miércoles, octubre 28, 2009

Hubo una época en su vida en la que deseaba armar maletas para ir a lugares lejanos, intensos, luminosos y nutritivos, días en los que el hambre de emociones nuevas o ya conocidas, pero escasas, sólo era saciable atiborrándose de imágenes en movimiento, producidas por las aventuras de desconocidos.

Los minutos pasaban despacio, con apacibilidad, en medio de soledades azul grisáceas, hipnóticas, que pocas cosas la hacían soñar, la existencia se iba lentamente entre pocas letras y escasas historias, los dramas telenovelezcos aparecían de cuando en cuando, estando, muchas veces, hechos a base de puros pensamientos desocupados.

Con lenta velocidad llegaron los inviernos necesarios para dar paso a las florecientes primaveras, tuvo que dejar atrás, casi obligada, esa estación en la que se sentía tan cómoda, quizás porque nació en ella o porque pasó horas eternas en el algodón de sus nieves. Sin importar la razón del movimiento, forzado, obligado y obligatorio, necesitó enfrentarse a cambios enérgicos, se vió dentro de escenas bizarras y ajenas, se midió cuerpo a cuerpo con circunstancias que le inspiraban amor y odio en igual medida.

Dicen que su piel que su piel no es tan suave ni su corazón tan flexible, eso dicen quienes sólo la conocen de oídas. Esos que realmente la conocen, aquellos que hacen círculos apocalípticos a su lado, son los únicos que saben de qué color es su sangre y de qué color se ven sus ojos cuando está en presencia del fuego.

Ella y ellos son sólo un grupo de ermitaños retirados, plácidamente, del mundo moderno.