miércoles, mayo 25, 2016

Sincronicidades cotidianas

Sigo leyendo el libro Realidad Daimónica de Patrick Harpur y es como si me espiara. Cada vez que lo abro para leer un poco más, para aprender un poco más me sorprende. Confirma lo que me pasa y porqué busco lo que busco, como un personaje de novela persiguiendo su destino.

Ayer tuve una muestra más de cómo si le abres la puerta a los hechos misteriosos, estos entran en bandada y sin pedir permiso.

Fui a comprar pan y pagué con un billete grande. Como de costumbre me hicieron esperar mientras un empleado iba a otro negocio a buscar cambio. Me senté en una silla cercana y de espaldas a un televisor encendido mientras esperaba que el trámite se completara. Un niño veía distraído la pantalla, luego las palabras “todavía no sabemos nada del asesino de las cartas de tarot” llamaron mi atención.

De forma automática busqué la imagen para saber de qué se trataba el programa, era Kommissar Rex o Comisario Rex, una serie austríaca. Luego el niño que veía televisión se aburrió y siguió buscando algo que le interesara más. Yo, con las vueltas de mi compra, me fui memorizando la frase para buscar el episodio al llegar a casa.

Me senté a almorzar y busqué el programa. Lo encontré en alemán y en español. Para no perder el hábito y lo ya ganado en un idioma nuevo lo reproduje en alemán. La “coincidencia” me pareció demasiado graciosa como para dejarla pasar. Le comenté lo que había pasado a Robert el imperial que estaba conectado en ese momento. Su respuesta fue rápida “me encantó la serie cuando salió, por eso tengo un tatuaje de Rex”, se tomó una foto y me la mandó. El tatuaje es realmente bueno.

Divertida, paso a comentarle lo ocurrido a Diana, mi amiga en Berlín. Para abrir la conversación menciono una frase que es una especie de clave entre nosotras “Diana, yo también veo ovnis”, ella confundida responde “¿cómo?, ¿dónde?”, le cuento lo que acaba de pasar con mi amigo y ella intrigada vuelve a preguntarme “¿pero qué pasó con los ovnis?”, le recuerdo la vez que usó esa frase, haciendo referencia a la incredulidad de sus amigas cuando les relata historias que sólo le pueden pasar a ella en Berlín y se ríe. Me explica que justo en el momento en el que entró mi mensaje estaba viendo un programa de televisión acerca de ovnis, por eso estaba con actitud de “Johanna me espía, ¿dónde están las cámaras?”, yo no puedo más que reír, con fuerza, sin pausa, con hipo.

miércoles, mayo 18, 2016

Un deslizamiento en el tiempo

Dejé de entender, al menos desde hace unas semanas. Mi viaje me ha servido para analizar menos y para dejarme llevar más, incluso ahora que he regresado a un ambiente conocido. Las experiencias que viví allá, al otro lado del Atlántico, me siguen afectando y yo gozo ese efecto. Las historias recientes se juntan con las viejas para que comience a entender los para-qués. Los porqués quizás nunca los descubra, o quizás sólo lo haga la próxima vez que muera.

Va la historia reciente.

Con toda esta movida de mi investigación onírica y de que me siento como un estanque que recibe agua que ya no puede contener, le planteé a Ingo la posibilidad de dar una charla para compartir lo que sé con otras personas. Me asustaba la idea de tener que contarlo en inglés pero estaba dispuesto a hacerlo. Él habló con una mujer que trabaja en un centro holístico en Graz, que si bien creyó que la idea de hacer esto era interesante, dos semanas antes de la fecha que habíamos elegido conjuntamente para hacerlo, canceló la charla. A su juicio no había tiempo suficiente para preparar todo de modo adecuado. Ingo, descorazonado, me dio la noticia mala. Yo con el subidón de endorfinas que tenía no me preocupé y seguí fluyendo. Ya tendría ocasión de compartir lo que sé. Y la tendría mucho antes de lo que creía.

Una noche, me parece que la del día en que conocí al Robert alemán, Luis, mi anfitrión, me invitó a una comida que había organizado con amigos en su casa. En la sala también estaba Ana Lucía, su hija mayor: mitad colombiana, mitad argentina pero que piensa en alemán. Luis, después de darme un plato de pasta, me dijo “y a ver si encontrás alguien que te hable en español”. Sentada en el sofá junto a Ana Lucía oía a los demás hablar en alemán. Creo que fue entonces cuando aprendí que una expresión que para mí suena “asó” y que significa “ajá”, por lo que es usada para afirmar algo de un modo informal. Luego sospeché algo más.

Cuando empiezo a aprender un idioma me gusta averiguar cuáles son y cómo suenan las palabras que me interesan, por ejemplo sueño, lechuza, libélula, tetera, etc. De la conversación que oí entre Ana Lucía y un amigo teutón de Luis creí entender que hablaban de sueños, pero pronto descarté la idea, sería demasiada coincidencia que estando yo ahí estuvieran hablando de eso. Y otra vez estaba equivocada.

El alemán se fue temprano y nos dejó a puros latinos en la sala, en esas condiciones el español volvió a ser el idioma predominante. Ana Lucía me contó que estaba preparando un trabajo para la escuela, el tema: los sueños. No sé cuál de las dos estaba más contenta, si yo por poder compartir lo que sé o ella por tener al lado a alguien metidísima en el tema dispuesta a darle una mano.

Hablé como cotorra. Saqué mis cristales didácticos, esos que dejo tocar y ver a los demás para que aprendan, a diferencia de los míos privados y para uso personal. Le expliqué lo que se puede lograr con cada uno de ellos. Estábamos fascinadas. Yo sentía que la vida me estaba poniendo en el lugar que debía para dar lo que me había enseñado. Luego fue la hora de ir a dormir de Ana Lucía, Luis la envió a su habitación y los “adultos” nos quedamos hablando hasta más tarde. Me cuesta escribir la palabra adulto cuando gozo tanto como una niña.

Darío, uno de los amigos de Luis, había estado prestando atención a lo que le decía a Ana Lucía. Quería saber más y yo quería contarle. De improviso esa comida se convirtió en una tertulia más, una de esas por las que he tenido que esforzarme para organizar en Bogotá. Encontrar a personas dispuestas a leer libros, comentarlos y compartir experiencias más allá del ámbito recreativo en torno a los sueños no ha sido fácil, por eso mi sorpresa. Allá estaba yo con otros dos hijos únicos hablando de momentos bisagra.

No sé de dónde saqué el término o si me lo inventé, lo que recuerdo es que lo definí nuevamente. Son esas épocas, esos tránsitos entre cambios vitales que le dan a los días que vives un cariz mágico, místico, eléctrico tal vez. Son un anuncio claro, casi sólido, de que esa rutina querida que transitabas hace poco va a transformarse de un modo radical.

Para colmo o para dicha, esto lo sabré después, K. ya había aparecido, ese hombre que se cruza en mi camino porque “asó” cuando estoy cambiando, cuando estoy creciendo.  Desde Bogotá me había enviado un mensaje diciéndome que le gustaría volver a verme, que le gustaba saber de mí, justo como –después me lo recordaría él—aquella vez en la que había comenzado a adentrarme en la magia natural.

Hablé y hablé. Ellos me escucharon y me escucharon. Con Darío hicimos planes que se concretaron y otros que no. Me mostraría un cementerio en Berlín y yo le enviaría el libro del que tanto hablé (Realidad daimónica de Patrick Harpur), ese que ahora cada vez que retomo parece hablarme y hacer referencia a los planes que tengo para este momento. Esa noche me fui a dormir muy sorprendida, muy satisfecha y agradecida, aunque muy seguramente me dormí antes de poder decir “gracias vida, gracias universo por tantos regalos”. En Europa el egrégoro de darlo todo por sentado se apoderó un poco de mí y andaba yo creyendo que cosas así le pasan a todos los mortales todos los días, cuando bien sé que no es así.

Ahora voy con la historia vieja.

Perdía yo el tiempo entre 1999 y 2002 con un compañero de la universidad que nunca me pararía bolas en serio. En lugar de mejorar mi inglés o de leer más libros, suspiraba por él y llenaba páginas y más páginas de cuadernos registrando cuándo, cómo y dónde me saludaba. Así me hice presita fácil de una mujer bastante singular.

Nunca me gustaron los trabajos en grupo pero eran un mal necesario, por eso alguna vez me junté con A. para hacer uno. En mi curso ya había rumores de que era inestable emocionalmente a pesar de su brillo intelectual, pero yo, que a veces estudiaba para los parciales/exámenes un día antes de que ocurrieran, no por disciplina sino por despiste puro, no tenía idea de nada. Inocente fui un día a su casa, un día que sin proponérmelo me enteraría de lo que hablaban.

La primera parte de la tarde almorzamos, halagó mi color de esmalte de uñas y me sacó información acerca del tonto que me quitaba la tranquilidad y el sueño. Luego, en el segundo piso de una casa amplísima y bien distribuida, intentamos comenzar a trabajar en el tema indicado, pero no con mucho empeño.

No recuerdo bien en qué orden ocurrieron las cosas, sólo sé que en su habitación sentí casi de modo físico cómo intentaba meterse en mi cabeza para leer mis pensamientos. Yo hacía un esfuerzo enorme para no permitírselo pero no lo lograba todo el tiempo. Ella por un momento se quedó viendo un punto en el vacío y tratando de llevarme al estado de ensimismamiento que alcanzó en segundos. Yo me resistía. Cuando se dio por vencida me dijo que ese momento había sido muy significativo, que en él se había decidido si seguiríamos siendo amigas o no de ahí en adelante. En ese punto tuve dudas serias de su salud mental y de los exámenes de ingreso que hacían en la universidad para elegir a los alumnos que querían cursar la carrera de psicología. Le llevé la idea y no veía la hora de salir de su casa. Después de ese episodio ni siquiera quería pasar cerca de su barrio, por eso usaba una ruta alterna, más larga y menos práctica, cada vez que quería visitar el centro comercial que me gustaba frecuentar en esa época. Pero ese no fue el único momento raro que viví con A.

No sé si fue ese mismo día u otro que conocí a su mejor amigo. Me parece que se llamaba Camilo.
A mí se me había metido en la cabeza la idea de jugar rol en un espacio real. Estaba haciendo averiguaciones para ir a una finca/casa de campo, usar disfraces y crear reglas para el juego. Durante los preparativos hubo varios contratiempos, pero yo, en lugar de entender que indicaban que eso no pasaría, insistí. La visita a Camilo estaba relacionada con este empeño mío.

