sábado, junio 06, 2009

Sumapaz: Verde ácido, verde maduro


























Una imagen nítida que tiene por centro una fuente de agua, rodeada de verde ácido, casi limón y limitada sólo por unas nubes blancas que descienden lentamente, es para mí la postal perfecta de Sumapaz.





























A este viaje me ha invitado la coordinadora del programa Libro al Viento para la Secretaría de Salud, es ella quien me guiará en esas tierras conocidas sólo de nombre.


Es la localidad 20 de Bogotá, la más grande, la más rural pero eso no lo voy a contar, los datos geográficos y estadísticos ya alguien los averiguó y los publicó en otro lugar. Yo quiero hablar del viaje físico y mental que implica ir a Sumapaz.

Muy temprano, en la mañana de un sábado nos reunimos frente a una institución oficial un grupo de personas con el fin de ir a leer con campesinos, niños y adultos. Algunos van por obligación, por trabajo, por plata y otros vamos por gusto, por la promesa de paseo y aventura.

La primera parada en el camino es cerca a la plaza central de Usme, hasta allá no llegan los alimentadores de Transmilenio y es la última oportunidad de entrar a un baño urbano antes de llegar a La Unión, Sumapaz. Entre ese punto y el pueblo hay 3 horas de camino, que serían una y media si toda la carretera estuviera asfaltada.















Entramos a un restaurante para que algunos desayunen, los demás vamos a acompañarlos mientras tomamos una bebida caliente. La mesera primero toma el pedido de los conductores, después el de los promotores de lectura y finalmente el de la coordinadora:

-Por favor me trae 2 tazas de agua hervida.

-¡¿Agua hervida?!, como si le hubieran pedido un litro de sangre.

-Sí, agua caliente para preparar té.

-Ah, agua caliente, entonces lo que usted quiere es agua caliente.

-Sí, por favor.

Tras eso la mesera se va entre confundida y molesta por la extraña petición. Unos minutos más tarde la mesa está llena de platos hondos y pandos, así como de tazas, 2 de ellas llenas con aromático té verde mezclado con esencias frutales.
En medio de la animada conversación y la lectura de poemas inspirados en la física cuántica, el olor y el aspecto del caldo de costilla de res me cautivan, no puedo evitar antojarme, así que llamo a la mesera:

-Por favor me trae una taza de caldo de costilla pero sin papa ni costilla.

-¡¿Sólo caldo?!, mientras piensa que seguro fuimos únicamente hasta ese restaurante para verle la cara que pone cuando la gente le hace pedidos extraños.

-Sí, sólo consomé en una taza.

-Ah, consomé, ya se lo traigo.

-Gracias.

Poco después aparece con actitud amable pero recelosa y la taza llena de sustancia, quizá deseando que después de eso no volvamos a llamarla para ponerla a prueba una vez más.

Luego del episodio insólito, para la mesera claro, volvemos a las camionetas que nos llevarán hasta el centro de la localidad de Sumapaz. Desde el día anterior la coordinadora me había dicho la duración del recorrido – 3 horas – pero yo había entendido mal, creía que sólo nos faltaba hora y media, máximo 2 horas para llegar a organizar los círculos de lectura, sólo en el camino comprendí y comencé a hacerme a la idea del trayecto que me esperaba.

Lo primero que se encuentra en el camino es la creciente separación del espacio existente entre las casas, poco a poco el verde se va haciendo más frecuente hasta encontrar cultivos de papa a lado y lado de la carretera. En este punto es conveniente recordar que aún nos encontramos en Bogotá, que para cruzar el límite suroriental de la ciudad hacen falta más de 5 horas y media de recorrido por tierra.

Más adelante la vía comienza a bailar sobre la montaña, da vueltas, va, viene y casi parece seguirle el paso a la salsa que suena dentro del carro y que para el conductor es la música de carretera oficial, mientras yo trato de concentrarme en tomar mucho aire para distraer el mareo que siento y justo ahí aparece el primero… un frailejón anuncia que hemos llegado a lo más auténtico del páramo.


