jueves, diciembre 31, 2009

Resumen del año estilo Daria

Conocí a Katherine Mansfield, menos; Mijaíl Bulgákov, más; Sylvia Plath, más; Augusto Monterroso, más; Ángela Pizarnik, más.
Visité Villavicencio, más; estuve en Nueva York, más; me accidenté yendo a Medellín, menos; llegué viva, más.



Compre una cámara réflex digital, más; aún la debo, menos.

Volví a escribir poesía, más; tomé clases de teatro, menos; comencé a escribir a diario, más; empecé a publicar de lunes a viernes, más; aún no abandono, más; me pidieron ceder artículos para Cartel Urbano, más.

Al parecer el año no estuvo mal.

miércoles, diciembre 30, 2009

La navidad de reserva

Sarah
Hace poco estuve en un concierto. De lo poco o mucho que entendí me quedó sonando la navidad de reserva.

Irene
¿Navidad de reserva?

Sarah
Sí, navidad de reserva.

Irene
¿Y qué es eso?

Sarah
Una navidad que tienes en cualquier momento del año, con tus gustos, tus condiciones, a tu medida.

Irene
Mmm me gusta, suena bien.

Sarah
Totalmente, yo quiero navidad de reserva.

Imagino que habrá mucha gente triste porque la época navideña se está acabando, ni qué decir de la decembrina, tiene las horas contadas, pero un momento, cierto, estoy hablando por mí.

Películas como El expreso polar me han enseñado que la navidad, el espíritu que la envuelve, está en el corazón, así que si se quiere tener navidad todo el año se puede.

La navidad, hasta donde mi verde grinch interior me deja entender, es una época donde se me invita a tratar mejor a los demás, olvidar las ofensas, ignorar mis deudas actuales para adquirir unas más grandes y costosas, porque de este modo, actuando así estaré siguiendo la tradición.

Mmm no, creo que estoy mal. Intentaré comenzar de nuevo. ¡Maldito grinch!

La navidad es una época de felicidad, para compartir con los seres queridos, para recordar a los amigos que están lejos, para reunirse en familia y agradecer al Creador todas las bendiciones que derramó sobre nosotros en este año que se termina. Es momento de renovar la fe en los sucesos que nos ocurrirán el próximo año, porque serán mejores, más dichosos que los pasados.

Esteeee, mmm, creo que tanta miel no me queda.

¡Carajo! Perdí la idea el hilo de lo que quería decir.

(Relectura rápida.)

La navidad de reserva es una temporada maravillosa. Poco se sabe de ella pero personas como yo la disfrutan mucho. Durante ella, que puede durar un mes, 3 semanas o 9 meses, cada quien es libre de elegir, pasamos momentos adorables junto a nuestros amigos, pero a diferencia de la navidad tradicional, no estamos obligados a celebrarla con toda la familia reunida, escogemos a unos cuantos, generalmente aquellos con quien mejor nos llevamos, para contarles los sucesos recientes de nuestra vida.

Considero la navidad de reserva una bendición. Como no tengo un menú preestablecido puedo comer desde una hamburguesa hasta arroz blanco, pero si no estoy de ánimo para un plato principal, disfrazo una taza de café o té de bebida tradicional, mientras saboreo cada trozo de torta de fresas. Al no cocinar o sonreír por obligación, muestro mi esencia de forma auténtica. Mi acompañante de celebración, con quien comparto o no sangre, está al tanto de que la versión mía que tiene al frente no está endulzada, adicionada con preservantes o maquillada especialmente para lucir exitosa en la ocasión.

La navidad de todos, la navidad tradicional (¿o era comercial?) está a punto de acabar, máximo llegará hasta el 6 de enero, pero por suerte para personas como Sarah, Irene y yo comenzará la otra, la de reserva, la que cabe en cualquier momento del año, la que nos alegra la vida sin símbolos universales ni director de marketing de temporada.

Para todos feliz pre-navidad de reserva.



martes, diciembre 29, 2009

Exorcismo del espíritu de año nuevo

He escuchado varias historias acerca del espíritu de navidad. Algunas dicen que aparece el 21 de diciembre, en solsticio de invierno, otras hablan de sueños invadidos por navidades pasadas y futuras, pero nadie, absolutamente nadie me advirtió acerca del espíritu de año nuevo. Hoy me asaltó ese mezquino ser. Mientras lo despedía, deseaba fervientemente un exorcista que me facilitara el trabajo.

Habiendo superado esa sensación molesta del día de los santos inocentes, no sé qué es broma y qué no durante 24 horas continuas, me desperté temprano para hacer mi contabilidad de octubre y noviembre. Una vez terminé, vi con desagrado, encima del escritorio, unas bolsas plásticas arrugadas y amontonadas, desafiándome a resistir los deseos fervientes de doblarlas en triángulos.

Dejé de observarlas y me dediqué a clasificar papeles sueltos, rompiendo facturas viejas y revisadas, archivando ordenadamente tarjetas personales, guardando en archivos electrónicos ideas sueltas para futuras columnas, en general, cualquier actividad lejana al origami de supermercado. Pero ellas me seguían provocando.

Pasé rápidamente por el estudio para recoger una bolsa donde guardo lápices, con el fin de meter en ella parte del eterno desorden de mi mesa de noche. Me parece justo que el control remoto vuelva a tener espacio entre la maraña de libros, periódicos y cosméticos, en lugar de estarme torturando, frecuentemente, con los comerciales que no puedo ignorar como se debe cada vez que pierdo el bendito aparato. En esa corta visita ellas seguían incitándome.

Luego de terminar un débil intento de establecimiento de prioridades, con los objetos de mi habitación, no pude resistirme más. Regresé al estudio para sacarme de la cabeza la idea de una madeja colorida. Estaba decidida a cambiar ese enjambre de poliuretano, por un grupo de pequeñas torres triangulares fáciles de acumular en un cajón.

Me senté en la silla del escritorio para, una por una, doblar los pedazos de plástico hasta convertirlos en tiras y luego, en diagonal, formar geometrías perfectas de tres lados, que al final permitieran guardar el extremo restante en el bolsillo que queda, gracias a la concienzuda operación. Mientras no dejaba de preguntarme ¿para qué sirve esto?, ¿cuándo aprendí lo que siempre me negué a observar?, y finalmente maldije por tener una memoria tan fiel, en especial para asuntos ridículos como el que me ocupaba.

Al concluir la tarea busqué el estante donde guardo, en completa anarquía, todas las bolsas de supermercado y las doblé también. Más tarde lavé el baño, usando un cepillo de dientes para el espacio entre baldosines, al tiempo que pensaba en lo sucias que están las hojas de las plantas y que ya es hora de cambiar la ropa de cama.



No sé si fue la mezcla de cloro y limpiador de baños, el estarme golpeando distintas partes del cuerpo en el espacio reducido de la ducha o mis manos sudando bajo los guantes de caucho, pero algo me hizo reaccionar. Me vi como esas mujeres obsesionadas con el aseo, más maniáticas que de costumbre, enfermas porque el año nuevo no puede encontrar la casa con una servilleta sucia en el cesto de la basura. Justo ahí sentí horror de mí misma.

Enjuagué lo que tenía jabón, me bañé con agua caliente en el sitio que acababa de limpiar con obsesión, me vestí y busqué el libro que había empezado a leer la noche anterior, con la firme intención de llegar al final antes de que se acabara el día.

El año nuevo podrá poseerme durante algunas horas, pero me resisto a recibirlo con una casa reluciente y una mente vacía, prefiero tener la cabeza llena de novelas románticas antes que una cocina digna de portada en revista de decoración.

lunes, diciembre 28, 2009

Resumen del año estilo Bridget Jones

Kilos que gané: 1
Hombres hermosos que conocí: 1 (Bueno, comprobé que era de carne y hueso, igualito al de la foto)
Blogs que abrí: 1
Blogs que cerré: 1
Meses que llevo escribiendo de lunes a viernes: 2
Personas que me decepcionaron: 2
Personas a las que decepcioné: Ni idea. Quejas en la sección de comentarios.
Borracheras: 2 y media
Novios: 1 (Mentira, sólo ensayaba cómo se veía.)
Ganas de hacer bromas de santos inocentes: 0

viernes, diciembre 25, 2009

Es una obligación estar feliz

Irene
No, no me gusta esta época.

Francisco
A mí eso no me importa. Hay que preparar la cena y punto.

Irene
Y si no quiero ¿qué?

Francisco
Si no la preparas tú, la pido yo pero tenemos que lucir alegres en esta época.

