lunes, noviembre 16, 2009

Ruidos de televisión

Alguien viene repitiéndome con frecuencia que el hogar está en el corazón, que las palabras originalmente fueron dichas por Krishnamurti pero que de nada sirve conocerlas, que es necesario interiorizarlas, trascenderlas. Me parece que la última vez que lo logré fue hace casi 2 meses, descutía de nuevo, sin esperanza, sin significado, como repitiendo una escena cliché, cuando decidía mandarla al diablo:

-¡Al pedo con tus problemas! No soy amiga tuya y prefiero seguir leyendo a Caparrós. Pagále a la psicóloga para que te escuche.

Me fui a la cocina, sola y tranquila, bueno, dentro de lo que cabía. Sabía que me tenía a mí, a mí y a nadie más en ese lugar que no era mío, en ese lugar a donde no pertenecía.

He vuelto a la ciudad, a la que se enloquece con la lluvia, a aquella donde se puede llorar en la multitud sin temor a ser consolado, pero no he regresado a casa, ese lugar aún no existe, llevo conmigo mi hogar, el interior, ese que se enciende cuando escucho la salida a comerciales del canal rojo de la televisión por cable, el que sonríe cuando aparecen los títulos del final en una serie favorita, esa que se descarga en el laptop porque el televisor propio está lejos y desconectado.

No, ya sé que el anhelo por las posesiones materiales no es zen, no hace parte del asesinato del ego pero la recuperación de la pura esencia sí lo es. Extraño sensaciones, siento melancolía de estados mentales y por ello me esfuerzo para construir espacios que pueda compartir conmigo misma. Deseo sueños, dormir a mi lado, mi piel, mis manos, mis brazos, mi olor, mi pelo enredado, hasta las manchas conocidas en mi almohada, con todo y lo trillado de esa palabra. Me deseo a mí.

Llegan los ruidos, vuelven los recuerdos, anuncios de tiempos más felices que estuvieron y que volverán. Antes no me gustaba repetir nada, todo lo quería nuevo, hasta los capítulos de mis ‘novelas gringas’, hoy me recuerdan las alegrías que viví y que seguramente volverán. Lo sé, eso lo sé también.

No me gusta sabina, como pan y bebo leche

Años enteros estuve buscando un sitio al cual pertenecer, lo encontré y sentía como esas series gringas que me hipnotizaban siendo niña, más niña. Llegaba la dueña y sabía exactamente lo que quería comer, yo la llamaba por su nombre y ella sabía el mío aunque nunca lo usaba para referirse a mí.

Pasaron los meses y gente mala, de esa que se cree buena porque va a misa todos los domingos, comulga y le da limosna a los pordioseros de la familia cuando la necesitan (todo el tiempo); decidió que tenía más derecho que ella, que la señora que atendía mi hallado refugio, derecho a llenar ese espacio haciendo lo mismo pero sin candor, entonces ella se fue y se fue el sentimiento de seguridad, la exactitud en la predicción a la hora del almuerzo y las conversaciones apacibles, burlándonos de esa ciudad de la que hacíamos parte pero que parecía ocurrir, vivir a millas de distancia.