Another stage in my human evolution.

A otras mujeres les gusta ponerse poca ropa para que les vean el cuerpo, a mí me gusta publicar textos para que me vean el cerebro.

miércoles, noviembre 11, 2009

Atrapada en la sala de cristal (6)

Seguí pensando y recordé a alguien, a ese que sólo me busca con la esperanza de meterse en mi cama alguna noche, retomé el tono de desesperación que había usado con mi jefe y lo llamé. Fingiendo llanto le describí atropelladamente la situación, él me pidió que me calmara, al fondo oí ruido de restaurante. Le di los datos del edificio donde me encontraba, lo apuré para que llamara a la administración y al servicio de vigilancia, en realidad me aterraba perder una noche de mi vida durmiendo mal en un edificio corporativo, ya estaba planeando mi escape pero me negaba a salir callada, quería que los dueños notaran al menos una de las fallas que tenía su edificio planeado con tanta sabiduría.

Mi aspirante a amante dijo que me llamaría de nuevo, en 10 minutos, haría las llamadas necesarias para mi rescate. Apenas se cumplió el plazo mi móvil volvió a sonar, 3 guardias de seguridad iban camino al piso señalado para sacarme de mi encierro, al colgar me preparé.

Moví un par de sillas apoltronadas, me quité los zapatos, dejé en el suelo mi cartera y el portapapeles que llevaba, calculé el espacio, me acosté y comencé a deslizarme por debajo de una de las paredes de cristal.

martes, noviembre 10, 2009

Atrapada en la sala de cristal (5)

Esperé 10 minutos pero nada ocurrió, nadie vino a interrogarme. Imaginé cómo sería pasar la noche durmiendo en sillones de sala de espera, pero no me gustó lo que vi.

Resolví llamar a la asistente de mi jefe pero no respondió, eran más de las 8 de la noche y a esa hora se desconecta de los asuntos oficinescos, a regañadientes decidí llamar a mi jefe, detesta que lo busquen para resolver asuntos ridículos, pero tenía la esperanza de que conociera a alguien en el edificio que pudiera ayudarme.

Me contestó y tras decirme cortantemente que para eso, para resolver problemas insulsos está Marta, la asistente, me colgó después de recordarme que el informe de esa entrevista lo necesitaba para el final de la semana.

En ese momento estaba a punto de llorar de la rabia, hasta deseé tener un novio, un sujeto cualquiera de esos que encuentran las transeúntes cuando van por la calle, esos mismos con los que se casan y tienen hijos el día que se aburren de estar solteras, quise con afán tener en mi teléfono el número de un hombre que corriera a sacarme de ese aprieto, de esa sala de espera con paredes de cristal, literalmente, pero no había nadie así.

lunes, noviembre 09, 2009

Atrapada en la sala de cristal (4)

Al intentar abrirla me encontré con lo que no esperaba, estaba cerrada, las luces eran tenues, ni la secretaria, ni el personal de aseo estaban ya presentes.

Mi mente comenzó a maquinar, pensé en llamar por teléfono a alguien para que avisaran a seguridad que estaba encerrada y fuera alguien a rescatarme, luego creí que era mejor idea golpear con fuerza la puerta que acababa de cerrar parra llamar la atención del entrevistado, me abriría y yo podría salir por la puerta reservada para el personal autorizado. No funcionó, me cansé de golpear y juntar mi oreja con la madera esperando alguna reacción del otro lado.

Volví a la idea del teléfono pero tenía un inconveniente, la grandiosa secretaria no sólo me había encerrado a mí, el aparato también estaba indefenso dentro de un espacio cerrado, asegurado con llave, ahí mi memoria saltó a la segunda versión de Kung-Fu, serie televisiva donde aprendí que al cubrir una llave con un pedazo de plástico/polietileno se podría burlar una cerradura.