Irene
Ah, tenemos.

Francisco
Sí, tenemos.

Irene
No estoy de acuerdo.

Francisco
Ya te dije que no me importa si te gusta o no, importa es vernos como lo que somos, como personas civilizadas, bien educadas.

Irene
Yo no soy ni lo uno ni lo otro.

Francisco
Sí lo eres, si eres mi mujer eres civilizada y educada, además tienes que comportarte como una buena anfitriona.

Irene
Nada, no tengo que nada.

Francisco
Nada es para lo que te sirve perder el tiempo hablando con tus amigos. Mira como te pones, más ácida que de costumbre.

Irene
Pero ellas me entienden, nos parecemos, nos hacemos sentir mejor.

Francisco
Yo no sé qué pensar, no sé si es peor que te encierres y no hagas nada, o si hablar con ellas te pudre el humor.

Irene
(Levantando la ceja.)
Ácida y podrida, gracias.

Francisco
Sí, no sé porque no puedes ser como el resto del mundo, como la gente normal. La Navidad es una época para estar alegre, para quedar bien con los demás, para celebrar todo lo que tenemos y para hacer promesas de cambio en el año que viene.

Irene
Claro, promesas, así no pienses cumplirlas.

Francisco
Eso no cuenta. Lo importante es vernos felices, sobretodo ahora, en ésta época, tenemos la obligación de vernos felices.

Irene
Lindo, muy lindo, realmente.

Francisco
Tú usa todo tu sarcasmo, gástatelo, no me interesa. Esa cena la preparamos y ya, los invitados ya fueron contactados así que se hace.

Irene
Está bien, pero por favor dime cómo quieres que me vista, ¿ama de casa tipo década del sesenta, ejecutiva moderna, madre amorosa o esposa apasionada.

Francisco


Irene
No me mires así, sólo quiero ayudarte a salir bien en las fotos, quiero que todos nos veamos tan felices como somos en esta época, es más, te voy a ayudar para que la envidia les dure todo el año, hasta el próximo diciembre.

Francisco
No me ridiculices.

Irene
Me malinterpretas querido mío, incluso estoy pensando en buscar un psiquiatra, no puedo estar bien. No sé qué me ocurre, debería gustarme la Navidad como a todo el mundo, debería sentirme tan bien como las otras mujeres que aprovechan cualquier situación para ir de compras.

Francisco
¿Hablas en serio?

Irene
Ja,ja,ja,ja claro que sí. Por algo eres el hombre de la casa, no se te pasa nada. Claro que hablo en serio, nadie que no acepte la obligación de ser feliz con la Navidad puede estar sano.

jueves, diciembre 24, 2009

24 de Diciembre: Especialmente útil para entender a los hombres

Los hombres viven quejándose de que las mujeres somos complicadas, están en lo cierto. Puedo confirmarlo y dar pruebas de la pesadilla que puede ser ir de compras con mujeres que piensan como mujeres, es decir, distintas a mí, aquellas que disfrutan ir al centro comercial incluso un 24 de diciembre, cuando la calma es lo antinatural.

Hace poco llegué de un centro comercial, de un supermercado más exactamente y para comenzar todo fue culpa mía. Aunque supe con algo de antelación que yo sería la responsable de organizar la noche de navidad esperé, deseé y hasta rogué por un milagro que me evitara ir a comprar comida para la cena. Previsiblemente el suceso no ocurrió y tuve que enfrentarme al caos compuesto por indecisión masiva, niños malcriados y logística insuficiente, porque no importa cuánto prepare el comercio la temporada, siempre, pero siempre, hacen falta empleados para atender a los clientes.

Llegué sin lista de compras, gran error. No sabía si además del plato principal y la ensalada tenía que comprar alguna salsa dulce para la carne elegida, ni si era necesario llevar pasabocas, sólo tenía una imagen borrosa de todo lo que rodea al té que tomo en las mañanas, así era muy difícil establecer si la comida que tenía en las bolsas era mucha o escasa. Para solucionar el inconveniente y salir pronto del sitio, que cada vez tenía filas más largas para pagar, llamé a casa para saber qué hacía falta, la respuesta me dejó peor:

“Trae una ensalada, que no sea cara pero tampoco pequeña, recuerda que no a todos nos va bien la mayonesa, además es bueno tener algo de sal y algo de dulce para acompañar la carne, ah y yo no quiero cocinar más, entonces no vengas con fruta o verduras para picar, pero si hace falta ensalada es mejor traer un melón o una piña”

Si usted entendió algo lo felicito, yo no. Preferí despedirme y colgar, buscar algunas cosas más en las góndolas, hacer cálculos mentales y esforzarme para recordar cómo es la meditación trascendental activa, intentando no perder la paciencia y la cordura mientras volvía a la caja para pagar el segundo mandado del día, sin haber salido aún del primero.

Cuando iba llegando noté que no traía salsa para la carne, ni de manzana, ni de ciruelas, nada. Al salir del supermercado la línea que hice para cancelar los productos era el triple de larga que cuando la comencé, en esas condiciones me negaba a volver a ese lugar de tortura, donde la gente se queja porque descubren que no venden lo que nunca han comprado. Yo fui hasta el autoservicio más cercano, pedí maní y una compota de manzana, con el primero entretuve el hambre mientras resolvía mi almuerzo, ahora imaginen qué le va a pasar, más tarde, a la carne con la segunda.

Ya viene, ya se acerca el reclamo, se me dirá con razón, que las salsas que venden al lado de los medallones de cerdo debieron darme una pista de lo que hacía falta, que ya se las arreglarán con lo que traje, pero que mejor habría sido llamar cada dos minutos preguntando si lo que echaba en la canasta estaba bien o no, sin importar que me tardara 3 horas comprando la comida, que muy seguramente dentro de 10 años nadie recordará. Hoy es un día especialmente complicado para ir de compras pensando como hombre. Me consta.

miércoles, diciembre 23, 2009

Viajes, libros y películas al currículum

Una vez más estoy buscando trabajo, algo más estable, parecido a lo actual, porque los últimos aprendizajes me han reconciliado con aquellas partes, siempre presentes, que no me gustan de lo que vengo haciendo. Quiero encontrar una labor que acabe de llenarme el día y, de pasada, los bolsillos.

Ahora las hojas de vida, los clasificados y las cartas de presentación hacen parte de mi rutina diaria, sobretodo las primeras, que me hacen pensar en todas esas experiencias que podrían incluirse pero que el protocolo impide. Me encantaría hablar en mi currículum acerca de los lugares que he visitado y los logros que he alcanzado visitándolos, además de incluir las situaciones estresantes que he tenido que resolver, aunque no hayan estado relacionadas con el trabajo.

En algunas entrevistas se hacen ejercicios simulados, donde adrede se sitúa al candidato en condiciones desagradables para observar su reacción, confiando en que ésta sea lo más parecida a la que mostraría si el suceso fuera real, pero repito, esto ocurre sólo en algunas. En la mayoría de ellas se sigue un libreto semi-estructurado que no deja espacio para averiguar más, mucho menos se puede esperar de la hoja de vida.

Escenas donde el entrevistado recibe un vaso de agua, tan herméticamente cerrado que no puede abrirlo a menos que le clave un lápiz, o donde se lo somete a una prueba de detección de mentiras, no me son extrañas, sin embargo sigo esperando una, propia o ajena, donde a alguien relate los libros o las películas que más lo han marcado en la vida.

En el currículum escrito suele encontrarse información acerca de la educación y la experiencia laboral, pero esas son sólo dos dimensiones de lo que es una persona, insuficientes para definir la posible adaptación del candidato al ambiente laboral, además plantean una agenda predecible para la entrevista, por ello salir de los esquemas, sorprender con preguntas más profundas, filosóficas y trascendentales sería una forma inusual y hasta divertida de generar ansiedad para ver cómo se desenvuelve alguien, para darse una idea de qué tanto mundo tiene o cuánto lee realmente.

Quizás tenga que volver a hacer una entrevista de selección, en realidad es bastante probable. Cuando eso ocurra recordaré preguntar temas menos populares y más ocurrentes para evaluar a los candidatos, para ver cómo manejan imprevistos y de paso reírme un poco viendo cómo explican que leen mucho y van a cine con frecuencia, pero no recuerdan los títulos de lo que leyeron y sólo narran las películas que pasan en los canales de televisión nacional.

martes, diciembre 22, 2009

Hija del televisor

Siendo niña mi mamá trabajaba y mi papá también, cuando ellos no podían cuidarme lo hacían mis abuelos o mis tíos, pero si ninguno de ellos estaba disponible quedaba ella, la cálida, cuadrada, paciente y brillante nana: el televisor.