Tan dispuesta estaba a seguir con mi plan que ya había escrito descripciones de los personajes que usaríamos durante el juego. Yo estaba en la fase de elegir el reparto de jugadores y fantaseaba con que el tipo que me gustaba hiciera parte de él, pero no sería el único hombre. A. había sugerido invitar a su amigo y yo había aceptado. Le había mostrado las descripciones de los personajes pero ella no había hecho ningún comentario especial, pero esto cambiaría en presencia de Camilo.

Llegamos a una casa típica, por decirlo de alguna manera. A. usó el carro familiar para ir allí. Recuerdo haber recorrido la habitación de Camilo, donde descubrí que jugaba o le gustaba el golf, una sala para ver televisión y la sala de la casa. Lo primero que me llamó la atención fue ver a un adolescente, hermano de Camilo, durmiendo en el sofá de la sala de televisión con el aparato encendido a un volumen demasiado alto. En ese momento pensé que quizás estaría enfermo o algo así porque yo no podría dormir en esas condiciones: un espacio abierto a las visitas y con tanto ruido de fondo.

Luego la conversación se desarrolló sobre todo en la habitación del amigo de A. Ahí comenzó lo raro. Cada vez que me situaba en la entrada, en el portal, sentía que estaba sacando información de otro tiempo, del futuro para ser más exacta. Sentía que alguien o algo me susurraba un canto de sirena: “hagas lo que hagas, seas lo que seas, serás feliz”. El mensaje, aunque positivo, era inquietante. ¿De dónde venía esa voz?, ¿quién la emitía?, ¿era voz o telepatía venida de no se sabe cuándo? El mensaje que prometía un futuro feliz me alteraba más de lo que me tranquilizaba y yo no era la única que se sentía así.

Por consenso decidimos movernos a la sala. Si mal no recuerdo estaba junto a la sala de televisión pero desde ahí ya no se sentía el ruido del aparato ni entraba la luz natural que se colaba por la marquesina del recinto anexo. La sala, por el contrario, era oscura y anticuada. No soy experta en muebles, pero si me apuran para pedirme una explicación de cómo eran los muebles, diré que eran tipo Luis XVI.

Finalizados los preámbulos, saqué mi cuaderno y comencé a leer la descripción del personaje que había elegido para Camilo. Al ser yo la directora del proyecto tenía la autoridad de decirles a los participantes el papel que quería que desempeñaran.

La cara de Camilo ganó rigidez. La sonrisa amable que tenía antes despareció y su rostro dio paso a un gesto de ensimismamiento. Adriana nos observaba con sonrisa burlona. Al final se rió abiertamente. Eso era lo que ella quería, quería ver la reacción de él ante mis palabras. Ella sabía de antemano qué efecto tendría en él pero no nos había dicho nada para comprobarlo con gusto, sin contaminación.

Justo ahora recuerdo que alguno de los dos hizo un comentario acerca de mi inteligencia, me parece que Camilo dijo que si no fuera inteligente seguramente A. no habría querido ser mi amiga. Él estaba incómodo, era evidente. Sin conocerlo, sin saber siquiera que existía había descrito su personalidad y luego había llegado con la descripción de un papel que quería que representara pero que para él era su día a día.

Si digo que el ambiente se enrareció no alcanzo a describirlo. Estuvimos un rato largo tratando de despedirnos, de seguir con las cosas que teníamos que hacer ese día. Adriana tenía que tomar una clase de tenis más tarde y yo quería ir a mi casa para ocuparme de otros temas de la universidad, sin embargo no lográbamos separarnos. Aparte de Camilo, que había hablado de la sorpresa que había sido verse reflejado en mis palabras, ninguno mencionaba nada más. Entonces me animé a señalar lo obvio.

Sonreímos con ansiedad, con nerviosismo, como si descubriéramos de repente que alguien nos espiaba, que alguien estaba dirigiendo cada paso que dábamos. Sentimos alivio. Ellos estuvieron de acuerdo en que era mejor hablar, en que esa rareza que había en el ambiente no podía quedarse innombrada. Finalmente pudimos irnos de la casa del amigo de A. Ella me acercaría a mi casa.

No sé porqué subí al carro con ella si ya me sentía insegura, tan intranquila. Ella conducía de un modo correcto pero alterado. Es difícil de explicar. Yo temía que en cualquier momento produjera un accidente por puro gusto. Llegamos a la avenida en la que tenía que bajar pero decidimos seguir.

Ahora estábamos más cerca del lugar donde ella tomaría su clase. Unas cuadras antes de llegar le dije que estaba bien, que podía dejarme ahí pues había una ruta de bus que me llevaría a casa. Acercó el carro al andén y me bajé. Ya lejos de ella sentía una mezcla de alivio y tensión. Alivio porque ese momento raro y extendido había terminado oficialmente. Tensión porque sabía que tenía que alejarme de ella pero, tonta de mí, le había prestado el cuaderno donde había escrito las descripciones de los personajes.

En los días que siguieron supe más de lo que se decía acerca de ella. Ya había intentado trabajar con otros compañeros y al final el resultado era el mismo. En una ocasión tres chicas habían ido a su casa y la sensación de alivio al salir se había repetido. Ni ellas ni yo nos explicábamos cómo había soportado sola tanta tensión cerca de ella. Supongo que en parte el aire con el que quiso inflar mi ego, cuando me dijo que me veía en el futuro como una figura de autoridad, había ayudado a que me quedara. Sea como fuere recuerdo que la evité y sólo seguí en contacto con ella hasta que me devolvió el cuaderno que me pertenecía. Me parece que el siguiente semestre dejó la universidad.

Sólo volví a saber de ella un par de años después, cuando una de las tres chicas que también visitaron su casa, me contó que se la había cruzado en su lugar de práctica profesional. Curiosamente había estado pensando en ella poco antes de verla. A ambas nos pareció más que una coincidencia, por la misma razón evitábamos hablar de ella y yo he pensado más de una vez si debía o no escribir esta historia. Antes había hecho borradores pero al final no llegaba a nada. No sé porqué hoy decidí escribirla para publicarla. Tal vez porque tenga conexión con otro comentario que oí en esa época y con otra sincronicidad que ocurrió hoy.

Va primero el comentario.

¿En dónde se ve dentro de 10 años?, pregunta popular en entrevistas de trabajo y consultas de terapeutas. Pregunta que me hizo otro compañero de universidad hace más de 10 años. No pensé mucho en la respuesta y de inmediato le dije:

−Me veo viajando en tren, sola, con un diario de viajes en las manos, parecido a los de Indiana Jones.
−Usted quiere ser rica ¿cierto?
−No sé, no he pensado en eso, sólo he pensado en viajar..
−Es que para vivir viajando se necesita mucha plata.

No sé a qué lugar nos llevó la conversación, pero ahora sé que hacer lo que uno se propone no es un tema de plata sino de certezas. Certeza de saber lo que no se quiere, certeza de saber lo que se desea, y de reconocer lo que es negociable y lo que no.

Mucho antes de comenzar a estudiar la carrera de la que al final me gradué, jugaba con papelitos mientras imaginaba cómo sería mi vida cuando fuera grande. Con papel cuadriculado dibujé y recorté documentos entre los que incluí, con certeza total, un pasaporte. En ese momento mi profesión era lo de menos, no así la actividad. Quería viajar, tanto como fuera posible y el asunto de la plata no me preocupaba. Hoy puedo decir que he viajado a donde he querido, puedo decir que volveré a Europa, no sé cómo ni cuándo ni a qué lugares pero sé que A. y ese canto de sirenas extraño tenían razón.

Muchas cosas que no tenían sentido hoy dejaron de ser jeroglíficos, y ya no me asustan. Hoy 18 de mayo de 2016, hoy que “por accidente” escuché un programa de radio viejo que habla de los deslizamientos en el tiempo, uno que menciona un incidente que involucra un día como hoy hace 49 años (el 18 de mayo de 1967), no soy tan inocente ni tan miedosa como antes. Hoy no sólo me gusta encarar lo raro y misterioso. Hoy lo busco activamente.

domingo, mayo 15, 2016

Robertos, los sueños, la alquimia y mi camino

Desde antes de decidir a dónde iría esta vez sabía que quería algo distinto, quería ir a enseñar, y si no podía, ir a aprender. Por un rato ya tuve suficiente de ir a un lugar sólo para conocer, para oler aromas distintos y para maravillarme con las estatuas de turno. Ahora lo que quiero, definiendo ahora como un tiempo grande y siempre presente, es tener los ojos muy abiertos, los sentidos muy despiertos para que todo me penetre, para deshacerme de todo lo que no necesito y me hace sentir pesada. Esta vez la aventura, como ya saben algunos, comenzó con un nombre. Pero también había otro.

Ya conté que cuando esperaba a Diana en Tegel, el aeropuerto de Berlín al que llegué, un nombre me cruzaba la cabeza de modo incesante: Lina, lo que me llevó a presentir que algo no estaba saliendo bien, pero al mismo tiempo, mientras intentaba arrancarle pistas al futuro, otro nombre venía y no quería irse: Roberto.

Al comienzo no entendía nada. Roberto se llama el amigo de Ingo que lo recibió por primera vez en Bogotá, pero en ese momento no lo recordé. Roberto se llamaba mi profesor más querido en mis años últimos de secundaria, ese que me alimentaba el intelecto con retos en inglés y libros escogidos cuidadosamente para mí. Roberto se llamaba el padre de la familia que me abrió su casa en Rio de Janeiro. Luego, cuando conocí a Luis, el argentino amoroso que me hospedó en Berlín y que en mi última noche volvió a recibirme “por amistad” y sin cobrarme un euro, creí entender el porqué del Roberto. Creí, pero creí mal. El aura de Luis me recordaba al Roberto brasilero, por eso en alguna ocasión lo llamé erróneamente de ese modo, luego recalibré y ya lo llamaba por su nombre todo el tiempo. Pero ¿dónde queda este asunto de Roberto?

Diana me había dicho que no necesitaría usar páginas de internet para conocer gente en Berlín, que allá todo el mundo habla con todo el mundo en las calles y en los trenes, y sí, tenía razón. Yo misma la vi preguntarle a un par de desconocidos dónde habían comprado una tarjeta con caligrafía atractiva en un tren, sin preámbulos y sobre todo sin miedo. Los hombres al bajarse se despidieron de nosotras como si fuese una cosa de todos los días. Todo muy bien pero no soy de hacerle caso a nadie, sólo a veces a mi odontóloga.

Usé un par de páginas para contactar gente en Berlín y en Graz. En las demás ciudades, como estaría tan poco tiempo y quería pasarlo sólo conmigo, no intenté contactar a nadie, y justo en estas ciudades se develó el misterio de Roberto.