Lentamente la vegetación bajita y peluda invade el paisaje, el verde se hace más oscuro, más profundo y las montañas aparecen fastuosas a través de las ventanas. La mente se pierde tratando de acostumbrarse a tanto silencio, a tanta pureza, a tanta nada urbana, los ojos se encargan de hacerla brincar, sacándola del letargo, al ver nuevos cultivos de papa en medio de la reserva ambiental, ahí el conductor interviene:

-¿Si ven esas cosas blancas sobre la tierra [negra]?

Respondemos que sí casi en coro, con las cabezas entornadas hacia la izquierda.

-Son bolsas de abono, los campesinos las usan y luego las botan, así y a veces las dejan al lado del agua…Por ahí bajan quebraditas pequeñas, sino que desde acá no se alcanzan a ver.
-Es que los campesinos son atrevidos, qué pena con ellos pero hay que hacerles entender que esta es área de conservación ambiental, y ahora andan diciendo que no es territorio nacional sino patrimonio de la humanidad, no sólo les enseñan a los niños en los colegios de Estados Unidos que Sumapaz es así, sino que dicen lo mismo del Amazonas.

Luego de hablar más nos quedamos callados un rato, todos, el conductor, la coordinadora, una pareja joven de promotores de lectura y yo. El paisaje es absorbente, vasto, hipnótico. Pareciera que se está en medio de la soledad, sólo pareciera. Es posible que en ese paisaje inhóspito vaguen las almas de los presos, eso si es cierta la historia de que las ruinas blancas y grises, que se ven en algún punto al lado del camino, pertenecen a una antigua prisión, pero si se trata de elegir fantasmas hay de dónde escoger. En esa zona hubo guerrilleros del ELN, ahora están los de las FARC y por eso llegamos al primero de 2 retenes, el ejército tiene un batallón de alta montaña en Sumapaz:


-Buenos días, ¿está aguantando calor?, le pregunta el conductor a un soldado de ojos claros y sin sombra de barba.

-Sí, mucho, riéndose del chiste que quizás oiga 6 veces al día, cuando es su turno de montar guardia. Realmente no son muchos los carros que transitan esa carretera.

Para mí es inimaginable permanecer de tan buen humor ante tales circunstancias, sólo he sentido un poco la inclemencia de las bajas temperaturas y con frecuencia he deseado profundamente poder tener un par de buenos guantes, un gorro de lana y una buena bufanda para disfrutar más la experiencia.

Mientras otro uniformado revisa el baúl del vehículo yo observo el sitio donde se resguardan del frío, una simple carpa rectangular, abierta por el frente, con una mesa y un par de sillas plásticas adentro, no parece muy cómoda, pero seguramente es un lujo importante cuando se debe permanecer todo el día en esa geografía.

Después de aprobar la visita, habiendo verificado con un simple vistazo el carnet de la coordinadora, seguimos el camino. La siguiente parada es el verde ácido y la laguna. Las camionetas se detienen y todos desenfundan sus cámaras, a la coordinadora le gusta el ambiente infantil que se propaga en el lugar:

-Ahora vas a ver cómo sale el agua de la tierra, yo, como niña obediente que intenta evitar un regaño, salgo y camino cuidadosamente para no mojarme los pies, los demás sales emocionados a robarle imágenes al espejo de agua.

Yo me alegro porque además de poder ser testigo de que en Bogotá hay páramo y lagunas naturales puedo estirar las piernas.

Al tiempo que converso con la coordinadora cazo imágenes, desprevenidamente, con mi teléfono celular, es mi último recurso al haber olvidado llevar baterías cargadas para la cámara de bolsillo.

Una nube blanca, húmeda y veloz decide darnos la segunda ducha del día, pero lo hace delicadamente permitiéndonos volver a los vehículos a paso enérgico, no corriendo.














Seguimos en carretera destapada, el pedazo pavimentado lo dejamos hace rato, nos entretenemos buscando águilas en el cielo y liebres en el camino, vemos alas, manchas grises, a veces podemos decir que vimos un animal completo, otras sólo nos queda hacer acto de fe y creer en los avisos que describen la fauna del recorrido.















La pareja de promotores de lectura está a mi derecha, dormida, tal vez la coordinadora y yo los hemos arrullado con tanta conversadera, tengo la impresión de que se repiten las canciones de Niche, recuerdo de ese modo que estoy en Colombia, en Bogotá para ser más exacta y que debo dejar de fantasear con Irlanda, con Escocia, por más que se parezcan los paisajes, por la niebla y por los verdes maduros no aparecerán hermosos hombres vestidos con kilts para que yo pueda ver sus atractivas piernas.

