sábado, marzo 17, 2007

Descifrando el acertijo (5)

Siendo la hora en que se suponía llegaba mi jefe subí al segundo piso pero como no había señas de ella y nadie sabía quién era yo, me limité a esperar en una sala de reuniones algo destartalada a que llegara mi superior para introducirme al nuevo ambiente laboral. Allí comencé a escribir esta serie de entradas en la función de notas de mi celular. Al rato llegó la señora que me introduciría a todo el personal, al poco tiempo me presentó al dueño de la empresa. Un señor mayor, callado y con aire de aplomo me dio la bienvenida a su organización y aclaró que mi permanencia en ella dependía más de mí que de mis superiores.

En medio del agite normal de la oficina tuve que salir nuevamente a la sala de reuniones a esperar que mi jefe volviera a tener tiempo para mí, pues en esos momentos había llegado un asesor de una ARP para ser atendido. Antes tuve el impulso de tomar posesión de mi puesto de trabajo, pero vi a alguien sentado en la que sería mi silla, como se suponía que debía ser sutil al llegar preferí no decir nada y volver al asiento que ocupé antes en la mentada sala.

Luego de acomodarme me fijé en los dos aspirantes al puesto de conductor que también esperaban pacientemente en ese recinto. Con sólo verlos durante un rato ya sabía quién era más responsable y por ende más apropiado para cubrir una de las vacantes.

Yo misma los había citado el sábado anterior para las ocho de la mañana con el fin de acompañarlos a sus casas y realizar sorpresivamente las visitas domiciliarias. Desde que fijé las citas me pareció un despropósito agendarlos para la misma hora, eso sólo les haría perder el tiempo pero como estaba acostumbrándome a seguir órdenes no fue mucho lo que pude protestar. Tenía que dejar pasar ante mis ojos lo que evidentemente constituía una falta de respeto para con el transcurrir ajeno.

Mi jefe me volvío a llamar a su oficina. Llamó a su secretaria y me presentó, después le pidió que comenzara a hacer mis papeles de la ARP. El dueño de la empresa había dicho que era lo más urgente para evitar momentos difíciles durante las visitas en caso de algún imprevisto. Él también le había dicho a mi jefe que prefería que me acompañara a hacer esas primeras visitas a modo de inducción, con lo que le desbarató toda la programación que tenía para ese día.

Como lo he comprobado varias veces, el karma existe y ella sólo estaba asumiendo las consecuencias de haber jugado con el tiempo de los aspirantes que esperaban en la sala de reuniones.

Tuve que volver a la sala yo también, ya no recuerdo por qué. Los hombres me miraban inquietos y hacia las nueve pasadas de la mañana mi jefe me llamó para que fuéramos a hacer las visitas. El dueño nos llevaría en su suntuosa camioneta. Los candidatos también fueron llamados y obedientemente subieron al vehículo sin saber bien por qué lo hacían ni para dónde íbamos. El interior olía a cueros nuevos pero la incomodidad tampoco pasaba desapercibida.

Luego de una media hora de recorrido llegamos a un barrio muy humilde al sur de la ciudad. En el camino una perrita callejera a la que la vida había golpeado con toda su fuerza hizo que se me arrugara el corazón, hasta me hizo sentir culpable por todo el berrinche que armé al haber conseguido este trabajo que no estaba buscando, pues lo adecuado sería que estuviera saltando en una pierna por haberlo logrado.

Llegamos a una cuadra que parecía haber copiado la arquitectura de una favela en Rio de Janeiro. Nos bajamos de la camioneta y subimos unas escaleras hasta alcanzar un tercer piso antes de llegar a la casa del primero de los hombres. Mi jefe se encargó de esta visita y yo apenas intervine con unas preguntas tratando de hacer más agradable la diligencia para la esposa del posible nuevo conductor de la empresa. Mi jefe se empeñó en continuar con su inalterable estilo de “policía malo”, el cual traté de hacer cambiar para la próxima ocasión sugiriéndole al salir de la casa que si lo hacía de forma menos intrusiva lograría mejores resultados, pues la gente suele caer sola en sus mentiras. Respondió que ya antes lo había intentado una vez, mas al no obtener lo que buscaba dejó de intentar.