En Berlín conocí a un hombre que hasta hace 6 años era un pueblerino. Tiene 49 y, después de nacer en un pueblo de alrededor de 1200 habitantes en Alemania Oriental, y luego de mudarse a otro de algo así como 6000 habitantes, se hartó de la gente que a las 6 de la tarde cierra la puerta de su casa para sentarse a ver televisión. Él quería más y por eso se fue a Berlín.

Nos citamos al frente del Palacio de Charlottenburgo. Yo quería ver la colección del museo pero él no quería pagar la entrada porque 13 euros (creo que eso costaba) le parecían demasiado. Me frustré y por eso lo juzgué mal y pronto. Tampoco había ayudado que a los 5 minutos de conocerlo me hubiese dicho que estaba en una relación poliamorosa, por lo que tenía una novia fuera de Berlín, otra en la ciudad y además asistía a fiestas para ver a quién más podía conocer. Estaba en negociaciones con otra mujer dedicada a dar masajes eróticos, que recientemente le había dado uno de 4 horas, hecho que lo llevaba a creer que estaba enamorada de él, y cuando iba por la calle veía con interés a las mujeres que pasaban. No, en lo absoluto ayudaron estos detalles, sin embargo la ventaja de tener las metas claras es que por más que la parte burlona de la magia intente confundirte tú no te pierdes y yo no lo hice.

Robert, como se llama este hombre que se denominaba Lobo Estepario en el sitio donde lo contacté, donde no tenía modo de saber cuál era su nombre real, me invitó a almorzar, algo que no tenía sentido para mí porque ya lo había hecho una hora antes. En cambio le propuse que se quedara almorzando en un restaurante vegetariano (de un tiempo para acá todos los hombres que conozco son vegetarianos) mientras yo iba caminando a mi alojamiento, total estaba cerca, para buscar más abrigo porque no me había preparado bien para el clima de ese día. Aceptó y al llegar chateé con Diana. Ella sugirió dejarlo plantado pero yo, que últimamente me he propuesto honrar mi palabra, así sea difícil, no me sentía bien con esa idea. Volví dispuesta a ir al Ángel de la Victoria con o sin él. Le diría lo que quería hacer, si se unía o no era asunto ajeno. Y así lo hice.

Cuando llegué ya estaba terminando. Mientras comía había buscado el origen de mi apodo –Latiaran—y mis rasgos de personalidad, basado en mi signo astrológico. Le comuniqué mis planes en tono de orden y él quiso acompañarme en mi caminata. Para entonces su inglés oxidado ya le permitía expresarse con un poco más de fluidez.

Caminamos por Heerstraße en línea recta hacia el ángel dorado que se veía desde lo lejos. Él cojeaba pero parecía no molestarle. Por prudencia preferí no preguntar el origen de la lesión. Robert me contó que se dedicaba a limpiar vidrios y que así había intentado pagarle el masaje erótico a la mujer que había conocido recientemente. Cada tanto mencionaba sus aventuras amorosas y ante mi falta de preguntas prefirió interrogarme él:

—¿Te molesta que te haya dicho que estoy en una relación poliamorosa?
—¿Por qué tendría que molestarme?
—No sé, a algunas personas les molesta.
—Eso es tu asunto, no el mío. Yo sé lo que quiero, no es eso, además bastante entretenida estoy con mi investigación acerca de sueños.

Así quedó cerrado el tema y nos dedicamos a hablar de otras cosas. Tomé fotos. Entramos a un local en donde vendían teteras y tazas bonitas. Él se avergonzó por un águila que había en la fachada de un edificio recordando el nazismo. Tomé más fotos y finalmente comenzó a hablarme de lo que me interesaba.

Robert nació en una región de Alemania que fue un asentamiento romano importante. Allí se celebraban ritos mágicos y, por supuesto, es un lugar al que me gustaría ir alguna vez. En el museo que exhibe la historia del pilar sobre el que está puesto el Ángel de la Victoria se menciona este santuario antiguo pero por falta de tiempo no pude investigar más al respecto.

Robert también me contó que un amigo suyo que había ido a Rapa Nui había tenido los sueños más extraños de su vida estando allí. Yo estaba fascinada. Conozco a tres personas que han estado allí, uno es Ingo, que aunque no recuerda los sueños que tuvo estando allí, sí recuerda que el ambiente era absolutamente onírico. Mi viaje no estaba ni por la mitad pero ya apuntaba al siguiente destino.

Otro dato que me dio este hombre fue acerca de un grupo musical llamado Tangerine Dream. Por él supe que el fundador murió hace poco. Era un hombre renacentista por lo que también pintaba. Hacía poco Robert había limpiado las ventanas de la galería donde se exhibían algunas de sus pinturas. En días sucesivos me envió la información para que pudiera investigar más acerca de él.

Con este Robert no pasó mucho más. Pagó mi entrada para subir al balcón del ángel, me “invitó” el bus (si tienes una tarjeta de transporte público para todo el año puedes viajar con un acompañante las veces que quieras), me contó que cuando se siente triste le gusta ir a lugares turísticos para ayudar a turistas perdidos, así se siente mejor después de orientarlos, y me ayudó a llegar a una estación desde la que pudiera llegar a casa.

Ahora voy con el Roberto imperial.

Ingo iba y venía. Diligencias y más diligencias. Honraba su palabra de recibirme en su casa pero no tenía mucho tiempo para mostrarme la ciudad y acompañarme en mis recorridos. Yo aceptaba la situación y gozaba cada paso que daba por mi cuenta, por eso acepté que si quería conocer a alguien nuevo también tendría que hacerlo por mí misma.

Luego de un encuentro fallido, en el que llegué al lugar indicado pero en el que me equivoqué de puerta, me puse de acuerdo con Robert para salir. Su apodo estaba en alemán así que no sabía qué significaba. Cuando lo busqué después de conocerlo supe que era algo así como “Lo que sea”. Me llamó la atención su gusto por dos series de televisión que quiero ver, viejas, ya terminadas pero que tienen un no sé qué. La primera es Six feet under, vi el final y lloré como tonta. De la segunda, Twin Peaks, oí algo pero estaba muy chica para engancharme con ella. Además de la banda sonora no sabía mucho más, pero ahora que estoy tan metida en el tema de los sueños y que la supe tan onírica, obviamente está en mi lista. Ese fue el punto de partida para  la conversación.

El sitio de encuentro fue el mismo y de nuevo cometí el error del día anterior: elegí la puerta que no era, sin embargo Robert, su nombre lo supe después de agregarlo a facebook, intuyó que algo así había ocurrido. Yo ya me había hecho a la idea de que no llegaría y me puse a ver folletos de museos para, al irme, ensayar la ruta que me llevaría al museo de la percepción al día siguiente, en dónde pasaría por la experiencia del tanque de aislamiento, pero justo cuando estaba usando mis habilidades espaciales para leer mapas, apareció.

Él, con la cortesía teutona, se disculpó mil veces por la tardanza, había pasado casi media hora desde la hora pactada. Le dije que todo estaba bien, que la avergonzada debía ser yo pero ni eso lo calmó.
Con este Robert charlamos mucho, hubo más empatía que con el anterior, por eso nos vimos más de una vez, sin embargo aquí quiero concentrarme en cómo sus sugerencias me llevaron a los lugares que necesitaba visitar en Praga.

Mientras caminábamos por la parte más antigua de Graz, le dije que el estar tan segura de mi investigación acerca del mundo onírico no siempre ha sido fácil. A veces me encuentro con personas que creen que pierdo el tiempo y, por más aprecio que les tenga, prefiero alejarme de ellas porque estoy segura de lo que estoy haciendo. Tras esta afirmación me contó algo que no tenía modo de predecir: su tesis de maestría había sido acerca de la evolución de las lápidas, elección que también le costó algunas amistades.

El Robert “imperial”, le digo así porque su madre es húngara y por lo tanto desciende del Imperio Austro-Húngaro, es un baúl lleno de tesoros. Su investigación lo llevó a descubrir secretos, historias y datos que valoro profundamente. Por él supe del museo alquímico en Praga, ese lugar que busqué durante horas y que sólo encontré cuando ya había perdido la esperanza de verlo ese día. A él también le debo los datos de los cementerios que valía la pena visitar, especialmente Vyserhad, y el de la iglesia decorada con huesos humanos, a la que no pude ir por falta de tiempo y de carro con chofer.

A mi regreso mi abuela bromeó con eso de que había estado “solita y sin que nadie me diera la mano”. Al terminar la frase las dos nos miramos cómplices y reímos con fuerza. Nunca estoy sola, siempre alguien me lleva de la mano, una mano invisible y sutil que me marca el camino, que me indica cada paso, al menos cuando soy capaz de deshacerme de los prejuicios y de interpretar las señales de un modo indicado.

jueves, mayo 12, 2016

Sorda como el sapo

Hay una fábula que cuenta cómo un sapo trepa y trepa sin oír las voces y los consejos bienintencionados de otros animales que le dicen que eso no le corresponde. Él simplemente sigue su camino sin oír la opinión ajena, así llega a su meta. Yo también soy un poco como el sapo sordo.

En 2013 cuando fui a Brasil mis amigos brasileros me preguntaron más de una vez ¿qué iba a hacer a Praia de Rosa?, según ellos allí no había nada interesante y uno de ellos incluso me convenció para que visitara Paraty, un lugar lindo pero con una onda demasiado turística para mi gusto. En cambio cuando llegué a Rosa supe de inmediato que era lo mío. Con este viaje que acabo de hacer pasó algo similar. Mis amigos latinos en Berlín no entendían qué quería hacer en Graz, Austria, Diana incluso me dijo que en su opinión pasar tanto tiempo allí era un error. Ella, que al menos por un rato ya encontró su lugar en el mundo, cree que Berlín tiene algo para ofrecer a todos, sin embargo yo no estoy del todo de acuerdo. Berlín es más silenciosa que Bogotá y ya eso ante mis ojos suma millones de puntos, pero no deja de ser una ciudad grande. Aunque la hora pico / punto sea mucho más suave que en otros lugares del mundo sigue siendo una ciudad y yo ya no estoy para eso.

Graz fue un accidente, un accidente hermoso. La atmósfera mediterránea que se vive allí, la nutrida oferta cultural y, sobre todo, la posibilidad de hacer caminatas en medio de la naturaleza después de un viaje de media hora en tranvía la hacen una de mis ciudades favoritas. Por fortuna no es enorme, por lo que no sientes que te ataca y te succiona a cada paso, pero tampoco es un pueblo grande en el que todos se creen con el derecho de meter la nariz en tu vida.

