domingo, junio 28, 2009

Los Santos

Cada tanto nacen seres especiales que sufren la cotidianidad como un dolor frío e ineludible,
Se levantan diariamente y van a trabajar con cuerpo de hierro,
Cada uno de sus movimientos es brusco y vacío,
Sus almas leves respiran con esfuerzo el aire envenenado copiado con imperfección del día anterior.

Esos personajes que se marean de tanto respirar, aquellos que ven la vida transcurrir a su velocidad real existen con dificultad, piensan con sufrimiento y se horrorizan fácilmente.
Experimentan pesar, lástima y desespero mientras los otros tardan años en aprender lo que a ellos les es revelado en segundos.

Usando tus zapatos

Creo que sólo 2 veces en la vida, al menos que yo recuerde, he sentido extrañeza del modo en que tú lo has experimentado recientemente.

En 2 de las muchas ocasiones que he caminado por el mundo, como niña confiada, me sorprendo de forma inusual al enterarme de que mis acciones irreflexivas habían dado inicio a fantasías ajenas profundas, tuve dificultades para comprender cómo actos propios, que creía faltos de significados trascendentes, eran capaces de causar ilusiones elaboradas… pero la capacidad de soñar fue más fuerte que la realidad, al menos en un caso, por lo que el mundo etéreo no resistió el contacto con esta y por ello prefirió alejarse.

Ahora comienzo a entender que parece ser mi turno de sonar con historias, posibles o no, en las que los dos somos protagonistas.

Imagino relatos urbanos y otros no tanto en donde nos alegramos la vida, me dejo llevar por conversaciones a distancia que duran hasta la madrugada porque cuando se tiene el alma desnuda da algo más que pereza volver a acorazarla.

No soy yo la única que saca uno a uno secretos incontables para extender la presencia ajena, también eres tú quien me lleva a vergonzosos barrios sonoros, que luego yo visito por mi cuenta con el rostro adornado de carcajadas.

Antes no pediste que me detuviera cuando dejé que me atrapara la inspiración, cuando pensar en ti me hizo flotar hasta alturas inmensas a las que tanto temía por el peligro de la posible caída y tal vez sentiste mi miedo, fue entonces cuando con torpeza me llamaste para que volviera a la tierra.

Mi labor en el espacio y momento presentes es rebotar entre el suelo y el aire, siguiendo el ritmo de tus itinerarios vacilantes.

Diva Wannabe

Una mujer de cabello muy rizado y flotante corría por la estación, apenas dando tiempo de ver que era castaña y no pelirroja. Llevaba puestas unas botas largas de cuero negro, una minifalda ajustada y unas medias largas, negras también.
Su frente iba alta y sus audífonos dejaban oír a los que pasaban por su lado sonidos característicos de música electrónica, de esa misma que se usa en las pasarelas de moda.

Como ella hay muchas que se visten del modo en que indican los diseñadores, otras más incluso se peinan como proponen los estilistas capilares y poco a poco se van convenciendo así se van convenciendo de que merecen los mismos privilegios que reciben las divas. En ocasiones, cada vez más frecuentes, exigen ser tratadas de ese modo.

Uno de los escenarios donde se encontrará a uno de estos especímenes es el pasillo de cualquier oficina, mientras responde alguna llamada, durante ella aceptará completar una función específica que hace parte de su trabajo, más tarde esperará a que su asistente imaginario – para el caso sirve un cliente o su superior – se la recuerde, se la repita, se la explique porque sólo así será capaz de completarla.

Días más tarde cuando se encuentre con el autor de la petición, sin intento de sonrojo y con aires de realeza, preguntará por qué no se le ha recordado lo que se le pidió que hiciera depositando así la responsabilidad de su falta en el creador de la solicitud.

Otro de los ambientes donde puede observarse a las de esta especie es el restaurante donde se vende almuerzo ejecutivo. No debe uno dejarse confundir por las vestimentas, la diva wannabe tiene una amplia capacidad de mimetizaje, fácilmente puede verse como una gerente media o como una estrella de pop, copiando superficialmente hasta el más pequeño de los detalles. En este lugar estará rodeada de sujetos tan desabridos y tan condimentados como ella, en modalidades lo suficientemente similares como para no chillar: zapatos, bolsos, morrales, maquillaje parecidos y sus conversaciones se dejarán oír desde casi cualquier punto del salón cuando sean mantenidas a través de un teléfono celular, pero cuando hablen con una persona a su lado exhibirán falso recato y sólo subirán el tono cuando quieran exagerar su escasa esencia con estruendosas carcajadas.

Saber de qué habla una diva wannabe cuando está reunida con su elenco no es difícil en demasía, es sólo un ejercicio de imaginación en el que uno se deshace de principios, como la responsabilidad, la lógica y el control emocional, especialmente de la empatía para que el proceso de visualización fluya sin tropiezos.

Una vez sentado en la silla de ella, el imaginador sentirá que lo más importante es cumplir los deseos propios, las necesidades de los demás son caprichos sin sentido y su función única es absorber recursos limitados que tienen que ser usados para lograr felicidad.

