sábado, marzo 17, 2007

Descifrando el acertijo (10)

Participé de la conversación que la auxiliar había comenzado y esperé a que saliera para que mi superior viera el resultado de la prueba que acababa de recibir. Era tan errática y mal redactada que hubo necesidad de llamar al autor para que la aclarara. Mientras llegaba y mi jefe se desocupaba me dediqué a ojear el currículum que había entregado por medio de un empleado que lo recomendaba. La redacción era lamentable y sólo confirmé mis supuestos cuando no supo responder cuál era la capital del departamento del Meta. Lo preocupante del asunto es que para el cargo al que aspiraba saberlo era vital, pues se encargaría, de ser contratado, de las revisiones de los conductores mientras están en carretera.
A la aclaración de sus respuestas en la prueba le siguió la entrevista al estilo que ya he descrito. Luego se le hizo salir de nuevo de la oficina para que volviera a esperar otro rato. Ya había pasado más de una hora desde su llegada puntual.
Yo pensaba que para hacerlo perder el tiempo era mejor revisar su prueba y dejarlo ir, luego citarlo a entrevista y listo, pero no, yo no podía opinar y si lo hacía se me ignoraba.
Durante la conversación que mantuvimos mi jefe y yo me dijo que necesitaba que aprendiera lo más pronto posible su característico estilo de indagatoria, pues de lo contrario no lograría recopilar los datos necesarios para determinar si una persona servía o no para la organización. A regañadientes accedí e hice pasar de nuevo al muchacho. Esta vez me senté al lado opuesto del escritorio y comencé. El joven dócilmente respondió preguntas acerca de su práctica en cargos anteriores, pero obviamente tomó una posición defensiva cuando notó mi cambio en el modo de preguntar. Hacia la mitad de la entrevista decidí dejar de preguntar cosas relacionadas al trabajo y volver al tema de la familia. Mi orden en lo tocante a los temas había sido vergonzoso, comencé por lo más difícil y luego fui a lo fácil, pero con mi jefe al lado no tenía mucha opción, tenía que ponerlo nervioso. Ella mientras nos prestaba atención y atendía mil cosas más. Justo cuando volviendo a mi estilo, entrenado en la academia, logré sacarle un accidente adicional de tránsito, no confesado cuando intenté imitar a mi superior, ella estaba al teléfono, por lo que cuando colgó volvió a preguntarle cosas que ya había contestado.
Para finalizar esa desastrosa entrevista, despedí amablemente al joven y le dije la clichesuda frase de “lo llamaremos”. Cerré la puerta tras de él y le infomé a mi interlocutora mis hallazgos. Su recomendación de tratar de hacerlo encajar en el perfil debido a la dificultad en el cubrimiento de vacantes de tal tipo no había servido de nada y yo tenía un dolor de cabeza extremo en mi primer día de trabajo.

Cuando pude abandonar su oficina me fui a terminar el famoso informe inútil. Revisé cajas de archivo mal hecho y esquivé preguntas impertinentes de la fulana que reclamaba casi a gritos atención. Seguía tratando de adaptarme al nuevo ambiente. No lograba imaginarme organizando actividades de “amigo secreto” ni mucho menos asistiendo a la fiesta anual de empleados.

Hacia las cinco y cuarenta y cinco de la tarde llamé a la hermana de mi jefe para preguntarle si podría acercarme a mi casa. Me encontré con otra sopresa. Ya había salido. Tenía material suficiente para comenzar a catastrofizar. Seguro se había molestado porque no le había contado desde la mañana que comenzaría a trabajar allá, donde tanto tiempo han pasado ella y su esposo. Duré quince minutos intentando hacer algo productivo y conteniendo el llanto por la frustración que sentía. Yo no pertenecía allá y debía hacer algo pronto para solucionarlo.
Mi jefe ya llevaba media hora fuera de la oficina cuando se completó el horario. A mi lado dos empleados seguían en sus funciones. Me alisté y me despedí con un adiós. Ellos dijeron “hasta mañana” pero yo dudaba que volviera a verlos en tal término.

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