viernes, noviembre 27, 2009

Escribir y otras formas de asesinato

Cuando he estado en etapas de catarsis no importa nada, los volantes que reparten en la calle, los recibos de supermercado y hasta los espacios en blanco del periódico son superficies esclavas que deben resistir los abusos que les doy. Incluso el teclado de mi computador ha sido víctima ocasional de mis estallidos emocionales, lo he azotado sin misericordia, olvidando que el día que deje de funcionar estaré en graves problemas. Sin embargo, todo vale la pena porque al final estoy en equilibrio.


Recuerdo con exactitud la escena, ella llevaba puesto un abrigo café con lunares rosados, un jean azul claro, zapatos negros, planos, el pelo liso como asiática y un bolso azul y blanco tejido, que obviamente no le combinaba, él estaba como siempre, chaqueta azul y pantalón negro, negros también los eternos tenis. La llevaba de la mano y yo sentía cómo mi temperatura iba en ascenso, igual que mis ganas de asesinar.
En contra de todos los consejos y pronósticos había decidido ir a verlo, a esa hora en que ninguna amiga, de las que vivían en su mismo barrio, estaba presente para detenerme. Ese día no tuve más remedio que esconderme de ellos y regresar a casa dejando que mis pensamientos le ganaran la partida a mis emociones, para seguir libre, para evitar cometer un asesinato en plena avenida 19 con calle 147.


Sólo he sentido furia asesina dos veces en la vida, la que acabo de relatar es una, la otra no la he asimilado lo suficiente como para ponerla en letras, pero las dos tienen en común el haberme dejado en tal grado de alteración que no podía pensar en nada más, impidiéndome hacer otra cosa que darle vueltas una y otra vez a la misma situación, sabiendo que eso no cambiaría nada y que sólo me provocaría gastritis, úlcera, colon irritable o cualquiera de esas enfermedades modernas que llevan al éxito.

Más tarde me obligué a calmarme lo suficiente para escribir. Así como algunas personas se expresan a través de la ilustración y otras por medio de la danza, yo elaboro mis momentos difíciles con palabras.

He vivido ocasiones en las que lo único capaz de devolverme un poco de la paz mental que tenía, antes de un evento fuerte, ha sido agarrar un bolígrafo y agredir al papel como si fuera el más bajo, rastrero, ruin y miserable ser humano, lo he vejado de formas indecibles, incluso lo he apuñaleado, desgarrado, quemado, manchado y dañado de formas completamente irreversibles, pero aún así no sé si ese ha sido el peor de los males, en ocasiones he dado a conocer públicamente textos que sólo deberían existir en un diario personal con llavecita y olor, guardado en el armario, junto a todas las cartas cursis de amor y los papelitos de chocolatina, recibidas de los niños que me gustaron, así no haya llegado a nada con varios de ellos. Ese tipo de textos, los catárticos, deben valorarse por la función que cumplieron con el autor mientras fueron creados, pero no tendrían que estar quemándole la retina a los lectores web que visitan los blogs.

Tras varias depuraciones del contenido de mi blog he dejado aquellas líneas que me parecen más merecedoras de atención (¿o quizás menos merecedoras de vergüenza?). Durante el proceso de clasificación he encontrado párrafos criminalmente aburridos que me hacen pensar tengo más amigos de los que creo, de otro modo no sé cómo alguien puede leer completa una entrada que comienza describiendo en detalle mis estados fisiológicos de carencia alimenticia y mis posibles opciones gastronómicas para modificarlos, en otras palabras, no creo que a nadie le interesara saber si tenía mucha o poca hambre y qué tenía en la nevera para saciarla, pero aún así lo leyeron.

Ahora veo al lector con un poco más de respeto, creo que se merece entradas más terminadas, sin tantos hilos volando y sin detalles acerca del proceso creativo que atraviesa un texto antes de ser publicado. En este momento los desahogos emocionales, los sueños escatológicos y las depresiones producto del síndrome premenstrual van directamente a la libreta de borradores o al diario de papel.

Basta ya de artículos mediocres, salidos de transcribir una discusión que tuve con mi jefe desquiciado, que salgan de ahí las ideas, pero que no sean esos los contenidos.

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