El imaginador concienzudo debe soltarse durante este ejercicio, entre más olvide los propios valores mejores resultados logrará al intentar penetrar y descifrar la mente de la diva wannabe, sin embargo es saludable limitar tanto la frecuencia como la duración de esta actividad para evitar correr el riesgo de adoptar permanentemente las posturas y vicios del personaje representado.

El éxito del análisis estará dado por el aumento en la velocidad de detección de individuos pertenecientes a la especie acá descrita, así como por la creciente facilidad en el alejamiento de estos cuando los niveles de paciencia y tolerancia desciendan a límites peligrosos e incompatibles con formas de vida no inteligente.
At this time it is not a choice for me to wait for you or not, I am waiting and that’s out of my control.

I’ll be waiting until my heart decide it, right now I’m only a witness of this process.


A los hombres escasos

Quería que la convenciera de lo contrario, casi lo necesitaba para seguir adelante, para seguir creyendo que existían hombres valiosos, para estar segura de que él sí era uno de ellos pero que simplemente no uno de los que la encontraba lo suficientemente encantadora como para desarmarse frente a ella.

En realidad necesitaba de su valentía para armarse de coraje ella misma, para poder continuar a pesar de todo en un camino sin promesas, en una tierra carente de señales claras que la guiaran hacia el destino deseado.

Estaba dispuesta a aceptar que no fuera él, incluso a que se comprometiera con otra siempre y cuando fuera una igual, una mujer como ella pensante y orgullosa, pero que la quisiera y no luchara, que prefiriera refugiarse en su planeta seguro sin siquiera intentar combatir su miedo la decepcionaba, la hería gravemente, al punto que necesitaría una larga sanación antes de recuperar el aliento, antes de volver a emprender la labor de minería necesaria para toparse de nuevo con un hombre como él.

El desenlace estaba en sus manos.

lunes, junio 22, 2009

Los hombres NO son todos iguales

Aquella fórmula absoluta que usan muchas mujeres para meter a todos los hombres en la misma bolsa sólo busca justificar la propia ineptitud al elegir a los personajes con los cuales se involucran emocionalmente, busca explicar, mejor, disculpar la manía de escoger a aquellos sujetos necesitados de rehabilitación sentimental completa antes de convertirse en seres interesantes y valiosos.

Hombres hay de todos los tipos y de todas las clases. Unos más que otros, al igual que las mujeres, parecen desperdiciar el oxígeno que usan para respirar y más aún el que requieren para hablar, pueden inundar las conversaciones con lugares comunes, repiten automáticamente frases desabridas con el supuesto objetivo de elogiar; unos distintos, creyéndose más sofisticados promueven la liberación femenina mal entendida argumentando que el supuesto enamoramiento que sufren las mujeres tras compartir la cama con alguien no es más que un error de programación genética de fácil solución, proponen ellos, los iluminados que tienen una solución para todo: las mujeres deben tener amantes con mayor frecuencia, el hombre es un animal de costumbres y por ende la mujer, también porque perteneces a la misma especie, estos ‘solucionadores’ afirman que siguiendo este plan de acción paulatinamente crecerá la cantidad de mujeres capaz de exhibir con orgullo la medalla al mérito que se entrega a aquellos que nunca se han enamorado.

Existen también los hombres brillantes para los números, para las ecuaciones y los cálculos pero torpes en extremo para leer las emociones ajenas a pesar de que se use un arsenal didáctico digno de un salón de preescolar. No vale el esfuerzo de decirles “te quiero porque sí, porque el contenido que conozco de tu cerebro me excita” pues necesitan un protocolo de procedimientos para analizar tal declaración, misma que luego pasará a ser desmenuzada para, en una etapa posterior, dar una respuesta acorde con el procesamiento.

Y sí, los hombres pueden ser básicos, intrincados, falsos, inseguros, brillantes para unas materias al tiempo que son profundamente tontos para otras, por eso una norma propia es desconfiar de aquellas mujeres que generalizan a la ligera sin siquiera ponerse coloradas.

Me inclino por los hombres de hermosos cerebros, por esos que admiran la inteligencia femenina aunque la temen a menudo, mas se que eso no lo reconocerán. Estoy al tanto de que no son tierras fáciles las que deseo transitar pero de todos modos estoy dispuesta a medirme con tal empresa, quiero intercambiar independencia por interdependencia, en el caso que encuentre a un hombre lo suficientemente listo y valiente como para querer negociar conmigo.

viernes, junio 19, 2009

Carta al tonto hermoso

Hombre tonto (aunque no lo parecías) me preguntas ¿cómo puedo sentir tanto si sólo te conozco un poquito?

Déjame iluminarte, las mujeres vivimos en el planeta de los sentimientos, de las emociones, de los sentires, estamos acostumbradas a interpretar los latidos del corazón y los ritmos de la respiración, en cambio ustedes…

Los hombres se hacen felices entre asuntos mundanos, mentales, materiales, duros, pesados y por eso cuando llega una de nosotras a hacerle temblar el piso miran para otro lado, buscan a la modelo, buscan a la vecina linda, arregladita, a la que no piensa, la que elige a la perfección la marca de tintura que debe usar para hacerse iluminaciones en el pelo, a esa que se entretiene con plata porque la plata compra helados, compra hamburguesas, idas a cine, rumba y un enorme etcétera de características parecidas.

