miércoles, noviembre 23, 2016

Yo invento el trabajo de mis sueños

En el trabajo de mis sueños acepto la responsabilidad de mis elecciones. En él uso mis talentos sin cansarme y lo reconozco como parte del proceso que estoy siguiendo para expresar todo el potencial de mi ser. Lo que sigue es un relato de cómo llegué a esta definición.

En términos de periodismo, esa profesión que durante tanto tiempo creí sólo podías ejercer si una universidad te avalaba para hacerlo, he hecho prácticamente todo lo que he querido. Trabajé como redactora en una agencia de publicidad, escribí artículos para una revista de arquitectura, redacté contenidos de temas diversos para páginas web y llegué a ser la responsable de redactar todo el contenido de otra revista corporativa. En el proceso aprendí a hacer entrevistas desestructuradas, a editar testimonios hasta hacerlos comprensibles, sin cambiar el sentido original, y a tomar fotos aceptables para ser publicadas. Esta experiencia me sirvió para que me contrataran en una tercera revista, de circulación nacional y dependiente de un periódico prestigioso y con mucho abolengo. Lo curioso de este recorrido es que no recuerdo haber sido tan feliz con esos trabajos como lo he sido escribiendo acerca de temas que realmente me importan para proyectos que yo me inventé.

Lo que no cuentan las fotos

Tengo una foto que me tomó un ex novio en un viaje a Buenos Aires, en ella estoy al frente de una de las entradas del teatro Colón con expresión de aburrimiento. No hay satisfacción ni felicidad, pero la falta de color no puedo achacársela a la compañía. Entonces estaba en la segunda parte de una luna de miel digna de cualquier chick-flick, pero para ser capaz de señalar la causa de mi gesto tuve que esperar.

Varios años después otro hombre me tomó una foto en la terraza de un museo dedicado a la cultura celta. La expresión que tengo en esa imagen es totalmente distinta. No era sólo el saber que tenía la preciosa campiña austríaca a mis espaldas sino la sensación de haber estado expuesta a tanto conocimiento, a través de las traducciones de ese regalo vestido de amigo. Ese día fui plena, total. Ese día viví otra vez como investigadora curiosa sabiendo que me preparaba para adorar, una vez más, el sentirme poseída mientras escribo. Ese día, a diferencia de ese otro ya tan lejano, en otro continente, estaba siendo yo. La foto no fue la respuesta a un “requisito”, a un hay que hacerlo porque es lo que dictan las buenas costumbres sino un recuerdo espontáneo para el futuro de lo que realmente me hace feliz.

Antes de publicar el artículo que escribí hace unos días pensé en ilustrarlo con alguna foto, pero como pasa cuando intentas que una imagen transmita mensajes tan etéreos como espiritualidad, creatividad o encanto no logré hacerlo rápido. Busqué algunas imágenes y la única que llamó mi atención fue una diagramación bonita de una frase en inglés que podría traducirse como “el trabajo de tus sueños es el que tú creas”. Insatisfecha y apurada cerré la ventana del explorador y me ocupé de otras cosas, pero la frase quedó ahí, en el cuarto trasero de mi mente, preparándose para volver en forma de revelación.

Leer está muy bien, leer es muy fácil, pero leer también es el vicio que me hace creer que estoy haciendo algo cuando en realidad no estoy haciendo nada, porque el cambio en mi consciencia, el darme cuenta sólo ocurre cuando me cuestiono, que fue lo que pasó a continuación.

En un momento en que mi mente estaba libre de tensiones importantes vino la revelación: así como de la época escolar recuerdas más a las personas, las vivencias, lo que aprendiste a nivel emocional, y no cómo calcular el seno y el coseno en clase de trigonometría, de la vida vas atesorando los momentos que te dejaron lecciones valiosas y alegrías. Entre las páginas de mi diario no guardo una diapositiva en miniatura de esa presentación tan chula que hice para el cliente X ni la foto de un gerente leyendo el discurso que escribí para él. En mis cuadernos de campo pego el tiquete del ferry que me llevó a un lugar que parece sacado de un cuento de hadas, el recorte de la pizzería a la que fui con mi ex después de asistir a una obra de teatro que nos mató de risa y los borradores que hice de la portada de mi libro La numerología de los sueños. Los cuadernos de recortes y los diarios personales se han transformado en epitafios, en legados de los años que se fueron y que, a gusto o no, dejé atrás.

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, elige el que tenga corazón

Ya pasó mi disgusto y mi irritación. Ya no le veo sentido a criticar a los oficinistas que mansamente van todos los días a degustar exquisita agua de botellón y que esperan con ilusión el día de la paga para comprar eso que no pudieron el mes pasado. Ya he sido capaz de ver ofertas de trabajo sin hastío y reconocer varios cargos a los que se ajusta mi perfil profesional y que podría solicitar con mi hoja de vida elegante y bien planchada, y así, con ese desapego a lo negativo, he evaluado la posibilidad de volver a esos escenarios frente a la alternativa de seguir escribiendo, dibujando, recortando y pegando para crear objetos con alma. Es más, ahora me siento más cerca de la comprensión de que no se trata de esto o lo otro, sino que puede ser esto, lo otro y aquello. Ahora, así no ponga cartas sobre la mesa para saber cuál es la alternativa más conveniente desde el punto de vista del Bien Universal, entiendo mejor eso de “el camino que tiene corazón”.

Si considero ir a trabajar a otra agencia está bien y si prefiero ir a vender artesanías a una feria o una playa también. El conflicto es cada vez menor porque cuando escojo salir del presente, cuando miro al pasado o al futuro encuentro lo mismo, veo que al final del día, de la etapa o del ciclo el amor, la felicidad, la armonía han venido de adentro, de hacer lo que amo, de pagar para hacer reportería para escribir una crónica que nadie me encargó, de investigar para escribir un artículo que me importaba y que quería hacer para aprender, de curar y modificar imágenes para crear una baraja que empezó como una distracción para olvidar la tristeza de no haber vendido ningún libro de La numerología de los sueños a pesar de mis esfuerzos para darlo a conocer.

La felicidad no es esquiva, es rara. La felicidad es rara cuando no tienes consciencia, cuando no te das cuenta de que eso que compras o contratas sólo durará un rato porque viene de afuera, pero cuando te acercas a ella, la entiendes y comprendes de dónde viene, cómo viene, cómo la generas, entonces descubres el secreto de la magia. No importa en qué palabras te la cuenten, cómo esté encuadernada o cuál sea el disfraz del maestro que intenta transmitírtela, todos son medios de un fin que tú y sólo tú puedes alcanzar. Puedes alcanzarla a través de la literatura, los sueños o un libro de física cuántica pero a menos que medites, que reflexiones y que hagas tu trabajo no habrá promesa, método o clave que te la entregue lista para consumir.

A la alegría de vivir te la ganas con trabajo duro y con esfuerzo y ese es uno de los secretos reales de este asunto. Las promesas tipo encuéntrelo rápido también son promesas de piérdalo rápido, porque una vez comprendes el mecanismo sabes cómo repetirlo en el futuro, cuando haya nubes negras y noches de borrasca, ahora si sabiéndolo lo usas o no es otra historia, pero en mi opinión sólo cuando te has apropiado de veras de este conocimiento te es más difícil olvidarlo la próxima vez y es cuando puedes decir que has avanzado, así sea una micra en tu camino hacia la iluminación.




lunes, noviembre 07, 2016

Uno

La pregunta me la han hecho varias veces y sé que en el futuro me la harán otras más:

−¿Cómo te metiste en esto de los sueños?

Mi respuesta, con algunas variaciones, es la misma:

−Una vez mi abuela paterna tuvo un sueño tan, pero tan impactante que hizo que mi mamá me recogiera de la casa de la tía en la que me estaba quedando para pasar tiempo con una prima.

La reacción de mi mamá frente al sueño de mi abuela me pareció tan fuerte que despertó mi curiosidad. Antes ya había estado expuesta a la oniromancia. La modalidad, ahora vintage, de venta de libros por catálogo también había tocado la puerta de mi casa de infancia. A través de ella mi mamá había comprado un diccionario de símbolos para interpretar sueños. El libro pasaba de mano en mano entre mi mamá, mis tías y mi abuela de la casa materna. Yo también lo ojeaba pero lo que más recuerdo de ese texto era el miedo que me recorría cuando veía una reproducción del cuadro El grito de Munch y que a través de sus interpretaciones aprendí el significado de la palabra “querella”. Pero no todo fue tan estilizado ni tan intelectual.

Durante mi infancia y mi adolescencia, como buena hija de la década del 80, una de mis niñeras más leales fue la televisión. Veía todo, absolutamente todo, lo que me permitían y lo que no, que veía a escondidas, los pecados de Inés de Hinojosa, por ejemplo. De esa oleada de contenidos recuerdo especialmente dos películas relacionadas con la magia: Warlock, el hechicero y Jóvenes Brujas. Entre una y otra pasaron varios años, pero sus historias y los efectos especiales de la época fueron suficientes para plantarme dudas que décadas después no acabo de despejar.

Con Warlock, la primera que vi de las dos, se abrió para mí la puerta de la simbología, pero no la de los diccionarios de sueños comunes sino la de la semiótica y las culturas del mundo. Después de verla pedí con insistencia mi primer diccionario de símbolos, que todavía conservo. Mientras llegaba el tiempo de ver la segunda exploré conceptos budistas y los efectos de crear conjuros en una lengua extranjera, en lo que amigas de ocasión me acompañaron.

La primera fue Lays. En un momento muerto de clase y usando el anexo de un diccionario Larousse de los gordos, nos inventamos un hechizo para algo que no recuerdo, el todo era escribirlo en latín porque así sonaba más poderoso. Una dictaba y la otra escribía. Al terminar lo leímos y sí, era poderoso, inspiraba respeto. Entendimos con la práctica que la palabra es muchísimo más poderosa de lo que se quiere aceptar comúnmente. Supongo que por alguna intuición preferimos dejar de lado el documento, o quizás lo dejamos atrás para entretenernos con otro tema que nos pareció más interesante en ese momento: la hipnosis.

Un profesor de filosofía nos había encargado un ensayo en el que debíamos explicar si la hipnosis era o no efectiva. En un primer momento lo escribimos sin ninguna experiencia, consultando libros y reflexionando, pero luego, con la semilla de la curiosidad plantada, pasé a la parte práctica con otra amiga, Vanesa.

Vanesa era un poco menor que yo pero no por eso más manipulable. Le conté lo que quería hacer y ella se ofreció como conejillo de indias. Gradué la luz de mi habitación para que fuera acogedora, luego ella se tendió en mi cama y yo me senté a un costado en la silla del escritorio. Cuidadosamente seguí las instrucciones que tenía a mano. Hablé despacio y en un tono monótono para lograr el efecto que deseaba. Usé la metáfora de la escalera. Le pedí que bajara varios peldaños hasta encontrarse en un lugar subterráneo y tranquilo, luego le indiqué que se mirara la mano izquierda, que tenía a la vista y que la abriera y la cerrara. A pesar de una duda breve, siguió mis instrucciones. En ese punto la saqué lentamente del trance. No me interesaba plantarle ninguna idea rara ni ordenarle nada. Suficiente había tenido con probar que la hipnosis funcionaba, incluso cuando había alguna resistencia pues, como Vanesa después me confesó, intentó resistirse para que no pudiera ordenarle nada mientras yacía en mi cama, pero, contrariando sus deseos, fracasó.

De esa época también recuerdo el habernos resistido, con Lays, a entrar a misa porque nos declarábamos budistas. Al evocar ese episodio veo desde el exterior el aula múltiple en la que todas nuestras compañeras respondían los rezos del cura mientras un profesor, con gesto comprensivo, nos preguntaba a qué templo asistíamos para practicar nuestra fe, algo que no supimos cómo responder. No recuerdo cómo terminó el episodio sólo sé que después le pedí a mi papá que me llevara a conocer una mezquita budista, pues creía que así se llamaban los lugares de culto de esa religión. Luego intenté leer textos en inglés que hablaban del nacimiento y expansión del budismo, por eso tengo claro que el dogma de la fe funciona muy bien y sin importar la creencia. Mi comprensión de esa lengua no era muy buena, de ahí que cada vez que leía “monk” entendiera “mono” o “simio”. Ahora puedo reírme de mí misma, pero hubo una época en la que creía que los primeros encargados de transmitir la doctrina de Buda habían sido animales peludos. Con el tiempo no sólo entendí la diferencia entre las palabras “monk” y “monkey” sino que empecé a usar Internet, la herramienta que define nuestros días, para hacer más honda mi conexión con el mundo onírico.

