jueves, marzo 15, 2007

Descifrando el acertijo (1)

Una llamada sorpresiva dió continuidad a los acontecimientos que me trajeron al momento que ahora se me exige vivir.
Homero Simpson se quejaba porque el nuevo amigo de la familia había disimulado su amaneramiento, impidiéndole saber que era gay cuando recibí el teléfono. La persona al otro lado de la línea me citó para la mañana siguiente con el fin de dar inicio a los procedimientos que darían fin a una etapa.
La mañana de la cita me levanté temprano para arreglarme el pelo y disfrazarme con mi propia ropa. Salí con tiempo y llegué al lugar en donde me encontré con dos recientes conocidas, luego me dispuse a hablar a puerta cerrada con la mayor de ellas.
Esta misma persona fue la que días atrás me había invitado a pasear cerca a la ciudad. Nuestra reunión duró casi 3 horas en las que satisfice algo de mi curiosidad y me enteré de cosas que francamente ni me interesaban.
8 días más tarde dormía plácidamente gracias al trasnocho y ejercicio de la noche anterior, cuando volví a recibir el teléfono. Me llamaban avisándome que debía salir inmediatamente hacia el lugar donde se desarrolló la reunión anterior para completar el proceso. Volví a levantarme para arreglarme tan rápidamente como me fue posible, ya no despersonalizada –disfrazada.

Tomé una taza de té en leche y salí casi corriendo.

Al llegar al portal de Transmilenio comencé a echar madres por no haber llevado conmigo el librillo de rutas. El tiempo pasaba y yo indecisa hacía una fila sin saber bien si al frente de ella se detenía el servicio que necesitaba. Corrí una, dos veces y siguiendo mi corazonada me embarqué en el que era. Cuando arribé a la estación que estaba más cerca de mi destino sonó mi celular, era la persona que me había llamado casi dos horas antes para saber dónde estaba. Contuve las ganas de gritarle “no me acose que ya voy para allá” y contesté tan amablemente como pude que hasta me sorprendí a mí misma por haberlo conseguido de forma tan convincente.
Caminé rápido intentando dar el menor número posible de vueltas para llegar a la dirección que una semana antes un taxista había buscado por mí.
Me encontré con la autora de la llamada, quie me presentó al conejillo de indias que me ayudaría a completar el segundo de tres procedimientos necesarios, para que un tercero y la persona que me estaba recibiendo, me evaluaran con el fin de saber si me ajustaba o no a sus necesidades.
Antes de comenzar el ensayo se disculpó con el presente y me condujo al espacio vecino para presentarme al segundo evaluador. Un tipo alto, pantallero y sobreactuado fingiendo seguridad me extendió la mano para saludarme.
Me invitó a sentarme y a quien me introdujo también, mas esta persona prefirió permanecer de pie.

La conversación comenzó informándole al tipo quién era yo y resumiéndole cómo había progresado el primer procedimiento, también le aclaró que dados mis proyectos no podría permanecer entre ellos durante tanto tiempo como les agradaría, lo que llevó a una pregunta que terminó en una caótica conversación en inglés mediocre. Acto seguido quien antes me presentara, le informaba a mi interlocutor que el proceso había concluído y las conclusiones en las que me contrataría a partir del lunes siguiente para que me encargara de la selección y el bienestar del personal de la empresa.
Intenté lucir calmada y creo que lo logré. Se suponía que para saber el resultado del proceso debía hacerle una entrevista al tipo de la oficina contigua y dos visitas domiciliarias, todo con sus respectivos informes, los cuales sería evaluados frente al desempeño de tres aspirantes más: dos mujeres y un hombre, que habían surgido desde que me ofrecieran cubrir la próxima vacante.

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