Las mujeres inteligentes, las valientes, las que dudamos poco y sentimos mucho, aún a pesar de las posibles consecuencias, somos capaces de darlo todo: nuestros corazones, nuestras almas, nuestro sexo y lo demás con tal de sentirnos vivas, auténticas, lo hacemos así para recordar frecuentemente que esa es la vida, que caminar sin sentir no es vivir, que andar sin arriesgar es cualquier cosa menos existir con plenitud.

Y perdemos…

Perdemos muy a menudo porque sentimos que son pocos los hombres interesantes que quedan, si es que alguna vez los hubo. Quiero creer que así fue.

Perdemos, ofendemos, arriesgamos cada vez que nos atrevemos a abrir la boca para decir lo que pensamos porque sabemos que somos más que culo y tetas, nos ponemos en peligro incluso entre mujeres porque otras no quieren ser sacadas de su letargo y cada vez que hablamos, cada vez que decimos algo medianamente pensado esas zombies conformes sienten que las ofendemos, que las regañamos cuando nunca tuvimos ese objeto en nuestra lista de tareas pendientes. Pero así son las bellas durmientes,
Las bellas durmientes quieren vivir eternamente entre sueños, desean que todo sea rosadito y con olor a flores frescas, niegan la basura del mundo, lo caótico, lo sucio, lo vomitivo, quizás hasta miran para otro lado cada vez que van al baño porque nada tan impuro es digno de sus cuerpos… no sé.

No sé ser tonta, linda, bonita arregladita, manipuladora, coqueta ambigua y mucho menos sé cómo pasar por bruta, tampoco me interesa aprender. Poco a poco he aprendido a convivir con estos millones de neuronas que me llenan el cerebro y que me hacen pensar constantemente, incluso soy feliz siendo una mujer pensante, aunque muchos piensan que eso es una contradicción.

Lo siento hombre tonto, tampoco sé cómo ser concisa, sólo puedo decirle que me enamoro de la inteligencia, de la cabeza, de los pensamientos, que prefiero coleccionar cerebros hermosos antes que cuerpos hechos en gimnasios y consultorios de cirujanos, que si un hombre sale lindo por dentro y además lindo por fuera lo considero una gloriosa coincidencia.

Me encantaría dejar de ser una loba esteparia, no porque tenga algo contra las lobas sino porque es más divertido arruncharse en compañía sobretodo en domingo, además porque en el fondo de esta mujer, en apariencia tan liberada, hay una princesita dispuesta a dejarse mantener para dedicarse a esto que tanto la hace feliz: escribir, entre otras cosas cartas de amor y manifiestos izquierdosos para hombres como usted, hermosos pero tontos.

domingo, junio 14, 2009

Oscuras nos vemos mejor

Algunas mujeres nos hemos acostumbrado a ser sombras tristes, fantasmas que buscan su lugar, almas en pena que aúllan como lobas por los rincones.
Un día nos cansamos de los grises, de las tinieblas y decidimos florecer, nos quitamos los negros ropajes, los disfraces y las máscaras oscuras.
Salimos a la calle con las mejillas rosadas, con los labios colorados y vestidas de luz.
Caminamos por nuevos senderos, por calles iluminadas en claras noches, llevando esplendor y alegría.
Encontramos gente, seres que se dicen humanos que nos observan con extrañeza.
Sentimos cómo nos juzgan, cómo nos critican sus miradas.
Reconocemos en otros el pasado, nuestro pasado.
Observamos sus oscuras vestimentas y sabemos que ya nunca más volveremos a ser como cuando nos veían mejor.

sábado, junio 13, 2009

Hombres sin miedo

Sólo algunos hombres tienen el valor suficiente para conquistar tierras desconocidas, explorarlas y hundirse en sus abismos sin esperar nada, pero por sobre todas las cosas sin miedo, sin miedo a lo desconocido, sin miedo a los misterios, sin miedo a perder su poder o su hombría; las tierras a las que esos hombres van se llaman mujeres.

Estoy convencida de que la vida es un viaje constante, una búsqueda eterna de significados, de certezas eludibles, justo por eso no me sorprendo al encontrar cómo se repiten los pensamientos, las dudas y las posibles respuestas entre las letras que he escrito en el pasado.

Línea a línea encuentro paisajes conocidos, caminos ya recorridos con otros pasos pero que me han llevado a nuevos lugares, a nuevos estados mentales, mostrándome que el tiempo no ha pasado en vano.

Cada tanto la vida me pone al frente a hombres más interesantes y menos incompletos que los que plagan las calles de las grandes ciudades, se atraviesan en los paseos caprichosos que doy casi a diario, entran en el reparto de la película que también protagonizo y se niegan a salir, a veces porque no los dejo.

No sé bien cómo llegan, ni de dónde vienen y sólo intuyo el modo en que se hacen a sí mismos, la manera en que maduran sin echarse a perder, el procedimiento por el cual se hacen piedras preciosas en un valle de guijarros, sólo soy testigo de que parezco tener un detector de joyas para encontrarlos, cuando tengo suerte, uno cada año.

