domingo, julio 30, 2006

Haciendo hambre un domingo en la tarde

Anoche dormí de forma inmejorable, noche de sábanas limpias, uno de los pequeños placeres de la vida, además con el apartamento para mí sola, cosa que a esta altura de la vida se agradece, desayuné tarde entonces me dio por darle algo de atención a una de mis bitácoras favoritas.

Mientras llega el momento en que mi cuerpo pedirá comida decidí escribir acerca de alguno de los temas que me dan vueltas en la cabeza y que poco a poco se van materializando, primero en notas en mi celular y luego en entradas.

Luego de ver esos archivos noto que los temas son recurrentes.

La cama de uno, ah divino tesoro, no será como la juventud pero sí se duerme muy bien allí, yo suelo ser muy mala huésped, no por ser confianzuda sino porque duermo muy mal en camas ajenas, incluso cuando salgo de vacaciones voy preparada para dormir mal la primera noche, a menos que esté muy cansada, porque en ese caso caigo como una roca.

Ver televisión en la tarde, extraña práctica que me recuerda la época del colegio cuando, luego o mientras hacía tareas veía televisión educativa, Plaza Sésamo o cuanto programa se atravesara. Con el pasar del tiempo esa jornada ha sido dedicada a labores más “productivas” como estudiar para parciales, asistir a clases de universidad o para trabajar. Sin embargo esa sensación de estar vagando cuando veo tele en las tardes es difícil de borrar por eso lo evito, me angustia no estar produciendo, también me recuerda las ocasiones en que uno se enferma y ve televisión desde la cama, hasta cosas horribles porque simplemente no tiene ganas ni de cambiar el canal con todo y el control remoto.

El baño de la casa, otro lugar deliciosamente familiar, no hay como llegar con muchas ganas de entrar a hacer lo que sea y sentarse en aquél lugar para desahogarse tranquilamente, es muy rica esa sensación de comodidad íntima, aunque si la urgencia ocurre en otro lado cualquier sanitario limpio se agradece enormemente.

La comida casera. Yo casi siempre como en un restaurante cercano, conozco medianamente bien a la dueña y ella muestra un excelente ejemplo de servicio al cliente recordando los gustos de sus visitantes frecuentes, de ahí que sepa lo que me gusta por encima de otras cosas, pero aún así no cambio una comida improvisada, completamente casera, preparada por mis manos, con amor e instinto maternal para mí misma, hasta el arroz sabe distinto. Me gusta darme ese tipo de atención.


Esos eran algunos de los temas que estaban sueltos.

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