Introducción

La memoria. Durante mucho tiempo creí que la memoria era fiel, que una vez guardabas un recuerdo permanecía siempre igual pero poco a poco, revisando registros en mis diarios viejos y leyendo artículos y libros acerca de neurociencia, aprendí que la memoria es todo menos estable. Creía yo, hace años, que cuando pensaba en un ex novio o en mi abuelo muerto les estaba dando vida a los recuerdos ligados a ellos, que los fortalecía al sacarlos a pasear por mi mente, pero luego entendí que las consecuencias de la evocación son muy distintas: cada vez que vuelves a la casa de tu infancia que vive en tu memoria la cambias, la modificas incluso sin proponértelo.

Las conexiones cerebrales son todo menos estables. La comunicación que se establece entre una neurona y otra y, por ende, entre un sector y otro, recibe la influencia de nuestra actividad mental, con lo que se logra aquello que dijo el premio Nobel Ramón y Cajal de que somos escultores de nuestro propio cerebro.

Ya he aceptado el hecho de cambiar mis recuerdos. Los adorno, los podo y los embellezco dependiendo de la actitud que tengo cada día. Si me siento invencible imagino un pasado de súper heroína y cuando no estoy en paz conmigo misma me invento miserias que nunca ocurrieron, y esto no es un privilegio sólo mío. Todos hacemos lo mismo.

El recuento que sigue es, por tanto, subjetivo hasta el infinito. Más que un relato de cómo recuerdo hechos de mi vida relacionados con el modo en que he aprendido a transitar el mundo de los sueños y a ser una de sus guardianas, es una crónica ficcionada que se transforma con cada giro, con cada remembranza y que responde al capricho del paso del espacio-tiempo, real y fantástico. El único objetivo que alcanzo a vislumbrar con esta recapitulación es acumular energía para tener sueños lúcidos más a menudo. Si además logro plantar señales en el camino de algún soñador principiante, pues que así sea.

jueves, noviembre 03, 2016

Que no te dé miedo hablar

En el tiempo que llevo indagando acerca de mi pasado he descubierto varios secretos oscuros pero, al margen de ellos, lo que más llama mi atención es la reacción de las personas a las que muestro mis trapos sucios.

Después de reconocer abusos, abortos y posibles incestos sentí que me deshacía, pero como la primera que me contó estas historias fue mi mamá poco pude hacer. En ese momento sentí la obligación ¿moral? de resistir, de aplicar lo mejor que pude el entrenamiento que recibí en la facultad de psicología para hacer como que todo eso era absolutamente normal, pero al final de cuentas ¿qué lo es?

Días más tarde, cuando estaba en mi espacio sagrado y seguro, pude meditar, llorar de un modo raro -no sabía si sentía rabia, dolor, tristeza o qué- y sentir que físicamente mi cerebro estaba cambiando. Tenía unas sensaciones extrañas en el cráneo que me avisaban que algún esquema mental viejo se estaba modificando. Pero esto no fue todo.

Aunque al principio elegí guardar silencio pronto empecé a hacer listas mentales, listas cortas, de a quién podría contarle todo lo que acababa de saber. Lo primero que me asaltó fue la culpa pues se supone que no debes decir nada "malo" de tu familia, pero como vengo trabajando desde hace un tiempo con conceptos parapsicológicos y dilemas morales que me recuerdan de modo contundente que el bien y el mal no existen, pronto dejé de sentir la obligación de ser leal a mi clan, por lo que la culpa que podría sentir al contar hechos reales y pasados se disipó.

No se trata de que esté orgullosísima de haber tenido un bisabuelo que amenazó de muerte a su esposa y a varios de sus hijos, pero tampoco es que me sienta gozosa de haber descubierto que era un músico autodidacta y profesor de esgrima, es que estoy aprendiendo a ver todo eso como hechos, como situaciones que de algún modo contribuyen a un Orden Mayor, así con mayúsculas. Aceptar esos esas realidades, así, sin juicios, me ha permitido contar a mis amigos lo que pasó en mi familia y en mí misma. Ahora con toda la información que tengo encima entiendo mejor mis propios instintos asesinos y veo de otro modo al ego, que en algún momento me impidió soltarlos para que desperdiciara ve tú a saber cuántos años en una cárcel por un crimen que no valía la pena cometer. ¿Y sabes qué es lo que más me ha sorprendido de esto? La reacción de las personas con las que hablo.

Cuando esperaba que me acusaran con sus dedos limpios e inmaculados, porque quien juzga se pone en el papel del juez santo y puro, salieron risas cómplices y confidencias no solicitadas pero que agradecí porque me hicieron sentir menos "mala", -mira que el bien y el mal son ilusiones difíciles de desvelar-. Una vez conté lo peorcito que me ha pasado y que les ha pasado a mis ancestros vinieron las confesiones del tipo "yo también siento a veces que odio a mi mamá", "mis abuelos no se quisieron" y "mi abuelo también tiene un hijo por fuera del matrimonio". Yo veo todo esto como magia. Iba esperando latigazos severos y me encontré con comprensión y hasta "envidia de la buena" por ser capaz de confrontar a mis mayores para ir tras la comprensión de mi genealogía.

Te lo concedo, explorar el pasado aterra porque es terreno desconocido, así se trate de tu familia. Muy seguramente desconoces el nombre de tus tatarabuelos y las profesiones ejercidas por tus bisabuelos, incluso guardas secretos que les cuentas a tus amigos pero que escondes de tus hermanos y como no escribo queriendo hacerme la superada diré que todo eso es "normal".

Todos gastamos demasiada energía tratando de dar una imagen que no corresponde con nuestros pensamientos ni con nuestras emociones. A muchos les da vergüenza sacar la basura porque quieren sostener la mentira de que en su casa no hay nada malo ni sucio, otros, como yo, creemos con devoción que somos súper independientes al tiempo que olvidamos convenientemente que todos los muebles que llenan nuestras casas fueron comprados por nuestros padres. Sí, contamos cuentos de hadas que creemos ciertos hasta que reflexionamos y desenmascaramos al lobo negro que vive dentro de nosotros.

Cada vez que cuento una historia que creo peor que la anterior lo hago con menos miedo que antes. Ya no espero un tablazo ni ser lapidada por los demás. Ahora sé que ese que me escucha, mirándome o no, se siente identificado con mis oscuridades, al tiempo que resiste las ganas de decir que él o que ella también ha sentido ansias asesinas, que odia a su tía o que cree que su papá le arruinó la vida. Mis historias no son mías, son las de todos y en la medida en que más las ventilo más se sana mi entorno y más me ayudo a mí misma, que es a la única que puedo ayudar.

El trabajo de tus ¿sueños?

Hace unos días me llegó un recordatorio de lo que supone uno es el trabajo de tus sueños. Hacer eso que tanto te gusta y que además te paguen bien por hacerlo. Pero ¿qué pasa cuando el trabajo soñado deja de hacerte feliz?

No tengo el recuerdo consciente de haber deseado tal o cual trabajo durante años hasta haberlo conseguido, al menos no fue así de niña o de adolescente. Recuerdo sí que me sentaba a escribir durante horas y la actividad per sé me causaba felicidad, eso era todo. No pensaba en cuánto me iban a pagar ni siquiera pensaba en si te pagaban por hacer eso, lo hacía y ya. Claro está que ayudaba mucho el ser niña y adolescente, porque en ese entonces las cuentas por pagar no eran algo que me preocupara.

Con el tiempo, la experiencia y los cambios llegaron trabajos que en su momento pensé me harían muy feliz. Quizás fueron lo más parecido que tuve a un trabajo soñado PERO pasados tres, cuatro meses todo volvió a ser como antes. La curva de aprendizaje se aplanó, el reto se perdió y yo sentía en más de una ocasión que sólo hacía plata. A muchas personas la plata les basta para seguir adelante. Siempre están pensando en eso nuevo y brillante que se van a comprar y por eso la plata los motiva, pero yo, que ya he llenado casi 5 cajas de objetos que no quiero, no me sirven, me estorban y que sé pueden hacer feliz a alguien más, no soy quien para sentirme radiante y poderosa por ganar más y más millones, muchísimo menos si a cambio de ellos debo trabajar jornadas de 12, 16 horas cada día en algo que me mata el alma. Pero que no se me malinterprete, tampoco quiero ser una hippie mugrosa y pobretona. Yo busco algún equilibrio.

El trueque es bello, hermoso, práctico pero a mí, como a ti me llega sin falta la factura de la luz y la del gas y la empresa no me recibe ilustraciones, mezclas herbales ni clases a cambio del servicio que me presta. Acepté estar en este mundo y una de las condiciones para estar aquí es transar con dinero.

Dejemos a un lado el cuento de hadas

Hace un par de años empecé a ver mi insatisfacción con el trabajo que tenía. Había aprendido mucho acerca de periodismo sin inscribirme en ninguna universidad. Tenía el privilegio de firmar artículos con mi nombre aunque ninguna autoridad oficial ha dicho que soy periodista y por un tiempo me gustó. Luego vino, como suele pasar con todas las decisiones que no están precedidas por un cambio de consciencia, la insatisfacción. Creí que ese trabajo me haría feliz durante mucho tiempo y sí, fue un medio para conseguir fines: viajes, sensación de independencia, cremas que huelen rico, etc. pero esa satisfacción fue efímera. Escribir una y otra vez de los mismos temas, así fuera cada vez más fácil porque sólo tenía que reescribir textos viejos, dejó de gustarme. Firmar como jefe de redacción se convirtió en una carga y, como un reflejo de lo que me pasaba, la empresa con la que trabajaba
entró en decadencia. La crisis no fue inesperada, el descenso estaba muy anunciado y yo me preparé tanto como pude. Seguí con este, mi proyecto personal, ahorré, viajé y me entregué.

Mirar el miedo a los ojos

Pasar de sentirte independiente, todopoderoso y cómodo a encarar la escasez y a vivir de plata prestada, mientras sigues luchando para que aquello en lo que crees persista no es fácil. Da miedo. Da muchísimo miedo.

En este punto no estoy bien y no me gusta aceptarlo, me irrita, me incomoda. Soy consciente de que esto no será eterno porque nunca lo es. Me molesta tener que malcubrir gastos fijos con entradas escasas e inestables, pero cuando considero la alternativa de buscar otra vez "un trabajo normal" o un "contrato rentable" viene a mí una sensación desagradable, amarga y pesada que lo invade todo. Así en este punto no sepa de dónde vendrá la plata que necesito para comprar jabón de tocador ni cómo cubriré la deuda que tengo de seguridad social, puedo ver a los ojos al miedo y decirle "sí, estás ahí pero así solo pueda dar un paso corto a la vez no pienso retroceder". La alternativa de estar de nuevo en un trabajo que no amo, que ni de lejos contribuye al Bien Universal y que sólo parece estar hecho para enriquecer a los ya ricos a costa del bienestar ajeno no me parece soportable.

No soy ninguna milagrera

Sentí la necesidad de escribir esto no sólo para mí sino para abrirle los ojos a algunos inocentes. Sí, ya sé que a veces soy demasiado pretenciosa por creer que la gente, en general, puede elevarse por encima de sus limitaciones, pero me cuesta ser de otro modo. A lo que voy es a que cada tanto se me acerca alguna persona pidiéndome que me sume a su proyecto, que trabaje en compañía de ella o que hagamos alguna actividad y por principio digo "sí" a todo. Me gusta descubrir hasta dónde se puede llegar con una iniciativa, a veces a feliz término, como pasó con el taller que di hace unos meses en Tunja, y otras veces no pasa de publicar un evento que luego borro porque no inspiró interés
suficiente para cubrir los gastos básicos que implica una actividad

de éstas, pero sea como fuere no dejo de percibir, quizás erróneamente, que algunas personas se acercan creyendo que tengo capacidades extraordinarias de convocatoria, que con sólo tocar el teclado atraigo la atención de los amantes de las plantas y del mundo onírico y que por eso a los eventos que organizo llegan decenas de personas y pues no, no es así.

A la charla que quise dar el jueves pasado no llegó nadie. No me da vergüenza decirlo porque estoy en la onda de ser tan transparente como puedo y porque tras revisar los pasos que dí para organizar ese evento pude concluir que por darle prioridad a otro que pretendí armar en sociedad, dejé de lado la preparación de este y lo descuidé.

Los temas que me interesan podrán tener mucho de paranormal pero no por eso la logística, la responsabilidad y la persistencia dejan de importar cuando se trata de materializar algo.