No sé si la visitaré de nuevo, sólo sé que en una ciudad así quiero vivir en el futuro cercano. Ahora puedo volver a decir que oír mi voz y hacer como el sapo sordo al final me hace bien.

miércoles, mayo 11, 2016

Praga puede ser una pesadilla

En mi segundo día de paseos por Praga, ese en el que ya no perdía el rumbo cada vez que doblaba la esquina, fui a la Catedral de San Vito, San Wenceslao y San Adalberto. Simplemente es magnífica. Desde lejos se ve la torre, detrás del castillo y ya adentro del edificio, cuando no es tan fácil divisar sus torres, queda uno metido en una plaza que da entrada a las oficinas del gobierno y, después de atravesar un marco, se llega a una plaza mucho más pequeña pero que obliga a levantar la vista para ver la obra que tardó seis siglos en completarse.

Nunca he estado en Barcelona pero imagino que la sensación que se tiene al ver la inacabada Sagrada Familia de Gaudí es la misma. Los pensamientos se detienen y la razón sale de la habitación. Yo en ese punto ya no me ocupaba mucho de entender, simplemente me dejaba llevar, sentía y ya, así no rompía el encanto, dejaba que la experiencia me atravesara completa. Y sí, algunas fotos tomé y pero también hice labores de chismosa.

De nuevo, después de muchos días (días benditos) en los que no escuchaba el acento colombiano y escasamente oía algo de español, ahí estaba. Una chica bajita, un poco rechoncha, calzada con sandalias y en apariencia segura de sí misma, discutía algo con un hombre que luego descubrí español. Ella hablaba de capillas, catedrales y basílicas, él le llevaba la contraria en casi todo lo que decía. El hombre se me antojó atractivo. La explicación que le di a la situación fue que quizás eran compañeros de clase en algún un postgrado en historia que ambos estaban cursando en la ciudad de las cien torres. Fingiendo que observaba la catedral me arrimé para saber más de la situación. Si podía aprender algo más escuchando y sin pagar un euro me venía muy bien, sin embargo luego entendería que no todo era tan idílico, sobre todo para la chica colombiana.

El hombre se alejó de ella, que se quedó en ese lugar esperándolo, yo chismosa / curiosa caminé detrás de él para saber a dónde iba y me encontré con una sorpresa agradable: iba al baño y yo necesitaba uno. Pagué las 5 coronas que me permitían el acceso, hice la fila, hice lo mío y fui a buscar la puerta lateral de la basílica para verla por dentro. No esperaba volver a ver a la colombiana y al español pero ahí estaban, en el vestíbulo. Como no me interesaba pagar más para ir más cerca del altar me quedé escuchando lo que decían. La chica habló de cómo el rosetón de la entrada simbolizaba los ocho días de la creación, pues a diferencia de la versión más extendida que dice todo el universo se creó en 7 días, en ésta se incluía la creación de los ángeles. El vitral realmente es bellísimo, o sea todo lo contrario de como el español trató a la que entonces descubrí como aspirante a guía turística.

No pude oír todo lo que decían porque toda la gente reunida hablando en idiomas distintos no me dejaba seguir el hilo completo de la conversación, pero con lo que escuché pude armar la historia. Ella, a mis ojos, estaba muy bien preparada pero su jefe no estaba para nada satisfecho. No sólo no estaba de acuerdo con las historias que había elegido para contar a un público potencial, que le parecían “un coñazo de aburridas”, sino que cuestionaba hasta las palabras que usaba. Ella intentó explicarle que en Colombia se les dice nichos a los espacios abiertos que hay en los laterales de las iglesias, esos en los que se ilustra la vida de los santos con pinturas o esculturas, pero ni con eso estaba satisfecho.

Me fui, no tenía nada más para ver ahí, pero me quedé pensando en la chica, que seguramente lloraría en la noche, en el baño o en la cama cuando nadie la escuchara ni la viera. Es muy probable que nunca vuelva a verla en toda mi vida pero no por eso dejé de desearle que consiguiera lo que desea, no porque sea colombiana sino porque creo que nadie debe ser tratado de ese modo.

El español al final perdió todo el atractivo que en un primer momento tuvo para mí. ¿De qué te sirve una cara linda, una pinta agradable si eliges usar tu energía para tratar de un modo miserable a quienes están en una posición vulnerable ante ti?

Jueves, 5 de mayo de 2016


miércoles, abril 27, 2016

¿Venecia o la cámara de aislamiento?

Europa lo tiene todo: lo bonito, lo feo, lo limpio, lo sucio (a veces demasiado), lo viejo (y qué bien lo cuidan) y lo maravilloso, por eso al venir aquí es muy fácil perderse, olvidar los objetivos y lo que importa. Esto último me pasó momentáneamente, por eso tuve que llamarme al orden a mí misma para no perder de vista mi rumbo.

Hace unos días Ingo y yo estábamos planeando la segunda mitad de mi viaje. Yo, ignorante de la geografía europea, no tenía ni idea de lo cerca que estaba de Budapest y de, sí, Venecia. Cuando tenía 13 años sufrí un enamoramiento intenso con el italiano, que me llevó a pedirle a mi mamá que me metiera a clases de italiano. Alguien me preguntó ¿para qué?,  y yo respondí lo que suelo decir “porque me gusta”. No necesito más razones. Me gusta hacer las cosas porque sí, por placer, por satisfacción propia así no haya una explicación para ello. Luego, no sé cómo ni cuándo, la vida suele mostrarme la razón debajo de mi “obsesión”. Pero no, todavía no voy a Italia.

Aunque la idea de quitarle el óxido a la gramática de mi italiano es encantadora no es lo que quiero ni lo que necesito en este momento. Suficiente he tenido con pensar y hablar todo el día en inglés, mientras intento aprender algo de alemán, como para irme ahora a reactivar mis conocimientos de otro idioma. Simplemente es demasiado para mí en este momento y no me interesa tener una intoxicación intelectual / emocional / Síndrome de Stendhal  o como prefieran llamarle, algo que seguramente sufriría si tuviera que ir a otro país del que conozco algo de su idioma, en el que tendría que pagar un platal por dormir en un cuarto de lo más peregrino o, peor todavía para mí, por dormir en uno compartido por gente de lo más olorosa. No señores, eso no es lo que quiero.

Aunque Venecia es Italia y es muy linda, no es mi sueño ni mi objetivo. Mi objetivo son los sueños. De haber ido a Italia habría ido a Rávena, pues allí C. G. Jung, uno de los maestros de lo onírico, tuvo una experiencia maravillosa en una iglesia chiquitita, pero Rávena no está tan cerca de Graz, así quedó descartada la bota.

Y entonces entra en escena el tanque de aislamiento.

Ingo o mejor conocido como Señor Solución (él solo se puso el apodo) después de que le dijera que lo que realmente quiero hacer es seguir enfocándome en lo onírico, en aprender más y en enseñar lo que sé me habló de este artefacto.

No recuerdo cómo o dónde volví a leer acerca de los tanques de aislamiento sensorial o tanques de flotación. Lo que sí sé es que cuando este concepto volvió a mi vida dije para mí “tengo que organizar un viaje a Estados Unidos para meterme a uno” y así lo dejé. Por lo que sabía sólo había aparatos de esos en ese país.

El tanque de aislamiento es una cápsula llena de agua con una concentración de sulfato de magnesio lo suficientemente alta como para poder acostarse dentro de él sin hundirse. Simula lo que le pasaría a uno en el Mar Muerto y ha sido usada con propósitos distintos. Yo, por supuesto, quería meterme en uno para explorar los estados intermedios entre la vigilia y el sueño. Ingo alguna vez tuvo esta experiencia, pero fue mucho antes de hacerse budista, comenzar a meditar y volverse vegano, por eso difícilmente podía contaminar mi percepción acerca del asunto. Además leerlo u oírlo no es lo mismo que vivirlo. Nunca lo será.

Los detalles de lo que pasó en mi primera flotación los publicaré en mi blog dedicado a fenómenos oníricos. Acá lo que quiero expresar es que aunque tener acceso a este aparato no fue barato –casi 50 euros− para mí valió totalmente la pena. El museo, porque el tanque está en el sótano del Museo de la Percepción, estaba a mi disposición. Fui la única visitante mientras floté y recorrí las dos salas que tiene, además la guía, una chica de la zona rural de Styria, me contó otro hecho fascinante de Graz: no todas las casas tienen baño.

Acá he entrado a cuatro casas y en tres de ellas he usado el baño. En ellas he confirmado que por una tendencia de construcción típica de los años 70, el baño donde uno se baña y el lavamanos comparten habitación, pero la parte faltante, la de los olores y los gestos, está en otro lado, en otra habitación. La guía me explicó que aquí hay casas tan viejas que fueron construidas sólo con sanitarios dentro de ellas, para el aseo personal se recurría a baños públicos, como el que antes funcionaba en el edificio donde hoy está el museo. Lo más curioso es que los tales baños siguen funcionando en un sector de un parque público. Algunas de esas casas sin baño todavía se pueden alquilar acá en Graz, son baratas por lo mismo y las personas que quieren ir a darse un baño de tina pueden pagar un euro por media hora en un baño público. La chica no recordaba cuánto se paga por una ducha pero creía que seguro era menos porque obviamente se gasta menos agua.

Yo lo que sé es que después de algo así como veinte días de bañarme con ducha tipo teléfono, teniendo que estar pendiente de no tirar agua fuera de la bañera, disfruté mucho las duchas que tomé antes y después de usar el tanque de flotación. Allí el artefacto estaba fijo en la pared, por lo que sólo me ocupé de limpiarme y disfrutar.

En resumen esta experiencia me hizo sentir otra vez que tengo razón, que cuando pensé en quedarme casi tres semanas en Graz pensé bien. Ahora lo que viene es ir a Hallstatt para seguir aprendiendo de la cultura celta y de cómo encarar la muerte con aire festivo; contemplar cuadros surreales pintados en pleno renacimiento y ver sin intermediarios un ícono milenario de la fertilidad en Viena; y visitar una biblioteca barroca, que parece sacada de un sueño, en Praga.

Perdí el rumbo por unos días pero ahora, aunque me lo proponga, ya no puedo perderme.

domingo, abril 24, 2016

Las ruinas del Castillo Göstinger, un lugar para las sincronicidades y las muertes

Uno de mis pasatiempos favoritos es cazar sincronicidades, esas coincidencias casi imposibles que parecen darse porque sí para sacarte de la rutina, para romper a patadas tus esquemas mentales. A veces creo que soy tan adicta a estas cosas que las busco sólo por la emoción, por la capacidad que tienen de darle a tu vida esa sensación de novela escrita por alguien más. Y en este caso la novela tiene algunas escenas en un castillo.

