viernes, septiembre 18, 2009

El puente tiembla bajo su peso, el viento sopla inmisericorde, desafiándola, las rocas del precipicio, a lado y lado, gritan en su cara con ganas de verla caer, ella cierra los ojos y resiste, camina cada vez más lentamente, como si nunca hubiera perdido un minuto.
El viento comienza a rendirse, los minerales pierden la voz y todo ocurre a un ritmo en el que, parece, logra correr sin siquiera moverse. Ya nada es urgente o indispensable, los pasos de madera, que toca con los dedos de sus pies, ganan fuerza y la sostienen noblemente.
Desconoce por completo el lugar donde termina el abismo, sólo tiene claro que debe atravesarlo para poder continuar con el camino designado, ese del que se le habla en sueños, cuando se supone está dormida.