Esto que me pasa no es una exclusividad mía. Los altibajos, una oferta excesiva de cursos, talleres y, en general, de productos y servicios son una característica de nuestro tiempo. La competencia no es mala, al contrario, sirve para medir si lo que haces es de calidad o si debes mejorar lo que ofreces, pero aunque tu oferta sea la mejor de nada servirá si no trabajas con persistencia y con esmero. Puedes ser el mejor del mundo en lo que haces pero si lo haces cada año inevitablemente ese mediocre constante que se expresa todos los días te ganará la partida al cabo de un tiempo.

Yo misma he pecado por no trabajar con las ganas y con la constancia que envidio en otros. Los "problemas" que tengo ahora me los he buscado yo sola y por eso no tengo el dedo listo para buscar culpables afuera. Me acomodé, me dejé seducir por los beneficios de trabajos y contratos "estables y jugosos" que me anestesiaron y me hicieron olvidar en más de una ocasión que si quiero vivir de esto, de mis textos queridos, de mis barajas, de mis cursos no puedo pretender lograrlo sólo con esfuerzos frugales y aislados. O pongo mi lindo trasero en la silla y me pongo a trabajar como debo o me busco algo más para hacer, algo que al cabo de unos meses me dejará tan insatisfecha y tan aburrida como lo estuve en el pasado, algo, cualquier cosa que me pondrá en el punto de partida de un ciclo ya conocido pero hasta ahora no superado.

Adivina qué es lo que sigue.

domingo, octubre 23, 2016

Diario de la locura - Sensaciones fantasma

A veces están ahí y a veces no, justo como la comezón en un miembro amputado. No sabes de dónde vienen pero son tan reales que no puedes negarlas, como la seguridad que sentías cuando vivías con tus abuelos, la misma que sentiste cuando fuiste a vivir con uno de tus novios y que sólo podrías describir usando poesía.

Hace poco más de un mes salí a caminar porque sí. En el camino recordé una trilogía que terminé de leer este año: Silber de Kerstin Gier. Supongo que el cielo gris, sin amenazar lluvia, me recordó el clima de Londres, ciudad en la que se desarrolla la historia. Me dije que me gustaría vivir en una casa tudor y seguí esa línea de fantasías. Más adelante, mientras pasaba por un sitio que no había planeado en una dirección que tampoco había planeado, se me ocurrió empezar una conversación con un amigo al que había vuelto a contactar recientemente, después de hubiese pasado más de un año sin saber nada de él. No tenía expectativas. Buscarlo era como disparar un tiro al aire, pero el tiro dio en el blanco.

El encuentro que tuvimos al día siguiente se parecía mucho a una abducción extraterrestre. El tiempo se dilató mientras estábamos juntos y oí cosas que no esperaba oír en esta vida. La chica con la que había salido el Sombrero Loco había sido asesinada. Meses antes, cuando habíamos chateado, ya me había contado de su muerte, pero a pesar de que vivimos en un país con una historia tan larga de violencia, di por sentado que la causa de su fallecimiento había sido una enfermedad, no un balazo.

Me contó una historia breve con presentimientos, con odios, con disculpas y con esperanzas rotas. Al terminar supe que no podía estar con él aunque lo quisiera. Lo quería todo para mí y él estaba dividido. Al día siguiente, con dolor pero con certeza se lo dije. Él aceptó mi posición y, como de costumbre en nuestra historia larga, dejó entreabierta la puerta  que nos comunica.

Poco a poco más certezas me fueron atravesando. Dejaría de hablar con él durante un tiempo y luego lo buscaría. Vinieron noches de releer conversaciones viejas, de comprender cuánto me gusta el Sombrerero Loco y cuánto miedo me producía la intensidad de tales sentimientos. Llegó también la comprensión de que si nunca quise estar cerca de él antes, cuando estuvo en relaciones serias con otras mujeres, no fue por respeto a la moral y a las buenas costumbres ni tampoco por miedo a que si él engañaba a su pareja conmigo en el futuro me pasaría lo mismo con mi pareja del momento. La razón era más compleja y me había sido esquiva durante mucho tiempo.

Cuando tenía 14 años mi mamá, separada, me presentó a su novio nuevo. Cuando lo vi olí fuego, olí problemas, olí rabia, olí muchos sentimientos y muchas experiencias negativas, y no me equivoqué. A los 14 años mi mamá era mi proveedora y yo tenía un nivel de consciencia muy distinto del que tengo ahora, por eso me quedé a su lado. Los 10 años que siguieron, si bien tuvieron momentos muy felices, los recuerdo también como una época muy turbulenta en mi vida. Las peleas con mi mamá porque siempre había jugo de lulo en la casa para complacer al señor Jairo. La llegada del contestador automático para evadir a la mujer que buscaba a mi mamá para insultarla. Los limones cortados en cruz en todos los rincones de la casa, que luego se recogían negros y podridos. El no querer entrar al supuesto espacio seguro porque estaba él sintiéndose tan dueño y señor de un sitio que no le pertenecía. Sí, pasaron todavía más años antes de que mi madre aceptara en mi cara que se había metido en una relación ya establecida. Vinieron luego las explicaciones sin pruebas que se dan en esos casos. Que el matrimonio ya estaba acabado, que estaban los hijos de él y de la mujer, que bla y que bla y que bla. Pero yo no podía ser tan traidora ni tan puta como mi madre. Yo no quería ser tan gurupa (grupa) como las mujeres con las que se acostaba Vicente, mi tatarabuelo, ni mucho menos como las que le saciaban las ganas a Críspulo mi bisabuelo. Yo quería ser santa, así eso implicara morirme, literalmente, sin darle un beso al Sombrero Loco.

Entender todo esto, al menos a un nivel superficial, me tomó semanas, semanas alejada de él, pero cerca de mis muertos y de mi árbol genealógico. La recapitulación de mi historia y las conversaciones con familiares y amigos me fueron explicando más cosas. La dificultad, que muchas veces aflora en mí, para aceptar el amor desinteresado es una herencia que recibí de ancestros no reconocidos por sus padres y que sintieron la necesidad imperiosa de satisfacer a los demás para ganar un poquito afecto. Lentamente entendí que sí, que cuando digo que tengo una relación buena conmigo misma no me miento, por eso en algún punto, como acto de amor propio, le pedí perdón al Sombrerero Loco por todas las veces que fui dura con él por miedo a sentir demasiado. Le pedí perdón porque me hacía falta perdonarme a mí misma. La madrugada en que lo hice, porque al parecer la madrugada es el momento de las epifanías, me fui a dormir tranquila.

A la mañana siguiente pensé en alguna actividad que pudiera hacer para seguir honrando el compromiso que tengo conmigo. Revisar registros oníricos grabados en audio en mi teléfono celular me pareció buena idea. Empecé por los pocos que me quedaban de abril. Los oía, les ponía un título y los guardaba en mi disco duro externo. Todo iba bien, no sospechaba lo que estaba a punto de pasar.

En uno de los registros oníricos de mayo, que narré con naturalidad total, una palabra hacía referencia a la chica muerta con la que había salido el Sombrerero Loco. En ese momento el detalle del sueño era tan menor, tan cotidiano que no me perturbó, pero el estallido emocional ya estaba al acecho. Este es un resumen del relato que seguía sonando en mis audífonos:

Repito una palabra de una transmisión de radio que he estado escuchando. Estoy con Paloma Navarrete, una sensitiva española que respeto mucho y con otra mujer. Paloma Navarrete nos está dando una clase acerca de cómo detectar pistas de asesinatos, luego dejamos la habitación de paredes de madera en la que estamos y vamos a un salón anexo. Allí están el Sombrerero Loco y dos familiares suyos.

En ese punto solté el teléfono y corrí a llamar a mi mejor amigo. No lo encontré por lo que el garrón se lo tuvo que aguantar la novia. Yo estaba alterada, muy alterada aunque ella no dejaba de decirme que era increíble mi presencia de ánimo. La fecha no mentía. El sueño lo había tenido a menos de un mes de la muerte de la chica y dos meses antes de que el Sombrerero Loco me hablara de ello. El sueño además tenía otra particularidad. A diferencia de otros viajes nocturnos recientes, en los que me las he arreglado para disfrazarlo, su figura era tan clara que lo mencionaba con nombre y apellido.

Luego de varias horas encontré el valor necesario para oír toda la grabación y a continuación pedí ayuda del Otro Lado. La respuesta que recibí  fue “este mensaje no es sólo para ti”. Le envié el archivo sin convertir para que pudiera verificar la fecha, le pedí que dudara, porque si yo recibiera algo así también lo haría, finalmente le dije que si quería saber más me buscara. Pasadas unas horas respondió. En su mensaje me explicaba porqué aparecían sus familiares en el sueño y me daba el nombre completo de la chica. Uno de sus apellidos era la palabra que recordaba de la transmisión de radio con la que empezaba el relato.

Estaba muy alterada. Busqué ayuda. Me comuniqué con personas que siento saben más que yo de temas espirituales y que tienen un contacto cotidiano con otras dimensiones. Me tranquilizaron y me enviaron su apoyo. Por mi cuenta seguí tratando de entender todo lo que había pasado.

***

Para este punto el Sombrerero Loco me ha escrito otra vez. Dice que no quiere saber nada más de la chica muerta. Deja en mis manos la exploración de estos datos.

Lo que escribo aquí es lo que quería discutir con él. Es un ensayo de explicación, un ejercicio para tratar de entender. Esta cadena de hechos vino a comunicarme de un modo bastante contundente que muchos de los mensajes que recibo en sueños no son casualidades, no pueden ser casualidades sino información precisa y valiosa que necesito para guiar mis pasos.

En el pasado intenté alejarme de la percepción extrasensorial, darle la espalda a acontecimientos, en apariencia, inexplicables pero una y otra vez su intensidad aumentó, obligándome a verlos a los ojos y a escuchar lo que tienen para decir.

Nunca pedí recibir esta información. Cuando tuve este sueño tan inquietante ni siquiera había pensado en volver a buscar al Sombrerero Loco, pero se nota que en el Otro Lado estaban pensando en mí.





viernes, octubre 21, 2016

Diario de la locura - Las historias de los calzones

En mi familia hay una obsesión, explicable, con los calzones. La primera historia que hace referencia a ello ocurrió en la década del 60. Mi abuela paterna preparaba a su hija, mí tía, para ir al colegio. Cuando ya estaban por salir a la calle la vio caminar de un modo extraño, apretaba las piernas como si tuviera urgencia de ir al baño, pero sin urgencia. Mi abuela le preguntó la razón de ese comportamiento y la respuesta fue directa “es que no tengo calzones”. Mi abuela levantó la falda de mi tía, verificó su versión y corrió para corregir la falta.

El siguiente episodio se dio en la década del 80. Ahora la que iba al colegio era yo y otra vez mi abuela era la encargada de alistar a una niña en las mañanas. El bus estaba por llegar, mi abuela y yo nos dirigíamos a la puerta de la casa cuando le pregunté “abuelita, ¿hoy no me vas a poner calzones?”, ella extrañada por la pregunta me levantó la falda de la jardinera y encontró la razón de mi comentario, o mejor, no la encontró. Me regresó a la habitación, me puso la prenda que me faltaba y me llevó corriendo a la parada de la ruta para que no me dejara.

El tercer episodio es protagonizado por ella, por mi abuela paterna. En la década del 90 tuvo que ser operada a causa del glaucoma. La cirugía era complicada así que todos en la familia estábamos preocupados. Mi tía, su hija, la acompañó durante el postoperatorio. Cuando se estaba despertando de la anestesia empezó a palpar la cama, como buscando algo, mi tía al notarlo le preguntó cómo estaba pero ella no respondía, cuando por fin habló le dijo “mija, ¿dónde están mis calzones?”. Mi abuela, que siempre se ha quejado del frío, ella que se casó para venir a vivir a Bogotá cuando la ciudad era más fría que ahora, ella que vivía en tierra caliente, se había negado a quitarse los calzones de lana calienticos que llevaba puestos  cuando le habían pedido que se desvistiera completamente para la cirugía. Luego, anestesiada, alguna enfermera enternecida la habrá desnudado por completo para cumplir ve tú a saber qué requisito higiénico.

En el cuarto episodio tenemos a mi mamá. Mi tía, mi abuela y yo le contamos estas historias y ella quiere sumar la suya. Siendo niña un hombre le pidió que le mostrara los calzones a cambio de plata. Mi mamá aceptó la propuesta pero le pidió que la acompañara a la parte posterior de la casa, ahí, en el patio, señaló con el dedo los calzones que estaban secándose en la cuerda de la ropa. Mi mamá remató la historia con un “pero se imaginan, seguro el tipo era un abusador”. Lo que no nos contó ese día es que ese peligro estaba más cerca de lo que mi tía, mi abuela y yo creíamos. Pero antes de llegar a eso necesito hablar de sueños y del baño de mi casa.