En contadas ocasiones, realmente en pocas, me estrello con una presencia que me hace sentir ínfima, minúscula, inacabada, como realmente soy, porque aparece un ser tan maduro, tan exquisito que me recuerda firmemente todo lo que aún me falta por experimentar. Rara vez ocurre, pero ocurre.

viernes, junio 12, 2009

Desnudarse en público


Desde hace años he sentido pena ajena cada vez que asisto a una obra de teatro. Una vez empieza la obra me imagino automáticamente que soy yo la que está en el escenario gesticulando exageradamente, moviéndome sin gracia y pasando la vergüenza de la vida. Realmente no entiendo cómo eligen los actores dedicarse a ese oficio que para mí sólo parece una tortura pública y sin sentido.

Paradójicamente no le temo a hablar en público, es más, me gusta, me parece magnífico poder hablar de lo que sé, transmitir el conocimiento de algún tema a un auditorio o simplemente mostrar cómo sustento, con argumentos, alguna opinión que tengo de un asunto de la vida pero reconozco que cuando debo leer mis textos delante de gente, esos que registran cada una de las fibras que me hacen quien soy, temo.

De forma un poco suicida, autolesiva y masoquista decidí aceptar la invitación que me hicieron para estar en un taller de lectura dramática de textos, supongo que servirá para matar algunas cucarachas emocionales que todavía patalean y además me ayudará a reafirmar una idea que recorre las circunvoluciones de mi cerebro cada tanto:

La intimidad depende más de la pérdida del temor a revelarle al otro la propia debilidad, el propio miedo, que de la presencia o ausencia de ropa.

Así que a partir de mañana estaré quitándome la ropa en el Teatro Cádiz, a ver qué sale de esa experiencia.

sábado, junio 06, 2009

Sumapaz: Verde ácido, verde maduro


























Una imagen nítida que tiene por centro una fuente de agua, rodeada de verde ácido, casi limón y limitada sólo por unas nubes blancas que descienden lentamente, es para mí la postal perfecta de Sumapaz.





























A este viaje me ha invitado la coordinadora del programa Libro al Viento para la Secretaría de Salud, es ella quien me guiará en esas tierras conocidas sólo de nombre.


Es la localidad 20 de Bogotá, la más grande, la más rural pero eso no lo voy a contar, los datos geográficos y estadísticos ya alguien los averiguó y los publicó en otro lugar. Yo quiero hablar del viaje físico y mental que implica ir a Sumapaz.

Muy temprano, en la mañana de un sábado nos reunimos frente a una institución oficial un grupo de personas con el fin de ir a leer con campesinos, niños y adultos. Algunos van por obligación, por trabajo, por plata y otros vamos por gusto, por la promesa de paseo y aventura.

La primera parada en el camino es cerca a la plaza central de Usme, hasta allá no llegan los alimentadores de Transmilenio y es la última oportunidad de entrar a un baño urbano antes de llegar a La Unión, Sumapaz. Entre ese punto y el pueblo hay 3 horas de camino, que serían una y media si toda la carretera estuviera asfaltada.















Entramos a un restaurante para que algunos desayunen, los demás vamos a acompañarlos mientras tomamos una bebida caliente. La mesera primero toma el pedido de los conductores, después el de los promotores de lectura y finalmente el de la coordinadora:

-Por favor me trae 2 tazas de agua hervida.

-¡¿Agua hervida?!, como si le hubieran pedido un litro de sangre.

-Sí, agua caliente para preparar té.

-Ah, agua caliente, entonces lo que usted quiere es agua caliente.

-Sí, por favor.

Tras eso la mesera se va entre confundida y molesta por la extraña petición. Unos minutos más tarde la mesa está llena de platos hondos y pandos, así como de tazas, 2 de ellas llenas con aromático té verde mezclado con esencias frutales.
En medio de la animada conversación y la lectura de poemas inspirados en la física cuántica, el olor y el aspecto del caldo de costilla de res me cautivan, no puedo evitar antojarme, así que llamo a la mesera:

-Por favor me trae una taza de caldo de costilla pero sin papa ni costilla.

-¡¿Sólo caldo?!, mientras piensa que seguro fuimos únicamente hasta ese restaurante para verle la cara que pone cuando la gente le hace pedidos extraños.

-Sí, sólo consomé en una taza.

-Ah, consomé, ya se lo traigo.

-Gracias.

Poco después aparece con actitud amable pero recelosa y la taza llena de sustancia, quizá deseando que después de eso no volvamos a llamarla para ponerla a prueba una vez más.

Luego del episodio insólito, para la mesera claro, volvemos a las camionetas que nos llevarán hasta el centro de la localidad de Sumapaz. Desde el día anterior la coordinadora me había dicho la duración del recorrido – 3 horas – pero yo había entendido mal, creía que sólo nos faltaba hora y media, máximo 2 horas para llegar a organizar los círculos de lectura, sólo en el camino comprendí y comencé a hacerme a la idea del trayecto que me esperaba.

Lo primero que se encuentra en el camino es la creciente separación del espacio existente entre las casas, poco a poco el verde se va haciendo más frecuente hasta encontrar cultivos de papa a lado y lado de la carretera. En este punto es conveniente recordar que aún nos encontramos en Bogotá, que para cruzar el límite suroriental de la ciudad hacen falta más de 5 horas y media de recorrido por tierra.

