jueves, noviembre 26, 2009

Orgasmos textuales

Cada quien tiene un modo particular de lidiar con sus problemas, yo escribo. Cuando lo hago hasta que me duelen las manos quedo feliz, siento que el día valió la pena e incluso, en ocasiones, me parece que el chocolate es un alimento de quinta, nunca podrá provocar los efectos que me producen las sesiones masturbatorias con letras.

Entiendo la escritura como una herramienta para decirles algo a las personas, como un medio de comunicación que me permite contarles lo que me pasa usando los elementos justos. Cuando escribo me fijo en las palabras que uso, en sus significados y en el orden, para que al ser leídas se entienda, lo más fielmente posible, la idea que quería expresar.

Para lograr transmitir un mensaje limpia y claramente es frecuente que haga borradores, textos caóticos o tenga conversaciones, con mucha emocionalidad, que me sirven para concebir las líneas que más adelante cobrarán vida en mis productos finales, corregidos, recortados y pulidos, pero estoy convencida de que la materia prima está hecha de tripas.

Una vez me siento a escribir, para descargar un tema que me tiene en líos emocionales, me largo en prosa como si fuera una conversación con alguien más, pero con la ventaja de que no tengo que ser cortés con el otro, no tengo que esperar a que diga algo para que me toque hablar a mí, puedo hablar 4 horas seguidas sin temor a pasar por grosera, egocéntrica o simplemente delirante. Nadie esta para callarme y puedo decir todo lo que quiera.

Mientras escribo soy una con el texto, mis letras son una extensión de mis dedos, por ende un puente de mis neuronas al mundo exterior, así el resultado refleja lo que me pasa en el momento que fue creado, por más que me esfuerce en suavizarlo o disfrazarlo. Mis líneas suelen tener tanta fuerza que, pasados meses o años, logran recordarme con exactitud la situación por la que pasaba cuando fueron escritos y el modo en que me sentía, además de haberme ayudado a procesar, en su momento, todo lo que no podía digerir.

Gran parte de mi salud mental y de mis amistades sólidas se la debo a la escritura, pocas personas existen hoy en día con tanta paciencia como para escuchar cataratas verbales sin que se les pague un peso, por ello escribir es para mí una alternativa invaluable, me permite darle orden a la madeja de pensamientos que siempre cargo conmigo, al tiempo que les doy vacaciones de mi voz y mis problemas a mis amigos.

Si bien no siempre tengo a alguien de cuerpo presente cuando escribo, es más, mi forma favorita de escritura es en soledad, como un onanista consagrado, en ocasiones me es útil tener una oreja ajena a la cual dirigirme, la imagen de una o varias personas a quienes les estoy hablando, para monitorear mi texto, para darme cuenta de si estoy logrando o no el objetivo de dar a entender lo que tengo para decir.

Así como los textos catárticos, tipo diario personal de papel, logran darme una sensación de paz, alivio, serenidad, los otros textos, los más trabajados, imaginativos e impersonales me dejan con la satisfacción del esfuerzo hecho para procesar un tema, para digerirlo, para aprehenderlo, para apropiarlo, obligan a mi cerebro a hacer gimnasia y él suelta sustancias que me hacen sentir mejor de lo que estaba antes de crearlo, así que en algo se parece la sensación orgásmica, luego de luchar cuerpo a cuerpo con el texto llego al clímax y junto a el.

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