domingo, mayo 17, 2009

De mujeres y otros demonios

El que una sea mujer no implica, por defecto, que se lleve bien con sus congéneres, en este caso del mismo sexo.

Cada tanto me reúno con las pocas mujeres que conozco y que viven en mi misma ciudad por aquello de no perder el contacto con la especie femenina, pero inevitablemente resulto hablando de temas que no entiendo, que no me interesan y que decididamente me sacan de quicio.

Recuerdo la última vez, estaba en compañía de un par de viejas que reencontré, hace un año largo, en una reunión de egresados del colegio, con una de ellas la química fue total y prácticamente instantánea mas con la otra el asunto fue bien distinto. Pasaron meses antes de que yo entendiera que las dos eran íntimas amigas, gracias a la teoría del caos, la misma que arma nudos extraños en los cables eléctricos y reúne a personas opuestas de formas inexplicables. Dadas estas condiciones no me quedó más remedio que salir con las dos, una vez que intentaba ponerme al día con los últimos chismes que nos habían acontecido a la que me simpatiza y a mí, a la otra tuve que aguantármela porque venía "adjunta".
Sí, aguantármela.

Ni bien llegué sentí sobre mí su escáner visual evaluando hasta el último detalle de lo que llevaba puesto, gesto que sentí como declaratoria franca de batalla porque yo NO soy gorda.

En cualquier ocasión donde se reúnen mujeres el tema de la gordura es obligatorio. Si dos mujeres se juntas durante, digamos 3 horas, en algún momento saldrá a relucir el asunto de hice X dieta y no me funcionó, antes era talla tal y ahora soy esta otra o fulanita se hizo la lipo porque es imposible que haya perdido tanto peso en tan poco tiempo. Este tipo de frase tiene en mí el mismo efecto que la sección de farándula del noticiero del mediodía, si no escapo de esos estímulos rápidamente mis neuronas comienzan a morir a gran velocidad, quizás sean como la criptonita es para Superman.
Mientras otras mujeres en tal situación piensan en toda las amigas que componen su círculo social, buscando víctimas que produzcan comentarios que puedan agregar a la conversación, yo comienzo a divagar, recuerdo que camino por gusto y tomo té verde por lo mismo, no porque en el canal de televisión local alguien dice que es buenísimo para perder centímetros, acto seguido comienzo a recordar aquella vez en que un amigo me gastó una bolsa de té de jazmín para que pudiéramos probarlo juntos, desde ahí mi mente puede moverse en cualquier dirección siempre lejana al tema que se toca en mi presencia. Cuando vuelvo a conectarme con la situación donde tengo el cuerpo me doy cuenta de que me miran con extrañeza, no sé si esperando que diga algo o envidiándome porque no tengo que hacer mayor esfuerzo para mantenerme flaca, por lo que sólo puedo decir alguna estupidez como "ajá", "claro" o limitarme a asentir con la cabeza, sólo para no dejar duda de que no me interesa el tema. Este tipo de respuesta con mucha frecuencia es leída por las demás como signo de soberbia, cuando yo ni siquiera me lo propongo.

Una vez que detecto que la meta de la otra, de la oponente, es hacerme sentir mal porque ella no tiene lo que yo tengo, léase porque está envidiosa de mi anatomía, paso a aprovecharme de ello. No seré mujer típica, pero tengo muy bien aprendido cómo hacer sentir miserable a una congénere. Cuando alguna toca socarronamente el tema de la anorexia y me mira con ojos de no-niegues-que-lo-eres yo saco a relucir el hecho de que mi abuelo fue siempre tan flaco como yo y que mi papá es igual, que a mí de niña me costaba muchísimo encontrar ropa que me sirviera porque toda me quedaba ancha, porque siempre fuí alta y flaca, dejando claro que las dimensiones carnales dependen en gran medida de la genética y que hay cosas que un estilo de vida no puede cambiar, con lo cual la vieja con la que hablo se da cuenta de que habla con una mujer pensante, no con una tonta que desea parecerse a las modelos de revista.
Lo siguiente que veo es los ojos entornados de mi interlocutora, apresurándose a cambiar de tema. Esta vez se dedicará a hablar del novio que tiene: extranjero, exitoso y podrido en plata porque cree que por ese lado podrá deprimirme, piensa que así finalmente logrará inspirarme envidia, ignorando que para mí el matrimonio no es una meta en la vida sino un accidente, ojalá afortunado, pero accidente al fin y al cabo.

Y bueno, no puedo pedir más, sólo esperar a mañana para descuartizar también ese tema.


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