El mareo vuelve a aparecer, llegamos al segundo retén y el conductor le hace el mismo chiste flojo al segundo soldado, obvian revisar el baúl y nos dejan seguir. Supongo que ya se han comunicado con los militares del primer puesto de control y por eso pasamos tan fácilmente, además es muy probable que en los alrededores haya cientos de ellos vigilando el lugar.

A los 10 minutos, tal vez, nos detenemos frente a la entrada de un pequeño pueblo, es algún momento entre las once y las doce del día. Uno de los promotores que viene en la otra camioneta se baja y va a buscar a un hombre, debe preguntar por él en el pueblo porque no tiene el número de celular que necesita marcar para ubicarlo, ahí compruebo que la señal es nuevamente detectada por mi teléfono, me parece que desde la entrada al páramo el servicio es intermitente y a veces inexistente.

El promotor de barba espesa vuelve con un hombre de sombrero a su lado, encontrarlo tan rápidamente en esas condiciones es un logro sólo posible en esos lugares de Bogotá, en los puramente rurales. Ahora el grupo es de 11 personas y reanuda el trayecto, nos espera una pequeña bajada, algunas curvas más y un poco de sol.

Cuando se anda en carretera buena el tiempo transcurre más rápidamente, así la llegada a La Unión ocurre casi de inmediato, justo cuando me acostumbraba al camino serpenteante. Los pocos habitantes del pueblo, que están en los alrededores del colegio, nos observan con extrañeza, es inusual que personas foráneas lleguen a su hogar en camionetas “civiles” sin señalización que entregue datos acerca de la organización a la que pertenecen.

Al bajarme sólo tengo un pensamiento en mente: ¡el baño!, los líquidos ingeridos horas antes me piden a gritos una vía de escape. Me dice la coordinadora que puedo usar uno de los sanitarios del colegio y yo camino apresurada en la dirección que previamente le ha indicado a ella el hombre del sombrero.


Habiendo satisfecho la urgencia fisiológica, consigo la atención suficiente para recorrer las instalaciones, hay un edificio nuevo, moderno, de techo inclinado, con grandes ventanales y salones en su interior, más al fondo un mural donde se distingue el rostro del Ché Guevara, hacia la derecha, cerca de la entrada, una construcción menos reciente, en una de sus paredes hay un mapa de la localidad, antes de descubrirlo lo creo una representación de Bogotá, mas luego de analizarlo mejor noto que sólo hay una decena de puntos resaltados y unas escasas líneas, son los símbolos de pueblos y carreteras.

Salgo del colegio y comienzo a entender mejor la estructura amarilla que ví antes al lado de la puerta, en su costado derecho permanece una gran letra P hecha de algún metal, es un Paradero Para parques Para libros, un sitio donde las personas pueden ir a leer, cerca o en sus casas con los libros de la pequeña biblioteca.

Los promotores de lectura y el hombre del sombrero se acercan a la estructura, la abren y comienzan el inventario, las tareas se dividen, unos cuentan, otros apuntan, el resto limpia libros y estantes. Mientras estoy observando esa escena se acerca un soldado, pañoleta amarrada en la cabeza y fusil al hombro, pregunta:

-¿Qué es eso?

-Es un sitio donde puede venir a leer, le responde la coordinadora, acá hay libros de muchos temas y si quiere se los puede llevar. Mire…, le pregunta al promotor de barba por un título en particular, éste le da indicaciones y ella encuentra una bolsa plástica transparente en un compartimiento inferior de la biblioteca metálica, saca uno de los libros que la llenan y se lo entrega al soldado:
-Tome, para que lo lea.

-¡¿Sí?!,¡¿cómo así?!,¿y qué le dejo?

-Nada, simplemente léalo y cuando lo termine no se quede con él, déselo a alguien más para que también pueda leerlo.

-Ah muchas gracias, yo venía precisamente a buscar algo para leer, mire, mostrándonos la bolsa blanca de manijas que lleva con una copia de El Tiempo en su interior.