No soy muy amiga de las atracciones turísticas pero tampoco voy a negar que me gusta buscar guías y mapas para ubicarme en los lugares. Esta vez planeé poco este viaje y no me traje una colección de pequeños mapas digitales para llegar a los sitios que quería visitar. En Europa me he dejado llevar, he puesto en práctica mi intuición y así elegí las ruinas.

Antes ya me había sentido atraída a lugares como este. En Rio de Janeiro, por ejemplo, visité el Parque das Ruinas, que eran ruinas en serio, arregladitas y convertidas en un mirador. En ese lugar también había unos espacios para hacer eventos culturales pero nada más. El atractivo principal era la vista a la ciudad, pero en Europa las ruinas me sorprendieron.

Vine con la típica idea de ver castillos, mansiones, palacios y los vi, pero aunque las afueras de Schloss Eggenberg me conmovieron hasta las lágrimas y disfruté el recorrido por las habitaciones barrocas, no era lo que buscaba, no era mi lugar en Graz. No quiero ser malinterpretada. El Salón Planetario es absolutamente majestuoso y de algún modo entiendo que tengas que pagar 3000 euros para poder casarte allí, pero simplemente no era lo mío. Yo estaba buscando algo más.

El viernes pasado, con el tema de la compra de pasajes para la segunda mitad de mi viaje, tuve que ir a la Estación Principal. Terminado el trámite busqué un lugar para sentarme y guardar en un lugar seguro el papelito que hace las veces de pasabordo. Lo más cercano fue una banca en una de las paradas de bus que están cerca de la puerta. Organicé mis cosas, revisé las cuentas que siempre llevo cuando estoy viajando para no salirme del presupuesto y, sin ninguna idea fija en mente, revisé la guía turística que llevaba en mi mochila/morral. Entonces recordé las ruinas, pensé que aunque Ingo me había sugerido otros lugares ese podría ser un sitio interesante para ir. Revisé el nombre y el mapa. La información que daban no era mucha: tomar la línea 40 de buses para llegar allá pero no decían dónde. Justo cuando me preguntaba eso, ¿dónde tomar el bus?, miré a la derecha, al siguiente módulo de la parada. En el letrero que anuncia rutas y tiempo de espera estaba el nombre: Göstinger, me acerqué más y traté de adivinar la ruta. En el mismo letrero se anunciaba que el próximo bus saldría en un minuto, no lo pensé mucho más y cuando llegó me subí.

Ahora debo hacer una pausa para que se entienda cómo he navegado de un modo tan fluido en Berlín y en Graz. He leído –y ahora comprobado− que el nivel de consciencia de las ciudades depende del nivel de consciencia de sus habitantes. Esto, por supuesto, va amarrado a si esos habitantes tienen cubiertas o no sus necesidades básicas, a si sienten o no que deben luchar para conseguir lo mínimo para vivir, entonces como acá la pobreza es otra cosa y el estado asegura bastante más que en Latinoamérica la subsistencia de los ciudadanos, hay confianza. Básicamente para andar en transporte público se compra un papelito que da derecho a subir y bajar de buses, trenes de superficie y subterráneos durante unas horas, un día o varios días. Como yo he pasado al menos una semana en cada lugar he comprado el tiquete semanal porque me sale más barato y me permite moverme con bastante libertad. Lo que hay que hacer es meterlo en una máquina para que ponga el día y la hora en la que comienza a ser usado, luego uno se sube y se baja sin más de los aparatos estos, PERO no todo para aquí. Me han dicho que hay unos señores encargados de subirse a los vehículos a hacer revisiones sorpresa en las que les piden los tiquetes a las personas y si no los tienen los pueden multar, por lo que en tal caso tendrían que pagar 40 euros. Fin de la digresión y regreso a la historia inicial.

Intenté consultar la ruta a las Ruinas del Castillo Göstinger en el mapa pero fue inútil. Estaba en un lugar que no pudo ser incluido por estar alejado del centro histórico y porque la escala usada en el documento no daba para más. Pensé que lo más probable es que estuviese cerca del final de la ruta o que lo anunciaran por altavoz en inglés como hacen con los lugares más turísticos de Graz, pero lo segundo no pasó. Anunciaron sí todas las paradas, pues así funciona el sistema aquí, sin embargo tuve que adivinar dónde bajarme, cosa que no fue difícil porque leí las señales informativas que había en el camino. Me bajé y busqué la subida. La guía decía que eran 20 minutos a pie pero en el poste al lado del camino decía que era media hora. Como no sabía si la media hora era en carro o a pie me dispuse a caminar tan rápido y tan energéticamente como pude. No sé cuánto me demoré, recuerdo sí que paré 4, 5 veces para tomar aire y seguir. Agradecí infinitamente el hábito que he adoptado de caminar en las mañanas y seguí disfrutando el camino.

El castillo, que se veía muchísimo mejor de lo que esperaba, estaba a mi izquierda. A mi derecha había un indicador que decía había un altar o algo religioso en todo caso, hecho fácilmente explicable teniendo en cuenta que este país es súper católico, quizás tanto como Colombia, algo que también se nota en “Grüß Gott”, expresión usada para saludar formalmente en restaurantes, tiendas, etc., y que puede traducirse como “saludando a Dios” o “saludos a Dios”. El punto es que decidí ir primero a un pequeño mirador que estaba absolutamente desocupado. Al fin y al cabo era viernes poco después de mediodía y si la gente visita ese lugar lo hace sobre todo durante los fines de semana. Allí pude decir algo que es una realidad para mí en situaciones como esa “por esto es que viajo en temporada baja, para tener todo el lugar para mí”. Ahí vi hacia abajo la ciudad, los trenes yendo y viniendo y, por supuesto, los Alpes a lo lejos. Después de un rato allí fui a otro lugar.

A esto le llaman un castillo en ruinas. Hay que ver los que están "enteros" para entender el concepto.
Carreteras de Graz en primer plano y los Alpes muy al fondo.

Siguiendo otra señal y el sendero correspondiente encontré un altar, por llamarlo de alguna manera. Al frente de este había un par de bancas. Me senté en una a meditar un rato y luego fui por el plato fuerte: el castillo.

Lo recorrí despacio, sin prisas, como disfrutando un postre o un plato exquisito. Al llegar me desanimé porque vi demasiada gente, pronto descubrí que era un grupo escolar en una salida ídem. Busqué lo que en traducción directa sería una taberna, que no es tan feo como se oye, es simplemente un restaurante modesto con vistas espectaculares hacia la ciudad. Me senté un rato y observé. Pedí algo que luego supe era una gaseosa y después, justo en el momento en que pensaba “necesito un baño” miré a la derecha y ahí estaba, uno seco y que no olía nada rico, pero qué más da, era lo que necesitaba. Seguí caminando, recorriendo pasadizos al aire libre para luego entrar a la primera planta, que me llevaría a la capilla, diminuta, hermosa, encantadora, con escudos colgados a lado y lado. El sitio es absolutamente mágico. Ahí estuve unos minutos haciendo nada, viendo el altar desnudo y siendo.

Amor a primera vista.
Y a segunda también.
Vino el momento de subir a la torre. Algo que me sorprendió fue la señalización, austera pero completa. Hojas blancas con letras negras habían sido plastificadas para indicar en varios idiomas, incluso algunos asiáticos, el camino a la capilla y el que lleva a la torre. Y estaba allí, oyendo los pájaros, disfrutando la primavera, viendo Schlossberg (Monte del Castillo) a lo lejos y no queriendo estar en otro lugar.

Bajé y fui a recorrer otra zona que se veía desde la torre, con menos techos y muchas plantas. Las paredes hechas de rocas eran todo lo que necesitaba. No me interesaba estar en el lugar más famoso y más grande de Graz, para mí era suficiente con esas ruinas desconocidas y adorables.

De mi visita no hay mucho más para contar, me encaramé en un sitio para ver hacia abajo, vi un gato, otro sendero sin recorrer y me fui. Despacito, pensando algunos pasos más que otros y absolutamente dichosa por haber visitado un lugar así, tan poco resaltado en la guía. En casa me esperaban otras historias.

Ingo se sorprendió al saber que había llegado a ese lugar sin que él me diera indicaciones. Supongo que muy a menudo olvida que vengo de una ciudad monstruosamente grande que te prepara para moverte en ciudades europeas organizadas y que a tus ojos lucen como bonitos juguetes a escala real. Pasada la sorpresa me contó las sincronicidades de él con este sitio. Comienzan con el día en que nació.

En el hospital que su madre dio a luz había otra señora en la misma situación, esperando. Por casualidad Ingo y el otro niño nacieron el mismo día. Las madres se despidieron y no volvieron a saber nada la una de la otra hasta más o menos 20 años después.

La siguiente escena ocurriría en un restaurante cualquiera, elegido por una mujer hambrienta. El mesero, un chico amable y muy hablador, le hace un resumen de su vida, uno que incluye su fecha exacta de nacimiento. La mujer sorprendida, le cuenta que tiene un hijo que nació ese mismo día, ese hijo es Ingo y el mesero resulta ser el hijo de la otra mujer, aquella con la que alguna vez compartió habitación en un hospital. El vínculo está creado. Valentin e Ingo se llevan bien y de cuando en cuando se encuentran para hablar.

Un día Ingo decide visitar de nuevo las Ruinas del Castillo Göstinger, no ha ido allí desde que era un niño. Estando allí toma una foto del panorama con su celular y la sube a su página de facebook. Minutos más tarde Valentin comenta que ha estado allí, el mismo día y en el mismo lugar, también después de años de no visitarlo, por supuesto ha tomado una foto muy parecida, que de inmediato muestra a Ingo.

Y las muertes.

Resulta que ese lugar en el que se ven vistas tan bonitas de Graz y desde el cual se atisban los Alpes, que fue usado entre el siglo XI y el siglo XVIII  como lugar estratégico para la defensa de la ciudad, es también favorito de los suicidas, que, según me informa Ingo, juntos forman una de las estadísticas más altas de Europa Central. ¿Por qué será que alguna gente le gusta rodearse de sitios bellos para quitarse la vida? Me cuesta encontrar la respuesta porque yo ahí me sentí muy viva.

jueves, abril 21, 2016

Nada será como lo planeaste

La segunda historia que me llevó a Berlín y luego a Graz, Austria va así.

Llevaba yo un poco más de un año viviendo sola y ya había anidado tanto que comenzaba a temer lo peor: como el más clásico de los clichés, compraría mi primer gato, después otro y después otro hasta convertirme en la loca de los gatos para envejecer junto a ellos. Sabía por teoría y por experiencia que vivir sola no es lo mismo que vivir junto a uno mismo, sabía que lo segundo es solitud, sentirse completo, pleno y feliz sin la compañía de alguien más, peludo o no, sin embargo quería retarme.