Hacia los 11, 12 años se hizo evidente que, en ausencia de adultos, sólo necesitaba quién me alimentara o, en el peor de los casos, calentar la comida yo misma sin peligro. Recuerdo que por esa época se compró el horno microondas, luego de que yo armara una pataleta por teléfono, producto de un descuido propio. Dejé una cuchara metálica en la olla donde calentaba mi almuerzo, cuando fui a revisarla, toqué el cubierto olvidando que acumulaba calor y, evidentemente, me quemé, nada serio, pero lo suficiente para llorar desconsolada y convencer con facilidad a mi mamá de que era imprescindible comprar el mentado aparato.

Así como no sabía bien cómo funcionaba un horno microondas, - ¿a quién engaño?, aún no lo sé – tampoco sabía cómo funcionaba el televisor, pero tenía muy claro cómo me facilitaban la vida, el primero me permitía comer alimentos calientes sin ensuciar muchos utensilios y con menor esfuerzo que la estufa, el segundo, viejo conocido, me divertía con sus programas e incluso me ayudaba a repasar lo aprendido en el colegio, cuando la televisión educativa era una clase televisada. Mientras ellos trabajaran bien, pocas cosas podían preocuparme.

Desde ese entonces he aprendido a ser muy independiente, al punto que no recuerdo haber pedido ayuda a familiar alguno, para completar deberes mientras estudiaba en la universidad. Creía un motivo de orgullo poder decir que Miguel sí tuvo que pedir constantes asesorías a tíos y primos para hacer sus trabajos, mientras yo me las arreglaba buscando a los profesores para que me explicaran algo mejor o acudiendo a compañeros, que parecían más adelantados. Al final entendí que ayuda es ayuda, consulta es consulta y como los demás no pudieron solos, yo tampoco.

Cada tanto largo busco a alguna persona cercana para resolver temas con los que no puedo sola, pero al ser una hija única que aprendió a divertirse, entretenerse y arreglarse sola, con el eterno sonido televisivo de fondo, me cuesta socializar y comprendo que socializar es el precio que pago por adelantado para luego poder cobrar favores.

Cuando no se tiene crédito social es necesario pedir un préstamo, es decir, pedir el favor a sabiendas de que se entrará en rojos, que la próxima vez que esa persona busque mi ayuda no podré negársela legítimamente, porque estoy en deuda con ella y como a mí no me gusta tener deudas, de ningún tipo, así las tenga, prefiero buscar por mis propios medios una solución que no involucre a nadie más.

A regañadientes he aceptado que así es el intercambio de favores, la economía social, sin embargo sigue sin gustarme, porque aceptar no es gustar. No se extrañe, entonces, si prefiero buscar todos los medios a mi alcance para resolver mis problemas, antes que pedir ayuda y tampoco se sorprenda si prefiero tener pocos amigos, para que no me deban nada. Igual no hay ninguno como ella, como la nana apacible y callada, ella que no se queja aún cuando la cambie por una más moderna y estilizada.

lunes, diciembre 21, 2009

Los villancicos: El reggaetón tradicional

He escuchado, más veces de las que puedo contar, cuán aburridos están muchos con el inicio adelantado de la época decembrina, he sabido de atrocidades donde se combinan imágenes de Papá Noel con espantapájaros y padezco, invariablemente, año tras año una celebración rancia y vacía de significado, una que siempre llega precedida por los pegajosos e insoportables villancicos.

Apenas comienzan a escucharse en radio comerciales navideños, aparecen los omnipresentes ring-tones en los celulares de los transeúntes, que destrozan la novena sinfonía de Beethoven y martillan irritantes las notas musicales que, en otras geografías, niños preadolescentes armonizan con sus voces. Como si fuera poco al concierto de ruidos automotores, que se vive todo el año en la ciudad, se le suma la moda de algunos microempresarios que usan timbres melódicos para anunciar la llegada de un nuevo cliente de temporada a su establecimiento.

El odio generalizado hacia el silencio es algo que aprendí a la fuerza, a los gritos, a los estruendos, ahora sé que a las personas no les gusta pasar más de un 5 segundos, corrijo, 2 segundos seguidos en ausencia de sonido, así sea el traqueteo de la aspiradora, la licuadora y el zumbido sordo de los políticos corruptos cobrando sus comisiones, todos juntos, al tiempo, sin pausa ni transición entre uno y otro.

Los industriales, siempre más ingeniosos que yo, entendieron pronto el comportamiento de sus compradores y produjeron luces de navidad con música de villancicos incluida, para que el espíritu llene todos los sentidos, mientras asesina a las irreproducibles neuronas. Su innovación tiene profundas raíces tradicionales.

Hace años, cuando rezaba la novena de aguinaldos en familia y nadie se reía de la frase ¡Oh santísimo José, esposo de María y padre putativo de Jesús!, aunque en ese entonces tampoco se conocía masivamente el significado del adjetivo ‘putativo’, cantábamos, también sin reflexionar mucho, villancicos como Nanita Nana, Campana sobre campana o A Belén, pastorcitos al punto que quedaron archivados en mi cerebro, junto a mi nombre de pila, mi grupo sanguíneo y mi número de documento de identidad. El resultado de este efectivo entrenamiento es que apenas entro a un lugar donde suenan, en el ambiente, cancioncillas como estas, debo hacer un esfuerzo real y consciente para detener el tarareo que me provocan.

Realmente, los villancicos parecen ser la música del demonio, que no culpen al reggaetón, ese llegó tarde, cuando los de mi generación y los de otras varias, ya habíamos sido programados para cantar de memoria, cuantas frases sin sentido aparecen en los cantos melosos que, se supone, amenizan y preparan la llegada del mesías. No existe nada que me incite con tanta aberración como un Cascabel, lindo cascabel sonando en una sala de espera con revistas viejas, justo el día que olvidé en casa el libro de turno, ni siquiera el famosísimo Rompe llegó a ser cantado tantas veces en mi presencia como para que pueda corearlo completo y sin errores.

Es claro que mi época favorita del año es marzo, o digamos agosto, en fin, el mes es lo menos importante de todo, lo que suma es la ausencia de luces, hipocresía, verde, rojo, papel brillante, etc. A finales de octubre-noviembre-diciembre-comienzos de enero se materializan elementos navideños a los que puedo cerrar los ojos, como un árbol decorado con calabazas al frente de una fábrica, sin embargo es un hecho comprobado que los oídos no tienen párpados, por ello no me queda más remedio que soportar la letanía de burros, pastores, camellos, vírgenes lavanderas y demás fauna y flora que decide aparecer en esta, eterna, época del año.

Invéntense otros cuentos, otros argumentos, otras razones, el diablo está en los detalles y para mí también está en los villancicos, no en el reggaetón.

viernes, diciembre 18, 2009

Caperucito Rojo y la Loba

Loba
Gracias por la invitación, estuvo divina la comida, me encantó el restaurante, el vino, todo.

Caperucito Rojo
Qué bueno que te haya gustado todo, sí había escuchado buenos comentarios acerca de este sitio.

Loba
¿Quieres ir a tomar algo a mi casa?

Caperucito Rojo
¿Algo? ¿Como qué?

Loba
Ummmh, no sé. ¿Qué se te antoja?

Caperucito Rojo

Loba
¿Un café quizás?

Caperucito Rojo
No tomo café.

Loba
Bueno, un té entonces o quizás podríamos seguir con el vino, para que veas qué tan grandes tengo los ojos.

Caperucito Rojo
Con el té es suficiente.

Más tarde, en la casa de la loba.

Loba
¿De cuál quieres?

Caperucito Rojo
¿De cuáles tienes?

Loba
Tengo manzanilla, menta, yerbabuena, frutos rojos, albahaca…

Caperucito Rojo
¿Cuál me recomiendas?

Loba
De albahaca…dicen que es afrodisíaca.

Caperucito Rojo
¿Perdón?

Loba
Que dicen es afrodisíaca.

Caperucito Rojo
No, sin azúcar está bien.

Loba
¿¿¿??? Ten.

Caperucito Rojo
Gracias. ¿Me muevo más para que estés más cómoda?

Loba
No, en el sillón cabemos los dos.

Caperucito Rojo
¿Sabes? Ahora voy a llamar a un amigo al que no veo hace años.

