miércoles, noviembre 25, 2009

Criando buenos textos

Aún tengo miedo a los comentarios ajenos, soy como una madre sobreprotectora y mis hijos son mis textos, soy enfermiza, cuando los critican a ellos me siento ofendida. Para colmo quiero vivir de ellos, quiero explotarlos, quiero que me paguen a mí por el trabajo suyo, así que no me queda más remedio que prepararlos bien, y luego, dejarlos a su suerte para que los lectores hagan lo que quieran con ellos.

Yo escribo por diversas razones y me ha tomado mucho tiempo el descubrir por qué publico en un blog, he pasado por las etapas de catársis, quiero-hacer-amigos, me-pondré-misteriosa-porque-creo-que-me-estoy-empelotando-mucho y lo-hago-gústele-a-quien-le-guste. Ahora lo hago con la esperanza de encontrar un editor que me quiera publicar en otros medios, con ganas de dedicarme sólo a escribir, a crear, apostándole a poder vivir de hacer lo que amo, pero por muchas razones, entre ellas una conferencia de Carolina Aguirre (Bestiaria), entiendo que el éxito en la búsqueda de lectores no se puede medir sólo por la cantidad de comentarios, porque no todos los que leen comentan. Reflejo de mi confusión y de mis dudas en el uso de los blogs es que he cambiado de dirección, he abierto y cerrado los comentarios, además de muchos otros comportamientos erráticos como borrar y agregar contactos a mis perfiles de redes sociales, conforme quiero o no lectores.

Sé que el texto no soy yo, a veces el texto se presenta a otros más peinado y arreglado de lo que yo salgo a la calle, otras me da pena ajena cuando lo veo pasados unos días, es como esos niños que salen a comprar lo del desayuno en pijama y chancletas, quiero mirar para otro lado y no reconocer que es hijo mío. Con el tiempo he aprendido a divertirme con ellos, a dejarlos ser, pero no sin tener breves episodios psicóticos en los que me autocastigo por ser una autora descuidada, por no haber leído o investigado lo suficiente acerca de X tema, permitiendo que la emoción le ganara a la razón. Sin embargo he crecido.

Con la ayuda de constantes lecturas y cientos de páginas redactadas en el computador y en papel, he mejorado la velocidad, la calidad y hasta la capacidad de tipeo con la que produzco textos. Lo que no he logrado es dejar de personalizar los comentarios.

Digo bendecir a aquellas personas que me dicen lo que piensan sin vacilar, sin dudar, sea positivo o negativo, así sé a qué atenerme con ellas, pero basta con que alguien se meta con mis ideas, con mis pensamientos, con esos garabatos que publico en la red para que me sienta profundamente ofendida y me dé por cerrar el espacio para que los lectores opinen, y sí, sé que no logro nada con ello, soy como una sordomuda que cierra los ojos para no ver cómo otro la insulta con lenguaje de señas, pero tiendo a sentirme más segura de ese modo.

Nuevamente estoy dispuesta a hablar con el otro, a dejar de ningunearlo y a permitir que insulten o elogien a mis hijos según se porten, voy a hacer la terapia de asistir a las reuniones donde los profesores me cuentan cómo van en el colegio, pero ya sin el tono conciliador y suplicante de otras épocas. Es hora de que me ponga a la altura de esos comentadores que aportan algo a la discusión.

Mis hijos han crecido y yo también.

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