Más adelante la vía comienza a bailar sobre la montaña, da vueltas, va, viene y casi parece seguirle el paso a la salsa que suena dentro del carro y que para el conductor es la música de carretera oficial, mientras yo trato de concentrarme en tomar mucho aire para distraer el mareo que siento y justo ahí aparece el primero… un frailejón anuncia que hemos llegado a lo más auténtico del páramo.


Lentamente la vegetación bajita y peluda invade el paisaje, el verde se hace más oscuro, más profundo y las montañas aparecen fastuosas a través de las ventanas. La mente se pierde tratando de acostumbrarse a tanto silencio, a tanta pureza, a tanta nada urbana, los ojos se encargan de hacerla brincar, sacándola del letargo, al ver nuevos cultivos de papa en medio de la reserva ambiental, ahí el conductor interviene:

-¿Si ven esas cosas blancas sobre la tierra [negra]?

Respondemos que sí casi en coro, con las cabezas entornadas hacia la izquierda.

-Son bolsas de abono, los campesinos las usan y luego las botan, así y a veces las dejan al lado del agua…Por ahí bajan quebraditas pequeñas, sino que desde acá no se alcanzan a ver.
-Es que los campesinos son atrevidos, qué pena con ellos pero hay que hacerles entender que esta es área de conservación ambiental, y ahora andan diciendo que no es territorio nacional sino patrimonio de la humanidad, no sólo les enseñan a los niños en los colegios de Estados Unidos que Sumapaz es así, sino que dicen lo mismo del Amazonas.

Luego de hablar más nos quedamos callados un rato, todos, el conductor, la coordinadora, una pareja joven de promotores de lectura y yo. El paisaje es absorbente, vasto, hipnótico. Pareciera que se está en medio de la soledad, sólo pareciera. Es posible que en ese paisaje inhóspito vaguen las almas de los presos, eso si es cierta la historia de que las ruinas blancas y grises, que se ven en algún punto al lado del camino, pertenecen a una antigua prisión, pero si se trata de elegir fantasmas hay de dónde escoger. En esa zona hubo guerrilleros del ELN, ahora están los de las FARC y por eso llegamos al primero de 2 retenes, el ejército tiene un batallón de alta montaña en Sumapaz:


-Buenos días, ¿está aguantando calor?, le pregunta el conductor a un soldado de ojos claros y sin sombra de barba.

-Sí, mucho, riéndose del chiste que quizás oiga 6 veces al día, cuando es su turno de montar guardia. Realmente no son muchos los carros que transitan esa carretera.

Para mí es inimaginable permanecer de tan buen humor ante tales circunstancias, sólo he sentido un poco la inclemencia de las bajas temperaturas y con frecuencia he deseado profundamente poder tener un par de buenos guantes, un gorro de lana y una buena bufanda para disfrutar más la experiencia.

Mientras otro uniformado revisa el baúl del vehículo yo observo el sitio donde se resguardan del frío, una simple carpa rectangular, abierta por el frente, con una mesa y un par de sillas plásticas adentro, no parece muy cómoda, pero seguramente es un lujo importante cuando se debe permanecer todo el día en esa geografía.

Después de aprobar la visita, habiendo verificado con un simple vistazo el carnet de la coordinadora, seguimos el camino. La siguiente parada es el verde ácido y la laguna. Las camionetas se detienen y todos desenfundan sus cámaras, a la coordinadora le gusta el ambiente infantil que se propaga en el lugar:

-Ahora vas a ver cómo sale el agua de la tierra, yo, como niña obediente que intenta evitar un regaño, salgo y camino cuidadosamente para no mojarme los pies, los demás sales emocionados a robarle imágenes al espejo de agua.

Yo me alegro porque además de poder ser testigo de que en Bogotá hay páramo y lagunas naturales puedo estirar las piernas.

Al tiempo que converso con la coordinadora cazo imágenes, desprevenidamente, con mi teléfono celular, es mi último recurso al haber olvidado llevar baterías cargadas para la cámara de bolsillo.

Una nube blanca, húmeda y veloz decide darnos la segunda ducha del día, pero lo hace delicadamente permitiéndonos volver a los vehículos a paso enérgico, no corriendo.














Seguimos en carretera destapada, el pedazo pavimentado lo dejamos hace rato, nos entretenemos buscando águilas en el cielo y liebres en el camino, vemos alas, manchas grises, a veces podemos decir que vimos un animal completo, otras sólo nos queda hacer acto de fe y creer en los avisos que describen la fauna del recorrido.















La pareja de promotores de lectura está a mi derecha, dormida, tal vez la coordinadora y yo los hemos arrullado con tanta conversadera, tengo la impresión de que se repiten las canciones de Niche, recuerdo de ese modo que estoy en Colombia, en Bogotá para ser más exacta y que debo dejar de fantasear con Irlanda, con Escocia, por más que se parezcan los paisajes, por la niebla y por los verdes maduros no aparecerán hermosos hombres vestidos con kilts para que yo pueda ver sus atractivas piernas.

