martes, junio 12, 2007

Terapias: la de desnudarse y la del chorizo

Esta entrada no necesita advertencia porque a pesar de sus nombres no se trata de ningún tema para mayores de edad.

La primera la atravesé el miércoles.

Luego de dos meses de tener la fórmula nueva para mis gafas me fui al centro para que me la hicieran y de pasada hice otras vueltas. Como de costumbre dejé tanto la montura diaria como la de sol y me fui a la BLAA para pasar el tiempo mientras ellos se encargaban de su tarea. En el camino paré en una cafetería de esas tradicionales con un negocio de cabinas telefónicas al frente para llamar a mi papá. Es curioso porque si hubiera llevado mis anteojos muy probablemente me hubiera sentido intimidada al ver esa cantidad de señores tomando tinto y conversando en ese lugar. Ya adentro del cubículo y sintiéndome más segura, luego de comprobar que ninguna de esos hombres me haría daño por estarme metiendo en su dominio tomé un par de fotos con mi celular para reírme del asunto más tarde, de hecho ya lo estaba haciendo pero por dentro.



Digo que esto es una terapia porque para mí mis gafas son como mi otra piel. Varias veces me han preguntado si me haría la cirugía para corregirme mis problemas visuales pero no he querido entre otras cosas porque no me gusta operarme de nada a menos que sea realmente necesario y la razón de más peso es que me gusta tenerlas, hacen parte de mí y de mi personalidad, sería lo que salvaría en un naufragio porque con ellas me siento segura, me recuerdan mis múltiples defectos y que debo acercarme a los demás para entender sus formas de vida de modo completo. De todos modos este día no fue tan complejo como los otros en que me quedo sin gafas por al menos un par de horas. Había almorzado con mi papá y me encontré luego de que saliera del trabajo para ir a tomar chocolate con queso y pan a la Florida, un salón de té que queda sobre la séptima cerca de la 19, fue muy divertido el ratico.

Al día siguiente fue la otra terapia.

Mi abuela materna, que en paz descanse, cuando tenía muchos problemas decía en la casa que se iba para el chorizo y sólo volvía varias horas más tarde. Poco a poco sus hijos y su esposo entendieron que el chorizo era cualquier lado, se trataba de coger el primer bus que pasara para irse en el hasta el fin de la ruta, luego se bajaba, daba una vuelta, comía algo y se devolvía, de todos modos muchas rutas en Bogotá suelen ser circulares y es sencillo lograrlo.

El jueves me ví repitiendo los pasos de mi ancestro sin proponérmelo. Estaba en Fontibón y quedé con mi papá para almorzar otra vez, me dijo que cogiera un Germania con no sé qué otros detalles para llegar a su oficina sin tener que caminar tanto, mas al salir era tal la cantidad de rutas con ese nombre que me decidí por cualquiera sin pensarlo tanto. Resulté en una que sube por toda la 26 hasta arriba de la circunvalar y sospeché que bajaría por la 19 dejándome más cerca de mi destino. Cuando pasaba más o menos al frente del sitio por donde se sube a Monserrate miré la tabla y efectivamente, la 204 era ruta circular y me serviría para mi propósito, mientras llegaba me dediqué a disfrutar del paisaje y a conocer con mis ojos los sitios que sé están en Bogotá pero que no había experimentado, aunque un poco indirectamente, de primera mano. Ahora tengo más nociones de hasta dónde va el Externado, de dónde queda la Universidad América y lo cerca que están de la iglesia del barrio Egipto, mientras pensaba que si sabía dónde estaba y para dónde iba todo estaba bien, justo como ocurre en mi vida, sólo que en mi existencia no estoy montada en la buseta yendo a mi destino sino todavía en el paradero viendo cuál es la ruta que me lleva más directamente.


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