El soldado se va contento, sonriente y la coordinadora lo despide cálidamente convencida de que ese es el modo en que debe promocionarse la iniciativa de Libro al Viento.


Recuerdo que no llevo la cámara y por eso debo fotografiar con los ojos, como lo hicieran los protagonistas de Before Sunrise en esa hermosa escena donde quieren llevarse como recuerdo la imagen del otro. Mi atención es capturada por unos ejemplares del Derecho Internacional Humanitario que están en lo más alto de la puerta de la estructura metálica, vuelvo la cabeza hacia mi derecha y encuentro fijado en la pared de una casa, una fotocopia con dos fotos de hombres secuestrados o desaparecidos, las palabras encima de ellas ruegan por su regreso y un poco más a mi derecha, una estatuilla del Divino Niño encerrada en un armario de vidrio yace sobre un pedestal.

Estoy entretenida viendo esta escena cuando oigo que me llaman para ir a una tienda a tomar tinto, todavía hace un poco de frío pero yo ya me estoy acostumbrando. Caminamos hacia el potrero al lado de una calle, veo pasar una gallina con sus pollitos ya crecidos detrás de ella, también un perro echado en mitad de la calle principal, muy seguramente es una de las pocas de Bogotá donde los animales pueden darse esas licencias sin perder la vida.

El hombre de sombrero tiene bigote, lleva una chaqueta deportiva, camisa, pantalón de dril y de los zapatos no me acuerdo es el encargado de prestarles los libros a los habitantes de La Unión para que se acerquen a la lectura. Nos cuenta promotor de barba, a los conductores, a la coordinadora y a mí de dónde vienen los niños que van al colegio local, nos habla del clima y del otro pueblo donde lo recogimos. Como en La Unión todo queda cerca ya llegamos a la tienda, es el garaje de una casa que ha sido adecuado con sillas, mesas y una vitrina que tiene unos poquitos panes empacados en bolsas plásticas cerradas a mano con nudos.
Tomamos asiento, pedimos tinto y agua caliente para hacer té. Es encantadora esa manía que tiene la coordinadora de estar llevando entre sus pertenencias bolsas de té que lo rescatan a uno, más cuando acepta públicamente que aun siendo colombiano no es fanático de tomar café.

Se comienzan a oír ruidos de lluvia y al mirar hacia la calle, que da a una serie de zonas verdes encerradas, descubro el aguacero, el techo de la casa-tienda donde estamos debe ser muy fuerte porque adentro se oyen muy poco las gotas al caer. Poco después aparecen 3 soldados saludando educadamente antes de entrar con timidez a comprar una bolsa de pan.
Entre nosotros hablamos en parejas, en tríos y el tiempo transcurre sin afanes como es habitual en el campo. El círculo de lectura ha sido programado para la tarde, en vista de nuestra hora de llegada y del clima. La pausa es aprovechada por los promotores, el de barba y uno bajito de gafas, para tomar muchas fotos, descubriendo poco a poco su fiebre por hacer imágenes que quizás nunca serán mostradas.


Se tomó el tinto que trajeron en olleta, los tés servidos en vasos plásticos y se comió el pan fresco traído de alguna panadería cercana, entretanto cesó el aguacero y nos permitió ir hasta la casa cercana donde nos servirían el almuerzo. Menú: sopa de cuchuco de trigo, arroz, pasta, papa, pollo y ensalada de remolacha con lechuga, todo servido en porciones suficientes para 2 personas.

Estoy sentada entre la coordinadora y el promotor que venía con nosotros en la camioneta. Encabezando la mesa, a la izquierda de ella, está el hombre de sombrero y bigote. Ellos comienzan a hablar y yo los escucho con atención, pensando que con todo lo que he oído de él, de ese señor tan interesante, valdría la pena escribir un perfil acerca suyo.

Observo el alrededor, la cocina en medio del espacio, la mesa y las bancas largas, los conductores comiendo y riendo a carcajadas en el fondo, la teja rota, una varilla recostada contra la pared y un pajarito copetón brincando por ella en busca de algo para su propio almuerzo.

Vuelvo mi cabeza hacia mi derecha y le pregunto al promotor si publica sus fotos en algún lado, Flickr por ejemplo:

-¿Qué es eso?