Uno de los símbolos que representa al soñador en sus viajes nocturnos es la casa. Según Jung, el famoso psicólogo suizo, la casa es una representación de la vida de una persona y cada zona hace las veces de un área de ajuste, así la sala se relaciona con la parte social, el comedor con la familia, la cocina con lo laboral o académico, la habitación con los afectos y el baño con la vida privada y la sexualidad.

Hace año y medio tuve que cambiar el calentador de mi casa. El aparato estaba completamente encerrado en un mueble de madera, por lo que necesitaba contratar a una persona que supiera de carpintería y también de plomería. Encontrarla no supuso ningún problema, el conflicto vino de mi inconsciente y de mis ancestros. Conocía al especialista que podría hacer la reparación, lo llamé para que viniera, hizo la cotización y aunque me pareció alta, porque tenía la esperanza de poder evadir esa refacción, sabía que el precio era correcto. Al final lo contraté, pagué con gusto y puedo decir que, racionalmente, tomé la decisión correcta, pero, y aquí el pero es muy importante, como tengo problemas de autoestima que me obligan a buscar desesperadamente la aprobación de mis figuras de autoridad, llamé a mi mamá para consultarle mi decisión. El resultado fue desastroso.

Mientras le comentaba la situación comenzó a quejarse del precio, de esto y de lo otro, y así hasta que me harté e hice lo que tenía que hacer, le dije que sería yo la que pagaría el arreglo y que por lo tanto no la estaba llamando para preguntarle qué hacer sino para informárselo y que si no le gustaba no era mi problema (qué tierna soy cuando me miento). El desafío la transformó de inmediato, se puso automáticamente en modo pasivo – agresivo y dijo, cómo no, que la agresiva era yo, que no se me podía decir nada porque ya estaba reaccionando como un lobo. Mi respuesta, con lágrimas de rabia fue: “pues si vas a actuar así mejor te llamo después, adiós” y colgué.

Pasaron varios días, para mi gusto muy pocos, antes de que volviéramos a hablar. Yo estaba dispuesta a completar una cuarentena al mejor estilo de Enric Corbera para sacarme su influencia de encima pero ella, con arrepentimientos y te quieros ya me estaba buscando antes de que se completaran los 40 días. En el intermedio mi mejor amigo tuvo que paliarme la rabieta y decirme “pero es que sólo a ti se te ocurre llamarla a preguntarle eso” entre risas. Y sí, él tenía razón, pero ¿por qué hicimos tanto escándalo por un simple calentador de agua? Porque el calentador era un símbolo de algo más.

El conflicto con el baño se repitió este año. Me fui de viaje un mes y mi mamá se hizo cargo de mi – su apartamento, pero en lugar de sólo recoger facturas y regar las plantas se inventó un plan de limpieza profunda de mi – su casa. Mientras estaba de viaje tuve un sueño extraño. Reparaba algo usando un tubo de silicona, al final quedaba tan untada de ese material que lo tenía hasta en el paladar. Lo siguiente que recuerdo es que un amigo, de mi misma edad y con una madre todavía más controladora que la mía, me permitía salir de su casa como si fuese una ladrona. Teniendo en cuenta que cambiaba de cama cada pocos días me limité a apuntar el sueño y a seguir con mi recorrido. Semanas después vendría a entender esas imágenes.

De vuelta en mi – su casa la sensación fue de extrañeza total. A diferencia de otras ocasiones en las que abrir la puerta de mi sucucho supuso un alivio, me saludó un olor que no era mío y un ambiente completamente ajeno. A mi mamá le brillaban los ojos como maniática cuando me contaba todo lo que había limpiado allí y acá. Yo me limitaba a decir “gracias” de un modo poco convincente. Todo estaba tan cambiado energéticamente que las primeras dos noches sentí que estaba durmiendo en cualquier lugar menos en mi cama. Varias veces tuve que medio despertarme para palpar las paredes y tratar de entender dónde dormía, y las sorpresas desagradables no habían parado.

Mi mamá, sabiendo lo delicada e íntima que es mi cama, había decidido que tenía que lavar el cobertor, las cobijas y cuanta tela se le cruzara, agregando en el lavado el puto suavizante de ropa, corrijo: la puta de mi mamá, sabiendo lo delicada e íntima que es mi cama, había decidido lavar toda la ropa de cama para marcar territorio. La quería matar, pero no la maté, está claro, ella sigue viva y yo no estoy en la cárcel. Y las razones para matarla seguirían apareciendo, esta vez y cómo no, en el baño.

El arma no tan secreta de mi mamá es la silicona. En un ataque de amor materno decidió poner tanta silicona como pudo en el lavamanos para que la humedad no se filtrara ni donde no se filtraba antes. La rabia que sentí fue descomunal. Pasé horas, literalmente horas quitando el pegote de los azulejos y ya en ese punto le mandé un mensaje diciéndole que la próxima vez que cuidara mi casa se abstuviera de hacer reparaciones y limpiezas no solicitadas. De nuevo la “mala” era yo, me dijo que en su caso le habría encantado encontrar todo limpio y arreglado después de un viaje. No me gasté intentando hacerle entender lo que no quería entender. En mi opinión las personas, como los computadores, tienen un límite para ser actualizadas. Quizás me equivoque pero muchas veces parece que elevarles el nivel de consciencia es como tratar de instalar un sistema operativo de 2006 en un computador fabricado en 1984, simplemente no funciona.

Hace unos días volví a soñar con ella. Ninguna sorpresa. Le he permitido ser una figura tan dominante en mi vida que la llevo a prácticamente todos mis sueños, aunque conscientemente no quiera. En esta ocasión estábamos en un supermercado y ella compraba dos frascos de limpiavidrios porque estaban en oferta. Creo que ni siquiera llegué a apuntar el sueño porque no me pareció significativo, pero el recuerdo se quedó ahí, acechándome, como uno de los libros que estoy leyendo, que cada vez que retomo confirma que lo que hago es lo que necesito de cada momento. La sección que leí esta vez hablaba de cómo la dejadez de un sector de tu casa indica problemas en esa área. Como llevo más de un mes sin limpiar por completo el baño me dije “hoy lo limpio” y empecé.

Lo que a mis ojos estaba más sucio era el espejo del baño. Busqué el limpiavidrios, sí, el mismo que mi mamá compró cuando estuvo acá, y empecé a limpiar las manchas de crema dental. Una vez terminé no pude soportar un hedor. Olí el papel periódico que tenía en la mano, olí el líquido y olí el vidrio. Ahí estaba, el espejo exudaba una pestilencia que sólo puedo describir como olor a sexo viejo y agrio, pero las palabras aunque fuertes no pueden traducir la repulsa que me provocó. Busqué lavaplatos para limpiar de nuevo, agregué sal marina a la mezcla porque para ese punto entendí que no era un olor químico sino energético, eso apaciguó un poco la peste pero no la paró, terminé de pulir el vidrio y llamé el poder purificador de la salvia. Encendí una flor y comencé a sahumar el baño. Poco a poco el hedor cedió.

Si fuese una persona todavía más inconsciente de lo que ya soy quizás habría hecho una llamada de emergencia a un grupo de cazafantasmas para que exorcizara mi casa, pero como desde hace casi un mes vengo explorando mi árbol familiar sabía exactamente de lo que se trataba.

Días atrás, cuando limpiaba la estufa, con tanto sentido del presente como me fue posible, entendí, al ver más silicona pegada por mi mamá, que su problema con la limpieza no es suyo ni tampoco mío. Entendí que si puede pasarse una tarde entera blanqueando un par de tenis es porque intenta purificarse, porque se siente sucia todavía, porque la mancha que dejó mi abuelo cuando la manoseaba a ella y a sus hermanas es tan honda y tan imborrable que todavía intenta quitarla.
Inventos e ilusiones

El bien y el mal son inventos del hombre. El hombre se cree bueno porque acaba una guerra con una bomba atómica que deja huellas durante décadas. El hombre se siente malo porque sus conocimientos son usados para crear armas de guerra. Soy mala porque llamo puta a mi mamá. Soy buena porque dedico horas a fabricar a mano un juguete onírico para que se conecte con su inconsciente. El bien y el mal simplemente no existen y, por tanto, tampoco existe la culpa.

Hoy he estado golpeándome a cada rato los pies con los muebles, no con fuerza pero sí con el entusiasmo suficiente para no dejar pasar por alto esos actos semiconscientes.

Nunca querré a mi madre como ella pretende que la quiera, así como ella nunca quiso a mi abuela como mi abuela quería ser amada. Y esta es una lección que entre más rápido comprendamos más rápido nos liberará del sufrimiento. Las mujeres tenemos la tendencia a sustituir padres y maridos con hijos, por eso nos ofendemos cuando hacen su vida o cuando simplemente hacen lo que se les da la gana.

Por el bien de esos hijos, que no sé si tendré, limpio mi árbol familiar con lágrimas, con sangre y hasta con orina si es necesario. Lo limpio porque si no lo hago el sufrimiento seguirá extendiéndose hasta que un día el dolor será tan insoportable que querrá matarse a sí mismo, a través de una enfermedad larga y traumática, a través de suicidios y a través de abortos.

La exploración del linaje es todo menos glamurosa, es más bien aterradora pero también es necesaria si uno quiere llamarse un ser completo antes que bueno y ese es mi objetivo. Estoy harta de mis charlas internas en las que mando al carajo a la gente porque no les gusta como me visto, como no me maquillo y en general cómo vivo. Nunca nadie me paró en la calle para criticarme, en general lo hacen a mis espaldas, así como te critican a ti y a tus hermanas, pero yo que sé que eso se siente, que todo está unido, siento esas críticas, siento esas agresiones y en mi cabeza, cuando estoy a solas en la ducha respondo a ellas “pues si no te gusta no me mires” pero el daño ya está hecho y el daño volverá a aparecer, y se lo volveré a entregar a mi doble, a mi daimon del futuro para que lo sane. Y volveré a hurgar, volveré a destapar ollas podridas, volveré a buscar trampas en cajones y armarios para comprender que muchas reacciones no son mías, que son de mis ancestros y que sólo si las expongo y las hago públicas voy a sanar y por ende vamos a sanar todos.

jueves, octubre 20, 2016

Diario de la locura – De hijos y maridos ricos

Violeta
Entonces, ¿no puedes escribir esa historia?

Johanna
No, no puedo.

Violeta
¿Qué te bloquea?

Johanna
No sé, quizás que me veo tan parecida a la protagonista que para terminar de escribirla siento que tengo que ponerme en el papel de pitonisa y pues… no me gusta, no quiero imaginarme futuros posibles que tal vez me resulten trágicos. Ya sabes cómo es eso.

Violeta
Sí, como cuando tenías miedo de terminar de escribir tu historia con Iván por miedo a que terminara mal.

Johanna
Exacto.

Violeta
Y entonces ¿qué vas a hacer?

Johanna
Sólo sé que si la historia me persigue una y otra vez es porque quiere que la cuente.

Violeta
Entonces empieza por decir en qué te pareces a la protagonista para ver si así avanzas.

Johanna
Ok, empecemos entonces. Tenemos la misma edad y los mismos temores.

Violeta
¿Cuáles son esos temores?

Johanna
Morir solas o bueno, no solas pero sí con un montón de gatos al lado.

Violeta
Como la loca de los gatos de los Simpsons.

Johanna
Tal cual. Creo que es por eso que me he resistido a dejar que un gato me acompañe.

Violeta
No te vayas por las ramas.

Johanna
Tienes razón. Bueno, me da miedo morir sola, rodeada de gatos pero también me da miedo odiar.

Violeta
¿Odiar?, ¿odiar a quién?

Johanna
A todos, a todo, pero especialmente a mis hijos.

Violeta
Pero si tú no tienes hijos.

Johanna
Bueno pero si los tuviera me daría miedo odiarlos.

Violeta
¿Por qué los odiarías?

Johanna
Hay una entrevista que le hicieron en Perú a Ángeles Mastretta.

Violeta
Ajá.

Johanna
En ella dice que uno de sus libros se lo dedicó a uno de sus hijos porque casi no la deja terminarlo, la interrumpía tanto que empezó a odiarlo, o por lo menos así recuerdo esa entrevista.

Violeta
Voy entendiendo.

Johanna
Sí, si no tuve hijos antes fue por razones muy valederas, era muy chiquita, no había terminado la universidad, no había viajado, no había vivido sola, no me había acostado con varios hombres, pero ahora ¿qué?, ahora ¿cuál es la excusa?

Violeta
A ver ¿cuál?, dime.

Johanna
La excusa, el cuento que me echaba hasta hace un tiempo era que no iba a poder hacer todo lo que quería si tenía hijos, que tenía libros muy importantes para escribir, viajes muy importantes para hacer pero entonces, como en una película de Alfred Hitchcock todo dio un giro que no me esperaba.

