martes, mayo 19, 2009

Qué bonito accidente el matrimonio

Silvia aquella noche estaba contando pequeñas historias acerca de la relación que tiene con su exitoso amante extranjero:

-Ay sí, es que nosotros preferimos la palabra amante a la de novios, nos parece más sexy, más interesante.

Nadie le había preguntado por qué le decía amante y no novio o prometido, a pesar de que decía era un hecho que tendría que renunciar a su cargo directivo para ir a vivir con él, sin embargo ella dedició aclararlo.

A mí me interesaba más saber cómo estaba afectando la crisis económica a la empresa donde trabaja, pero ella insistía en hablar de su exitosa cacería de marido.

Silvia es la misma que cada vez que sale de viaje habla más por teléfono con su madre de lo que habla con su novio.
Está casi tan cerca como yo de los treinta y es de aquellas mujeres que lo quieren todo pero sin renunciar a nada. Espera ser esposa perfecta, gerente perfecta, amante perfecta y claro, madre perfecta.
Fue criada para dirigir con maestría tanto el aseo de los sanitarios como las finanzas de la empresa familiar, por lo que de ella no se espra nada menos que una mezcla intachable de las cualidades de sus padres.

Mientras Camila y yo intentábamos hablar de los planes profesionales que tenemos, Silvia interrumoía para recordarnos que no todo en la vida es trabajo y que el tiempo para encontrar pareja se está acabando:

-Niñas ustedes también tienen que conseguirse un marido, así como yo, porque si no después les va a quedar más difícil y no van a ser felices.

Nosotras hacíamos que la oíamos e intentábamos retomar el tema laboral, ya nos ha dado muchas alegrías en la vida y por eso nos gusta hablar de él, pero Silvia no se rendía:

-Miren, con todos los novios que he tenido me he dado cuenta de que si el tipo me deja de querer, si él no siente por mí lo mismo que yo siento por él entonces la culpa es mía porque yo cambié mal y tengo que volver a ser la que era para que volvamos a ser felices.

Una vez terminé de escuchar esas palabras comencé a sentir que mi escasa tolerancia a la estupidez era extinguida con ese discurso. Había sido más que suficiente escucharla hablar de las obras magistrales de Deepak Chopra y de las maravillas de la aromoterapia. Era momento de callarla si no quería que mi cerebro sufriera un infarto al estar expuesto a tanta tontería junta.

No me importó el aprecio que le tengo a Camila y olvidé por unos minutos que ella es la mejor amiga de Silvia, necesitaba hacer eso para decir lo que iba a decir con la emoción necesaria y suficiente:

-¡¿De veras crees eso?! Pues yo creo que si uno siente la necesidad de estar cambiando para darle gusto al tipo que tiene al lado está jodida, así nunca va a ser feliz.

-Ay pero eso lo dices tú porque eres psicóloga.

-Claro que lo digo por eso (mintiendo descaradamente) pero también lo digo por lo que he vivido y por lo que he leído, no precísamente best-sellers ni libros de academia, pero lo que importa es que yo no necesito un hombre para estar bien. Si al que está conmigo le molesta como soy pues que se busque otra que le dé gusto, yo no voy a cambiar sólo para complacerlo a él, ¡que se abra!

Camila nos miraba preocupada y alerta, esperando el mejor momento para interrumpirnos e intentar calmarnos.

-Pues mira, yo digo esto por todas las relaciones que he tenido, se que esto es así y que al final si no salvas la relación te sientes fracasada.

-Ese será tu caso y es obvio, si pasas años intentando arreglar algo que no tiene arreglo es natural que te sientas así, que perdiste el tiempo, pero es problema tuyo si quieres perder el tiempo con alguien más antes que contigo misma.

-El caso es que..., Camila logra salirle al paso a Silvia retomando sus palabras:

-El caso es que todas queremos ser felices, cada quien distinto y ya, unas tienen novio y se casan, otras estudian y viajan pero lo importante es que seamos felices, más bien brindemos por eso.

Todas tomamos nuestros cocteles para juntar nuestras copas, pero las miradas de furia asesina entre Silvia y yo seguían presentes.

Camila no pudo decirlo de un modo más claro. Yo sería tan tonta como Silvia si pretendiera que todas las mujeres se sintieran completamente realizadas viajando por el mundo, si creyera que así será sólo porque yo alcanzo la dicha de ese modo.

No siento lástima por Silvia, sino por todas aquellas mujeres que se pasan la vida echándose encima el peso del planeta, me dan pesar las que se sienten monstruos insensible incapaces de cumplir los deseos y las expectativas de los seres amados que las rodean. No se dan cuenta de que tales exigencias son con mucha frecuencia perfectamente contradictorias.

A diferencia de ellas he aprendido a gozar el tiempo que tengo para mí y sé lo que quiero de la vida, gracias a eso me he ahorrado años de sufrimiento y de paso se los he ahorrado a aquellos hombres que sin importar lo que yo haga tampoco querrían estar conmigo.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

http://paradoja-humana.blogspot.com/2006/09/sndrome-de-genio-en-la-botella.html

oh, qué bella es la ironía

Paradoja Humana dijo...

Sí, bella, así como las paradojas, nos muestran que cambiamos, que crecemos.