El mareo vuelve a aparecer, llegamos al segundo retén y el conductor le hace el mismo chiste flojo al segundo soldado, obvian revisar el baúl y nos dejan seguir. Supongo que ya se han comunicado con los militares del primer puesto de control y por eso pasamos tan fácilmente, además es muy probable que en los alrededores haya cientos de ellos vigilando el lugar.

A los 10 minutos, tal vez, nos detenemos frente a la entrada de un pequeño pueblo, es algún momento entre las once y las doce del día. Uno de los promotores que viene en la otra camioneta se baja y va a buscar a un hombre, debe preguntar por él en el pueblo porque no tiene el número de celular que necesita marcar para ubicarlo, ahí compruebo que la señal es nuevamente detectada por mi teléfono, me parece que desde la entrada al páramo el servicio es intermitente y a veces inexistente.

El promotor de barba espesa vuelve con un hombre de sombrero a su lado, encontrarlo tan rápidamente en esas condiciones es un logro sólo posible en esos lugares de Bogotá, en los puramente rurales. Ahora el grupo es de 11 personas y reanuda el trayecto, nos espera una pequeña bajada, algunas curvas más y un poco de sol.

Cuando se anda en carretera buena el tiempo transcurre más rápidamente, así la llegada a La Unión ocurre casi de inmediato, justo cuando me acostumbraba al camino serpenteante. Los pocos habitantes del pueblo, que están en los alrededores del colegio, nos observan con extrañeza, es inusual que personas foráneas lleguen a su hogar en camionetas “civiles” sin señalización que entregue datos acerca de la organización a la que pertenecen.

Al bajarme sólo tengo un pensamiento en mente: ¡el baño!, los líquidos ingeridos horas antes me piden a gritos una vía de escape. Me dice la coordinadora que puedo usar uno de los sanitarios del colegio y yo camino apresurada en la dirección que previamente le ha indicado a ella el hombre del sombrero.


Habiendo satisfecho la urgencia fisiológica, consigo la atención suficiente para recorrer las instalaciones, hay un edificio nuevo, moderno, de techo inclinado, con grandes ventanales y salones en su interior, más al fondo un mural donde se distingue el rostro del Ché Guevara, hacia la derecha, cerca de la entrada, una construcción menos reciente, en una de sus paredes hay un mapa de la localidad, antes de descubrirlo lo creo una representación de Bogotá, mas luego de analizarlo mejor noto que sólo hay una decena de puntos resaltados y unas escasas líneas, son los símbolos de pueblos y carreteras.

Salgo del colegio y comienzo a entender mejor la estructura amarilla que ví antes al lado de la puerta, en su costado derecho permanece una gran letra P hecha de algún metal, es un Paradero Para parques Para libros, un sitio donde las personas pueden ir a leer, cerca o en sus casas con los libros de la pequeña biblioteca.

Los promotores de lectura y el hombre del sombrero se acercan a la estructura, la abren y comienzan el inventario, las tareas se dividen, unos cuentan, otros apuntan, el resto limpia libros y estantes. Mientras estoy observando esa escena se acerca un soldado, pañoleta amarrada en la cabeza y fusil al hombro, pregunta:

-¿Qué es eso?

-Es un sitio donde puede venir a leer, le responde la coordinadora, acá hay libros de muchos temas y si quiere se los puede llevar. Mire…, le pregunta al promotor de barba por un título en particular, éste le da indicaciones y ella encuentra una bolsa plástica transparente en un compartimiento inferior de la biblioteca metálica, saca uno de los libros que la llenan y se lo entrega al soldado:
-Tome, para que lo lea.

-¡¿Sí?!,¡¿cómo así?!,¿y qué le dejo?

-Nada, simplemente léalo y cuando lo termine no se quede con él, déselo a alguien más para que también pueda leerlo.

-Ah muchas gracias, yo venía precisamente a buscar algo para leer, mire, mostrándonos la bolsa blanca de manijas que lleva con una copia de El Tiempo en su interior.

El soldado se va contento, sonriente y la coordinadora lo despide cálidamente convencida de que ese es el modo en que debe promocionarse la iniciativa de Libro al Viento.


Recuerdo que no llevo la cámara y por eso debo fotografiar con los ojos, como lo hicieran los protagonistas de Before Sunrise en esa hermosa escena donde quieren llevarse como recuerdo la imagen del otro. Mi atención es capturada por unos ejemplares del Derecho Internacional Humanitario que están en lo más alto de la puerta de la estructura metálica, vuelvo la cabeza hacia mi derecha y encuentro fijado en la pared de una casa, una fotocopia con dos fotos de hombres secuestrados o desaparecidos, las palabras encima de ellas ruegan por su regreso y un poco más a mi derecha, una estatuilla del Divino Niño encerrada en un armario de vidrio yace sobre un pedestal.

Estoy entretenida viendo esta escena cuando oigo que me llaman para ir a una tienda a tomar tinto, todavía hace un poco de frío pero yo ya me estoy acostumbrando. Caminamos hacia el potrero al lado de una calle, veo pasar una gallina con sus pollitos ya crecidos detrás de ella, también un perro echado en mitad de la calle principal, muy seguramente es una de las pocas de Bogotá donde los animales pueden darse esas licencias sin perder la vida.

