificó su versión y corrió para corregir la falta.

El siguiente episodio se dio en la década del 80. Ahora la que iba al colegio era yo y otra vez mi abuela era la encargada de alistar a una niña en las mañanas. El bus estaba por llegar, mi abuela y yo nos dirigíamos a la puerta de la casa cuando le pregunté “abuelita, ¿hoy no me vas a poner calzones?”, ella extrañada por la pregunta me levantó la falda de la jardinera y encontró la razón de mi comentario, o mejor, no la encontró. Me regresó a la habitación, me puso la prenda que me faltaba y me llevó corriendo a la parada de la ruta para que no me dejara.

El tercer episodio es protagonizado por ella, por mi abuela paterna. En la década del 90 tuvo que ser operada a causa del glaucoma. La cirugía era complicada así que todos en la familia estábamos preocupados. Mi tía, su hija, la acompañó durante el postoperatorio. Cuando se estaba despertando de la anestesia empezó a palpar la cama, como buscando algo, mi tía al notarlo le preguntó cómo estaba pero ella no respondía, cuando por fin habló le dijo “mija, ¿dónde están mis calzones?”. Mi abuela, que siempre se ha quejado del frío, ella que se casó para venir a vivir a Bogotá cuando la ciudad era más fría que ahora, ella que vivía en tierra caliente, se había negado a quitarse los calzones de lana calienticos que llevaba puestos  cuando le habían pedido que se desvistiera completamente para la cirugía. Luego, anestesiada, alguna enfermera enternecida la habrá desnudado por completo para cumplir ve tú a saber qué requisito higiénico.

En el cuarto episodio tenemos a mi mamá. Mi tía, mi abuela y yo le contamos estas historias y ella quiere sumar la suya. Siendo niña un hombre le pidió que le mostrara los calzones a cambio de plata. Mi mamá aceptó la propuesta pero le pidió que la acompañara a la parte posterior de la casa, ahí, en el patio, señaló con el dedo los calzones que estaban secándose en la cuerda de la ropa. Mi mamá remató la historia con un “pero se imaginan, seguro el tipo era un abusador”. Lo que no nos contó ese día es que ese peligro estaba más cerca de lo que mi tía, mi abuela y yo creíamos. Pero antes de llegar a eso necesito hablar de sueños y del baño de mi casa.

Uno de los símbolos que representa al soñador en sus viajes nocturnos es la casa. Según Jung, el famoso psicólogo suizo, la casa es una representación de la vida de una persona y cada zona hace las veces de un área de ajuste, así la sala se relaciona con la parte social, el comedor con la familia, la cocina con lo laboral o académico, la habitación con los afectos y el baño con la vida privada y la sexualidad.

Hace año y medio tuve que cambiar el calentador de mi casa. El aparato estaba completamente encerrado en un mueble de madera, por lo que necesitaba contratar a una persona que supiera de carpintería y también de plomería. Encontrarla no supuso ningún problema, el conflicto vino de mi inconsciente y de mis ancestros. Conocía al especialista que podría hacer la reparación, lo llamé para que viniera, hizo la cotización y aunque me pareció alta, porque tenía la esperanza de poder evadir esa refacción, sabía que el precio era correcto. Al final lo contraté, pagué con gusto y puedo decir que, racionalmente, tomé la decisión correcta, pero, y aquí el pero es muy importante, como tengo problemas de autoestima que me obligan a buscar desesperadamente la aprobación de mis figuras de autoridad, llamé a mi mamá para consultarle mi decisión. El resultado fue desastroso.

Mientras le comentaba la situación comenzó a quejarse del precio, de esto y de lo otro, y así hasta que me harté e hice lo que tenía que hacer, le dije que sería yo la que pagaría el arreglo y que por lo tanto no la estaba llamando para preguntarle qué hacer sino para informárselo y que si no le gustaba no era mi problema (qué tierna soy cuando me miento). El desafío la transformó de inmediato, se puso automáticamente en modo pasivo – agresivo y dijo, cómo no, que la agresiva era yo, que no se me podía decir nada porque ya estaba reaccionando como un lobo. Mi respuesta, con lágrimas de rabia fue: “pues si vas a actuar así mejor te llamo después, adiós” y colgué.