Violeta


Johanna
Sí, tuve los supuestos trabajos de mis sueños y no sentí nada, tuve tiempo para escribir y no escribí, bueno, escribí un libro y escribirlo me hizo darme cuenta de que tenía más tiempo y más energía de la que creía. Luego vino el duelo.

Violeta
¿Duelo?, ¿duelo por qué?

Johanna
Porque nadie… bueno, porque sólo 4 personas quisieron comprar mi libro. Ese duelo me llevó a hacer algo que no planeaba, a diseñar una baraja…

Violeta
¿Por qué te callas?, sigue.

Johanna
(Suspiro) Pues porque digo que esa baraja es otro bebé pero yo sé bien que no lo es. Mira, mis dudas y mis culpas comenzaron cuando al final de la universidad no me fui a estudiar a otro país, no inglés ni postgrado ni nada, seguir aquí como en una inercia tonta y rancia.

Violeta
¿Qué esperabas entonces?

Johanna
Al príncipe azul, al hada madrina, al marido perfecto, qué se yo, todo eso y nada de eso. Quería irme sí pero aunque me costó me di cuenta de que no quería hacer ningún postgrado. Después de 20 años de estar estudiando estaba harta, lo que quería era viajar.

Violeta
Pero al final viajaste, ¿no?

Johanna
Viajé, sí, pero eso me llevó a otro vacío.

Violeta
Pero espera, ¿qué pasó con el perro?

Johanna
Ah sí, el perro, Copito se llamaba. El asunto es que cuando estaba en la universidad mi abuelo ya se había muerto y era él el que se encargaba de Copo. Yo no lo cuidaba, era responsabilidad de él y yo me sentía muy cómoda con esa situación, pero cuando él ya no estuvo más tuve que decidir, o me llevaba el perro otra vez para mi casa, para un apartamento donde vivía con mi mamá y donde iba a estar todo el día solo, o lo dejaba en donde estaba, en donde nadie se hacía cargo de él, en donde salía cada vez que podía porque a todos nos daba pereza sacarlo a pasear… el pobre estaba sordo porque nunca sube cómo protegerle los oídos porque….

Violeta
En resumen te sentiste mala madre.

Johanna
Totalmente, sentí que lo estaba haciendo sufrir por puro gusto para no enfrentar la alternativa.

Violeta
¿Y cuál era?

Johanna
La que tomé al final, sacrificarlo. Más de uno me cayó encima por haberlo hecho, por eso prefería no volver a tocar el tema con casi nadie y tuvieron que pasar años antes de que pudiera hablarlo sin que se me encharcaran los ojos… (Suspiro)

Violeta
¿Y cómo se conectaba esto con la maternidad y con el marido rico?

Johanna
Por las culpas, se conecta por las culpas

Violeta
Ah, sí las benditas-malditas culpas.

Johanna
Sí, me decía primero que había matado un perro para viajar, para irme a vivir fuera del país apenas me graduara y no lo hice, luego viajé y aunque me gustó no fue lo que imaginé…

Violeta
Y por eso te sientes mala madre, porque pusiste tus sueños por encima de un hijo-perro.

Johanna
Eso, eso mismo.

Violeta
Pero sigo sin entender la relación que tiene esto con el marido rico.

Johanna
Pues que ahora que ya hice todo lo que quería hacer, que ya me convertí en la persona que quería ser cuando estaba en la universidad sigo sintiendo que me hace falta algo. Veo a mujeres exitosísimas, ejecutivísimas que “crian” hijos y me pregunto, si ellas, con todo lo ocupadas que están pueden ¿por qué no voy a poder yo criar hijos y seguir escribiendo, seguir diseñando y haciendo todas las cosas que me gustan?, pero entonces está el tema de la plata.

Violeta
¡Y entra otro factor en la ecuación!

Johanna
Sí. Una cosa ha sido mantenerme yo, viajar yo, correr con mis gastos yo, pero no me miento, a veces no soy capaz con todo y me toca pedir financiación en el banco mamá, algo que me hace sentir miserable, como si tuviera 5 años de nuevo, y viene la pregunta: si no soy capaz de hacerme cargo de mis gastos ¿cómo coño voy a mantener a un muchachito? Además yo no quiero ser madre soltera, qué pereza. De tener un hijo me gustaría lo que nos gustaría a todas las mujeres, ser la madre que nunca tuve, darle lo que nunca recibí.

Violeta
¿Y qué le darías?

Johanna
Un colegio al aire libre, es más, no me gustaría criarlo aquí, me gustaría criarlo en Europa, en Alemania o en Austria, en uno de esos países donde te pagan para criar niños, allá donde puedes enviarlos a un jardín al aire libre para que sean guerreritos desde chiquitos, me gustaría ser una nómada digital, poder trabajar en los temas que amo por internet para estar con mis hijos cuando sean pequeños y trabajar por horas, luego cuando estén más grandes me dedicaría de nuevo más a mi trabajo. Que recuerde nunca soñé con tener mucama, niñera, empleada o qué se yo para que críe a mis hijos pero como tengo un historial lamentable de relaciones de pareja ese parecía ser el futuro.

Violeta
¿Parecía?

Johanna
Sí, últimamente he sacado tanta mierda de mi vida que por momentos me siento como súperheroína, como que puedo hacer lo que se me dé la gana.

Violeta
¿Y eso cómo cambia las cosas?

Johanna
Pues a veces llego a creer que sí, que no voy a tener que criar hijos sola y que por lo tanto no tendré que trabajar como mula para que una desconocida los cuide, que mientras mi amorcito trabaja voy a estar yo en el nidito viendo por nuestros retoños.

Violeta
Ay, qué ternura.

Johanna
En lo cínica se te nota que eres un invención mía. Pero sí, es así. Luego me atacan otros miedos.

Violeta
Nunca descansan los condenados.

Johanna
Nunca. Vienen entonces los temores acerca de que se me acaba el tiempo, que NE-CE-SI-TO ser madre antes de los 40 porque de lo contrario los chicos van a nacer enfermos y deformes, que me voy a sentir culpable por no haberle dado nietos a mi madre antes y que por eso se va a morir sin haberlos disfrutado lo suficiente.

Violeta
Pero mira que eres buena para autobardearte.

Johanna
No tienes ni idea. También he pensado en que yo voy a querer vivir hasta los cien años para disfrutarlos, que si hubiera quedado embarazada antes esto no estaría pasando, que ya los habría disfrutado un poco y que luego no estaría tan cansada para criar…

Violeta
Pero espera un momento, ¿de veras te arrepientes?

Johanna
No, para nada, o sea, la biología es innegable, un hombre puede tener hijos hasta que se muera, así se muera de ciento y pico pero por favor no me pidas que me embarace a los 90, pero arrepentirme de haber ido sola a Praga, a Hallstatt, a Salzburgo, a Río ni por el putas (risueña). No sabes lo feliz que fui recorriéndolas, sintiéndome yo, sintiéndome libre y la verdad no me veo dejando de viajar sólo porque soy mamá.

Violeta
Mmm, como lo veo la solución está afuera.

Johanna
Sí, sospecho lo mismo. Vivir afuera, criar afuera, ahora sólo me falta el marido rico.

miércoles, octubre 19, 2016

Diario de la locura - Esto también es un sueño

Cada vez entiendo más eso que decían los griegos de que habían visto un sueño en lugar de que habían tenido un sueño. Muchas veces los sueños vienen a mí, como las historias que se adueñan de sus relatores para que se abran paso hasta mí a pesar de mi reticencia.

El siguiente sueño, a caballo entre los sueños lúcidos y los premonitorios, me recuerda otro que vino así, buscándome afanosamente en labios de otro soñador, que sí o sí quería contármelo. Todavía estoy trabajando en la relación que hay entre los dos eventos por eso sólo mencionaré algunos de sus elementos, pues como en todos los relatos nocturnos, algunos mensajes son sólo para el soñador que, si quiere, podrá revelar a su debido tiempo.

Encuentro con mi sombra

Mi sueño lúcido, como casi todos los que tengo últimamente, comienza después de un despertar en esta realidad. Intento dormir de nuevo hasta lograrlo y de repente estoy en él. Una jefe con la que trabajé hasta el año pasado quiere contarme un sueño que ha tenido pero a mí me resulta pesada la situación. El tema que toca llama mi atención y me hago la pregunta de rigor, ¿estaré soñando? Toda la situación ya me ha parecido extraña. Estoy descalza y debajo de una cobija en la oficina, pero sólo su pregunta dispara la duda. Me fijo en mis manos y las veo como en la vida despierta. La mesa que tengo al frente es de madera oscura, redonda y cubierta por un vidrio. Ahora estoy segura de que estoy soñando y sigo mirando mis manos para estabilizarlo. Siento satisfacción al poder ignorar a mi jefe.

Se me antoja dibujar mandalas con tiza en esa mesa. Intento materializar tiza entre mis manos con sólo pensar en ella. No lo logro. Un intento nuevo y una decepción nueva. Me aburro. Lo mejor es que explore el escenario para ver qué más hay. Por momentos pierdo la lucidez pero la recupero pronto. Estoy en un pasillo de una casa antigua. Hay un espejo en una pared, me miro y me asombro, me veo igual que en la vida despierta. Recuerdo una discusión al respecto que se dio en un grupo virtual de soñadores al que pertenezco. Me digo que cuando despierte le diré a Hernán que sí, que es posible verse al espejo sin distorsiones en un sueño.

Sigo explorando el espacio. Al darme vuelta veo una habitación al frente del corredor. Mi perspectiva alterna entre la de testigo y la de actriz. He notado una presencia oscura. Dos niños, al parecer mis hermanos, quieren que los proteja. La niña se arrima a un bulto que hay en una cama. Entiendo que soy yo debajo de las cobijas. La niña quiere meterse debajo porque está asustada. Le transmito seguridad. Ahora soy actriz. Le digo que no se preocupe, que me voy a hacer cargo de esa oscuridad. Me doy la vuelta y veo la sombra al otro lado de la puerta. Es una puerta con un cristal esmerilado que me permite ver con distorsión lo que hay del otro lado.

Tranco esa puerta gris y metálica con dos pasadores. Luego me vuelvo a hacer consciente de que estoy en un sueño. ¿Qué hago?, me pregunto, sé lo que tengo que hacer. Destrabo los pasadores y abro la puerta. Me entrego a la sombra, la abrazo. Resulta ser un hombre atractivo, aunque no precisamente mi tipo. Me besa con demasiada intensidad. Se lo digo. Me besa de nuevo. Cuando por fin habla me dice que es muy importante que me funda con mi sombra, que en realidad es una virtud y que sólo hasta que lo logre estaré lista para vivir lo que viene más adelante. Me quedo pensando en que no sé a qué virtud se refiere. Luego el hombre alto y atractivo comienza a reducirse hasta desaparecer en su hábito gris de monje. Luego aparecen otros personajes que me explican cuál es la virtud que debo desarrollar y cuánto tiempo tengo para completar esta misión. Despierto y grabo el sueño.

Un sueño que no vi pero que se abrió paso hasta mí

Un hombre joven me contacta a través de Twitter. Quiere que le ayude a entender unos sueños premonitorios que lo tienen muy pensativo. Le digo que oiga uno de mis podcasts para comenzar a orientarlo. Busca uno de mis correos y me manda la grabación de un relato en el que habla de sus viajes nocturnos. Lo oigo. Es un buen narrador. Sus sueños me resultan muy interesantes.

Pasado un tiempo me envía el relato de otro sueño. Es una mezcla entre sueño premonitorio y sueño lúcido. Le pregunto si alguna vez puedo hacerlo público. Responde que sí.

El sueño va más o menos así: Se despierta en una cama que no es la suya, tampoco la habitación donde se encuentra. Recorre una casa que a las claras tampoco es la de su vida despierta. En los corredores hay fotografías de tiempos pasados. Se reconoce en algunas de ellas junto a personas que no conoce o no recuerda. Tampoco recuerda cuándo se han tomado esas fotos. Entiende que está soñando. En un punto se mira en un espejo y ve su cara como supone que será cuando tenga 10 años más. Las entradas de una calvicie progresiva así se lo confirman.

Llega a la cocina de esa casa y se encuentra con su mujer del sueño. La trata de un modo extraño y ella se ofende. Él es perfectamente consciente de que en su vida despierta es otro año y de que esa mujer no es su pareja. El sueño sigue en torno al mismo tema. Él está viviendo 10 años adelante en el futuro pero no recuerda nada de lo vivido entre el momento en que fue a dormir y cuando despertó en esa otra realidad.