-Olvídalo.

-No, pero dime.

-Es un sitio donde puedes hacer galerías con tus fotos, el concepto es parecido a Facebook.

De la nada y de la ignorancia una promotora de lectura con cara de amargura, vestida con pantalón rojo dice:

-Sí claro, las publicas para que alguien más las coja y se haga rico con ellas.

-Para eso existen los Creative Commons, le contesto y me mira como si le hubiera dicho una grosería, a partir de eso decido ignorarla y concentrarme de nuevo en la conversación de la coordinadora con el hombre de sombrero, no tiene caso que intente introducir un esquema mental tan grande en una mente tan pequeña.

El promotor que está a mi lado vuelve a preguntarme acerca de “esa cosa que le dije”, le cuento de Spaces Live pero parece que hablo en español antiguo, teniendo en cuenta que le llevo algunos años eso no es del todo imposible.

Al terminar el almuerzo salimos para ir a la plaza del Divino Niño, el momento del círculo de lectura se acerca y mientras caminamos la coordinadora le propone al promotor de barba organizar un pequeño taller de cocina para las señoras del pueblo, ya que le han expresado al hombre de sombrero, su interés en aprender nuevas recetas:

-Eso va a estar difícil, acá no queda tiempo para eso, además nosotros no venimos a eso, sólo venimos a hacer los círculos de lectura para promover la lectura.

Y esa es su respuesta completa.


Yo me pregunto ¿cuál será la finalidad de tomarles tantas fotos a los habitantes?, ¿cuál será el objetivo de producir tanto material visual si no se tienen intenciones de mostrarlo?, ¿estarán pensando en diseñar un parque de atracciones inspirado en gente campesina?

En la plaza, frente a la estructura metálica se han puesto dos líneas de sillas, sacadas del colegio, en forma de semicírculo, los niños llegan poco a poco y una cachorrita de raza criolla corre por el lugar. Cerca al Divino Niño se han ubicado unas pocas sillas para hacer un círculo con los adultos. Me siento con una señora a ojear un libro que contiene algunas recetas de cocina porque eso me ha pedido, quiere saber más de ese tema, lentamente van apareciendo otras mujeres acompañadas por sus hijos, una de ellas con un niño de brazos. Una vez lista la convocatoria la coordinadora se acerca y les cuenta un poco del programa que dirige:

-La Secretaría de Salud busca hacer recuperación de la salud por medio de la lectura, nos interesa que la gente lea, que se acerque a los libros para que aprenda otras formas de expresarse, de contar lo que siente y lo que le pasa, porque los libros pueden enseñarnos eso, sirven para conseguirlo, para lograrlo.

Después hace la introducción del texto que leerá, una historia acerca de animales. Las presentes la escuchamos concentradas, más adelante las anima a discutir los temas que ha tocado con la lectura pausada y sentida del sencillo cuento. Terminada esta actividad se les propone a las asistentes pasar al círculo más amplio, compuesto por niños y donde, en el centro, uno de los promotores estudiante de literatura en una universidad pública, se esfuerza por captar la atención con técnicas de cuentero aprendidas a la carrera.

Adultos y niños escuchan con esmero las palabras de esos extraños visitantes de sábado, al fin y al cabo no están todas las semanas, a diferencia del reggaetón que hace las veces de banda sonora, es más, ese si se quiere puede oírse a diario.
Algunos quizás imaginen que los promotores deben ser personas muy importantes y preparadas, que debe ser un gran avance poder parecerse a ellas ¿pensarían lo mismo si supieran cuánto les pagan?, ¿seguirían teniendo la misma opinión si conocieran las razones que los llevan a hacer ese trabajo?

El final de la actividad se cerca cuando se les pide a algunos de los participantes que lean, si así lo desean, las cartas que han escrito como posible respuesta al mensaje de un niño que se leyó previamente. Simultáneamente la coordinadora y yo nos distraemos, bajo el brillante sol, viendo los grillos que se nos pegan a la ropa y un pequeño gato a blanco y negro que juega a colgarse en un arbusto. Con entusiasmo furioso, aparece el promotor estudiante de literatura tomándole muchas fotos al divertido animal, éstas acompañarán a las demás imágenes sobreexpuestas y monótonas que creará en el camino, mismas que al ver días más tarde apreciará como obras de arte dignas de ser expuestas en un importante museo.