Pasaron varios días, para mi gusto muy pocos, antes de que volviéramos a hablar. Yo estaba dispuesta a completar una cuarentena al mejor estilo de Enric Corbera para sacarme su influencia de encima pero ella, con arrepentimientos y te quieros ya me estaba buscando antes de que se completaran los 40 días. En el intermedio mi mejor amigo tuvo que paliarme la rabieta y decirme “pero es que sólo a ti se te ocurre llamarla a preguntarle eso” entre risas. Y sí, él tenía razón, pero ¿por qué hicimos tanto escándalo por un simple calentador de agua? Porque el calentador era un símbolo de algo más.

El conflicto con el baño se repitió este año. Me fui de viaje un mes y mi mamá se hizo cargo de mi – su apartamento, pero en lugar de sólo recoger facturas y regar las plantas se inventó un plan de limpieza profunda de mi – su casa. Mientras estaba de viaje tuve un sueño extraño. Reparaba algo usando un tubo de silicona, al final quedaba tan untada de ese material que lo tenía hasta en el paladar. Lo siguiente que recuerdo es que un amigo, de mi misma edad y con una madre todavía más controladora que la mía, me permitía salir de su casa como si fuese una ladrona. Teniendo en cuenta que cambiaba de cama cada pocos días me limité a apuntar el sueño y a seguir con mi recorrido. Semanas después vendría a entender esas imágenes.

De vuelta en mi – su casa la sensación fue de extrañeza total. A diferencia de otras ocasiones en las que abrir la puerta de mi sucucho supuso un alivio, me saludó un olor que no era mío y un ambiente completamente ajeno. A mi mamá le brillaban los ojos como maniática cuando me contaba todo lo que había limpiado allí y acá. Yo me limitaba a decir “gracias” de un modo poco convincente. Todo estaba tan cambiado energéticamente que las primeras dos noches sentí que estaba durmiendo en cualquier lugar menos en mi cama. Varias veces tuve que medio despertarme para palpar las paredes y tratar de entender dónde dormía, y las sorpresas desagradables no habían parado.

Mi mamá, sabiendo lo delicada e íntima que es mi cama, había decidido que tenía que lavar el cobertor, las cobijas y cuanta tela se le cruzara, agregando en el lavado el puto suavizante de ropa, corrijo: la puta de mi mamá, sabiendo lo delicada e íntima que es mi cama, había decidido lavar toda la ropa de cama para marcar territorio. La quería matar, pero no la maté, está claro, ella sigue viva y yo no estoy en la cárcel. Y las razones para matarla seguirían apareciendo, esta vez y cómo no, en el baño.

El arma no tan secreta de mi mamá es la silicona. En un ataque de amor materno decidió poner tanta silicona como pudo en el lavamanos para que la humedad no se filtrara ni donde no se filtraba antes. La rabia que sentí fue descomunal. Pasé horas, literalmente horas quitando el pegote de los azulejos y ya en ese punto le mandé un mensaje diciéndole que la próxima vez que cuidara mi casa se abstuviera de hacer reparaciones y limpiezas no solicitadas. De nuevo la “mala” era yo, me dijo que en su caso le habría encantado encontrar todo limpio y arreglado después de un viaje. No me gasté intentando hacerle entender lo que no quería entender. En mi opinión las personas, como los computadores, tienen un límite para ser actualizadas. Quizás me equivoque pero muchas veces parece que elevarles el nivel de consciencia es como tratar de instalar un sistema operativo de 2006 en un computador fabricado en 1984, simplemente no funciona.

Hace unos días volví a soñar con ella. Ninguna sorpresa. Le he permitido ser una figura tan dominante en mi vida que la llevo a prácticamente todos mis sueños, aunque conscientemente no quiera. En esta ocasión estábamos en un supermercado y ella compraba dos frascos de limpiavidrios porque estaban en oferta. Creo que ni siquiera llegué a apuntar el sueño porque no me pareció significativo, pero el recuerdo se quedó ahí, acechándome, como uno de los libros que estoy leyendo, que cada vez que retomo confirma que lo que hago es lo que necesito de cada momento. La sección que leí esta vez hablaba de cómo la dejadez de un sector de tu casa indica problemas en esa área. Como llevo más de un mes sin limpiar por completo el baño me dije “hoy lo limpio” y empecé.