Hace unos meses le dije a mi abuela Ana María que si uno quiere avanzar en la vida debe buscarse problemas. Ella me miró con cara de “eso no se oye bien” y en últimas tenía razón. Lo que realmente quería decir en ese momento es que si uno quiere crecer, en vez de juntar arrugas y canas, necesita plantearse desafíos y yo estaba lista para el siguiente.

Desde antes de mi viaje a Brasil, en abril de 2013, había hecho intentos tímidos de hospedar en mi casa a un completo extraño. La primera vez invité a un estadounidense de ascendencia latina pero al final encontró otro anfitrión y yo respiré aliviada. El siguiente intento fue con un brasilero radicado en Canadá desde los 90s. Su inglés era tan perfecto que al comienzo creí que era canadiense. Casi sin darme cuenta lo invité a mi casa un viernes o un sábado en la noche para tomar vino, pero aunque apareció en mi puerta con una botella entera, nos quedamos hasta la madrugada hablando y tomando té por un tratamiento odontológico que le impedía tomar alcohol. Además de sus consejos para prestar/rentar mi habitación extra con seguridad, me regaló la historia de su obsesión con los carros solares, que lo llevó a construir uno y a cruzar el Ártico a bordo de él. Luego de un par de encuentros con Marcelo escribí un artículo brevísimo resumiendo su historia para la revista en la que trabaja un amigo.

Todo eso estaba muy bien, pero la misión seguía sin cumplirse.

Para mi nuevo intento analicé el escenario tanto como pude. Llegué a la conclusión de que el mejor modo de invitar a un extraño a mi casa sería escogiéndolo yo, no a la inversa. Revisé en Couchsurfing la lista de personas que necesitaban alojamiento para las fechas venideras, luego me fijé en los que tenían más referencias positivas y escogí a un hombre, porque la mayoría de mis amigos lo son y me siento más segura con ellos que con las mujeres. A continuación envié el mensaje de pre-bienvenida.

El hombre que lo recibió agradecía mi invitación pero no la aceptaba de inmediato. Yo de nuevo respiraba aliviada pensando que al fin y al cabo había tenido una buena intención, que era lo que contaba, pero pensando también que una vez más podría aplazar la prueba que me había auto-impuesto. Básicamente su mensaje decía que ya tenía otra invitación para pasar unos días en Bogotá y que por lo tanto me dejaría saber más adelante, cuando la fecha de su llegada estuviera más cerca, si necesitaría o no mi habitación.

Las semanas pasaron, yo me olvidé un poco del asunto pero el asunto no se olvidó de nosotros.

La llegada del desconocido era inminente. Me había escrito diciéndome que sus planes de viaje habían cambiado un poco y que por lo tanto quería extender su estadía en Bogotá. Mi invitación le venía muy bien. En alguno de los mensajes que le envié le dije que sólo tenía una condición: quería conocerlo antes de que fuera a quedarse a mi casa. Para mis adentros pensaba “si lo conozco y me parece un maniático sexual / asesino serial le pago un par de noches en un hotel por pura cortesía pero ni muerta lo llevo a mi casa”. De dientes para afuera seguía cruzando los dedos para que su primer anfitrión se enamorara de él y no quisiera dejarlo salir de su casa, pero esto no pasó.

La primera prueba llegó. En Brasil no había tenido la mejor de las experiencias tratando de hablar en inglés y con aquello de que el portugués se parece tanto al español, apenas y me había hecho falta hablar todo el día en un idioma extranjero, por eso cuando tuve que atender su llamada en inglés comencé a sudar frío. Mientras escuchaba su acento teutón marcado me preguntaba si sería capaz de seguir adelante con mi prueba.

Nos citamos en el Museo del Oro. Allí conocí a Roberto, su primer anfitrión en Bogotá, y a su novia. Lo que más me llamó la atención fue que se veía muy distinto de su foto de perfil, se veía mejor y más amigable. Después de despedir a Roberto y a su novia, caminamos un poco por el centro y la carrera séptima hacia el norte. Al hablar con él me di cuenta de que me inspiraba confianza y de que sería capaz de dejarlo dormir en la habitación de huéspedes. Mi decisión estaba tomada pero él seguro sentía ansiedad porque estaba en algo parecido a una entrevista de trabajo. Luego de comer en (yo sé, es vergonzoso) mcdonalds cogimos un bus de transmilenio con el acuerdo explícito de que dentro de poco llegaría a mi casa para ser mi huésped. Ya no podía echarme para atrás.

La noche en que lo esperaba llovía a cántaros. Le ofrecí recogerlo en uno de los centros comerciales que están cerca de mi casa y aceptó. A la puerta llegué con un paraguas grande y mis botas de lluvia rosadas que de inmediato le gustaron. Caminamos por el parque que está entre mi casa y el centro comercial al tiempo que él se ofrecía a dejarse mojar por el agua de los charcos que los carros levantaban tanto como podían, al fin y al cabo él ya venía lavado de la casa de Roberto. Me preguntó si había agua caliente en mi casa y sí. El instinto maternal que me caracteriza me había empujado a ordenar tanto como pude la casa en general y en particular la habitación que él usaría: allí lo esperaban toallas y sábanas limpias para que descansara del recorrido que había hecho en transporte público con una mochila enorme sobre los hombros. Sin embargo no todo fue tan idílico.

Más o menos una semana después de que Ingo llegara a mi casa sufrí otro clásico: indigestión por emociones fuertes. Hasta hace poco siempre que alguien venía a dormir a mi casa la primera noche no dormía bien, incluso si iba a dormir mi mejor amigo. Mis bigotes de gata sensible me hacían percibir todo el tiempo que había algo raro en mi ambiente. Sólo después de dos o tres noches podía volver a dormir con normalidad y con él no fue la excepción. La acumulación de cambios, la modificación de hábitos y el verme forzada a hablar en inglés todo el tiempo hicieron que un día me levantara con náuseas y sin ganas de comer. Al menos esa vez no vomité.

Además de estar preocupada por mi salud me preocupaba que Ingo se quedara sin comer porque no podía acompañarlo al restaurante a pedir un plato vegetariano, pues él era vegetariano −ahora es vegano− y no hablaba ni pizca de español. Tras darse cuenta de la situación dijo que todo estaba bien, que ese día comería otras cosas que había comprado con antelación y más tarde me acompañó en mi visita al supermercado más cercano, cuando ya me sentí mejor para salir a la calle.

Y luego de cuatro noches…

El acuerdo inicial era que podría quedarse máximo cuatro noches, luego discutiríamos si podía extender su estadía o no. Habiendo visto que no íbamos a matarnos y que aunque no se bañaba a diario como la mayoría de los latinos –hasta que llegamos a Europa y adoptamos las costumbres locales− su compañía era agradable, acepté que se quedara una semana en total. Me parece que fue en ese lapso cuando los ladrones “lo bautizaron”. Ingo ya había decidido quedarse en Bogotá una temporada larga y estaba buscando una habitación para rentar. En una de sus visitas a La Candelaria, en plena hora pico y en un bus llenísimo de Transmilenio, hombres con manos de seda le sacaron el celular del bolsillo. Esa noche llegó alterado por el robo. Yo aunque preocupada por el tema estaba aliviada porque no había vivido un momento violento, como nos ha pasado a muchos bogotanos en circunstancias parecidas. Pensé que lo mejor era prepararle un té (como bien le enseñara a Sheldon Cooper su mamá) para que se sintiera mejor mientras él se encargaba de inhabilitar todas las contraseñas que habían quedado registradas en su teléfono. Esta experiencia además me llevó a hacerle una oferta no muy meditada, que me pagara a mí lo que iba a pagar en otro lugar, a él le interesó y yo entre la noche y el día pensé en una cifra. A la mañana siguiente rehuí el tema pero él insistió, dije un número y a él le pareció bien, con lo que comenzó una estadía de dos meses en los cuales lo acompañé a poner un denuncio de robo, pasó navidad con mi familia, hicimos un viaje corto y estuvo en la celebración de mi cumpleaños.

Varios meses después, durante los cuales lo recibí una noche más para que hiciera una escala larga antes de ir a Cuba, antes de finalizar su viaje por el mundo de casi tres años, vino su invitación. Me envió fotos de la que sería mi cama en su casa y en alguna charla por Skype me hizo un recorrido virtual por su apartamento. En ese punto todo era pura imaginación, sueños, ilusiones si se quiere. Yo quería venir a Europa pero no sabía cómo ni cuándo, sólo sabía que quería hacerlo.

Los detalles prosaicos, aunque existen y son muchísimos, ahora no vienen al caso. El punto acá es que estoy escribiendo esto en la cocina de su casa en Graz, Austria, una ciudad chiquita físicamente pero enorme culturalmente.

En Berlín me dijeron más de una vez que les parecía un error que planeara pasar tanto tiempo aquí pero lo cierto es que, como me pasó en Praia do Rosa, Brasil, confirmé otra vez que tenía razón. Anoche, mientras compraba pasajes para el resto de mi viaje, Ingo me dijo que he encajado tan bien aquí que parece que llevara años viviendo en este lugar. Yo sólo sé que hoy salí a caminar por el barrio y la primavera me trajo olores de infancia, olores de felicidad.

Muchas veces me siento en medio de un sueño, uno que no sé quién sueña. Intento quitarme los dedos para saber si es un sueño lúcido pero no lo logro, hago otras pruebas de realidad como recapitular despierta y nada, no pasa nada. No me queda más remedio que creer que es verdad, que esta es la realidad que debo vivir, la que debo abrazar en este preciso momento.


La vista desde la ventana a mi izquierda.

domingo, abril 10, 2016

Instrucciones para conocer al amor de su vida

Es bien sabido que Cupido es un dios caprichoso y juguetón, por eso para atrapar alguna de sus flechas y dirigirla en  el sentido deseado es necesario hacer algunas trampas. Lo primero será asegurarse de tener un día malo, preferiblemente de mierda, pues la vida sólo premia a quienes se arriesgan en serio y esas personas son las mismas que muchas veces se sienten derrotadas justo antes de recibir la recompensa, por lo tanto este procedimiento tendrá mejores resultados si se completa un día de esperanzas rotas o miedos abundantes.

Lo que sigue es ir a Berlín en los primeros días de la primavera, salir de casa sin abrigo y buscar la estación de tren Ostbahnhof, famosa por producir historias románticas del tipo Before Sunrise. Allí él o la interesada deberá esperar hasta que se haga de noche, ojalá en un momento en que el servicio de transporte público sea caótico e intermitente.  Luego, cuando el frío sea insoportable, deberá tomar el primer tren disponible para hacer tiempo y calentarse mientras es la hora de llegada de su tren definitivo, ese que lo llevará a su sucucho en las afueras de la ciudad.