What if you slept
And what if
In your sleep
You dreamed
And what if
In your dream
You went to heaven
And there plucked a strange and beautiful flower
And what if
When you awoke
You had that flower in you hand
Ah, what then?
Samuel Taylor Coleridge

El sueño que vi en el que mi sombra me hablaba de la importancia de fundirme con ella fue la mañana de un día en el que tendría un encuentro especial. Una bruja a la que conocí hace más de diez años murió hace un poco más de 9 meses. Desde donde está, y con la ayuda de seres más viejos, se las arregló para juntarnos a una amiga suya y a mí. Luego contaré su historia, hoy basta con decir que varios de los escenarios que vi en el sueño fueron los mismos que recorrí ese día con F. mientras hablábamos de nuestra conexión.

El plan era ir a un café que quería conocer desde hace meses. Al llegar nos dimos cuenta de que no funcionaba más ahí. Para aprovechar la temperatura primaveral del día caminamos por el barrio más bonito de Bogotá. Dimos tumbos como turistas y buscamos una librería café a la que no iba desde hacía años. Al llegar un chico dulce y atento nos abrió la puerta. Miré al suelo, cubierto con gravilla, algo llamó mi atención. Lo levanté, lo guardé bien para no perderlo, y seguí hablando con F. para no perder el hilo.

Más tarde, estando sola en mi casa, saqué el objeto. Era un anillo de oro. Busqué el significado del diseño, pero lo que más me impactó fue el número de esferas pequeñas que lo rodean. Un número que coincide exactamente con el plazo mencionado en el sueño de la mañana para el desarrollo de la virtud señalada.

lunes, octubre 17, 2016

Diario de la locura - No soy lo que parezco

Recorrer varias ciudades europeas me enseñó algo: la zona linda y turística es la que se quiere mostrar, la que está llena de historias interesantes y memorables, el sector que hace que sus habitantes se sientan orgullosos por ser hijos de ella, pero la zona turística es sólo eso, una zona de una ciudad que también tiene prostíbulos, cárceles, manicomios y basureros. Si mi vida fuera una ciudad sería igual. Pero para volver a la geografía primero necesito llevarte al armario de mi habitación de huéspedes.

Hace unas semanas comencé a sacar cosas que no quiero, no necesito, no me gustan o que simplemente me aburrí de tener. Comencé de un modo tímido y ahora la cuenta va en cinco cajas, y eso que ni siquiera he revisado todos los muebles que tienen cajones o puertas. Lo hice esperando materializar un trasteo, una mudanza y como en esos eventos tienes que deshacerte de todo lo que no vas a usar me animé a dar el paso. Algo que me atrae de estos rituales es la cantidad de emociones que suscitan. Tirar lo gastado, lo viejo, lo sucio parece fácil pero más de una vez he sacado un par de zapatos para luego devolverlo al armario, para luego sacarlo para luego volverlo a meter y así hasta entender que lo que intento tirar no es un objeto sino una emoción ligada a él, una emoción que se explica a través de una historia.

A continuación mentiré y canalizaré a partes iguales. Mentiré porque me duele tocar a mis fantasmas santos y canalizaré porque los daimones siempre me acompañan, en especial cuando más los necesito.

En el armario de la habitación de huéspedes de mi casa hay varios muñecos de felpa, entre ellos tres hermanos: dos osos y una osa, además hay un perro rosado de ojos azules, todos son símbolos de un ser humano y todos están (estamos) relacionados con mi abuelo paterno.

El oso de pelo crespo es mi papá, el oso de pelo liso es mi tío, la osita es su hermana y el perro de ojos azules soy yo. Todos tenemos gafas, o eso creemos, no las usamos sino que las tenemos. Las gafas son algo así como el distintivo de un clan, el no ver bien. Yo recibí el símbolo cuando tenía 10 años. Recibí el diagnóstico pletórica. El médico decía “tienes miopía y astigmatismo” pero yo oía “ahora sí perteneces a los tuyos y vas a mostrarlo al mundo con orgullo”. Lo que no sabía, y tardaría 26 años en descubrir, es que eso que yo creía un premio en realidad era la expresión de una vergüenza.

Hace un par de años escuchaba un podcast de una chica argentina. Ella mencionaba que todos los niños que llevan gafas lo hacen porque en algún momento de sus vidas vieron algo que no les gustó y como no son capaces de verbalizarlo dañan su cuerpo de un modo inconsciente. De inmediato me pregunté ¿qué habré visto yo? Y como la mujer fatalista que a veces me dejo ser pensé en un abuso sexual, pensé “quizás mi papá me violó y lo reprimí tanto que ya ni me acuerdo” y seguí con mi vida, porque cuando eres inconsciente lo eres bien o simplemente no lo eres. Este año el mismo mensaje acerca del no querer ver se repitió y se confirmó.

Un amigo, al que no veía hace años, me invitó a almorzar a su casa. En la sobremesa, mientras tomábamos vino, me contó que en la época de la universidad un profesor del taller de teatro al que asistía le había dicho exactamente lo mismo, que las personas que usábamos gafas –mi amigo también las usa—lo hacíamos porque no habíamos podido soportar algo que habíamos visto. No buscaba una respuesta pero igual me la estaba dando.

Meses más tarde se me ocurrió una de las mías. Tras haber revisado una parte de mi árbol familiar con mi mamá algo se hizo evidente: Críspulo, el padre de mi abuela paterna había muerto el 14 de enero de 1977, es decir 3 años exactos antes de mi nacimiento. Yo no creo en coincidencias. Ese hecho ha sido un mensaje para mí y había estado cifrado simplemente porque no había querido verlo. En ese momento dije en voz alta que era necesario rendirle un homenaje y la idea comenzó a echar raíces en mi mente.

Hace 8 días recibí un reclamo. Mi mamá, que usa facebook más que yo, me envío un mensaje de parte de esa abuela, de la paterna, diciéndome que hacía mucho que no la llamaba. Hice cuentas y sí, habían pasado casi 20 días sin buscarla. A regañadientes la llamé para saludarla y le dije que iría a visitarla al otro día. No voy a mentir aquí, no me apetecía salir de mi dulce sucucho para ir a verla, más teniendo en cuenta que para hacerlo tengo que cruzar toda la ciudad, sin embargo sabía que eso sería más efectivo que hacerle una llamada larga. Luego pensé que ya que iba podría usar la visita para mi beneficio, le preguntaría acerca de Críspulo para llevar a cabo mi homenaje. Lo que no sabía, ni planeaba, pero que fue mejor así, es que iba a destapar otra olla de mierda.

De nuevo en la sobremesa comenzó la conversación. Sabiendo que el matrimonio entre ella y mi abuelo fue todo menos ideal y romántico, le pregunté por un episodio que desde que lo conocí me causó curiosidad. ¿Quién era ese jovencito que le mandó una carta cuando supo que iba a casarse con mi abuelo?, ella, dice, devolvió la carta sin abrir porque su moral le impedía hacer algo distinto. Pero ¿tuvo arrepentimientos? Cuando le pregunté por el personaje se le iluminó la cara arrugada con una sonrisa fugaz, seguro se sintió de 20 otra vez. Me explicó que el muchacho era hijo de un amigo del padre, un hombre del que se decía le había vendido el alma al diablo para recibir plata a cambio. Esa fue la razón que me dio para haber rechazado su carta. Ella, tan católica, tan romana y tan buena, no podía permitirse casarse con el hijo de un socio del diablo. Menos cuando el cura español del pueblo donde vivía le había dicho a la Señora Teresita, que en paz descanse, madrina y protectora de mis abuelos, “hay que cuidar a las muchachas de aquí porque se están perdiendo”. Mi abuela no sabe a qué se refería el cura, sólo sabe que hizo lo que mejor le salía: hacer caso.

Ana María, es decir mi abuela, se casó con mi abuelo “porque era el menos pior”. Ella había vivido años antes en Bogotá y soñaba con volver. Victorino de Jesús, o Víctor, como lo conocimos toda la vida, vivía aquí y eso le daba una ventaja sobre los demás. Casarse en ese momento se había vuelto una urgencia para ella, no porque fuera una solterona de 20 años, sino porque Críspulo, su papá, molía a golpes a Betsabé, su mamá, cada vez que algún pretendiente la visitaba a ella o a su hermana Ema. Como lo ve Ana María, casarse era un acto de compasión con su madre, era darle una razón menos a su papá para que le pegara a su mamá.

Ana María se casó resentida. Estaba cansada de ver a su mamá dejándose pegar mansamente de su papá. Betsabé además trabajaba para mantener a su familia. En una época vendía almuerzos en la casa que tenían al lado de la carretera y en otra vendiendo jugos afuera de una plaza de mercado, pero hiciera lo que hiciese su marido le pegaba. Él era policía forestal, frecuentaba putas y era amigo de la bebida. Ana María, que muchas veces quería ser como un fantasma para no molestar a nadie, no entendía nada. En silencio prometía que si ella llegase a vivir la misma situación se defendería con toda la fuerza de la que fuera capaz. Y un día lo cumplió.

Años más tarde, cuando era un señora de casa, sintió que hacía bien dejando un palo de escoba en la cocina. Su Señor Dios la había aconsejado de ese modo y ella, que ofrece todos sus días al Espíritu Santo, le hizo caso. El diablo nuevo, es decir Víctor, apareció listo para la contienda. Se zafó el cinturón y comenzó a cascarla. Ella lo dejó ser. Tres, cuatro golpes, los ojos puestos en la madera, cinco, seis, por su madre, por su hermana, por sus hijos, siete, ocho y entonces agarró el palo. Con un golpe seco y seguro devolvió todos los golpes de Críspulo, su padre, los de Vicente, su abuelo y los de Víctor, su marido y mi abuelo. La fuerza con la que se defendió fue tal que el palo se rompió en las canillas de mi Víctor. Ana María lo cuenta casi sonriendo. Cuando Ana María llegó a esta parte del relato no sé dónde estaba María Cristina, su hija, mi tía, sólo sé que por fin pudo contarlo. Mi tía siempre la interrumpía cuando intentaba hablar de esto diciendo que no quería que le manchara el recuerdo que tenía de su padre.

No fue fácil escuchar este relato. No fue sencillo sentir el orgullo en la voz de mi abuela cuando me decía que Victor fue a darle quejas a la Señora Teresita, que con tono de dama seria y bien puesta le preguntó “Ana María, ¿por qué le hiciste eso a Víctor?” a lo que ella “y ¿qué quería?, ¿que me dejara pegar?. La Señora Teresita no supo responder, y tampoco sabía lo que pasaba en la cama.
Lo que sigue no me lo contó Ana María, al menos no todavía, pero es lo que sospecho.

Tuve miedo de preguntar acerca de la historia de mis abuelos porque Ana María sufrió un infarto hace más de 10 años. Mi tía Cristina, temiendo lo peor, me había prohibido preguntarle por qué mi papá nació 7 meses después del matrimonio de sus padres. Durante muchos años he querido hacer esa pregunta, quiero hacerla antes de que Ana María muera y cada vez estoy más cerca de ello, pero a partir de experiencias impresionantes que he tenido con personas que no son de mi familia sé que así no llegue a hacerla la información vendrá a mí.

En un primer momento  me eché una mentira bella, loable, adorable. Víctor, mi abuelo, ese santo intocable, había rescatado a mi abuela, había decidió casarse con ella después de que hubiese caído en desgracia por haberse acostado con otro hombre. En mi versión rosada del mundo el hombre que me compraba manzanas y uvas importadas, así se le fuera todo el sueldo en ello, no podía tener ni una hebra de maldad. Seguro que mi abuela había sido la díscola, la puta que se había fugado con algún pretendiente más joven y más guapo que luego la había abandonado para que sólo un alma generosa y caritativa se hiciera cargo de ella, esa alma, por supuesto, fue mi abuelo. En ese escenario mi papá es un hijo medio adoptado, rechazado en cualquier caso, alguien a quien mi abuelo le hizo el favor de darle el apellido para que no fuera un hijo natural, un apellido que yo llevo hoy pero que no es el de la sangre, un apellido que es sólo otra máscara de este ser que escribe. Pero ¿y si la historia no fuera como me la conté?

Después de la conversación que tuve con mi abuelita vi una cara de mi abuelo Víctor que nunca quise ver.