Loba
Ummmh…¿Entonces no vas a quedarte?

Caperucito Rojo
No, creí que te lo había dicho, cena contigo y tragos con mi amigo.

Loba
Veo, al parecer esta bebida choca con las de más tarde.

Caperucito Rojo
Al contrario, entiendo que la plantas aromáticas son muy digestivas.

Loba
Mmm, no sé, supongo. Bueno, te acompaño a la puerta.

Caperucito Rojo
¡¿Ya?! ¡¿Tan pronto?!

Loba
Claro, no quiero que se te haga tarde para ir a jugar con el cazador.

jueves, diciembre 17, 2009

A mí tampoco me gusta la navidad

Confieso que parezco una extraterrestre para la mayoría de mis semejantes, si es que realmente puedo llamarlos así, porque encuentro felicidad en lugares y situaciones que ellos podrían llamar aberrantes, por ejemplo disfruto pasar una tarde tranquila de sábado, en casa, leyendo, no en un centro comercial viendo vitrinas y comprando lo que no necesito; o prefiero viajar sola antes que con un novio aburrido, tonto y con apariencia de modelo de portada de revista para disimular mi soledad. Estoy sola, por elección, porque no la temo y porque la disfruto, porque el “mejor sola que mal acompañada” es para mí una declaración de principios más que un refrán pasado de moda.

Así como a algunos no les sale bailar en una fiesta, porque no saben o porque no les gusta, de veras, aún sabiendo cómo hacerlo, a mí no me sale sonreír y cantar villancicos en diciembre. Para mí la época de fin de año es un obstáculo anual, una prueba que debo superar con gracia año tras año, antes de que se me entregue el crédito por la nueva edad que estrenaré en enero.

Supongo que hubo una etapa de mi vida en la que realmente disfrutaba las luces en el árbol y en el pesebre, casi puedo recordarla, las figuras de goma con las que se ordenaba este último, en casa de mis abuelos, parecían enormes, y lo eran dado el tamaño de mis manos, el olor a aserrín precedía al caminito que llevaba al establo donde estaban María y José esperando al niño, además el poder encender luces de bengala en la entrada de la casa era algo mágico, con todo y las quemaduras accidentales cuando, creyendo que aún quedaba una más sin usar, la levantaba para encontrarme con un hierro ardiente.

Más tarde, las figuras fueron perdiendo color, las luces unidas por un cable se convirtieron en una manguera llena de bombillitos, más parecida a un neón que a un rosario y la pólvora fue prohibida, y bueno, digamos que maduré, por lo que comencé a ver todo distinto.

Ahora que tengo las manos más grandes, y en general todo el cuerpo, me parece que el pesebre es un objeto más de decoración para esta temporada, creo que el árbol sirve para reforzar el ego de los poseedores, me basta con observar cómo se abren durante este mes las cortinas de las casas, que el resto del año permanecen cerradas escondiendo vergüenzas. Las personas sacan lo mejor de su exhibicionismo para mostrarnos cuán grande y verde lo tienen, luego, en las noches nos dan una muestra inmejorable de su falta de creatividad, esa que las empuja a ponerle un margen de luz a las ventanas o a pegar al vidrio la caja de luces, tal y como venía de la tienda, porque parece una hermosa estrella y ya no podrían dibujarla al sacar las luces de su recipiente.

Lo sé, el grinch interno me sale sin esfuerzo, ni siquiera he visto la película de Jim Carrey para inspirarme, una adolescencia placentera, vigilada por los ojos de MTV con la gran Daria en su reparto fue suficiente para formar parte de mi identidad actual. La navidad no tiene sentido para mí, ya no, es más, nunca lo tuvo, lo que podría llamarse significado era una sensación difusa de bienestar por ser una niña consentida y el anhelo de los regalos que traería el ficticio Niño Dios. No se confunda, no me quejo, ahora que esas promesas se rompieron, ahora que sé cómo es realmente la historia me veo en la obligación de encontrar fuentes de alegría legítimas y más frecuentes, que casi nunca vienen envueltas en papel de colores, ni acompañadas con manjares que se supone sólo coma en ésta época del año.

No sé usted, pero yo como buñuelos cuando quiero, cuando me los encuentro en la calle recién preparados, para mí la navidad no es una excusa para la felicidad, podrá ser una excusa ajena para gastar. Yo, en cambio, me doy el lujo de estar contenta sin importar la fecha en el calendario.

miércoles, diciembre 16, 2009

Hogar, dulce hogar

¿El hogar es una sensación o un estado? ¿Es efímero o es permanente? ¿Estar en casa es igual a estar en el hogar?

Sarah
Mmm no sé, yo tengo esa sensación constante de estarme yendo, así lleve años en el mismo sitio, siento que en cualquier momento alguien me pedirá que arme maletas para irnos a otro lugar.

Irene
Yo, en cambio, me apego muy fácil a los lugares, fui feliz durante más de 10 años, me encantaba estar allá en mi habitación, no me hacía falta nada más, o bueno, me hacían falta muy pocas cosas, para ser un poco más justa.


Sarah
¿Fuiste feliz?

Irene
Sí, ahora “soy” perdida, me siento perdida muy a menudo, creo que en el último semestre sólo me he sentido realmente en casa dos o tres veces, pero es cierto que tantas mudanzas no ayudan mucho a generar apego hacia un espacio.

Sarah
Es verdad, quizás para mí es más fácil por lo que llevo ya un par de años en este departamento.

Irene
Seguro, no es quizás, vivir de ese modo, con alguna estabilidad ayuda mucho a sentir que se pertenece a un sitio.

Sarah
Pero en cuanto a ciudad, no volvería a vivir allá, aunque a veces no estoy segura, están mis amigos, está el tiempo que pasé en la universidad…

Irene
Para mí es una sensación, un estado dilatado de hogar, no tengo un espacio que pueda llamar realmente mío, pero el conocer las calles, las rutas de los buses, lo que me voy a encontrar si giro en X esquina, ayuda a que me sienta más cómoda que en otra ciudad.

Sarah
Y sí, pero sigo creyendo que la clave está en la gente, la gente es la que te hace sentir realmente en casa, en tu hogar.

Irene
Sí, en eso estoy de acuerdo contigo, el sitio no es el sitio por sí mismo, es por lo que se vive en el y con quien se vive. He tenido momentos en que me siento en mi hogar en una casa que no es la mía, sólo por la persona a quien estoy abrazando en ese momento y no quiero irme, aunque deba.

Sarah
Te entiendo, si Sergio no estuviera aquí conmigo nada sería igual, estarían mis proyectos, mis pensamientos, Kenzia [gata], pero no sería igual.

Irene
A veces creo que es cierto lo que dicen, aquello que dicen de Krishnamurti, que el hogar se lleva adentro, en el alma, pero el sentimiento es tan, tan breve…

Sarah
Muy breve, tanto que por más esfuerzo no logra ser eterno.

martes, diciembre 15, 2009

Y se da vuelta, y se da vuelta, y se da vuelta

Angélica
¿Entonces qué te parece? ¿Comenzamos con la colección?

Karina
Sí, a mí me parece bien tener una nueva colección de carteras, pero ¿cuál va a ser el tema?

Angélica
Mmm yo había pensado en algo tipo animal print con cueros nacionales.

Karina 
Ay sí, buenísima la idea, ¿algo más?

Angélica
Ajá, usar fibras sintéticas y pocos broches, para que el diseño quede más limpio.

Karina
Perfecto, tienes todo súper claro, no como Alberto.

Luego Karina se da la vuelta y va a donde está Alberto.

Karina
¿Y qué has pensado para la próxima colección?

Alberto
He pensado muchísimas cosas, por ejemplo podemos concentrarnos en zapatos, cinturones y billeteras, también he pensado en sacar nuestra línea de camisas y pantalones, en realidad creo que debemos ofrecer todo lo necesario para que un hombre se vista con nuestra marca.

Karina
¿Y ya tienes algo preparado?

Alberto
Claro, ya hablé con un diseñador industrial y con un diseñador de modas, también le hablé de la idea a una costurera que conozco, para que trabaje con nosotros cuando comencemos a producir todo, y ella me dijo que iba a buscar un zapatero que conoce, pero yo por ahora estoy haciendo elección de colores, documentándome con temas para inspirar todo y apunto las ideas que se me van ocurriendo en papelitos, hasta en servilletas, tengo un montón de post-it para organizar.

Karina
Súper, estás muy motivado para comenzar con la colección, se nota que has pensado bien en cómo invertir el préstamo que nos dieron, en cambio Angélica sólo piensa en carteras.