Antes de abordar el vehículo conviene elegir a una pareja potencial en la plataforma, pero, contrario a lo que se creería, las sonrisas no son aconsejables. Si el extraño que luego será padre o madre de sus retoños le mira de vuelta, evite lucir afable o accesible, en cambio mírele como si fuera responsable de todas las desgracias de su día. A continuación entre al vagón vacío junto al personaje escogido. 

Asegúrese de elegir un lugar en que pueda verle la cara de frente, luego, con aire soberbio, busque en sus bolsillos o en su cartera el aparato sin batería que usa para escuchar música. Este detalle es de importancia suma. Es necesario que olvide cargar con energía su reproductor de mp3 o su teléfono celular, pues si está funcional la otra mitad de la historia podría echarse a perder.

Con el aparato de música en sus manos, proceda a ponerse los audífonos para hacer como que va a oír su canción favorita, esa que siempre logra levantarle el ánimo. Al comprobar que no podrá completar esta acción putee y haga un gesto de rabia para que el que será el amor de su vida pueda burlarse de usted. Acto seguido intente desenredar el cable de los audífonos con toda la torpeza de la que sea capaz, esto hará reaccionar a su futura pareja y entonces usted podrá lanzarle el accesorio exigiéndole que lo ponga en orden en lugar de hacerse el divertido. 

Las instrucciones siguientes deberán ser seguidas por la otra parte.

Con los audífonos en sus manos, palmee el lugar vacío a su lado para que el dueño o dueña del accesorio se siente allí. Advierto que quizás sienta repulsa, vergüenza o miedo, sea como fuere aguante la emoción que surja, pues este paso es imprescindible para el florecimiento del romance.
Cuando termine de desenredar el cable de los audífonos, entréguelos al dueño mientras le mira con cara de quierobesarteyamismo. Su contraparte sabrá que es momento de esquivar sus labios para refugiarse en su pecho, a lo que seguirá una fase de caricias tipo mascota que calmarán a la víctima de un día malo.

Llegada la calma será necesario dar besos dulces, inocentes e inolvidables, de preferencia durante el recorrido completo del tren, desde Ostbahnhof hasta el destino de cualquiera de los dos y de nuevo en dirección inversa. 

La charla llevará a una propuesta: caminar en medio de la noche a través del bosque oscuro para llegar donde vive uno de ustedes. El invitado, yendo en contra del sentido común, pero siguiendo su intuición, se adentrará en un camino largo y silencioso que llevará a una casa enorme, con patios, terrazas e innumerables habitaciones y que se alza en un punto donde la visión de venados y zorros es algo cotidiano. El camino, que debe recorrerse dando besos simultáneamente, se transformará en un evento bisagra, que marcará el fin de una etapa, el comienzo de otra y uno de los escenarios de una historia que de tanto ser contada ahora es leyenda urbana. 

sábado, abril 09, 2016

¿Me lo imaginé o realmente pasó?

Mexicana y colombiana van a mercado turco en Kreuzberg, Berlín. Llegan a puesto de té atendido por un hombre de Egipto, mientras están ahí aparecen dos alemanes, un danés y un turco. Uno de los alemanes habla con ellas en español y, junto al danés enloquece al saber que una de ellas es de Bogotá. Vivió allí y trabajó en un barrio desfavorecido. Habla con acento argentino porque aprendió español en Buenos Aires. Se despide en una mezcla de gestos alemanes y colombianos. Da la mano y luego un beso en la mejilla. La mexicana y la colombiana son invitadas a tomar té a la tienda del egipcio. Aceptan.

En la noche la colombiana habla con su casero, este le cuenta que la casa donde está durmiendo era la parte de servicio de una casa más grande, que conectaba con el edificio vecino. Según una leyenda urbana este inmueble, diseñado por un arquitecto teósofo alrededor de 1900, fue la residencia de una amante de Joseph Goebbels, ministro de propaganda durante el gobierno de Hitler. En ese entonces en las calles cercanas podían verse autos de militares esperando a que el político saliera.

martes, abril 05, 2016

Lo mejor es no esperar nada

La historia de cómo y cuándo llegué a Berlín empieza con otras dos. Ahora es momento de contar la primera.

Era 2005 o 2006 y yo me había fascinado con los blogs. Abrí uno tras otro para escribir de temáticas distintas. En uno de ellos, limpia-mente, publiqué un relato acerca del ritual que sigo para tender la cama. Meses más tarde, Diana, quien ahora me hospeda, lo encontró, lo leyó, le gustó y decidió buscar mi dirección de correo electrónico para decírmelo. En ese momento no lo sabía pero luego vendrían charlas por Skype hasta las tantas de la madrugada, confesiones acerca de novios y amantes y, por supuesto, promesas de conocernos un día donde la vida nos juntara. Promesas porque al final lo cumplimos, pero no como lo planeamos.

Había un plan y pasó lo de siempre, la vida hizo lo que quiso con él. Con Diana habíamos planeado vernos en el aeropuerto a mi llegada pero eso no pasó. Para comenzar llegué esperando el trámite engorroso de migración, el segundo, pues ya había hecho uno en Ámsterdan. Lo primero que me pareció extraño fue que me dejaran recoger mi maleta antes de ir a entrevistarme con el funcionario. La recogí de la banda en poco tiempo y crucé la primera barrera de seguridad y después… después estaba lista para salir a la calle a coger bus, metro o caminar, así, sin más. En Ámsterdam sólo me habían preguntado qué iba a hacer acá, si iba a quedarme con amigos y si podía mostrar mi tiquete de regreso. No quisieron ver mi seguro de viajes, cartas de invitación ni tarjetas de crédito. Sin más sellaron mi pasaporte. Ni siquiera marcaron la cantidad de días que puedo quedarme acá. Sin embargo las brujas me esperaban.

Mi última noche en Bogotá antes de viajar vi brujas en mis alucinaciones hipnagógicas. No eran brujas divertidas como yo sino el arquetipo típico del cuento de hadas. Sé que son mías, que hacen parte de mi identidad por lo tanto las abracé imaginariamente y me dormí confiando, pero despierta. Preparada para lo que vendría más adelante.

Después de desembarcar esperé a Diana durante más de una hora y mientras trataba de averiguar psíquicamente qué pasaba sólo me venía a la cabeza el nombre de Lina, una amiga que vive en NYC. Aquella vez también tuve que esperar para que me recogieran, así que pensé que algo le había pasado, pues claramente una amiga que te asesoró durante todo el proceso de organizar tu viaje, compró cobija nueva y calentó su casa para recibirte no te va a dejar plantada así, sin más. Ni en un cuento lo creerías. Simplemente sería inverosímil.

Esperé más y Diana no llegó. Al final le pedí por favor a un chico que llamara a su número pero no hubo respuesta. Me sugirió tomar un taxi y llegar a su casa sin más. Podía hacerlo pero quería evitar lo que al final pasó, que nos cruzáramos y las dos estuviéramos ansiosas durante horas. Salí, agarré un taxi y llegué a su casa, sólo para descubrir que me hacía falta el número del apartamento. Esperé una hora y media más, entretanto entendí porque un antiguo huésped decía que los alrededores de mi casa son ruidosos.  En ese tiempo vi pasar a algo así como 25, 30 personas. La calle era tan tranquila que ya había pensado que si iba a tomar un taxi hasta mi segunda referencia tendría que ser en una avenida que estaba a tres cuadras. En Berlín, así sea hora pico/punta los conductores no te estallan los tímpanos pitando, además a cada rato vez gente andando en bicicleta.

Aunque había planeado quedarme hasta las 20:00 esperando a las 19:30 comenzó a hacer frío. Durante ese rato le había echado un ojo a mi maleta sólo para descubrir que “la habían violado”, como dice Diana, una práctica que también por ella supe que es muy común y no, no es por ser colombiana, mexicana o en general latina, a su marido, europeo, le ha pasado lo mismo. Ya más tarde me encargaré de hacer el reclamo. Ahora sigo con cosas menos prosaicas.

Durante mi espera elegí no revisar mi maleta maltratada. Sólo me alteraría más y no resolvería nada en la calle. Me dediqué mejor a decir mantras y cuando fueron las 19:30 me fui a buscar un taxi. Me subí a uno conducido por un hombre de palestina. Un hombre muy amable, padre de cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y que no va a su país hace veinte. (Sí, mi poder de persuasión funciona en todas partes.) Salvo por un conductor de bus churrísimo que vi anoche, comienzo a pensar que los conductores profesionales son todos inmigrantes, pero quizás sean prejuicios de recién llegada.
El hombre me llevó a casa de Luis, mi huésped para otras noches según mi itinerario. Timbré en su casa y me abrió. Luego me diría que eso era muy raro, que él no abre la puerta así porque sí sin que lo llamen antes pero que algo sintió y que por eso abrió. Confundido pero cálido me dijo que me esperaba para dentro de un par de noches, que su última huésped acababa de irse pero que de todos modos podía quedarme si esperaba a que arreglara la habitación. Un poco confundida yo también, le expliqué lo que había pasado. La llamó a Diana y poco a poco todos comenzamos a desatar el nudo. Me parece que en ese punto varias personas, que conocen a Diana y que me conocen a mí comenzaron a dudar de nuestra salud mental, creyendo que ambas teníamos amigas imaginarias que nadie podía ver.

Diana fue a recogerme pero en el camino subió a un bus que nunca había usado y para colmo, cuando se alejaba del aeropuerto, descubrió eso, iba en la dirección contraria. Cuando llegó y no me encontró hizo lo que yo, fue a casa y envió a su marido a esperarme, sólo que ninguno contó con otro detalle importantísimo: en Berlín hay direcciones repetidas. Yo estaba en el número 17 de la calle correcta pero en otro barrio, o sea en dimensiones paralelas. Al final Diana me recogió en casa de Luis, hubo distribución salomónica de regalos y yo por un momento fui protagonista y testigo de mi vida: Diana hablaba con Luis como si se conocieran de toda la vida, pero el encuentro me tuvo a mí como motivo y yo veía sin ver, casi sin estar, como espía sabiendo eso, que era posible porque yo estaba ahí pero recordando que yo también soy un sueño. Un holograma.

Y hoy tampoco sé que va a pasar. Sólo sé que voy a seguir fluyendo, a seguir sintiendo esta ciudad onírica y a seguir teniendo la sensación de que estoy en casa.