Al contar mi historia no sólo digo que mis papás se separaron cuando yo tenía 5 años, también digo que quienes me criaron fueron mis abuelos paternos porque así fue. Mi mamá odia que recuerde más las loncheras épicas que me preparaban mis abuelos y que olvide con tanta tranquilidad que ella me compraba jugo de albaricoque de marca California para llevar al colegio. Yo ahora sé que todo es cierto y no es cierto. Ahora sé que recuerdo más con mis caprichos que con mi memoria y que cada vez que tocamos un recuerdo lo manoseamos, como Efraín, mi abuelo materno manoseaba a mi mamá, a mis tías, a mí y a mis primas, dicho sea de paso. Aunque lo que me pasó a mí generación con él fue mucho menos dramático y menos sistemático que lo que le pasó a la generación anterior.
Volviendo a mi abuelo paterno, mi héroe incorruptible, tengo sospechas fuertes y fundadas. ¿Cómo sé que no violó a mi abuela una y otra vez hasta que logró engendrar a la hija tan anhelada? He tomado por cierta la historia que cuenta mi abuela, esa en la que hace una novena para que su Señor Dios le conceda el milagro de tener una niña, con la que se detendría la obligación de abrir las piernas para el hombre detestado porque su Señor Dios así se lo había ordenado.

¿De dónde viene el anhelo de Víctor de ser padre de una niña, de ser abuelo de una niña? Una de las versiones de la historia de mi vida comienza con él, llevándome en brazos “de tres días de nacida”, como le gustaba decir, para entrar a la casa en donde crecí, la casa de tres patios en el centro de Bogotá, la casa que fue un regalo de bodas y que después de ser vendida fue demolida para construir un prostíbulo. ¿Cómo?, ¿cómo creer que ese abuelo que entendía que no me gustaba la comida dulce, que buscaba los buñuelos más frescos y las empanadas más crocantes para darme gusto, que guardaba las servilletas finas para dármelas era el mismo que pegaba y violaba a mi abuela? ¿Qué pasó en su historia, en su casa, para que saliera huyendo a los 13 años? Lloro escribiendo esto pero no quiero parar, no puedo parar, no puedo hacerlo por mí ni por mis hijos ni por mis padres. Lo hago por mí, primero por mí y luego por los demás porque si no soy capaz de ayudarme a mí no soy capaz de ayudar a nadie.

Sospecho un incesto, sospecho porque Víctor fue bastante metódico al ocultar sus raíces. Uno de sus sobrinos tuvo que acecharlo y jugar al detective durante semanas antes de dar con él. No sé si ese sobrino vive pero me gustaría hablar con él. Escribo esto para poder hablar con el sobrino de Víctor sin romper en llanto mientras hago preguntas. Sospecho un incesto porque ahora me gusta un hombre y ese hombre tiene una hermana que se llama como yo, lo sospecho porque los humanos olvidamos la historia pero ella no nos olvida a nosotros.

Ahora voy a cuando tenía 9, 10 años.

Mi mamá había tenido uno o dos novios después de separarse de mi papá. Estuvo Arcadio, ese que me prometió todos los juguetes de la Barbie que quería tener si sacaba buenas notas pero que se borró sin siquiera dejar un pagaré para honrar su palabra. Luego estuvo Hernando Iván, el de la voz bonita y el que, a mis ojos de niña, era el causante de que me llevaran al psicólogo por primera vez. Nunca entendí porque sentía una atracción insana hacia él, tenía un complejo de Elektra claro, quería que fuera mi novio, que me besara, que estuviera conmigo en la cama, durmiendo. No recuerdo haber tenido fantasías sexuales con él y de nuevo, tuvieron que pasar 26 años para que comenzara a entender. Hernando Iván y Myriam habían sido novios antes de que ella conociera a Carlos, mi papá. Hernando Iván y Myriam tuvieron un aborto, así que ahora cargo con el fantasma de un niño no nato, de ese niño que marcó que me llamara como un hombre (Johanna es la feminización de Johann y la alternativa era Andrea, feminización de Andrés, el segundo nombre de mi padre, y mi papá, ¿no fue una decepción por haber sido hombre cuando Víctor esperaba que fuera mujer?). Y la historia se acuerda tanto de ti que el complejo de Elektra se cumplió, se cumplió con mi novio - marido de voz bonita que se llamaba Iván. Ay, y el comentario de mi mamá “yo también me enamoré de Hernando Iván por la voz”.

Las charlas internas

“El mejor predictor de la conducta futura de una persona es su conducta pasada” decía un profesor de la universidad donde estudié psicología. Hoy creo que es necesario corregir esa frase: “El mejor predictor de la conducta futura de una persona es lo que desconoce de la conducta de sus antepasados.” Querrás huir, lo intentarás pero si no conoces la sombra de tu linaje nunca irás muy lejos.

Y ya sabiendo esto ¿cómo no ver porque no llego a donde quiero con los hombres que he amado? El problema lo tengo con mi santo, con mi abuelo santo, con mi Victorino de Jesús.

Recuerdo una tarde en compañía de un par de primas respondiendo tests de la revista Tú. Uno de ellos iba acerca de eso justamente, de cómo eras para emparejarte. Mi resultado: exigente y cómo no. Cómo no ser exigente si tuve al marido perfecto, si fui una viuda de 18 años. Siguiendo con la hipótesis que todavía me duele, hubo un incesto en la familia de Víctor, él se enamoró de una hermana y eso sólo tendría solución cuando ella cumpliera 18 años. ¿Es casualidad entonces que mi abuelo muriera cuando yo tenía 18 años?, ¿a dónde huir en esa situación?, la muerte ahora no luce tan mal. Mi abuelo era mi príncipe azul, mi caballero de la armadura dorada, el que siempre estaba ahí cuando mi papá no estaba, el que iba a recogerme al colegio incluso cuando no tenía que hacerlo, pero mi abuelo no era bueno y tampoco era malo. Era un chofer de familia, por eso no es casualidad que viva diciendo que si me dan un carro lo quiero con chofer, pero lo digo sin consciencia. No quiero un carro ni tampoco un chofer, quiero un marido, quiero que alguien reviva a mi abuelo y que me devuelva a mi marido, pero como eso es imposible sigo midiendo a todos los hombres con la vara de mi abuelo y todos se quedan cortos. Y ya que estoy bajando a los santos de los pedestales sigo con mi madre. No quiero ser madre o, mejor, digo que no quiero ser madre porque al haber puesto a uno de sus novios por encima de mí me hizo sentir profundamente miserable, ese dolor me hizo desear tener a la madre que nunca tuve ni tendré, a la madre perfecta, por lo tanto quise ser una madre perfecta y como sé que eso también es imposible, decidí que lo mejor era no ser madre, así no corro el riesgo de equivocarme. Como dijo un amigo cuando le conté esto, al no tener hijos aseguro que gano por doble U, si no hay rival no hay modo de perder. Rival, que feo suena eso al referirse a un hijo, pero no me miento, así nos vemos, así nos tratamos. Mi mamá fue mi rival cuando quise besar a su novio, cuando lo quise para mí. Las novias de mi papá eran mis rivales y por eso las sacaba corriendo, a todas excepto a una que me gustaba, una a la que él se encargó de sacar corriendo.

lunes, octubre 10, 2016

Diario de la locura - Eustaquia

Soy Eustaquia, madre de Críspulo, abuela de Ana María, bisabuela de Cristina, Carlos y Alberto, tatarabuela de Johanna.

Mi padre me abandonó y mi esposo también. Estoy sola, siempre he estado sola. Me casé para borrar esa soledad, para disfrazarla, para acompañarla. Soy una mujer fuerte pero me siento débil, abandonada, sólo cuando me cansé de que mi esposo me pegara, de que me maltratara, saqué fuerzas de donde no tenía para imponerme, para salvar a mi hijo y así le di mi apellido (Murillo), pasé mi fuerza de mujer a generaciones posteriores.

Soy esclava, esclava del miedo, de la soledad, nací libre pero mis miedos me aprisionan. Soy mulata, mi madre no, ella fue negra y esclava con grilletes, sufrió, sangró, lloró y yo heredé ese sufrimiento, me hice dueña de él aunque no me correspondía. Aunque en principio no era mío me eché encima la carga de ser feliz para hacerla feliz y no lo logré, fracasé. Me casé con Vicente Méndez porque era lo menos malo que había, porque era muy poquita cosa para aspirar a algo mejor, porque no me merecía nada más. Ahora que estoy muerta sé que no es así, que sí merecía algo mejor, que todos lo merecemos y mi deseo es que mis descendientes hombres, mujeres y lo que haya en el medio también lo sean, que sientan que son buenos-malos merecedores de todo lo que desean e imaginan.

Soy Murillo y aunque este fue el apellido de mi padre me enorgullece saber que a través de él una marca mía llegó al futuro.

Ahora soy vieja, muy vieja, estoy al lado de la muerte pero también estoy presente. 1954 fue un año muy importante para mí y para mi familia, para mis descendientes fue un año de consciencia, de nacimientos, de dolores, de partos y de albores. Ya nadie me recuerda pero estoy en todos ustedes incluso en la memoria dormida de aquellos que no saben mi nombre, respiro en ustedes, duermo en ustedes, sueño en ustedes me preparo para el futuro y gozo con sus triunfos, revivo a través de ellos y muero otra vez cuando sufren, cuando lloran, cuando mueren, porque también son mis hijos.
Cuando era joven en este cuerpo y con este nombre era alta, esplendorosa, orgullosa. Los hombres me miraban, me deseaban pero yo no lo veía, me lo decían pero yo no lo creía y así viví, conformándome con lo poco que recibía, con lo poco que me permitía vivir.

Perder mi virginidad dolió, dolió muchísimo pero no por lo que todos piensan, no en el cuerpo, dolió en el vientre porque sabía que cargaba al hijo de quien no quería, al hijo de la resignación, el hijo del miedo al dolor, algo que se heredó de generación en generación y que ahora ustedes deben resolver, algo que deben trabajar, algo que deben sanar. Nos merecemos la Vida el Universo, el Todo, ahora que estoy aquí lo sé, lo vivo todos los días y aunque no se puede sufrir del mismo modo en que se sufre cuando se está en la tierra, duele, duele verlos a ustedes, mis hijos, dando tantas vueltas como conejos sin entender que pueden ser felices como quieran y cuando quieran, sin que estén pensando en complacer a nadie más que así mismos. Cuando se hacen felices a ustedes hacen felices a los demás, cuando están en paz con el Todo no hay manera de que la realización de sus deseos dañe a los demás, no hay manera de que esas realidades dañen a nadie.

Gracias, gracias por recordarme, por darme voz, aliento, rostro, vida, dientes cabello, por reconocer que vivo en todos ustedes diluida pero presente, por creer que parte de mi vida es de ustedes, por  comprender que mi historia también es la de ustedes, que es la continuación de una línea muy, muy larga sin principio ni fin.

Y acerca de Críspulo su hijo dice:

Cuando Críspulo, mi hijo, golpea a Betsabé, cuando la amenaza de muerte en realidad me amenaza a mí, a mí es a quien quiere matar. Siente que yo soy la culpable de que su padre nos haya abandonado. Tiene rabia, mucha rabia, muchísima rabia, también lo quiere matar a él, a Vicente pero tiene miedo tanto que se ensaña con la parte más débil, conmigo primero y después con su mujer a la que en ningún momento eligió por azar. Eligió casarse con Betsabé para cometer los errores que necesitaba cometer para seguir creciendo, para seguir evolucionando.

Críspulo no es malo como tampoco lo es ninguna víctima, es sólo el ser que eligió ser en vida y en muerte, antes y después de nacer. Críspulo no sabe que si yo no me hubiese casado con Vicente, su padre, ninguno de nuestros descendiente hubiese podido aprender todo lo que aprendió en su momento, incluso ese parto de dolor, esa fecundación del miedo tuvo una razón de ser.

La solución no está en borrar el pasado en olvidarlo sino en ser conscientes de él y en ver cómo nos afecta, en ver cómo te afecta a ti Johanna y a ti María Alejandra y a sus descendientes, que los habrá.

A propósito del futuro:
En el día que alguien muere ya se sabe quién más vendrá al mundo, además del cómo y del cuándo. Aquí se saben muchas cosas más del futuro pero no se revelan simplemente para que ustedes no interfieran con ellas.

Gracias, gracias de nuevo por traerme al presente, que es eterno, por recordarme, por darme voz.

Y respondiendo a mi motivación inicial Eustaquia dice:

Sí, estar loco está bien, está muy bien.

Diario de la locura - Introducción

Mientras preparaba el curso Vida llena, corazón contento escribí una serie de textos agrupados bajo el título Diario de la abundancia. Varias veces durante el proceso de escritura sentí que estaba canalizando, no sé qué ni tampoco cómo. Sentía que lo que ponía en la pantalla no era de mi cosecha ni producto de mis reflexiones sino sacado de otro lado. Todo eso me dio miedo.