Luego Karina se da la vuelta y llama a Alexander.

Karina
Hola Alexander, ¿cómo estás?

Alexander
¡Qué bueno escucharte Karina! Yo estoy muy bien, gracias pero cuéntame, ¿cómo van las cosas en el taller?

Karina
Mira, por eso te llamo, estuve hablando con Angélica y con Alberto, de las ideas que tienen para la nueva colección, pero me dejaron preocupada.

Alexander
Pero ¿por qué?

Karina
Angélica está empeñada en sacar una colección de carteras con unos diseños espantosos de animal print y Alberto quiere comprar esta vida y la otra con la plata del préstamo que nos dieron, en resumen nadie quiere hacer lo que planeamos, ¿te acuerdas? La idea era comprar maquinaria para seguir haciendo las billeteras que hemos estado haciendo, que no se han vendido tanto pero que nos permitieron gestionar el préstamo.

Alexander
Sí, tienes razón, déjame hablar con ellos y llamarlos al orden para que sigan con el proyecto que nos propusimos. No quiero que todo el esfuerzo que hemos hecho se pierda.

Karina
Bueno Alexander, eso era todo, si necesitas algo más, sólo avísame.

Alexander
Por supuesto, Karina, sé que eres mi mano derecha allá, alguien en quien puedo confiar.

lunes, diciembre 14, 2009

Ella es él

Usted ponga los nombres que quiera, yo sólo uso estos como un ejercicio para personalizar el ejemplo, pero, verdaderos o no, cada vez con mayor frecuencia me siento como un hombre hablando con otro hombre cuando mis amigas me cuentan el tipo de discusión que tienen con sus parejas:

Sergio
Es el colmo, yo hice muchísimo esfuerzo para conseguir esas entradas y tú no apareciste.

Sarah
Perdóname, era irme temprano, para ir al concierto contigo arriesgando mi puesto, o quedarme con mi jefe ajustando la presentación de mañana.

Sergio
No, no me importa, tú no valoras el esfuerzo que yo hago para que esto funcione.

Sarah
Sí lo valoro, pero entiende, yo además de ser tu novia tengo otras responsabilidades, no puedo estar siempre pendiente de ti.

Sergio
Ay no sé, a veces creo que ni me respetas.

Sarah
Sí lo hago.

Sergio
No sé.

Sarah
Sí sabes, sólo que eliges olvidar las veces que he estado acompañándote, como cuando diste el discurso en tu facultad, yo no entendía ni media palabra de tu jerga técnica pero ahí estuve.

Sergio
Pero eso no era tan importante.

Sarah
Mira tú, alcancé a creer que si a un evento asiste el rector es porque es importante, pero si tú dices que no lo fue, entonces no lo fue.

Sergio
Por favor no me enredes, suficiente tengo con el malhumor porque incumpliste nuestra cita.

Sarah
Vas a tener que perdonarme, o no, allá tú, pero yo también tengo una carrera importante que quiero cultivar, yo también quiero tener éxito y por eso no puedo estar pendiente de absolutamente todos tus eventos, discursos y conferencias, te acompañaré a los que pueda, pero el resto del tiempo se lo dedicaré a mis asuntos.

Sergio
Definitivamente tú no me entiendes. Adiós.

viernes, diciembre 11, 2009

Mátenme, cuando no sepa qué sabor de helado me gusta

Ojalá yo me inventara estas conversaciones, pero llegan a mis oídos así, casi perfectamente redactadas para que yo sólo tenga que copiarlas.

Mujer
Vamos a hacer fila para comer helado.

Marido
Mmm no sé, no sé si quiero helado.

Mujer
Sí, sí quieres. Ven acompáñame mientras la fila se mueve.

Marido
Eeeehhh no, no tengo ganas de comer más.

Mujer
Sí, sí tienes ganas, yo sé, después del almuerzo siempre se te antoja algo dulce.

Marido
Pero si vamos a comer helado…

Mujer
¿Pero qué? ¿Cuál es el problema?

Marido
Es que no sé qué sabor pedir.

Mujer


Marido
¿Qué sabor de helado es el que me gusta?

El punto de despersonalización, de pérdida de la identidad al que llegan algunas personas cuando están en pareja es tan nauseabundo, que de solo verlos se me quitan las ganas de tener compañía semipermanente.
¿Y qué tal estos otros?

El hincha
Sí, de verdad, hay un programa que se llama El Aguante y cuentan todas esas cosas.

La novia
¿En serio?

El hincha
En serio. Salen unas señoras, pero ya viejitas, amas de casa, haciéndole barra al equipo de barrio.

La novia
¿De barrio? No, no seas mentiroso. No, no puede ser.

El hincha
Que sí, salen unas señoras con bombos y todo a hacerle fuerza a los equipos de barrio…

La novia
Como a los del Olaya.

El hincha
Eso mismo, como a los del Olaya y van cantando, gritando, tirando papeles. Definitivamente es que aquí nos falta mucho, ellos nos llevan mucha ventaja, hasta se inventan los cantos, en cambio nosotros…

La novia
Y este tipo, mmm, el brasilero ¿tiene muchos hinchas?

El hincha
Huy sí, como 50 millones.

La novia
¡¿50 millones?! ¡¿Tantos?!

El hincha
Sí, 50 millones.

La novia
Pero ven, 50 millones ¿en dónde?, ¿en Colombia o en el mundo?

El hincha
En el país, acá en Colombia (con aire de suficiencia)

La novia
Ah (ignorando por completo que Colombia tiene poco más de 40 millones de habitantes), muchísimos entonces.

Con semejantes representantes del género femenino a mí se me acaban los argumentos para defender la inteligencia de las mujeres, es en esos momentos cuando me alegro de tener más amigos que amigas, es ahí cuando siento que no me pierdo de nada al seguir soltera.

jueves, diciembre 10, 2009

Baje de peso leyendo

Conozco pocas dietas y he intentado muchas menos, no he completado ninguna, pero me he esforzado al comenzarlas para entender mejor qué se siente hacerlas. Es cierto que mi objetivo no era inmenso: perder 2 kilos y medio, sin embargo, a la altura del kilo 56 y medio renuncié. Tenía un humor tan amargo, causado por el hambre constante, que ni yo me soportaba, en ese punto ataqué el primer paquete de galletas que cruzó mi camino. Desde entonces no he vuelto a intentar regímenes similares, más bien me he dedicado a buscar otras formas de quemar calorías para no pensar tanto en lo que como, de esta forma descubrí que una de ellas es la lectura.

Estando en la universidad empecé a notar que la actividad intelectual, especialmente cuando me exigía deformar los cajones de mi cabeza, para meter nuevos y complejos saberes, me generaba gran apetito, fue también en esa época cuando aprendí que los 3 elementos principales para el buen funcionamiento del cerebro son el agua, el oxígeno y el azúcar, si alguno hace falta su metabolismo podría complicarse, apareciendo desde un dolor de cabeza hasta una pérdida permanente de habilidades.

Basada en mi experiencia y en mis conocimientos llegué a asociar el consumo calórico con la lectura.

Las siguientes ocasiones en las que sentía gran necesidad de comer, observé si estaban precedidas por episodios durante los cuales mis actos mentales demandaran elevados procesos o, en otras palabras, mucho revoloteo neuronal. No se trataba de un registro pormenorizado de cada bocado entre comidas, sino de un seguimiento informal de aquellos entremeses, precedidos por la elaboración de la copia que usaría en el próximo examen o la lectura, concentrada, acerca de las aplicaciones mi carrera a la manipulación del novio de turno.

He ahí la clave, lentamente descubrí una relación entre mis antojos y mis lecturas, era mi cuerpo pidiendo azúcar a gritos, cada vez que yo insistía en acabarme, a toda prisa, la dosis anterior.

Luego de este experimento informal, entiendo mejor porqué gasto tanto en comida. Mi obsesión con la inteligencia y las letras me producen un hambre tal, hambre de alimentos no sólo de conocimientos, que necesito comer cuando estoy asimilando ideas nuevas y complejas.

Sé que la estabilidad en el peso corporal depende de muchos factores, entre ellos la genética, la dieta, la salud y la cultura, por ello se realizan tantos estudios científicos buscando el origen de la obesidad, entonces ¿por qué no darle el beneficio de la duda a la dieta de la lectura?