El hombre de sombrero tiene bigote, lleva una chaqueta deportiva, camisa, pantalón de dril y de los zapatos no me acuerdo es el encargado de prestarles los libros a los habitantes de La Unión para que se acerquen a la lectura. Nos cuenta promotor de barba, a los conductores, a la coordinadora y a mí de dónde vienen los niños que van al colegio local, nos habla del clima y del otro pueblo donde lo recogimos. Como en La Unión todo queda cerca ya llegamos a la tienda, es el garaje de una casa que ha sido adecuado con sillas, mesas y una vitrina que tiene unos poquitos panes empacados en bolsas plásticas cerradas a mano con nudos.
Tomamos asiento, pedimos tinto y agua caliente para hacer té. Es encantadora esa manía que tiene la coordinadora de estar llevando entre sus pertenencias bolsas de té que lo rescatan a uno, más cuando acepta públicamente que aun siendo colombiano no es fanático de tomar café.

Se comienzan a oír ruidos de lluvia y al mirar hacia la calle, que da a una serie de zonas verdes encerradas, descubro el aguacero, el techo de la casa-tienda donde estamos debe ser muy fuerte porque adentro se oyen muy poco las gotas al caer. Poco después aparecen 3 soldados saludando educadamente antes de entrar con timidez a comprar una bolsa de pan.
Entre nosotros hablamos en parejas, en tríos y el tiempo transcurre sin afanes como es habitual en el campo. El círculo de lectura ha sido programado para la tarde, en vista de nuestra hora de llegada y del clima. La pausa es aprovechada por los promotores, el de barba y uno bajito de gafas, para tomar muchas fotos, descubriendo poco a poco su fiebre por hacer imágenes que quizás nunca serán mostradas.


Se tomó el tinto que trajeron en olleta, los tés servidos en vasos plásticos y se comió el pan fresco traído de alguna panadería cercana, entretanto cesó el aguacero y nos permitió ir hasta la casa cercana donde nos servirían el almuerzo. Menú: sopa de cuchuco de trigo, arroz, pasta, papa, pollo y ensalada de remolacha con lechuga, todo servido en porciones suficientes para 2 personas.

Estoy sentada entre la coordinadora y el promotor que venía con nosotros en la camioneta. Encabezando la mesa, a la izquierda de ella, está el hombre de sombrero y bigote. Ellos comienzan a hablar y yo los escucho con atención, pensando que con todo lo que he oído de él, de ese señor tan interesante, valdría la pena escribir un perfil acerca suyo.

Observo el alrededor, la cocina en medio del espacio, la mesa y las bancas largas, los conductores comiendo y riendo a carcajadas en el fondo, la teja rota, una varilla recostada contra la pared y un pajarito copetón brincando por ella en busca de algo para su propio almuerzo.

Vuelvo mi cabeza hacia mi derecha y le pregunto al promotor si publica sus fotos en algún lado, Flickr por ejemplo:

-¿Qué es eso?

-Olvídalo.

-No, pero dime.

-Es un sitio donde puedes hacer galerías con tus fotos, el concepto es parecido a Facebook.

De la nada y de la ignorancia una promotora de lectura con cara de amargura, vestida con pantalón rojo dice:

-Sí claro, las publicas para que alguien más las coja y se haga rico con ellas.

-Para eso existen los Creative Commons, le contesto y me mira como si le hubiera dicho una grosería, a partir de eso decido ignorarla y concentrarme de nuevo en la conversación de la coordinadora con el hombre de sombrero, no tiene caso que intente introducir un esquema mental tan grande en una mente tan pequeña.

El promotor que está a mi lado vuelve a preguntarme acerca de “esa cosa que le dije”, le cuento de Spaces Live pero parece que hablo en español antiguo, teniendo en cuenta que le llevo algunos años eso no es del todo imposible.

Al terminar el almuerzo salimos para ir a la plaza del Divino Niño, el momento del círculo de lectura se acerca y mientras caminamos la coordinadora le propone al promotor de barba organizar un pequeño taller de cocina para las señoras del pueblo, ya que le han expresado al hombre de sombrero, su interés en aprender nuevas recetas:

-Eso va a estar difícil, acá no queda tiempo para eso, además nosotros no venimos a eso, sólo venimos a hacer los círculos de lectura para promover la lectura.

Y esa es su respuesta completa.


Yo me pregunto ¿cuál será la finalidad de tomarles tantas fotos a los habitantes?, ¿cuál será el objetivo de producir tanto material visual si no se tienen intenciones de mostrarlo?, ¿estarán pensando en diseñar un parque de atracciones inspirado en gente campesina?