Como muchas personas que se han interesado por los temas espirituales y de crecimiento personal, estoy familiarizada con los fenómenos de canalización, y si bien no los niego a priori me causan mucha desconfianza. No puedo afirmar que las personas que dicen conectarse con entes religiosos, cósmicos o difuntos estén inventando lo que dicen, pero tampoco puedo afirmar con rotundidad la identidad auténtica de los seres con los que se comunican y no puedo porque, como los sueños, son experiencias tan únicas y personales que es difícil, si no imposible, replicarlas para analizarlas de un modo científico o, al menos, racional. Frente a este problema decidí hacer lo único que se me ocurre: echarme al agua.
Durante años he trabajado con uno de los símbolos reiki que aprendí durante mi iniciación en ese camino. He usado el Sei He Ki en mis rituales de entrada al sueño, pero después de escuchar varias historias que me animaban a empezar mi estudio de la muerte y que me guiñaban el ojo para que me acercara a la canalización, me animé a confrontar esa incomodidad que surge cuando pienso en prestarle mis capacidades a algo que no soy yo, a algo con lo que no me identifico.

El primer paso lo di en una reunión de soñadores. En ese espacio verbalicé mi miedo a la locura, miedo que suele manifestarse como un rechazo sólido ante voces del “más allá” porque pueden ser equiparadas de modo automático con las alucinaciones y, por ende, con enfermedad mental. Uno de los asistentes, que tiene experiencia con canalización de ángeles, me recordó lo que había olvidado, muy probablemente por el miedo. Esta persona mencionó que hay protocolos para asegurarse de que no estamos siendo usados por egrégoros, paquetes de memoria tanáticos, seres interdimensionales o lo que quieran agregar. La sentencia siguió dando vueltas en mi cabeza hasta que tuve la respuesta.
Algo o alguien (para hacerla corta diré que fue uno de mis guías espirituales) me decía que la respuesta estaba en el material que guardaba de la época en la que comencé a practicar reiki. Hice caso y fui a buscarlo. Lo primero que me llamó la atención fue que un símbolo que hasta entonces sólo había usado para hacer terapia a distancia – Hon Sha Ze Sho Nen*—se presentaba como una herramienta para acceder tanto al pasado como al futuro, algo que había soslayado muchas veces. Dejé el documento un rato mientras preparaba mi comida y cuando regresé a él me sentí tonta, estúpida, era tan obvio que no lo había visto, todo por estar enamorada de mi preciosa jaula mental. Debajo del título del símbolo, en letras grandes y mayúsculas se podía leer “CANALIZACIÓN”. Ahí estaba todo el procedimiento que necesitaba para entregarme a conectar con ve-tú-a-saber-qué sin tanto temor. Ahora me faltaba saber qué o a quién quería canalizar.

El fin de semana siguiente a este redescubrimiento me fui a la casa de mi abuela  y ya tenía un objetivo en mente: saber más de su papá, uno de mis bisabuelos. La curiosidad me venía del hecho de que su muerte se produjo exactamente 3 años antes de mi nacimiento, el mismo día y el mismo mes.
Empezamos a hablar y, como en otras ocasiones los mazazos llegaron uno tras otro. Me contó una historia que muchas veces me negué a oír acerca de mi abuelo, mi héroe de infancia y adolescencia, su esposo, y aunque dolía –duele—sabía que era necesario, por eso no la interrumpí sino que la animé a seguir hablando. De todo lo que me iba contando apunté nombres, características, parentescos, frases, etc. Al día siguiente amanecí adolorida y sensible, un poco como estuve después de haber recibido los alineamientos reiki.

Antes de hablar con mi abuela había meditado acerca de mi miedo a la locura, meditación que me sirvió para entender que el miedo a la locura en realidad es la unión de dos fuerzas: el miedo y la locura. Escrito así parece obvio, básico, pero la verdad es que cuando te enfrentas a él, cuando sientes que algo que no vez hace fiestas y te usa no es tan divertido ni tan sencillo de descubrir. Al final con toda la información que recopilé en una semana pude fijar mi objetivo, no sólo iba a escribir un diario de la locura para ver esta fuerza a los ojos sino que iba a canalizar a mis antepasados para sanar dolores, traumas, programas negativos y cuanta mugre emocional encuentre en el camino. Como con el diario de la abundancia no sé cuánto va a durar ni qué voy a encontrar pero lo voy a hacer de todos modos. Una de las cosas que más me gusta de la vida es la capacidad que tiene para sorprenderte. Si conocieras de antemano las sorpresas que guarda para ti muchas veces las evadirías, incluso sabiendo que acercarte a ellas es justo lo que necesitas.

En este punto no sé si mi camino siga siendo la escritura, tampoco sé si mis sueños, incluso los que he cumplido han sido míos, simplemente porque los reconozco como los anhelos de mis ancestros. Mis sueños, como muchas de mis miedos, me han sido heredados de forma inconsciente, por eso estoy en un momento de mi vida en el que me cuestiono todo, en el que no sé quién soy ni qué quiero realmente pero no por eso estoy dispuesta a quedarme en un rincón viendo cómo viven los demás y cómo se divierten en la fiesta. Voy a bailar con la música que pongan, voy a ser una loca feliz y si es necesario abrazaré al Diablo (Arcano XV) y también bailaré con él.

*Para saber más de reiki sugiero leer el libro Reiki esencial de Diane Stein.

miércoles, septiembre 28, 2016

No me hagas promesas

No me hagas promesas, ahórratelas, suficientes dolores vengo coleccionando por esa costumbre molesta de prestarle más atención al futuro que al presente.

Deseo vivir un hoy inmenso, infinito, incierto, sorpresivo, profundo y verdadero, con sabor a atardeceres naranjas y música de relámpagos; el mañana déjalo para expertos en catalogar miedos en cajones ajenos.

Bésame ya, bésame ahora, con ceguera del tiempo, antes de que quiera aprender de memoria tus pestañas, para recordarlas cuando ya no estén tan cerca de mí.

(Domingo, 15 de julio de 2012)

viernes, septiembre 02, 2016

Capítulo uno

Irene aún no lo sabe pero en un par de semanas, cuando se confiese una vez más con su diario, escribirá las siguientes palabras:

No. Nada. Ninguno. Nadie. Palabras que se van a vivir a las respuestas de los rendidos, de los adaptados, palabras que se metieron en las mías sin que me diera cuenta y sin que me resistiera. Palabras que sólo aparecieron cuando me vi (o mejor, cuando me oí) rodeada de ruido en la esquina de Venezuela y Santiago.

Hace dos semanas volví de vacaciones, volví de disfrutar el ardor en la piel porque es otra forma de sentirme viva y colorida. Y ahora que volví a la oficina, a mi escritorio, al supuesto trabajo de mis sueños es como si esta vida no me perteneciera, como si no fuera mía.

Me pongo los audífonos para oír música, para irla llevando, para entretenerme sin molestar pero después ni me acuerdo de elegir una canción, me quedo viendo al vacío a través de la pantalla del computador. Luego comienzan las incomodidades: comezón en el cuero cabelludo, dolor en un codo, náuseas antes de almorzar y lo único que me tranquiliza, lo único que me transmite resignación es que eso no puede ser, que no estoy embarazada porque ya me lo dijo el médico y, por ende, que debe haber algo más. Que no todo puede ser acostumbrarse al trabajo que tanto deseé para dos, tres años después sentir rabia cada vez que el despertador suena el lunes en la mañana.
No. Nada. Esto no puede ser todo, pero si no es esto entonces ¿qué es?

***



Ay, mi dedito, se queja Irene mientras sostiene el teléfono con la cabeza y un hombro.

¿Qué te pasó?, le responde Anaís desde su casa.

Nada, es sólo que me tropecé con la maleta.

¿Todavía no la has desarmado?

No, pero ya me había acostumbrado a tenerla ahí, no me estorbaba ni nada. Ay, me duele.

Irene, volvimos hace más de una semana. Sabes que lo último que me interesa es sonar maternal, pero sería bueno que la guardaras, ¿no te parece?

No sé.

¿Quieres que te repita mi teoría acerca del “no sé”?

No, gracias, me la sé de memoria, cuando alguien dice “no sé” en realidad sabe pero lo que sabe no le gusta.

Exacto.

Pero no Anaís, no sé, no sé nada esta vez.

Mentirosa.

Bueno, mejor cuelgo y me voy a pagar la tarjeta de crédito antes de que me cierren el banco.

¿En serio te vas a ir hasta allá?, si puedes hacerlo por teléfono o por internet.

Sí, necesito salir, hacer algo más antes de volver a la oficina, después me voy a encerrar mientras veo en el calendario los días que faltan para mis próximas vacaciones.

Ni me lo digas, si no vamos a terminar llorando las dos.

Te llamo después.

Vale, un beso, y guarda la maleta.

Sí, mamá.

***



Es miércoles y son las tres y media de la tarde, por lo tanto falta media hora para que comience oficialmente la hora punta, sin embargo eso le importa poco a la avenida Virrey Flórez que ya carga encima carros y buses con gente suficiente para llenar medio estadio de fútbol. Irene, viendo que le quedan menos de cuatro cuadras para llegar al banco paga el taxi y se baja para recorrer a pie el resto del camino.

En el banco hace la fila preferencial y mientras llega su turno se entretiene viendo una de las pantallas que flanquean las ventanillas. Cuando está recordando la arena suelta que hace diez días tocaba con las plantas de los pies alguien la sacude pronunciando su nombre.

¡Irene!

¿Uh?

Irene, hola ¿cómo estás? ¿bien?

¿Hola?

Bueno, estás igualita, no sé ni para qué pregunto, por eso te reconocí. El mismo pelo, pero más linda.

Jé, gracias… ¿Eliana?

Sí, ¿hace cuánto no nos vemos?

5 años, creo, desde la última reunión de egresados, o sea que van a ser…

Ay no, mejor no hagamos cuentas que estamos muy bonitas como para sentirnos viejas. ¿Y qué dolor de cabeza viniste a pagar? ¿La pensión del colegio de uno de tus hijos o la cuota de la casa?

No, no, no tengo hijos y no me he endeudado todavía, para eso no.

¿Y entonces?

Llegué hace unos días de Santa Rosa, estuve allá con Anaís, ¿te acuerdas de ella? También estudió con nosotras.

Ah, sí, sí.

Bueno, vine a pagar parte de esas vacaciones.

Ya, bueno, dichosa tú que todavía puedes darte esos gustos, nosotros, con los niños y Eduardo mi marido, queremos hacer un viaje así, aunque más familiar, tú sabes, pero tenemos que esperar hasta después de pagar la mitad del carro.

Sí, claro, la mitad del carro.

Mira, mira ya es tu turno.

Irene se acerca a la ventanilla, marca mal su clave personal la primera vez y luego repite todo el procedimiento hasta completar el trámite. Al alejarse mueve la mano con dirección a Eliana, queriendo despedirse y con la esperanza de que no se acerque de nuevo.

***



Ahora la maleta inconclusa está rodeada por los muebles de la sala. Allí hay silencio y la luz está apagada. En el cuarto de este apartaestudio se oye el ruido de un televisor escupiendo comerciales: “…inversiones provincia, tu mejor aliado a la hora de proteger el futuro de tu familia”. Irene pone encima de la mesa de noche un plato hondo y vacío, se levanta de la cama, va hasta la sala, se tropieza con la maleta y dice “ay, mañana”, agarra el mini portátil que está allí y vuelve a su habitación, busca el control remoto y aprieta el botón que trae al silencio.

Dichosa o la palabra del día. Creo que era en El tesoro del saber, ese programa que veía cuando era pequeña, donde escogían una palabra del día. Dichosa. ¿Dichosa? ¿Afortunada? ¿Debería sentirme dichosa porque estoy pagando a crédito unas vacaciones increíbles? No es que hayan sido a París o a Nueva York, nada del otro mundo, pero ni siquiera salí del país para disfrutarlas. ¿En serio será todo tan difícil después de que uno se casa y tiene hijos? Igual no me interesa averiguarlo, al menos no ahora, así como tampoco me interesa endeudarme para tener un carro, menos si voy a tener que usarlo en trancones como el de hoy, con tanto ruido y con tanta gente y con tanto humo.

Estoy extrañando mucho Santa Rosa, allá no sólo viven a otro ritmo sino que la gente hace lo que quiere, no lo que le toca, ni lo que estudió. Nada de eso. Lo que quiere y ya.

Irene cierra su computador y va al baño a lavarse los dientes. Al volver a su cuarto le da voz, otra vez, al aparato rectangular, busca el canal de videos musicales y marca quince minutos en el mecanismo que apaga automáticamente el televisor.

Antes de cerrar los ojos dice:

Un día menos de vacaciones.

Media hora más tarde seguirá despierta, en medio de la oscuridad y del silencio.





[I’m free to decide – The Cranberries]