No aseguro que se vayan a perder 20 kilos en la primera semana, 10 en la siguiente y así sucesivamente, pero sí estoy convencida de que es una forma mejor de combatir el aburrimiento y las ideas distorsionadas, cortesía de las modelos anoréxicas y los fotógrafos aficionados al photoshop, entorno a los ”deberías” que existen sobre el cuerpo ideal. Seguramente serán pocos los gramos que se pierdan con la dieta de la lectura intensiva, mejor si es de temas como física cuántica o resolución de conflictos étnicos, pero a cambio se conseguirá un cajonero cerebral muy flexible, mientras se realiza un ejercicio perfecto para personas sedentarias y pasivas como yo.

miércoles, diciembre 09, 2009

¡Que traigan la cuenta!... pero vestida

Entre los prejuicios que he descubierto en la sociedad donde crecí, uno de los que llama más mi atención es la vulgaridad del dinero. A mi generación se le enseñó que es signo de mala educación andar averiguando cuál es el sueldo de los demás o cuánto se pagó por la nevera nueva, incluso nos entrenaron para revisar los regalos que damos, para asegurarnos de no dejar ni el más mínimo rastro de cuánto costaron. Sin embargo es seguro que algo falló en el procedimiento que usaron conmigo.

Constantemente se me olvida que los demás piensan que soy maleducada cuando hago preguntas que tienen por respuesta una escueta cifra. Los más cercanos saben que esta información no me interesa para pedirles plata prestada, sino que hace parte de mi curiosidad natural, esa que me empuja a preguntar para sentir el gusto de saber, así, deciden evadir la pregunta o simplemente responder, para evitar mi insistencia acerca del tema y poder pasar a otras cosas. Pero, obviamente, no todos son tan comprensivos.

Luego de ser amiga, durante varios años, de algún amigo, llegó el día en que le pregunté por la sumatoria de sus ingresos, teniendo en cuenta los 3 trabajos que hacía, inmediatamente me contestó, no sé si por consejo de su mujer o por formación propia, que eso no se lo decía ni a sus papás, además, teniendo en cuenta que hacía mucho no éramos tan amigos como antes, menos me iba a revelar ese dato secreto.

Sigo sin entender por qué en los restaurantes tienen la costumbre de dejar la factura al revés, con los números contra la mesa, o por qué en otros llevan la cuenta dentro de una carpetita de cuero, los más elegantes, para evitar que uno vea el número que está escrito en ella. ¿Realmente tiene sentido molestarse tanto en ocultar algo que ya sé?
Si entro a un lugar para pedir algo lo hago sobre la base de que conozco los precios, así como la cantidad de plata que traigo en el bolso. La vergüenza de no tener con qué pagar no va a ser menor si le ponen suspenso al momento de descubrir cuánto me costó satisfacer mi apetito, es más, si de entrada no supiera cuál es el rango de precios en un restaurante, rápidamente lo descubriría luego de ver la carta, que en la mayoría de los casos, excepto cuando está el mesero al lado para informar, tiene los precios de cada uno de los platos, bebidas, acompañantes y demás que aparecen en ella. En serio, yo ya sé cuánto me está costando lo que me estoy comiendo, si me traen la factura y me la dejan encima de la mesa sin mostrarme la espalda no me voy a ofender, también sé sumar, restar, multiplicar, sé que a veces debo agregarle el impuesto al total.

Este asunto de andar ocultando lo que se gana o lo que se gasta me parece ridículo, estoy convencida de que va de la mano de las apariencias. Yo no siento pena al decir “no tengo plata” cuando alguna amiga me “invita” a un reencuentro para contarnos lo que ha pasado en nuestras vidas desde la última vez que nos vimos, yo digo franca, abiertamente lo que pasa, no me interesa tener más de una tarjeta de crédito para poder llevar el ritmo social que me exigen algunos compromisos, menos me interesa ocultar que gano la tercera parte de lo que algunas colegas y que soy tacaña cuando las circunstancias lo ameritan. Yo no digo de dientes para afuera que lo importante es el interior de la persona, para luego gastarme lo que no tengo, demostrando de ese modo lo exitosa que soy.

Si los demás quieren creer que soy una fracasada porque no puedo salir o comprar tanto como ellos, que lo crean, no me importa, así yo seguiré creyendo sin culpa que ellos son tan superficiales como aburridos faltos de imaginación, personajes que no pueden pasar más de 3 horas en casa sin encontrar qué hacer porque se aburren y porque, en todo caso, si se les ocurre algo ingenioso para hacer no tendría sentido porque nadie los está viendo.

martes, diciembre 08, 2009

La novia rebelde

Raúl
¿Vas a querer casarte algún día?

Irene
No, creo que nunca.

Raúl
Hey, hablo en serio.

Irene
Yo también.

Raúl
No puede ser, todas las mujeres quieren casarse alguna vez, todas sueñan desde niñas con el vestido blanco, la fiesta, la iglesia, el marido, la torta, con todo eso, incluso juegan con las cortinas de la casa como si fuera el velo del vestido.

Irene
Mmm, no, que yo recuerde me dejaban jugar con carros, jugaba a la enfermera , también con cajas de cartón y osos de felpa y bueno, a veces también jugaba a la ingeniera cuando armaba construcciones imposibles para esconderme o para ver televisión plácidamente en el comedor.

Raúl
Pero todas lo hacen.

Irene
Yo no soy todas, todas son otras.

Raúl
Igual eres mujer.

Irene
¿Y?

Raúl 
Que si eres mujer debes querer casarte, tener hijos, un marido, una casa, todos esos sueños que tienen las mujeres, los que siempre han tenido antes de ser profesionales exitosas, ejecutivas modernas.

Irene
No, yo reconozco un mal negocio cuando lo veo, bueno, reconozco un pésimo negocio y trabajar afuera de la casa para llegar a trabajar adentro de la casa es un negocio pésimo, que se casen otras para salir lindas en las fotos.

Raúl
¿Alguna vez estuviste en una relación?

Irene
Sí, dos, tres veces, ¿por?

Raúl
Porque si estuviste en algún momento debiste sentir ganas de ir más allá, es que todavía no lo creo posible, se supone que somos nosotros, los hombres, los que le huímos al matrimonio, no las mujeres.

Irene
Para ahí un momento, yo no le huyo, ni siquiera le atraigo. A mí no me atrae la idea de domesticarme, no me gusta pensar en que mi único mundo estará rodeado por una cerca de madera pintada de blanco, que el perro en el jardín en realidad ladra para no dejarme salir de mi casa y que ese carro divino, parqueado al frente, sólo hace parte de mi trato de arresto domiciliario.

Raúl
No, no te entiendo, definitivamente no te entiendo.

Irene
Ni lo vas a hacer, yo no soy todas las mujeres, yo soy ninguna.

lunes, diciembre 07, 2009

El monstruo de las mil letras

Asusta, es caro, no expresa tanto estatus como un celular de última generación, inspira curiosidad, pero sólo durante breves momentos. Se le acusa de ser elitista y hasta de servir como repelente porque logra mantener alejados a quienes no lo comprenden. Para colmo es demandante, obliga a la gente a pensar, y pensar, en su entorno, es considerada una actividad altamente subversiva, al punto que su práctica recurrente atrae calificativos como simpatizante de la oposición y, el peor de ellos, guerrillero. Pero el no tiene la culpa, en una batalla desigual, en una donde se promociona la satisfacción instantánea de los deseos y los antojos, en condiciones donde la televisión, el cine y la música tienen muchos más recursos para vencer, la víctima ha sido el libro.

Aunque existen libros de distintos temas, el ejercicio de leerlos es percibido como una práctica aburrida, por esta razón han pasado a ser un artículo más, uno de lujo, usado para llenar estantes y bibliotecas con la esperanza de proyectar una imagen de intelectual cultivado, que con poca suerte no será puesto a prueba frecuentemente, porque la presencia de variados títulos se equipará con el hecho de haber pasado muchas horas leyéndolos. Pocos o ninguno, se atreverán a hacer preguntar inoportunas acerca de sus lecturas, de todos modos, ¿quiénes son los no poseedores de libros para preguntar?, seguro no han leído tanto como el sabio ser, poseedor de una completa biblioteca, lo mejor es que se limiten a observarla con ojos asombrados y que sigan creyendo que quien los exhibe con orgullo, como trofeos, es una persona que se los ha ganado honestamente, viajando a través de las letras que los componen.