Intercambiamos unas palabras más y llegamos a la conclusión de que esta persona no se adecuaba al cargo vacante a causa de su falta de estabilidad laboral. Si embargo me sentí incómoda porque yo no he sido la más estable en los trabajos y gracias a mis relaciones públicas en ese momento estaba en una posición lo suficientemente poderosa como para decidir que rumbo no tomaría la vida de ese ser humano, pero ese no era momento para hacer filosofía ni para tomar fotografías, por más linda que hubiera sido la vista desde la terraza de esa humilde casa. Se me habría castigado sólo con la mirada si hubiera intentado siquiera crear unas imágenes bellísimas con la luz y el entorno que estaba a mi alcance. Era un paisaje que mostraba la sencillez que tiene la vida de los pobres y al mismo tiempo, el anhelo de poder conseguir mejores condiciones de vida, desconociendo el precio no económico que se debe pagar por ellas.

Volvimos al vehículo despidiendo al dueño de casa que antes nos recibiera. Íbamos a la casa del otro aspirante para repetir el procedimiento. Durante el camino mi jefe comenzó a entrevistarlo y yo a tomar notas diligentemente mientras me esforzaba por olvidar el mareo que sentía por escribir en un carro moviéndose. Llegamos a una cuadra de calles destapadas y nos detuvimos frente a un portón pintado de rojo y blanco. El dueño de la empresa nos invitó a tomar un jugo en una tienda cercana antes de entrar pues no estaba dispuesto a beber nada en casa del anfitrión forzado. Ahora que lo pienso me parece algo increíble su comportamiento, pues como me enteré más tarde él mismo viene de una humilde cuna y fue alguna vez muy parecido a esa persona que ahora lo veía con una mezcla de miedo y admiración.

Tuve que beber el líquido embotellado muy aprisa para no demorar a mis acompañantes.

Los habitantes del barrio nos veían como a extranjeros en sus tierras y la señora de la tienda le rendía alguna clase de pleitesía callada a quien le pagaba. Salimos del establecimiento entre las críticas de mi jefe al ver a unos encargados de un camión de gaseosas bebiendo en horas laborales. Se veía indirectamente afectada porque la empresa que ella misma ayudó a construir se dedica también al transporte de carga pesada. Yo en una muestra de rebeldía y para intentar liberar un poco de tensión le mostré un ratoncito muerto que estaba tendido en la calle desbaratada, igual poca atención me prestó. Para ese entonces llevaba tres días con dolor de cabeza, muy seguramente a causa del calor concentrado por su viaje a la costa la semana pasada.

Con la ceremonialidad del caso el candidato a conductor nos hizo seguir a su casa. La escena fue realmente soprendente. Era clara e iluminada, limpia y bien aireada, totalmente distinta de la que acabábamos de visitar. Su esposa evidentemente más joven que él resultó ser una mujer sincera y abierta que respondió sin segundas intenciones cada una de las preguntas que le hicimos tanto mi jefe, su jefe y yo. Su hijo por momentos interrumpió, permitiéndonos corroborar toda la información a pesar de los regaños que recibía de parte de su madre. De nuevo el elemento que me hizo sentir incómoda, fue la forma despectiva en que mi jefe trató al amable hombre dueño de casa cuando le pidió que nos dejara a solas con su mujer. En esta visita puder crear empatía, imperiosa para recolectar todos los datos necesarios, al punto que en ocasiones mi interlocutora trató de tutearme torpemente.
Si hubiera estado sola simplemente me habría reído para mis adentros y me habría alegrado de haber inspirado suficiente confianza para hacer bien mi trabajo sin interferir en la vida de los demás, pero dado que tenía al lado a mi jefe no podía relajarme tanto. Ella ya me había aclarado que no debía permitirle a ninguno de sus subalternos hablarme de tu, pues a su parecer ese trato se limita a aquellas personas con quienes se tiene mucha intimidad.

La visita terminó cuando llené todo el formulario que se tiene para tal fin. Nuestra anfitriona se apresuró a ofrecernos algo de tomar y de nuevo el aire seco y frío de mis acompañantes marcó la pauta. Salimos intentando no rodar por las empinadas escaleras cubiertas de baldosín claro. Nos despedimos y subimos al vehículo nuevamente en donde comenzaban las sorpresas.

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