Lo que a mis ojos estaba más sucio era el espejo del baño. Busqué el limpiavidrios, sí, el mismo que mi mamá compró cuando estuvo acá, y empecé a limpiar las manchas de crema dental. Una vez terminé no pude soportar un hedor. Olí el papel periódico que tenía en la mano, olí el líquido y olí el vidrio. Ahí estaba, el espejo exudaba una pestilencia que sólo puedo describir como olor a sexo viejo y agrio, pero las palabras aunque fuertes no pueden traducir la repulsa que me provocó. Busqué lavaplatos para limpiar de nuevo, agregué sal marina a la mezcla porque para ese punto entendí que no era un olor químico sino energético, eso apaciguó un poco la peste pero no la paró, terminé de pulir el vidrio y llamé el poder purificador de la salvia. Encendí una flor y comencé a sahumar el baño. Poco a poco el hedor cedió.

Si fuese una persona todavía más inconsciente de lo que ya soy quizás habría hecho una llamada de emergencia a un grupo de cazafantasmas para que exorcizara mi casa, pero como desde hace casi un mes vengo explorando mi árbol familiar sabía exactamente de lo que se trataba.

Días atrás, cuando limpiaba la estufa, con tanto sentido del presente como me fue posible, entendí, al ver más silicona pegada por mi mamá, que su problema con la limpieza no es suyo ni tampoco mío. Entendí que si puede pasarse una tarde entera blanqueando un par de tenis es porque intenta purificarse, porque se siente sucia todavía, porque la mancha que dejó mi abuelo cuando la manoseaba a ella y a sus hermanas es tan honda y tan imborrable que todavía intenta quitarla.
Inventos e ilusiones

El bien y el mal son inventos del hombre. El hombre se cree bueno porque acaba una guerra con una bomba atómica que deja huellas durante décadas. El hombre se siente malo porque sus conocimientos son usados para crear armas de guerra. Soy mala porque llamo puta a mi mamá. Soy buena porque dedico horas a fabricar a mano un juguete onírico para que se conecte con su inconsciente. El bien y el mal simplemente no existen y, por tanto, tampoco existe la culpa.

Hoy he estado golpeándome a cada rato los pies con los muebles, no con fuerza pero sí con el entusiasmo suficiente para no dejar pasar por alto esos actos semiconscientes.

Nunca querré a mi madre como ella pretende que la quiera, así como ella nunca quiso a mi abuela como mi abuela quería ser amada. Y esta es una lección que entre más rápido comprendamos más rápido nos liberará del sufrimiento. Las mujeres tenemos la tendencia a sustituir padres y maridos con hijos, por eso nos ofendemos cuando hacen su vida o cuando simplemente hacen lo que se les da la gana.

Por el bien de esos hijos, que no sé si tendré, limpio mi árbol familiar con lágrimas, con sangre y hasta con orina si es necesario. Lo limpio porque si no lo hago el sufrimiento seguirá extendiéndose hasta que un día el dolor será tan insoportable que querrá matarse a sí mismo, a través de una enfermedad larga y traumática, a través de suicidios y a través de abortos.

La exploración del linaje es todo menos glamurosa, es más bien aterradora pero también es necesaria si uno quiere llamarse un ser completo antes que bueno y ese es mi objetivo. Estoy harta de mis charlas internas en las que mando al carajo a la gente porque no les gusta como me visto, como no me maquillo y en general cómo vivo. Nunca nadie me paró en la calle para criticarme, en general lo hacen a mis espaldas, así como te critican a ti y a tus hermanas, pero yo que sé que eso se siente, que todo está unido, siento esas críticas, siento esas agresiones y en mi cabeza, cuando estoy a solas en la ducha respondo a ellas “pues si no te gusta no me mires” pero el daño ya está hecho y el daño volverá a aparecer, y se lo volveré a entregar a mi doble, a mi daimon del futuro para que lo sane. Y volveré a hurgar, volveré a destapar ollas podridas, volveré a buscar trampas en cajones y armarios para comprender que muchas reacciones no son mías, que son de mis ancestros y que sólo si las expongo y las hago públicas voy a sanar y por ende vamos a sanar todos.

jueves, octubre 20, 2016

Diario de la locura – De hijos y maridos ricos

Violeta
Entonces, ¿no puedes escribir esa historia?