He escuchado historias acerca de hermosas colecciones de libros, puestas a la vista de todos los presentes para inspirar envidia, reconocimiento e incluso autoridad, historias que terminan inesperadamente cuando algún atrevido osa tomar uno de los libros para, al comienzo, descubrir que el libro es más liviano de lo que debería y al abrirlo, comprobar que es una cubierta de cuero, con letras doradas cubriendo un pedazo de icopor / polietileno. No sé si sea esta la más triste o si gane la competencia de patetismo, aquella leyenda urbana que cuenta los narcotraficantes compran bibliotecas por metro lineal y cuadrado, porque todo se puede comprar, incluso la apariencia de intelectualidad, al fin y al cabo las personas con quienes andan no están junto a ellos para disfrutar de tertulias filosóficas o artísticas sino para otros menesteres, así, lo importante no es ser sino aparentar todo aquello que la plata es capaz de comprar.

Es inevitable, quienes sentimos atracción genuina por los libros somos parias que no entendemos la acumulación de material de lectura, para lucir educado e interesante. Los amantes de la lectura también somos, como las cucarachas, capaces de adaptarnos a nuevas tecnologías - por ejemplo el libro electrónico - para satisfacer nuestra necesidad de reflexión. Los aficionados a los libros, más conocidos como lectores, tenemos gran resistencia a las miradas de extrañeza que nos lanzan ojos hipnotizables con telenovelas, ritmos endemoniadamente repetitivos y películas de hermosa fotografía pero pobre argumento.

Como lectora recurrente me reconozco en la minoría, me gusta enfrentarme a esos objetos que producen tanta desconfianza, a esos monstruos capaces de absorberme durante horas con la sutileza de una mariposa, poseedores de pociones mágicas de efectos duraderos que me marean y amasan mi cerebro a su voluntad.

Hace años estoy en un camino que no tiene vuelta atrás, uno que comenzó cuando experimenté la sensación de poder personal al dirigir mi imaginación a donde quería, al descubrir a esos amigos que me esperaban pacientemente hasta que llegaba el momento de abrir sus puertas para contarme todos sus secretos, esos que no tienen comerciales y que no deben ser programados previamente para evitar perder un poco de su contenido, aquellas piezas de tecnología, hoy ya casi obsoleta, que me enseñaron las posibilidades de las lágrimas y la risa. Esos monstruos de mil y más letras son hoy parte de mí, parte de mi construcción como persona, son dulces mascotas que acaricio como a un dragón amigo en quien confío pero a quien no quiero domesticar, porque el conocimiento debe ser reactivo para transformar a quien de el se alimenta.

Que sigan siendo aterradores los libros, para que sigan encargándose de seleccionar a aquellos que realmente deben tener acceso a los profundos saberes.

viernes, diciembre 04, 2009

Perfecto: la palabra que me cagó la vida

Cuando era niña yo quería un osito de felpa que nunca tuviera que ser lavado, papás millonarios que me compraran todo lo que se me antojara y, además, deseaba que mi abuelo fuera inmortal para no morirme nunca, porque el día que él no estuviera yo no tendría motivos para vivir.
Con el tiempo a los juguetes los fui cambiando poco a poco, mis papás siguieron en sus trabajos de oficina hasta pensionarse y mi abuelo murió, pero yo probé que era posible seguir viviendo aunque de modo imperfecto.

En algún punto de mi vida comencé a creer, con fe inmensa, que el mundo era un sitio bueno, cálido, amoroso y sobretodo perfecto, donde todo ocurría justo del modo en que yo lo imaginaba. Después, lenta y dolorosamente, mi aprendizaje de la realidad inició, enseñándome que el sentido de la vida no está en darse cuenta de las desgracias que ocurren diariamente, sino en separarlas de las bendiciones.

Me parece que la primera película que fui a ver en una sala de cine fue Blancanieves y los 7 enanitos. Al salir de la proyección estaba absolutamente maravillada por los colores, la delicadeza de la princesa y el ritmo de las canciones. Es muy probable que mis papás tuvieran que soportar una semana entera en la que no paraba de hablar, preguntar y cantar canciones pegajosas relacionadas con la película, ignorando que ese simple entretenimiento sabatino estaba poniendo las bases para mis ideales posteriores de la vida perfecta.

Siendo un poco mayor, alrededor de los 10 años, para el día de brujas, quise disfrazarme de princesa, y sí, la elección era bastante predecible. Alguna costurera cercana a la familia estaba en el negocio temporal de los disfraces, les ofreció a mis papás venderles el deseado atuendo por un precio razonable. Apenas lo supe era la niña más dichosa y con ansias esperaba el momento de ver y vestir el sueño hecho de tela.

En mi colegio habían organizado la fiesta anual para celebrar el día de las brujas, yo estaba lista para ponerme el vestido amarillo, azul y negro que me convertiría en Blancanieves. Una vez vestida y calzada sólo esperaba que el rey padre me tomara de la mano para llevarme a la comarca donde me luciría.

Apenas comencé a caminar, paso a paso, el encanto se fue desvaneciendo. Descubrí que la diseñadora real había decidido ahorrar tela para mejorar las ganancias de su negocio, por lo que había cortado la falda con la mitad del ancho recomendable, obligándome a mí, y a todas las blancanieves de su colección, a seguir un paso pingüino, en el que debía pensar con antelación dónde poner el pie que levantaba, para evitar una caída, además de dolorosa, poco compatible con el garbo y delicadeza de una princesa.

De la fiesta ya no recuerdo mucho, sé que había toneladas de niños y algunos recreadores intentando hacer más divertido el evento, procurando, sin éxito, que las blancanieves, bellas durmientes, rapunzeles y demás especies de princesas, tuviéramos un rato agradable olvidándonos de que siempre habrá una más linda, más joven o más graciosa que pondrá a prueba nuestra autoestima. Yo me concentré en que no podía caminar, en que habría preferido el disfraz de la mujer maravilla para poder saltar y correr sin tropiezos.

Muchos años tuvieron que pasar desde entonces hasta que comprendiera la maldición de la palabra perfecto.

“El hombre perfecto es aquel trabajador, alto, de espalda ancha y fiel”, “el trabajo perfecto es con una multinacional que te paga hasta por estornudar, en donde puedes esforzarte lo menos posible hasta pensionarte”, “la casa perfecta tiene rejas blancas, garaje cubierto y antejardín lleno de flores” y parecidas fueron frases dichas automáticamente por otros, palabras que prepararon el terreno para hacerme difícil descubrir que esperar la perfección de todo, siempre, todas las veces, en todas las horas, es el camino más seguro hacia el suicidio.

Desde que me levanto hasta que me acuesto lucho con la manía de quejarme, con la tentación de decir “podría mejorar el baño si le pusiera una cenefa”, “el comedor tendría que ser más grande para recibir invitados”, “si no tuviera estos centímetros de más mi cadera sería perfecta”. Debo esforzarme a diario para encontrar todas y cada una de las razones por las cuales agradecerle a la vida, no porque viva miserablemente, sino porque la educación que recibí dentro, de una sociedad perfeccionista, me entrenó eficazmente para estar constantemente consciente de mi imperfección.

El reto de buscar razones para agradecer, en lugar de recitar letanías ciertamente ha valido la pena, hoy a pesar de los problemas, soy muy capaz de reconocer cada una de las bendiciones que me rodean. De forma incompleta pero continua, sé que el agua caliente es un privilegio, así como la mantequilla en el desayuno, la leche en el café, las sábanas suaves en la cama y el llegar a casa sana y salva todas las noches. No parecerán grandes lujos, pero si uno falta estará encendiendo mi sensor interno de imperfecciones, que siempre estará listo para saltar la alarma que dice “soy infeliz, soy infeliz, soy infeliz”.

jueves, diciembre 03, 2009

En tu hogar, aún en contra de tu voluntad

En un bus llegando a Filadelfia.

Amelia (despertando)
¿Dónde estamos?

Raquel
En el norte, llegando ya.

Amelia
Dormí buenísimo.

Raquel
Sí, me di cuenta, nos detuvimos como 20 minutos, no sé por qué, había muchos carros y tú ni te enteraste.

Amelia
¿Sí? ¿A ver qué hora es?... Claro, íbamos a llegar a las 5 y media y van a ser las 6.

Raquel
Te detesto, yo no pude dormir nada, escasamente dormité un rato y nada más.

Amelia
Lo siento, yo soy de las que se suben a un bus y queda profunda, no importa si antes dormí bien o no, creo que el movimiento me arrulla.

Raquel
No importa te detesto igual.

Amelia
Mira, ya estamos pasando el puente… mmm no ¡qué pereza!

Raquel
¿Qué pereza qué?

