martes, mayo 16, 2006

¿Será tan malo querer ser mantenida?

Esta es una pregunta que me he hecho desde hace rato, de forma más o menos reiterativa desde que leí un par de libros (Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas, y, Por qué los hombres mienten y las mujeres lloran de Allan y Barbara Pease) que explican a profundidad y en lenguaje sencillo los porqués de las diferencias entre mujeres y hombres.
Estoy de acuerdo con ellos en que los dos géneros son distintos, yo no me creo esa charada progresista, a veces feminista y hasta política de que somos iguales, para mí es obvio que somos distintos, somos orgullosamente complementarios. Es cierto que en casos extremos podemos intercambiar roles pero en condiciones promedio, habituales la distribución de actividades sigue un patrón predecible, cosa que no se da por simple capricho sino que responde a una explicación lógica, en mi caso le doy la denominación de evolucionista.
Creo que cuatro millones de años de evolución no le van a ganar a 90 años de “liberación femenina”.
A diferencia de la señorita Padawan creo que las mujeres sí somos menos violentas que los hombres, también por evolución. Imagínense que un cazador cavernícola hubiera tratado de convencer a un animal de que lo mejor era dejar de resistirse a la muerte, en lugar de atacarlo con toda la furia de la que era capaz, muy probablemente nuestro antepasado habría muerto en tal intento así como quienes hubieran osado imitarlo. La agresividad que en aquella época era tan útil tuvo que encontrar otras formas de manifestación, una de ellas constituida por los conflictos armados, que en su mayoría han sido iniciados por hombres. Para comenzar una guerra hace falta estar en una posición de poder y las posiciones de poder con frecuencia han sido ocupadas por los hombres, hasta antes de la Primera Guerra Mundial aproximadamente, cuando las mujeres debieron salir de sus hogares y asistir a las fábricas donde trabajaban sus maridos para continuar la producción, por ende, el desarrollo de las naciones.
Antes de este acontecimiento nadie se preguntaba, o pocos, si era conveniente o no perpetuar las labores que tradicionalmente le habían correspondido a su género, el grueso de la población seguía los patrones prefabricados que aprendieron de sus padres por modelamiento, forma de enseñanza muy efectiva.
Luego del conflicto armado que mencioné líneas atrás, las mujeres tuvieron la oportunidad de comparar su labor dentro del núcleo familiar con las ocupaciones que se realizan “independientemente” de este.
Pasada la guerra los hombres volvieron a ocupar sus antiguos trabajos pero el mundo ya no era el mismo, ellos traían consigo traumas creados en el conflicto y ellas la experiencia de ver cómo es el mundo fuera de casa. De forma consecuente con este fenómeno, los ideales y expectativas cambiaron, en especial las femeninas, porque al fin y al cabo los hombres han estado acostumbrados y hechos para el combate desde el principio de los tiempos, la guerra es un tipo distinto de combate pero combate al fin.
Las mujeres somos un cuento y ser “aparte”. Si nos engordamos más fácilmente es porque nuestros cuerpos han sido diseñados para acumular grasa que después será leche que alimentará a nuestros bebés.
Desde la Primera Guerra Mundial pasaron muchas cosas, entre ellas otra guerra que recordó lo aprendido en la anterior y un movimiento de liberación femenina que todavía se siente.
Hoy en día a muy pocas mujeres se las cría para cuidar una casa y atender un hogar, yo misma no fui educada para ello. Si bien me enseñaron a hacer oficios varios el ejemplo que me han dado apunta más a que sea una profesional de éxito alejada de las faenas caseras, las cuales quizás deba conocer para indicarle al servicio doméstico el mejor modo en que deben ser realizadas, pero si no lo sé no pasa nada. Tener más de una empleada también es sinónimo de “éxito”. Tanto me monté en este paseo y me creí la película que se me estaba olvidando algo importantísimo: ¡soy mujer!, las relaciones y la familia son primordiales para mí.
Mientras estuve en la universidad el estudio fue mi prioridad cabeza de lista, como consecuencia el final fue muy relajado, me permitió dedicarme a actividades extracurriculares que antes no me permití. Ahora que ya casi se van a completar dos años desde mi graduación puedo ver con mayor perspectiva el impacto de esa experiencia en mi vida.
Seis meses después de haber recibido mi diploma llegó una llamada del decano de mi facultad avisándome que debería asistir a una nueva ceremonia de grado para recibir un reconocimiento por haber quedado entre los diez primeros puntajes en la prueba del ECAES, fui, sí, mi mamá también y nadie más, yo ya no me sentía tan feliz, estaba pasando por un momento tensionante en la relación con mi novio y prefería miles de veces estar bien con él que tener ese documento con mi nombre en el y firmado por la ministra de educación, pero esa era la recompensa a mi esfuerzo, durante cinco años me dediqué a estudiar más que a otra actividad y allí estaba el resultado. En ese momento y ahora mientras escribo recuerdo un capítulo de Ally McBeal en donde en medio de una pijamada con sus compañeras de oficina las regañaba con razón, les decía que si querían tener una pareja estable debían dedicarle a la búsqueda del hombre indicado y luego al mantenimiento de la relación que logren con él, en caso de que todo salga como lo desean; un tiempo considerable, similar, igual o mayor al que le dispensaban a sus actividades laborales en donde tenían tanto “éxito”, mismo que paradójicamente no las satisfacía.
Estas divagaciones a veces las hago en compañía, creo que la última vez fue con Andrés mi mejor amigo, cuando llegué a esta conclusión se rió mucho, como de costumbre, me decía que era la primera mujer a la que oía aceptar algo que es obvio, para mí tiene razón. Él dice que las mujeres se esfuerzan en exceso tratando de convencer a los demás (durante el procedimiento también tratan de convencerse a sí mismas) de que su trabajo, su profesión es todo lo que necesitan para sentirse plenas, satisfechas y realizadas en la vida y que si se les hace tarde para tener hijos porque no pueden darse el lujo de suspender su espectacular, meteórico ascenso laboral, pues luego el mundo profesional les pasaría la cuenta de cobro con intereses, mas la verdad es que en su fuero interno el instinto maternal grita y ellas tienen que hacer montones de peripecias para acallarlo. Bueno, no sería justo darle todo el crédito a él. Algunas de estas ideas también las he extraído de una antigua versión del programa radial La Hora del Regreso.
Sea de quien sea la idea la esencia es que si bien hay mujeres completamente convencidas de que su centro será el área profesional, o con mínimas dudas al respecto, pues veo esta como una mejor forma de expresarlo, también existen algunas que tienen mínimas dudas de que su centro es la familia y para llegar a ella un paso lógico es la vida en pareja.
Partiendo de mi contexto, este país y esta época, soy consciente de que para vivir del modo en que me gustaría tendría que aportar económicamente a mi familia, pero también sé que si deseo tener hijos bien formados y con valores claros, profundos, es necesario que alguno de sus padres pase mucho tiempo a su lado.
Sé que el centro de la vida de un hombre es su trabajo (al menos la mayoría de ellos), eso no lo discuto, sólo pido que ese hombre que esté a mi lado saque tiempo para mí y para la familia que arme conmigo.
Ja, sí, sobretodo va a ser sólo eso lo que pido, más bien lo dejo en que es lo que pido en mi área afectiva.
Aunque en los hombros de las mujeres recae un gran porcentaje de la responsabilidad de la crianza de la descendencia eso no excusa a los hombres para que se desentiendan de este importante asunto. Los niños y las niñas necesitan modelos masculinos y femeninos claros pues marcan su desarrollo. Nosotras las mujeres tampoco podemos desentendernos de las obligaciones laborales, empresariales según el caso. No pasa nada si ayudamos, aprendemos y/o hacemos parte de las actividades remuneradas de nuestras parejas.
Yo creo que disfrutaría indefinidamente trabajando del modo que lo hago actualmente. Tengo tiempo libre para leer, escribir y hacer vueltas y si tuviera hijos, para criar. Si estuviera junto a alguien que necesitara más tiempo yo podría ayudarle con algunas de sus actividades, cosa que no me haría menos mujer, todo lo contrario. Por el modo en que fui criada no me siento cómoda dependiendo de un hombre económicamente, al menos no por completo, pero tampoco anhelo tener que estresarme porque la casa se puede venir abajo si dejo de trabajar, así concluyo que del todo no me disgustaría ser mantenida.