En la plaza, frente a la estructura metálica se han puesto dos líneas de sillas, sacadas del colegio, en forma de semicírculo, los niños llegan poco a poco y una cachorrita de raza criolla corre por el lugar. Cerca al Divino Niño se han ubicado unas pocas sillas para hacer un círculo con los adultos. Me siento con una señora a ojear un libro que contiene algunas recetas de cocina porque eso me ha pedido, quiere saber más de ese tema, lentamente van apareciendo otras mujeres acompañadas por sus hijos, una de ellas con un niño de brazos. Una vez lista la convocatoria la coordinadora se acerca y les cuenta un poco del programa que dirige:

-La Secretaría de Salud busca hacer recuperación de la salud por medio de la lectura, nos interesa que la gente lea, que se acerque a los libros para que aprenda otras formas de expresarse, de contar lo que siente y lo que le pasa, porque los libros pueden enseñarnos eso, sirven para conseguirlo, para lograrlo.

Después hace la introducción del texto que leerá, una historia acerca de animales. Las presentes la escuchamos concentradas, más adelante las anima a discutir los temas que ha tocado con la lectura pausada y sentida del sencillo cuento. Terminada esta actividad se les propone a las asistentes pasar al círculo más amplio, compuesto por niños y donde, en el centro, uno de los promotores estudiante de literatura en una universidad pública, se esfuerza por captar la atención con técnicas de cuentero aprendidas a la carrera.

Adultos y niños escuchan con esmero las palabras de esos extraños visitantes de sábado, al fin y al cabo no están todas las semanas, a diferencia del reggaetón que hace las veces de banda sonora, es más, ese si se quiere puede oírse a diario.
Algunos quizás imaginen que los promotores deben ser personas muy importantes y preparadas, que debe ser un gran avance poder parecerse a ellas ¿pensarían lo mismo si supieran cuánto les pagan?, ¿seguirían teniendo la misma opinión si conocieran las razones que los llevan a hacer ese trabajo?

El final de la actividad se cerca cuando se les pide a algunos de los participantes que lean, si así lo desean, las cartas que han escrito como posible respuesta al mensaje de un niño que se leyó previamente. Simultáneamente la coordinadora y yo nos distraemos, bajo el brillante sol, viendo los grillos que se nos pegan a la ropa y un pequeño gato a blanco y negro que juega a colgarse en un arbusto. Con entusiasmo furioso, aparece el promotor estudiante de literatura tomándole muchas fotos al divertido animal, éstas acompañarán a las demás imágenes sobreexpuestas y monótonas que creará en el camino, mismas que al ver días más tarde apreciará como obras de arte dignas de ser expuestas en un importante museo.

Apenas acabamos de recoger y guardar las sillas del colegio, usadas para los círculos de lectura, aparecen los conductores con sendos quesos en las manos, están satisfechos con el trofeo que llevarán a casa producto de la jornada, muy seguramente han conseguido el dato de la fábrica casera, con dormitorio abierto en el área de ventas y que además incluye una visita a las instalaciones con cada compra, en una de las conversaciones sostenidas con los soldados que custodian la zona.

Emprendemos camino al casco urbano, que nos recibirá con un trancón causado por un desalojo de habitantes de barrios obreros afectados por los trabajos de una productora extranjera de cemento.

miércoles, junio 03, 2009

Espantando demonios

El concepto budista de que los demonios son aquellas características propias que se manifiestan una y otra vez amargándonos la vida me parece muy sensato, lógico, no como esas ideas juedocristianas donde uno ya nace pecador por lo que hicieron un par de personajes que muy seguramente ni sabían cómo se llamaban, que ni siquiera se puede probar que existieron como lo cuenta la Biblia.

Creo que el imaginar a los demonios propios como entes combatibles y derrotables me facilita la vida, me da poder y confianza en mí misma porque me hace posible pelear contra ellos y ganarles, puedo ir a esas batallas contra los defectos con más armas que las que necesitaría si creyera ciegamente que un ser superior o una persona más capacitada es indispensable para salir victoriosa.

A pesar de que con cada enfrentamiento contra los demonios personales me siento más fuerte suele pasar que, luego de algún tiempo, debo volver a encontrarme con viejos enemigos, viejos disgustos, miedos, carencias e inseguridades que se disfrazan para ponerme a prueba nuevamente, cuando creía que tenía dominada la situación, regresan con más fuerza y con más mañas como diciéndome “¿entonces creías que ya todo había terminado?” recordándome de inmediato la canción de Lenny Kravitz, It ain’t over ‘till it’s over porque este juego sólo se acaba con la extinción de la vida, que no siempre es la muerte.

Tener amigos igualitos a uno es aburrido, no se tiene con quién pelear, discutir, crecer, comparar o desafiar, pero es cierto que busco gente parecida a mí en algunos aspectos para sentirme acompañada y muy conscientemente me alejo de aquellas personas que siento aburridas, vacías y tontas, más todavía de esas con las que no se puede debatir en un ambiente respetuoso, con esas no hago concesiones, por eso digo esas y no ellas, a esas las fulmino automáticamente y no reconsidero si pueden hacer parte de mi círculo social.

Pero a veces reconsidero.

Reconsidero cuando siento que me estoy perdiendo de algo, cuando tengo buenos recuerdos de personas, experiencias o lugares y me doy cuenta de que me he alejado de esos elementos, me pregunto si podría estar aprendiendo algo de todo eso en el presente, entonces la cuestión me lleva a la respuesta, al masoquismo, a la conclusión de que debo exponerme a esos factores para hacerme más fuerte, para evolucionar, para sentirme más rica y más equilibrada.