Busqué en mi cartera el manojo de llaves que suelo tener, probé algunas en la puerta que había cerrado cuidadosamente, encontré una que entraba y busqué en el cesto de la basura la bolsa vacía que había dejado el personal de aseo, arranqué un pedazo y con él envolví la llave elegida, recordaba que así había logrado acceder, alguna vez, al contenido de un cajón de un viejo escritorio. Teniendo presente el anécdota, como amuleto comprobado, me lancé a la cerradura convencida de que funcionaría otra vez, pero no, la llave entraba, más ajustada que antes, negándose a girar. Para ese momento comencé a rogar que un guardia de seguridad estuviera monitoreando las imágenes que transmitía la cámara de vigilancia, deseaba que me creyera una delincuente novata y que decidiera llamar a un compañero suyo para que revisara la situación.

viernes, noviembre 06, 2009

Atrapada en la sala de cristal (3)

Volví a anunciarme y me indicó una silla diciéndome que dentro de poco me haría seguir, con desconfianza fundada, seguí su instrucción. Pasada la hora acordada me llamó y me hizo pasar. Antes de eso la había visto arreglando sus pertenencias para dejar la sala de espera luego de anunciarme, entretanto yo había evadido con éxito las sonrisas comunicativas de los últimos visitantes de la sala de espera y había presenciado el trabajo del último turno de limpieza.

Crucé, por fin, el umbral a la derecha del escritorio de la secretaria y doblé a la izquierda por un pasillo corto con un par de puertas al lado opuesto, derecho, me aseguré de llegar a la oficina correcta y golpeé la madera, esperé la autorización de avance, para encender mi encanto de falsa relacionista pública, entré.

Encontré a un hombrecillo alto, delgado e inseguro, reacio a hablar con la grabadora andando, sin embargo mi sarcasmo natural, acentuado por la larguísima espera, retó a su ego que gustoso aceptó el desafío de ser entrevistado dejando pruebas materiales de su discurso. Pasado el intercambio de ritos sociales, donde él intentaba deslumbrarme con sus conocimientos y yo fingía ignorancia genuina, mientras predecía fácilmente en mi mente sus respuestas, me levanté y me despedí, quitándome anticipadamente la careta de entrevistadora profesional. Seria le di la mano y me despedí de pie en la puerta, salí y cerré.

Desande mis pasos, llegué al umbral más exterior, ahora a mi derecha, que me llevaría a la sala de espera, después a la salida, la abrí, con rapidez crucé el umbral, luego me aseguré de dejarla bien cerrada y me dirigí, con decisión a la siguiente barrera, de vidrio, ya no de madera.

jueves, noviembre 05, 2009

Atrapada en la sala de cristal (2)

Estando afuera busqué la ruta que me llevaría más rápidamente al lugar de la primera entrevista y llegué sin contratiempos, en realidad con mucho tiempo de sobra, incluso comencé a fantasear con tomar una siesta en uno de los cómodos sofás de la desierta sala de espera, ubicada dentro de un nuevo y lujoso edificio con alrededor de 10 televisores con pantalla plana en cada piso, todos, absolutamente todos en el mismo canal, sin posibilidad de hacer modificación alguna. Agradecí que al menos no estuvieran sintonizados en uno de televisión nacional.

Busqué el sitio más apartado posible, después de anunciarle mi llegada, a la secretaria del personajillo a entrevistar. Me senté donde nadie deseoso de conversación me tuviera a su alcance, quería adelantar la lectura del libro que llevaba e incluso escribir un poco, las únicas interrupciones que soportaría serían las provenientes de la asistente de mi jefe, llamándome para avisarme las posibles modificaciones en mi cronograma o sólo controlándome, para justificar esa bonificación mensual que le pagan por hacerlo.

No tardó en sonar mi móvil, era ella, la asistente diciéndome que el hombre, a quien esperaba para entrevistar, se demoraría en atenderme, que fácilmente se me iría toda la tarde, hasta llegaría la noche antes de que pudiera verme, pero no debía preocuparme, la otra cita que se esperaba yo cumpliera ese mismo día, había sido cancelada, me pedía que me concentrara sólo en entrevistar al sujeto que esperaba. Colgué.

