jueves, noviembre 05, 2009

Atrapada en la sala de cristal (2)

Estando afuera busqué la ruta que me llevaría más rápidamente al lugar de la primera entrevista y llegué sin contratiempos, en realidad con mucho tiempo de sobra, incluso comencé a fantasear con tomar una siesta en uno de los cómodos sofás de la desierta sala de espera, ubicada dentro de un nuevo y lujoso edificio con alrededor de 10 televisores con pantalla plana en cada piso, todos, absolutamente todos en el mismo canal, sin posibilidad de hacer modificación alguna. Agradecí que al menos no estuvieran sintonizados en uno de televisión nacional.

Busqué el sitio más apartado posible, después de anunciarle mi llegada, a la secretaria del personajillo a entrevistar. Me senté donde nadie deseoso de conversación me tuviera a su alcance, quería adelantar la lectura del libro que llevaba e incluso escribir un poco, las únicas interrupciones que soportaría serían las provenientes de la asistente de mi jefe, llamándome para avisarme las posibles modificaciones en mi cronograma o sólo controlándome, para justificar esa bonificación mensual que le pagan por hacerlo.

No tardó en sonar mi móvil, era ella, la asistente diciéndome que el hombre, a quien esperaba para entrevistar, se demoraría en atenderme, que fácilmente se me iría toda la tarde, hasta llegaría la noche antes de que pudiera verme, pero no debía preocuparme, la otra cita que se esperaba yo cumpliera ese mismo día, había sido cancelada, me pedía que me concentrara sólo en entrevistar al sujeto que esperaba. Colgué.

Vi gente pasar, más de una vez, toda repetida, lamenté no llevar conmigo la cámara fotográfica para registrar el hermoso atardecer que vi desde el piso alto de ese edificio. Se fue el sol. Terminé de ver una película que ya conocía, esperé con ansias el concierto que aparece al final donde un hombre guapísimo canta una canción pegajosa. Hice el borrador de mi próxima columna, leí un par de capítulos del libro que traía, adelanté un informe que encontré, inconcluso, en mi carpeta de la oficina, devolví el cassette que usaría para grabar la entrevista, apunté gastos en mi control diario y me dirigí, faltando 10 minutos para la hora acordada, al escritorio de la secretaria, aún sin entender por qué no me había comunicado ella misma la demora de su jefe.

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