jueves, marzo 26, 2009

Alcanzando la feliz soledad

Ya no sé qué hice el martes, creo que me aburrí porque se me había olvidado lo divertido que es estar sola en casa. Eso ocurre cuando se pasan tantas semanas corriendo por la ciudad de un lado a otro, subiéndose hasta en 16 buses en un solo día. Si te meten freno, repentinamente, después de eso quedas en shock, justo como después de un accidente, desubicado, sin saber qué hacer o a dónde ir. Así quedé yo esta semana.

Por fin se terminó el último estudio en el que estaba trabajando.

Es paradójico, es bueno y es malo que se termine. Es bueno porque me deja tiempo para hacer otras cosas y es malo porque mis vacaciones se acercan, por eso necesito la mayor cantidad posible de plata para no quedar en quiebra cuando regrese. NY lo vale así que no estoy dispuesta a quedarme quieta, debo ocuparme en algo pronto, en lo mismo o en algo nuevo.
Me niego rotundamente a estar sin trabajo en esta época de crisis.

Por esta misma detención súbita tuve que hacerme conciente a la fuerza de que me estaba acostumbrando muchísimo a la compañía, a la vida social agitada, que realmente nunca ha sido lo mío, es algo que he tenido que aprender como táctica de supervivencia en este mundo que se mueve a pura punta de política. Estuve saliendo tanto los últimos fines de semana, incluso entre semana cuando podía, que al pasar a la dimensión más calmada y silenciosa de mi vida me sentí perdida, extraña, no perteneciente, pero resulta que es justamente la más familiar, con la cual históricamente he pasado más tiempo.

Sólo con el timbre del teléfono, producto de una llamada que no era para mí, llegó la claridad, estuve cierta en que siempre es necesario sacar tiempo para sí, que no por estar corriendo a atender mil compromisos con los amigos y con la familia uno se debe olvidar de quién se es y de disfrutar el tiempo que se pasa así, con uno mismo.

Todo este lío fue el martes y lo habría olvidado si no lo estuviera usando ahora como tema de esta entrada.

Ayer hice otras cosas, sola también y hoy otras tantas más, de nuevo en mi compañía. Hoy fue un día de delicioso arrunche entre sábanas suaves mientras afuera caía hasta granizo, pero no importó, nada de eso importó, yo estaba en pijama a las 3 de la tarde con una taza de sopa en las manos y viendo la novela de turno.

Para muchos la soledad será un horror, algo que hay que combatir con todas las fuerzas, sus campos de batalla son salas ajenas, centros comerciales y consultorios médicos, el arma son los discursos largos, rápidos, alterados y quejumbrosos, sus medios: los teléfonos fijos, los celulares, el messenger y todo aquél que sirva para contactar a otro ser humano con tal de conseguir compañía, siempre ignorando que lo que cuenta es lo que se tiene en el centro propio, que si uno se siente solo no bastará con un estadio entero para borrar esa inseguridad.

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