La fachada del edificio donde NO me estoy quedando.


lunes, octubre 12, 2015

Que alguien me aleje de los mercados brasileros, por favor

En Bogotá, donde vivo, rara vez voy a un mercado. Acá les decimos plazas, a secas, y no tengo mucha necesidad de ir a ellas. Lo que necesito lo consigo en verdulerías cercanas, excepto cuando me atacan las ganas de hacer experimentos culinarios muy particulares, de ahí que no me inspiraran mucha curiosidad, hasta ahora.

Para mí las plazas eran esos lugares a donde van las familias grandes a comprar la fruta y la verdura de toda la semana. Eran para aquellos que quieren ahorrar, tienen carro en el que pueden llevar la compra y además tienen muchas manos para llevar los paquetes a casa, así no haya ascensor, pero yo, que vivo sola, que si compro dos promociones de papel higiénico no puedo llevar nada más, porque no tengo manos suficientes para cargar tantas bolsas ¿qué diablos tendría que hacer en una plaza de mercado?

Una de las cosas que más me gustan de los viajes es que te abren la cabeza de par en par, sin concesiones y con rotundidad, eso si te atreves a salir de los circuitos marcados por las alcaldías y las agencias de viajes, eso si intentas mezclarte con los locales y husmear en sus rituales cotidianos. Gracias a todo esto, que bien o mal hago, descubrí que los mercados son un peligro para mí.

El bicho de la culinaria me picó hace años, pero sólo desde que volví a tener una cocina para mí dejo que cada tanto renueve su veneno. Junto a mi interés por la cultura del té está la de condimentar las comidas usando especias, evitando la sal y prefiriendo “las” pimientas. Ahí ya va un cambio.

Aunque Colombia ha recibido varias oleadas de inmigración, comenzando con los españoles, pasaron los turcos, los libaneses y demás, y ahora llegan los venezolanos aburridos de su régimen político; lo cierto es que este país no ha recibido una influencia europea importante, de ahí que los lugares para encontrar quesos y fiambre maduro sean escasos y sus precios altos. Por la misma razón los condimentos exóticos sólo son comunes en ciertos círculos y en la mayoría de casas clase media y baja están ausentes en la comida de todos los días. Todo esto hace que enloquezca cuando llegue a lugares como Curitiba o São Paulo, donde las tiendas de condimentos parecen boticas en las que parece ser posible encontrar montones de polvos mágicos. Cuando visito una de ellas quiero llevarme todo, además me anima el hecho de que las cosas sean tan económicas.

Tanto el mercado municipal de São Paulo como el mercado público de Porto Alegre están ubicados en zonas populares. En las calles cercanas hay una mezcla de edificios viejos, muy bien conservados, con otros dedicados al comercio, en donde la arquitectura es menos relevante, pero en los que sabe uno puede conseguir prácticamente lo que se le ocurra. Se ven almacenes de telas, adornos, lanas, aparatos eléctricos de todo tipo, decoración y la lista sigue. Y ve pobreza, eso es innegable. Un mercado que está inmerso en un ambiente así ofrece variedad, pero también tiene que ofrecerla a precios razonables, pagables para que el negocio siga y esto es lo que pasa en estos lugares.
Ya puedo decir que uno de mis planes favoritos es comprar 100 grs. de maní japonés con sabor a cebolla o a pimienta roja, a poco más de US$ 0, 50 para comérmelo mientras curioseo, tomo fotos (pero sin pasarme de boba para evitar que me roben) y pruebo lo que me ofrecen.

En São Paulo aunque presentí que quisieron distraerme para sacarme algo no pasó nada, más bien fue un lugar para seguir explorando. Probé gratis dos tipos de pitahayas (Stenocereus queretaroensis) que no conocía: una blanca dulce y otra colorada ácida, compré un condimento árabe y supe que mi mentecita aún es muy estrecha porque hay más tipos de pimienta de los que podía imaginar. También probé el mounstrito que es el sanduiche de mortadela, que por supuesto no pude terminar, aunque fui expresamente a comerlo como desayuno. 

Visitar los mercados de São Paulo, Porto Alegre y Curitiba me enseñó, como sólo puede hacerlo la experiencia, que las galerías y cuadros mejores no siempre están en museos o sitios dedicados específicamente al arte. Lo que para el habitante local puede ser insulso y aburrido para mí, cuando estoy en la sintonía apropiada, es una oportunidad para desafiar mis paradigmas y deformar mis esquemas, justo el tipo de cambios a los que me gusta someterme cuando viajo.







Libros y revistas de segunda, otra razón para amar un mercado brasilero.


Un dato que puede ser útil: En el mercado de São Paulo hay una opción de sánduche de mortadela de 100 grs., muy apropiada para quien quiere darle un mordisco a los platos locales, pero que no está interesado en probar el original con provolone caliente y mostaza.
Abril de 2013

viernes, agosto 07, 2015

El metro más feo que he visto

Claro que no soy la persona que más metros ha visto y usado en su vida – a la fecha Nueva York, Medellín, Buenos Aires, Río de Janeiro, San Pablo – apenas estoy en eso, en lo de ganar experiencia, pero puedo decir que de los que he visto el de Porto Alegre es el más feo de todos. 

Llegué a Porto Alegre de noche, necesitando un mapa para ubicarme y saber dónde estaba, para saber en qué estación debía bajar pero no encontré nada. No había mapa y el letrero de la estación –Rodoviaria— apenas estaba en la entrada, adentro tampoco encontré un mapa de la ruta, por lo tanto tuve que preguntarle a una señora si el próximo servicio pararía donde necesitaba. Dijo que sí y yo esperé.

Subí a un tren con zozobra, ansiosa. Adentro tampoco había un mapa, quizás existía alguno en otro vagón, pero en ese no, para colmo como llegué un sábado a la noche el servicio que va cantando las paradas estaba desactivado. Al final subí a tres trenes distintos, de un lado a otro y con maletas intentando descubrir cuál era la dirección y la estación donde me esperaban. El hecho de que los nombres de las estaciones estén ubicados para que los vea el peatón que camina por la plataforma y no el pasajero que está dentro del tren tampoco hizo fáciles las cosas.

Al llegar a la ciudad sentí hostilidad, sin embargo debo decir también que a diferencia de otros metros, cuyas líneas corren, en su mayoría, bajo el suelo, el de Porto alegre te da la opción de ver por la ventana y conocer un poco su perfil.

Ahora, los buses son otra historia, son espaciosos, más nuevos y más limpios que el metro. Pasan constantemente y te dan muchas opciones para conocer la ciudad por tu cuenta. El punto está en saber usar Google Maps y los recursos que proporciona la prefeitura de la ciudad.

Abril de 2013

La tarjeta que se usa en el SIM (Sistema Integrado Metropolitano de Porto Alegre.

No encontré mapas en el metro de Porto Alegre pero sí este anuncio de una casa de orishas que promete resolver todos tus problemas.

miércoles, mayo 20, 2015

Compasión al alza, envidia a la baja

–¿Sabes quién se fue a Grecia?
–No, ¿quién?
–Una de tus amigas, Sofía.
–¿A vivir o de vacaciones?
–De vacaciones.
–Pues qué bueno.
–¿Qué bueno?, ¿no vas a decir nada más?, ¿no te da envidia?
–¿Por qué tendría que darme envidia?
–¡Huy, pero cómo has madurado! Pues a mí sí me da envidia.
–¿Y qué ganas con eso? Yo ya entendí que es mejor alegrarse por las cosas buenas que les pasan a los demás. Ojalá le sirva para crecer, ojalá que Grecia pase por ella y no sólo ella pase por Grecia.
Uno de los libros que mejor me ha explicado conceptos que oí por primera vez en ambientes budistas o espirituales en general fue It’s not you: 27 (wrong) reasons you’re single de Sara Eckel. La descripción de la compasión que encontré ahí me pareció dulce y fascinante. 

¿Recuerdas lo que sentiste alguna vez mientras contemplabas una escena natural majestuosa?, ¿puedes recrear esa sensación de querer comerte a un cachorrito precioso? pues eso es muy parecido a la compasión. Sara lo pone en términos de la alegría suave y tibia que experimentas al ver un atardecer, alegría que puedes trasladar a otros ámbitos y a otras situaciones, incluso a aquellas que no te queda más remedio que vivir junto a gente que te gusta poco o nada, como los vecinos de arriba que viven en el ruido. Sin embargo nada es tan sencillo como parece, y eso incluye a la compasión.

Desde que me propuse desarrollar esta cualidad me han pasado cosas extrañas, una de ellas es que he dejado de envidiar. Todavía lo hago pero mucho menos que antes.
A través de la meditación, entendida como estar con la mente presente en cada momento y no tanto como estar sentada en flor de loto sobre un tapete mientras recito mantras, he comenzado a comprender la inutilidad de la envidia. Cuando alguien más hace lo que yo quiero pero creo que no puedo y lo envidio en realidad lo que estoy haciendo es malgastar energía en una ilusión.

Sí, Sofía fue a Grecia, se hizo muchas selfies con las ruinas y el mar azulísimo de fondo ¿y? Ese no es el viaje que yo deseo, no es el viaje que yo quiero hacer. Mientras algunos sueñan con ir a Grecia para tomarse fotos para subirlas a facebook yo lo hago con sitios que no salen en la guía de Lonely Planet y con actividades que a la mayoría le provocaría bostezos. A mí francamente me chupa un huevo la foto cliché al lado de la columna doria, jónica o como se llame.

Cuando viajo y, en general, cuando vivo, o sea todos los días, lo hago para acumular experiencias, para aprender, no para llenar el disco duro de mi computador con fotos. 

No sé si algún día iré a Grecia, pero sé que me gustaría, así como sé que me gustaría meditar en un asclepeion, aunque la sola idea me dé un poco de miedo. Me gustaría estar ahí, entonces sí sentada en flor de loto mientras percibo el lugar e intento robarme algún secreto de su historia. Así las cosas me vuelvo a preguntar: ¿de qué sirve envidiar?

Quizás sea útil para quienes necesitan confirmar que son importantes por lo que compran y por lo que aparentan, aquellos que cuando los demás no los envidian ni los elogian se sienten débiles y temerosos frente a preguntas que parecen venir de la nada del tipo ¿lo que tengo es suficiente y valioso de verdad?

Me alegré por Sofía como me seguiré alegrando por los triunfos ajenos conseguidos con honestidad y esfuerzo. Sé que si crecen los demás crezco yo y acepto el reto consiguiente: si quiero estar cerca de personas grandes yo también debo serlo, acepto que la única envidia que vale es la que está emparentada con la admiración, esa que me hace decir “la odio, la odio porque quiero ser tan buena como ella”, la que siento cuando alguien excepcional me hace recordar que todavía me falta mucho para alcanzar su nivel.