Vi gente pasar, más de una vez, toda repetida, lamenté no llevar conmigo la cámara fotográfica para registrar el hermoso atardecer que vi desde el piso alto de ese edificio. Se fue el sol. Terminé de ver una película que ya conocía, esperé con ansias el concierto que aparece al final donde un hombre guapísimo canta una canción pegajosa. Hice el borrador de mi próxima columna, leí un par de capítulos del libro que traía, adelanté un informe que encontré, inconcluso, en mi carpeta de la oficina, devolví el cassette que usaría para grabar la entrevista, apunté gastos en mi control diario y me dirigí, faltando 10 minutos para la hora acordada, al escritorio de la secretaria, aún sin entender por qué no me había comunicado ella misma la demora de su jefe.

miércoles, noviembre 04, 2009

Atrapada en la sala de cristal (1)

No voy a comenzar con tonterías del tipo “el día era oscuro y gris, algo extraño se podía oler en el aire, por ello no quería salir de la cama”, más bien era un día normal, aunque nunca sé cómo usar correctamente esa palabra, era el escenario para una de esas correrías cáoticas de ciudad, en la que debía entregar algunos informes en la oficina donde trabajaba, escribir una carta a una amiga, llevarla a casa de sus padres, quienes se la entregarían cuando fueran a visitarla, junto a un libro que le había comprado.

Me levanté, me arreglé para salir y verifiqué que todos los elementos necesarios para la jornada estuvieran listos y metidos en mi cartera, salí, bajé los 5 pisos de todos los días y me dirigí al paradero donde tomaría uno de los 5 buses que me transportarían ese día. Llegué a la oficina sin novedades, entregué los documentos que esperaban, recogí el material que necesitaba para las entrevistas de la tarde, aproveché el tiempo que me sobraba para pasar a tinta la carta que había escrito en borrador, marqué con alguna gracia el sobre que recibiría mi amiga, envolví el libro, me despedí de la asistente de mi jefe y me fui.

Luego de almorzar llegué a la casa de los papás de mi amiga. Antes había llamado para asegurarme de que estuviera alguien que pudiera recibir mi encomienda, por lo que sabía estaría el ama de llaves, quien me recibió tan bien como siempre, por lo que tuve que entrar diciendo adiós y recordándole, cada vez que podía, mis obligaciones laborales para después de la visita, tenía la esperanza de que así me despediría pronto, sin amenazar el delicado equilibrio de mi agenda vespertina.

Algo de éxito tuve en la tarea, me demoré poco menos de una hora entregándole la carta y el libro, recibiendo una bebida suplementaria que insistió en regalarme al darse cuenta de que no tendría tiempo para prepararme jugo fresco de frutas. Salí disimulando el asco que me produjo el saber que la cicatriz, de su más reciente cirugía, se había complicado tomando el aspecto del tocino cocido a medias.

lunes, noviembre 02, 2009

Hoy amanecí mejor, siendo otra, recordando que existen más seres, diferentes a ti, más parecidos a mí, más viejos y sabios que también tienen la habilidad de hacerme sentir en casa, que permanecen a mi lado, que no aprovechan su cercanía para darme puntapiés cuando estoy vulnerable y mal herida.

En este instante ya no me duele tanto tu ausencia, ya veo con más claridad la sabiduría que me acompañó cuando te ayudé a hacer las maletas, y te llevé a la estación de trenes para que compraras tu pasaje de ida sin regreso.

Me dí la vuelta y caminé para no ver, para que fuera mi espalda, la que le mostrara los ojos a esa nube oscura y sucia que te llevaba lejos.

Creo que no parabas de sonreír.

Alcancé a oír los murmullos que salían de los vagones, miserables hablando de autógrafos, éxito y fama, mostrándose lentejuelas entre sí, como si se tratara de piedras preciosas.

Apuré mi paso y me erguí, al dejarte mis hombros se liberaron del peso que cargaron durante tanto tiempo, muchos, demasiados días estuve tratando de sostener intenciones sin futuro.

La luz está afuera y guía mis pasos, no me dejaré intimidar por los mares de gente que se apresuran, que corren para alcanzar la plataforma y subir a los trenes rumbo a la nada.

Ahora que vuelvo a concentrarme en mi figura, fantasmagórica, mis pies sienten más plenamente la firmeza bajo ellos.

Me esperan en la entrada los fenómenos de circo, la música con cantos de sirena me cautiva, mis neuronas le hacen cosquillas a mi cráneo, como alas de mariposas y voy olvidando hasta tu nombre.