Johanna
No, no puedo.

Violeta
¿Qué te bloquea?

Johanna
No sé, quizás que me veo tan parecida a la protagonista que para terminar de escribirla siento que tengo que ponerme en el papel de pitonisa y pues… no me gusta, no quiero imaginarme futuros posibles que tal vez me resulten trágicos. Ya sabes cómo es eso.

Violeta
Sí, como cuando tenías miedo de terminar de escribir tu historia con Iván por miedo a que terminara mal.

Johanna
Exacto.

Violeta
Y entonces ¿qué vas a hacer?

Johanna
Sólo sé que si la historia me persigue una y otra vez es porque quiere que la cuente.

Violeta
Entonces empieza por decir en qué te pareces a la protagonista para ver si así avanzas.

Johanna
Ok, empecemos entonces. Tenemos la misma edad y los mismos temores.

Violeta
¿Cuáles son esos temores?

Johanna
Morir solas o bueno, no solas pero sí con un montón de gatos al lado.

Violeta
Como la loca de los gatos de los Simpsons.

Johanna
Tal cual. Creo que es por eso que me he resistido a dejar que un gato me acompañe.

Violeta
No te vayas por las ramas.

Johanna
Tienes razón. Bueno, me da miedo morir sola, rodeada de gatos pero también me da miedo odiar.

Violeta
¿Odiar?, ¿odiar a quién?

Johanna
A todos, a todo, pero especialmente a mis hijos.

Violeta
Pero si tú no tienes hijos.

Johanna
Bueno pero si los tuviera me daría miedo odiarlos.

Violeta
¿Por qué los odiarías?

Johanna
Hay una entrevista que le hicieron en Perú a Ángeles Mastretta.

Violeta
Ajá.

Johanna
En ella dice que uno de sus libros se lo dedicó a uno de sus hijos porque casi no la deja terminarlo, la interrumpía tanto que empezó a odiarlo, o por lo menos así recuerdo esa entrevista.

Violeta
Voy entendiendo.

Johanna
Sí, si no tuve hijos antes fue por razones muy valederas, era muy chiquita, no había terminado la universidad, no había viajado, no había vivido sola, no me había acostado con varios hombres, pero ahora ¿qué?, ahora ¿cuál es la excusa?

Violeta
A ver ¿cuál?, dime.

Johanna
La excusa, el cuento que me echaba hasta hace un tiempo era que no iba a poder hacer todo lo que quería si tenía hijos, que tenía libros muy importantes para escribir, viajes muy importantes para hacer pero entonces, como en una película de Alfred Hitchcock todo dio un giro que no me esperaba.

Violeta


Johanna
Sí, tuve los supuestos trabajos de mis sueños y no sentí nada, tuve tiempo para escribir y no escribí, bueno, escribí un libro y escribirlo me hizo darme cuenta de que tenía más tiempo y más energía de la que creía. Luego vino el duelo.

Violeta
¿Duelo?, ¿duelo por qué?

Johanna
Porque nadie… bueno, porque sólo 4 personas quisieron comprar mi libro. Ese duelo me llevó a hacer algo que no planeaba, a diseñar una baraja…

Violeta
¿Por qué te callas?, sigue.

Johanna
(Suspiro) Pues porque digo que esa baraja es otro bebé pero yo sé bien que no lo es. Mira, mis dudas y mis culpas comenzaron cuando al final de la universidad no me fui a estudiar a otro país, no inglés ni postgrado ni nada, seguir aquí como en una inercia tonta y rancia.

Violeta
¿Qué esperabas entonces?

Johanna
Al príncipe azul, al hada madrina, al marido perfecto, qué se yo, todo eso y nada de eso. Quería irme sí pero aunque me costó me di cuenta de que no quería hacer ningún postgrado. Después de 20 años de estar estudiando estaba harta, lo que quería era viajar.

Violeta
Pero al final viajaste, ¿no?

Johanna
Viajé, sí, pero eso me llevó a otro vacío.

Violeta
Pero espera, ¿qué pasó con el perro?