Apenas acabamos de recoger y guardar las sillas del colegio, usadas para los círculos de lectura, aparecen los conductores con sendos quesos en las manos, están satisfechos con el trofeo que llevarán a casa producto de la jornada, muy seguramente han conseguido el dato de la fábrica casera, con dormitorio abierto en el área de ventas y que además incluye una visita a las instalaciones con cada compra, en una de las conversaciones sostenidas con los soldados que custodian la zona.

Emprendemos camino al casco urbano, que nos recibirá con un trancón causado por un desalojo de habitantes de barrios obreros afectados por los trabajos de una productora extranjera de cemento.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Alucinante recuento de una experiencia. Sumapaz es un sitio así como lo describes. Está en el Distrito Capital, pero no queda en Bogotá. De hecho no es la localidad más rural, sino que ES rural, es paisaje, campo, lejanía; no solo es otro espacio, es otro tiempo. No puedo dejar de hacer una asociación de este desolado territorio con el asesinado Jaime Garzón.

Ojalá no nos lea la coordinadora de la mala cara, pero te cuento que sentí urticaria al imaginar al Ché en un mural a estas horas de la vida y risa por el paralelo entre la idea grande y el tamaño de un cerebro en el que no cabe. Para mí ahí está justamente la génesis de la guerrilla, de las acciones efectuadas por desadaptados que no ven más allá de sus narices. Lo peor es que no hay salir de la ciudad para encontrar gente así. Hay mucha dureza en su corazón y poca sustancia creativa en su cerebro.

Una sugerencia sería pedirte, no que acortaras el relato, porque se perdería el detalle de la descripción y percepciones tuyas, sino que lo partieras en dos o tres entradas menos largas. Leer un blog hace parte del tiempo que uno quiere dividir entre otras cosas en la red. Y en esta se me fue el que tenía hoy para otras cositas, jejeje.

Un saludo y un abrazo desde Moldavia.
G

Licuc dijo...

Apreciado Embajador, gracias por este dedicado comentario y por recordarme a Jaime Garzón, ese hombre nunca nos dejará de hacer falta, ojalá no nos deje de doler porque eso equivaldría a olvidarlo y eso sería muy grave, más de lo que vivimos ya.

Ahora, si nos lee la promotora, era la promotora no la coordinadora, creo que las neuronas se le aburrirían en uno de los primeros párrafos y capaz que ni sabe por dónde quejarse de mí, si es que le dan ganas de hacerlo. Lo siguiente que dices es cierto, muy cierto y por eso me niego a callarme, ahora más que antes estoy dispuesta a hablar así les moleste a otros.

En cuanto a la sugerencia se pensó, pero quise publicar la crónica entera y dejar al lector la decisión de leer en una visita o en varias el texto, además ya le he dicho que es usted un mago con el tiempo, pero me halaga la lectura completa en una sola estadía.

Otro abrazo para ti y que vuelvas.

Luz Stella dijo...

Gracias por el titulo eso es sumapaz un sucesión de verdes salpicado del amarillo de las flores del frailejón, un inmenso lago de nubes y aire puro que corre peligro por que esta habitado, gracias mil por la compañia de ese día, para ser la coordinadora de un programa hecho para heroes que creen que las leyendas pueden ser verdad, se necesita de gente como vos dispuestas al abrazo, a la compañia, a la comprensión cuando la gente piensa que podemos ser un buen reemplazo de claum y animar reuniones y no entienden cuando nos ponemos serios y usamos la literatura para la inclusión social

un abrazo de la coordinadora

Licuc dijo...

Luz Stella muchas gracias por estar, por ser como eres, aunque eso ya lo sabes porque te lo he dicho en persona.

Pirata Subterraneo dijo...

No olvidamos que a Jaime lo mataron los mismos que desde hace ocho años gobiernan Colombian y quieren eliminar las mentes críticas y lúcidas de nuestro querido país.

Licuc dijo...

Pirata qué bueno que vengas a leerme y no, no lo olvidamos, por eso nos quejamos, por eso hablamos, por eso escribimos, por eso nos negamos a quedarnos callados.