3 comentarios:

Borja dijo...

Bueno me toco de primero, creo que el tema fue tratado muy a la chilmotrufia: "asi como digo una cosa digo otra" hablaste de muchas cosas, de los cabernicolas, del exito, de la acumulacion de grasa, de la guerra, de la crianza etc. ten en cuenta que asi como hay mujeres que quieren graduarse, hacer postgrados y tener exito hay otras que quieren conseguir un hombre que les mande a poner cola y puchecas por lo que no se puede generalizar. para cada una de ellas habrá un hombre indicado. el problema segun lo que abstraigo es de orden economico, quieres vivir comodamente, tener exito (poder adquisitivo), y pasar tiempo con tus hijos, todo esto de la mano de un hombre que tenga empleadas a tu servicio, y te vea como la gran profesional que eres.

Pd: a mi tampoco me molestaria ser mantenido.

Apoloduvalis dijo...

Aunque falta un poco de orden en la exposición de las ideas, esta entrada me gustó porque expone con una argumentación bien razonada una posición que debería ser más controversial. Estoy plenamente de acuerdo.

Sin embargo, me gustaría que muchas de mis amigas que encuentran tan natural el deseo de ser mantenidas, se dieran cuenta de que también hay un precio por los beneficios: la dependencia.

Pero bueno, dejando de lado el aspecto oscuro de la dependencia, al igual que borja alguna vez expresé que también me gustaría probar qué se siente ser mantenido. Sólo abrir mi boca me valió las reacciones airadas de cinco mujeres a las que les parecía el colmo que un hombre quisiera vivir de mantenido. Me pareció muy diciente que en un contexto de igualdad de género algo que aplicado para ellas les sonaba tan lógico y natural, al aplicarse a un hombre les pareció una atrocidad digna de condenarse en el Derecho Internacional Humanitario. Ahí confirmé una vez más que el machismo se debe menos al ansia de poder de los hombres, y más a la eterna contradicción de las mujeres.

Iki dijo...

Yo soy una mantenida y me siento muy orgullosa de eso!!! Cuando decidi renunciar a mi trabajo y cambiarlo por ser ama de casa en un pais en el africa todo el mundo puso el grito en el cielo, porque ese tipo de cosas no estan permitidas para las mujeres de nuestra generacion... Yo estoy feliz siendo consecuente conmigo misma y trabajando en fortalecer mi propia familia... con todo lo que eso implica...