Johanna
Ah sí, el perro, Copito se llamaba. El asunto es que cuando estaba en la universidad mi abuelo ya se había muerto y era él el que se encargaba de Copo. Yo no lo cuidaba, era responsabilidad de él y yo me sentía muy cómoda con esa situación, pero cuando él ya no estuvo más tuve que decidir, o me llevaba el perro otra vez para mi casa, para un apartamento donde vivía con mi mamá y donde iba a estar todo el día solo, o lo dejaba en donde estaba, en donde nadie se hacía cargo de él, en donde salía cada vez que podía porque a todos nos daba pereza sacarlo a pasear… el pobre estaba sordo porque nunca sube cómo protegerle los oídos porque….

Violeta
En resumen te sentiste mala madre.

Johanna
Totalmente, sentí que lo estaba haciendo sufrir por puro gusto para no enfrentar la alternativa.

Violeta
¿Y cuál era?

Johanna
La que tomé al final, sacrificarlo. Más de uno me cayó encima por haberlo hecho, por eso prefería no volver a tocar el tema con casi nadie y tuvieron que pasar años antes de que pudiera hablarlo sin que se me encharcaran los ojos… (Suspiro)

Violeta
¿Y cómo se conectaba esto con la maternidad y con el marido rico?

Johanna
Por las culpas, se conecta por las culpas

Violeta
Ah, sí las benditas-malditas culpas.

Johanna
Sí, me decía primero que había matado un perro para viajar, para irme a vivir fuera del país apenas me graduara y no lo hice, luego viajé y aunque me gustó no fue lo que imaginé…

Violeta
Y por eso te sientes mala madre, porque pusiste tus sueños por encima de un hijo-perro.

Johanna
Eso, eso mismo.

Violeta
Pero sigo sin entender la relación que tiene esto con el marido rico.

Johanna
Pues que ahora que ya hice todo lo que quería hacer, que ya me convertí en la persona que quería ser cuando estaba en la universidad sigo sintiendo que me hace falta algo. Veo a mujeres exitosísimas, ejecutivísimas que “crian” hijos y me pregunto, si ellas, con todo lo ocupadas que están pueden ¿por qué no voy a poder yo criar hijos y seguir escribiendo, seguir diseñando y haciendo todas las cosas que me gustan?, pero entonces está el tema de la plata.

Violeta
¡Y entra otro factor en la ecuación!

Johanna
Sí. Una cosa ha sido mantenerme yo, viajar yo, correr con mis gastos yo, pero no me miento, a veces no soy capaz con todo y me toca pedir financiación en el banco mamá, algo que me hace sentir miserable, como si tuviera 5 años de nuevo, y viene la pregunta: si no soy capaz de hacerme cargo de mis gastos ¿cómo coño voy a mantener a un muchachito? Además yo no quiero ser madre soltera, qué pereza. De tener un hijo me gustaría lo que nos gustaría a todas las mujeres, ser la madre que nunca tuve, darle lo que nunca recibí.

Violeta
¿Y qué le darías?

Johanna
Un colegio al aire libre, es más, no me gustaría criarlo aquí, me gustaría criarlo en Europa, en Alemania o en Austria, en uno de esos países donde te pagan para criar niños, allá donde puedes enviarlos a un jardín al aire libre para que sean guerreritos desde chiquitos, me gustaría ser una nómada digital, poder trabajar en los temas que amo por internet para estar con mis hijos cuando sean pequeños y trabajar por horas, luego cuando estén más grandes me dedicaría de nuevo más a mi trabajo. Que recuerde nunca soñé con tener mucama, niñera, empleada o qué se yo para que críe a mis hijos pero como tengo un historial lamentable de relaciones de pareja ese parecía ser el futuro.

Violeta
¿Parecía?

Johanna
Sí, últimamente he sacado tanta mierda de mi vida que por momentos me siento como súperheroína, como que puedo hacer lo que se me dé la gana.

Violeta
¿Y eso cómo cambia las cosas?

Johanna
Pues a veces llego a creer que sí, que no voy a tener que criar hijos sola y que por lo tanto no tendré que trabajar como mula para que una desconocida los cuide, que mientras mi amorcito trabaja voy a estar yo en el nidito viendo por nuestros retoños.

Violeta
Ay, qué ternura.

Johanna
En lo cínica se te nota que eres un invención mía. Pero sí, es así. Luego me atacan otros miedos.

Violeta
Nunca descansan los condenados.