Amelia
Siento que estoy llegando a mi casa.

Raquel
¿Y eso qué tiene de raro? Lo raro sería que no te sintieras así, llevas 5 años viviendo acá.

Amelia
Sí, pero no quiero, mi casa no es aquí, es allá en Bogotá. Yo no debería sentir esto.

Raquel
Nada que hacer, ya lo sientes, es normal. Llevas mucho tiempo acá, has vivido un montón de cosas, lo raro sería que no te sintieras así.

Amelia
Pero yo no sé si me quiero quedar o si me quiero devolver.

Raquel
Eso no importa, ya te acostumbraste a esta ciudad y por eso la sientes como tu casa, ya conoces el transporte, sabes moverte, has vivido sus ritmos, todo eso.

Amelia
Sí… pero no me gusta, yo no quiero sentirme así.

Raquel
Nada que hacer, ya lo estás sintiendo.

Amelia
Sí, pero es raro, es como que me gusta sentirme acostumbrada a esta ciudad pero no, no sé cómo explicártelo, es como tener ganas de regresar a Colombia pero no estoy segura. Yo me quedaría si hubiera algo muy, muy bueno aquí pero aún no hay, entonces creo que es mejor devolverme, pero lo que tengo acá me gusta, mi independencia, mi trabajo, la universidad, aich, todo, todo eso me gusta. No sé.

Raquel
No te preocupes, igual tienes todavía dos años para pensar qué quieres hacer.

Amelia
Sí, pero igual quiero pensar en algo más, en qué voy a hacer. A veces pienso en llegar allá y conseguir un trabajo rápido, yo quiero estar en Bogotá pero seguir viviendo sola, como ahora.

Raquel
¿Ves porque sientes que estás llegando a tu casa?

Amelia
Jum, sí, ya sé.

Raquel
Acá eres dueña de tu vida, no le das explicaciones de nada a nadie, eres más libre que allá.

Amelia
Pues sí, eso sí.

Raquel
Uno se siente en casa donde está en paz, donde puede elegir a quién le abre las puertas y a quién ni la dirección le da, yo ya he pasado por eso, he estado en sitios donde no quiero apegarme, de donde quiero salir corriendo pero no puedo, porque no hay nada nuevo, nada que me espere en otro lugar y salir así, hacia la nada, ir a la deriva no me gusta, a mí me gusta tener un destino marcado un rumbo fijo.

Amelia
Sí, es cierto, yo acá estoy estudiando algo que me gusta y mientras acabo tengo claro lo que voy a hacer, luego veo qué decido. ¿Y qué pasó después?

Raquel
¿Después de qué?

Amelia
Después, después de que te sentiste así, como con ganas de irte corriendo.

Raquel
Ah, pues me tuve que calmar, no me quedó más remedio, cuando me quise ir descubrí que no podía hacer nada más que quedarme, que esperar pacientemente hasta que el rumbo apareciera, hasta que el norte fuera claro para poder armar las maletas de nuevo e irme hacia el.

Amelia
¿Y te gustó?

Raquel
La espera no, sentía que me volvía loca, pero cuando el norte se descubrió y cuando llegué a el me encantó. Ahora me encanta verme al espejo, pero no de vanidosa, es que me gusta ver a la persona que me mira a los ojos, me fascina ver que llegué a ser la persona que quería ser hace unos años.

Amelia
¡Qué chévere!

Raquel
Sí, y eso te va a pasar a ti también, vas a ver.

miércoles, diciembre 02, 2009

Nuestras madres no fueron santas y tampoco putas

En este punto de mi vida he armado un club de apoyo con aquellas amigas que no soportan a sus madres. Pareciera que, ellas, nuestras progenitoras, en el proceso de criarnos y hacernos felices perdieron el rumbo olvidando lo principal: sólo pueden hacerse felices a ellas mismas y, durante el olvido, comenzaron a enloquecernos.

Olvídense de todas esas historias, televisadas o escritas, donde sale una pareja compuesta por madre e hija que se odian, mismas que pasado algún tiempo, derramadas algunas lágrimas y armados unos cuantos berrinches, se convierten en las mejores amigas. Eso en la vida real NO pasa, al menos no en la mía, ni en la de mis amigas más cercanas.

Es verdad que algunas mujeres que conozco tienen relaciones estables y tranquilas con sus madres, que sus caracteres son parecidos o al menos compatibles, por ello se toleran o, en el peor de los casos, no se agreden mutuamente, pero también es cierto que la gran mayoría de las duplas madre-hija no son ejemplos dignos de mostrar para ilustrar cómo debe ser la amistad perfecta.

Con frecuencia me he encontrado en conversaciones en donde una hija me da quejas de su madre y yo le doy quejas de la mía, en parte porque mis amigas más cercanas son mujeres, como yo, solteras o casadas pero aún sin hijos, además, sin ganas de tenerlos precisamente por las pobres relaciones que tenemos con nuestras mamás; y también porque no entendemos cómo tantas otras, sinceras o no, andan por la vida súper orgullosas de la “amistad” que tienen con la suya.

En mi galaxia, o por lo menos en mi lado del planeta, la amistad no es compatible con la relación mamá e hija. Para mí es un invento de aquellas mujeres que se esforzaron por satisfacer todos los deseos de su madre y llegaron a convencerse de que nada en el mundo cambia, que esperan lograr, por arte de magia, una amistad incondicional con sus hijas, olvidando o ignorando en el imaginario que las relaciones no se materializan con una varita mágica, es más, no son materiales, sino que deben construirse de forma abstracta, en el mejor de los casos, basadas en el respeto.

Parece que muchas mujeres, apenas se enteran de que están embarazadas, se convencen de que el lazo genético que tienen con la criatura que esperan, se extenderá a las relaciones que tendrán con esta apenas nazca, que así como crece su cuerpo, estando afuera de ellas, crecerá también el afecto y la confianza que esa hija siente hacia ella, pero el mundo no funciona de ese modo, por más de que El Secreto nos quiera convencer de lo contrario, que basta con desear las cosas para que lleguen a nuestra vida, la realidad es que si sólo las deseamos sin hacer nada para conseguirlas, nunca pasará nada, por más dolores de cabeza que nos causen las extensas horas de meditación concentrada.

Para mí la relación madre e hija es incompatible con la amistad entre dos mujeres. Yo a mis amigas les cuento todo lo que no quiero que sepa mi mamá, les hablo de mi vida para que me escuchen sin criticarme, sin reprenderme, converso con ellas para liberar tensión, para saber cómo pensaría yo si no estuviera tan alterada o para contrastar mis reacciones con otra mujer parecida a mí, pero si hiciera eso con mi madre muy seguramente comenzaría a preocuparse porque le serví el café a un amigo en una taza desportillada, mientras espera ansiosa mi más pequeño silencio para contarme que Pepita Pérez compró una casa nueva, pero que parece una cárcel y que es el colmo que haya recibido 2 gatos más cuando ya tenía 5 y un marido.

Yo para amigas busco a mujeres parecidas a mí, aquellas a las que no les da miedo pensar, las mismas que no soportan pasar más de media hora en la peluquería o tirar media tarde hablando de los más recientes métodos de depilación definitiva. Luego no se extrañen de que tengamos más amigos hombres que mujeres, porque buscando, buscando se encuentra más fácilmente a un hombre con algo en la cabeza que a una mujer celebrando la alegría de su condición.

Es cierto que a nadie le dan un manual apenas pare un hijo, aunque deberían o al menos deberían prohibirle a ciertas personas tener hijos, así como a ciertos médicos deberían prohibirles hacer tratamientos de fertilidad a aquellas mujeres que, de maternidad, sólo saben cuánto cuesta, pero como ya estamos grandes, crecidos, no sé si maduros, es conveniente reconocer que la felicidad propia están en las propias manos, que no podemos echarle la culpa a los demás si nuestra vida es un asco.

Que paren ya nuestras madres de decirnos que son miserables porque no las queremos, que no las queremos porque no soportamos a sus amigas y que están solas por culpa nuestra. Si ellas no pudieron construir amistades profundas, alcanzar logros lejos de sus hijas y hacerse una visión propia del mundo, no es nuestra responsabilidad sino de ellas. Que recuerden, además, que si bien no son santas, tampoco son putas, aunque sus allegados piensen que nosotras las hijas, somos unas hijas de puta por no permitir que nos controlen la vida, por no permitir que jueguen a las muñecas con nosotras para que así puedan creer que su vida se completa cuando cumplimos los sueños que ellas tenían.