sábado, marzo 17, 2007

Descifrando el acertijo (3)

Esa tarde recuerdo que pensaba una y otra vez en las palabras que mi jefe pronunció cuando se refería a mi tipo de afiliación al sistema de salud:

-Ahora pasará de ser independiente a dependiente.

Se repetían una y otra vez en mi cabeza, así como se iba acrecentando mi sentimiento de autotraición al saber que ya no sería dueña de mi tiempo ni de mi vida, que estaba cometiendo un error, pues desde que me propusieron el puesto y sabía que sería para mí, ya estaba pensando en irme de vacaciones y en el día que pasaría mi carta de renuncia, pero así somos los seres humanos, seres idiotas que hacemos cosas sólo para herirnos y que muchas veces parecemos tarados junto a la sabiduría que muestran animales con dizque menor evolución.

El domingo no aguanté más y mientras hablaba con la segunda de mis amigas que me recomendaba personalmente, para reemplazar las referencias laborales inexistentes en mi vida de freelancer, no aguanté más y rompí en llanto lentamente. Estaba predispuesta y por más que había intentado lavarme el cerebro para unirme a los ejércitos de soldados que mantienen a la nación cubículo a diario no había logrado mayor cosa.

La noche del sábado dormí terrible y en mi desvelo había terminado el libro Lo que le falta al tiempo de Ángela Becerra convencida de que eso no era lo que quería hacer. Pero como buen cuerpo inerte, que se resiste a cualquier cambio en el movimiento, estaba dispuesta a cumplir mi sentencia.

Mientras lloraba le explicaba a mi amiga que desde enero tantas alusiones a viajes en el tiempo en libros, televisión y películas me habían llevado a creer que lo que me hacía falta vivir era esa etapa como empleada, la misma que me había empeñado en eludir luego de tener a una ogra por jefe durante mi práctica organizacional, que no me había dejado la más mínima gana de repetir la experiencia por temor a encontrarme con tantas injusticias, como las que cometía aquella vieja con sus subalternos, pues al saberlos incapaces de renunciar por sus múltiples compromisos económicos, los sentaba al frente de ella para gritarlos y humillarlos a su gusto cada vez que se le antojaba.

Me estaba convenciendo de que si no vivía esa etapa en ese momento luego me vería obligada a hacerlo en condiciones más desagradables y no quería enfrentarme a eso. Ante tal panorama me sequé las lágrimas, intenté reírme un poco tocando con ella otros temas y me fui a mi casa. Cuando casi llegaba a la portería de mi conjunto pedí al cielo una señal para que me dijera cuando debía dejarlo todo y justo sonó por un instante la alarma de un carro cercano, me pregunté si sería lo que esperaba pero la descarté porque me pareció algo ridículo el significado que le estaba dando a ese ruido.

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