Johanna
Nunca. Vienen entonces los temores acerca de que se me acaba el tiempo, que NE-CE-SI-TO ser madre antes de los 40 porque de lo contrario los chicos van a nacer enfermos y deformes, que me voy a sentir culpable por no haberle dado nietos a mi madre antes y que por eso se va a morir sin haberlos disfrutado lo suficiente.

Violeta
Pero mira que eres buena para autobardearte.

Johanna
No tienes ni idea. También he pensado en que yo voy a querer vivir hasta los cien años para disfrutarlos, que si hubiera quedado embarazada antes esto no estaría pasando, que ya los habría disfrutado un poco y que luego no estaría tan cansada para criar…

Violeta
Pero espera un momento, ¿de veras te arrepientes?

Johanna
No, para nada, o sea, la biología es innegable, un hombre puede tener hijos hasta que se muera, así se muera de ciento y pico pero por favor no me pidas que me embarace a los 90, pero arrepentirme de haber ido sola a Praga, a Hallstatt, a Salzburgo, a Río ni por el putas (risueña). No sabes lo feliz que fui recorriéndolas, sintiéndome yo, sintiéndome libre y la verdad no me veo dejando de viajar sólo porque soy mamá.

Violeta
Mmm, como lo veo la solución está afuera.

Johanna
Sí, sospecho lo mismo. Vivir afuera, criar afuera, ahora sólo me falta el marido rico.

miércoles, octubre 19, 2016

Diario de la locura - Esto también es un sueño

Cada vez entiendo más eso que decían los griegos de que habían visto un sueño en lugar de que habían tenido un sueño. Muchas veces los sueños vienen a mí, como las historias que se adueñan de sus relatores para que se abran paso hasta mí a pesar de mi reticencia.

El siguiente sueño, a caballo entre los sueños lúcidos y los premonitorios, me recuerda otro que vino así, buscándome afanosamente en labios de otro soñador, que sí o sí quería contármelo. Todavía estoy trabajando en la relación que hay entre los dos eventos por eso sólo mencionaré algunos de sus elementos, pues como en todos los relatos nocturnos, algunos mensajes son sólo para el soñador que, si quiere, podrá revelar a su debido tiempo.

Encuentro con mi sombra

Mi sueño lúcido, como casi todos los que tengo últimamente, comienza después de un despertar en esta realidad. Intento dormir de nuevo hasta lograrlo y de repente estoy en él. Una jefe con la que trabajé hasta el año pasado quiere contarme un sueño que ha tenido pero a mí me resulta pesada la situación. El tema que toca llama mi atención y me hago la pregunta de rigor, ¿estaré soñando? Toda la situación ya me ha parecido extraña. Estoy descalza y debajo de una cobija en la oficina, pero sólo su pregunta dispara la duda. Me fijo en mis manos y las veo como en la vida despierta. La mesa que tengo al frente es de madera oscura, redonda y cubierta por un vidrio. Ahora estoy segura de que estoy soñando y sigo mirando mis manos para estabilizarlo. Siento satisfacción al poder ignorar a mi jefe.

Se me antoja dibujar mandalas con tiza en esa mesa. Intento materializar tiza entre mis manos con sólo pensar en ella. No lo logro. Un intento nuevo y una decepción nueva. Me aburro. Lo mejor es que explore el escenario para ver qué más hay. Por momentos pierdo la lucidez pero la recupero pronto. Estoy en un pasillo de una casa antigua. Hay un espejo en una pared, me miro y me asombro, me veo igual que en la vida despierta. Recuerdo una discusión al respecto que se dio en un grupo virtual de soñadores al que pertenezco. Me digo que cuando despierte le diré a Hernán que sí, que es posible verse al espejo sin distorsiones en un sueño.

Sigo explorando el espacio. Al darme vuelta veo una habitación al frente del corredor. Mi perspectiva alterna entre la de testigo y la de actriz. He notado una presencia oscura. Dos niños, al parecer mis hermanos, quieren que los proteja. La niña se arrima a un bulto que hay en una cama. Entiendo que soy yo debajo de las cobijas. La niña quiere meterse debajo porque está asustada. Le transmito seguridad. Ahora soy actriz. Le digo que no se preocupe, que me voy a hacer cargo de esa oscuridad. Me doy la vuelta y veo la sombra al otro lado de la puerta. Es una puerta con un cristal esmerilado que me permite ver con distorsión lo que hay del otro lado.

Tranco esa puerta gris y metálica con dos pasadores. Luego me vuelvo a hacer consciente de que estoy en un sueño. ¿Qué hago?, me pregunto, sé lo que tengo que hacer. Destrabo los pasadores y abro la puerta. Me entrego a la sombra, la abrazo. Resulta ser un hombre atractivo, aunque no precisamente mi tipo. Me besa con demasiada intensidad. Se lo digo. Me besa de nuevo. Cuando por fin habla me dice que es muy importante que me funda con mi sombra, que en realidad es una virtud y que sólo hasta que lo logre estaré lista para vivir lo que viene más adelante. Me quedo pensando en que no sé a qué virtud se refiere. Luego el hombre alto y atractivo comienza a reducirse hasta desaparecer en su hábito gris de monje. Luego aparecen otros personajes que me explican cuál es la virtud que debo desarrollar y cuánto tiempo tengo para completar esta misión. Despierto y grabo el sueño.

Un sueño que no vi pero que se abrió paso hasta mí

Un hombre joven me contacta a través de Twitter. Quiere que le ayude a entender unos sueños premonitorios que lo tienen muy pensativo. Le digo que oiga uno de mis podcasts para comenzar a orientarlo. Busca uno de mis correos y me manda la grabación de un relato en el que habla de sus viajes nocturnos. Lo oigo. Es un buen narrador. Sus sueños me resultan muy interesantes.

Pasado un tiempo me envía el relato de otro sueño. Es una mezcla entre sueño premonitorio y sueño lúcido. Le pregunto si alguna vez puedo hacerlo público. Responde que sí.

El sueño va más o menos así: Se despierta en una cama que no es la suya, tampoco la habitación donde se encuentra. Recorre una casa que a las claras tampoco es la de su vida despierta. En los corredores hay fotografías de tiempos pasados. Se reconoce en algunas de ellas junto a personas que no conoce o no recuerda. Tampoco recuerda cuándo se han tomado esas fotos. Entiende que está soñando. En un punto se mira en un espejo y ve su cara como supone que será cuando tenga 10 años más. Las entradas de una calvicie progresiva así se lo confirman.

Llega a la cocina de esa casa y se encuentra con su mujer del sueño. La trata de un modo extraño y ella se ofende. Él es perfectamente consciente de que en su vida despierta es otro año y de que esa mujer no es su pareja. El sueño sigue en torno al mismo tema. Él está viviendo 10 años adelante en el futuro pero no recuerda nada de lo vivido entre el momento en que fue a dormir y cuando despertó en esa otra realidad.

What if you slept
And what if
In your sleep
You dreamed
And what if
In your dream
You went to heaven
And there plucked a strange and beautiful flower
And what if
When you awoke
You had that flower in you hand
Ah, what then?
Samuel Taylor Coleridge

El sueño que vi en el que mi sombra me hablaba de la importancia de fundirme con ella fue la mañana de un día en el que tendría un encuentro especial. Una bruja a la que conocí hace más de diez años murió hace un poco más de 9 meses. Desde donde está, y con la ayuda de seres más viejos, se las arregló para juntarnos a una amiga suya y a mí. Luego contaré su historia, hoy basta con decir que varios de los escenarios que vi en el sueño fueron los mismos que recorrí ese día con F. mientras hablábamos de nuestra conexión.

El plan era ir a un café que quería conocer desde hace meses. Al llegar nos dimos cuenta de que no funcionaba más ahí. Para aprovechar la temperatura primaveral del día caminamos por el barrio más bonito de Bogotá. Dimos tumbos como turistas y buscamos una librería café a la que no iba desde hacía años. Al llegar un chico dulce y atento nos abrió la puerta. Miré al suelo, cubierto con gravilla, algo llamó mi atención. Lo levanté, lo guardé bien para no perderlo, y seguí hablando con F. para no perder el hilo.

Más tarde, estando sola en mi casa, saqué el objeto. Era un anillo de oro. Busqué el significado del diseño, pero lo que más me impactó fue el número de esferas pequeñas que lo rodean. Un número que coincide exactamente con el plazo mencionado en el sueño de la mañana para el desarrollo de la virtud señalada.