lunes, diciembre 07, 2009

El monstruo de las mil letras

Asusta, es caro, no expresa tanto estatus como un celular de última generación, inspira curiosidad, pero sólo durante breves momentos. Se le acusa de ser elitista y hasta de servir como repelente porque logra mantener alejados a quienes no lo comprenden. Para colmo es demandante, obliga a la gente a pensar, y pensar, en su entorno, es considerada una actividad altamente subversiva, al punto que su práctica recurrente atrae calificativos como simpatizante de la oposición y, el peor de ellos, guerrillero. Pero el no tiene la culpa, en una batalla desigual, en una donde se promociona la satisfacción instantánea de los deseos y los antojos, en condiciones donde la televisión, el cine y la música tienen muchos más recursos para vencer, la víctima ha sido el libro.

Aunque existen libros de distintos temas, el ejercicio de leerlos es percibido como una práctica aburrida, por esta razón han pasado a ser un artículo más, uno de lujo, usado para llenar estantes y bibliotecas con la esperanza de proyectar una imagen de intelectual cultivado, que con poca suerte no será puesto a prueba frecuentemente, porque la presencia de variados títulos se equipará con el hecho de haber pasado muchas horas leyéndolos. Pocos o ninguno, se atreverán a hacer preguntar inoportunas acerca de sus lecturas, de todos modos, ¿quiénes son los no poseedores de libros para preguntar?, seguro no han leído tanto como el sabio ser, poseedor de una completa biblioteca, lo mejor es que se limiten a observarla con ojos asombrados y que sigan creyendo que quien los exhibe con orgullo, como trofeos, es una persona que se los ha ganado honestamente, viajando a través de las letras que los componen.

He escuchado historias acerca de hermosas colecciones de libros, puestas a la vista de todos los presentes para inspirar envidia, reconocimiento e incluso autoridad, historias que terminan inesperadamente cuando algún atrevido osa tomar uno de los libros para, al comienzo, descubrir que el libro es más liviano de lo que debería y al abrirlo, comprobar que es una cubierta de cuero, con letras doradas cubriendo un pedazo de icopor / polietileno. No sé si sea esta la más triste o si gane la competencia de patetismo, aquella leyenda urbana que cuenta los narcotraficantes compran bibliotecas por metro lineal y cuadrado, porque todo se puede comprar, incluso la apariencia de intelectualidad, al fin y al cabo las personas con quienes andan no están junto a ellos para disfrutar de tertulias filosóficas o artísticas sino para otros menesteres, así, lo importante no es ser sino aparentar todo aquello que la plata es capaz de comprar.

Es inevitable, quienes sentimos atracción genuina por los libros somos parias que no entendemos la acumulación de material de lectura, para lucir educado e interesante. Los amantes de la lectura también somos, como las cucarachas, capaces de adaptarnos a nuevas tecnologías - por ejemplo el libro electrónico - para satisfacer nuestra necesidad de reflexión. Los aficionados a los libros, más conocidos como lectores, tenemos gran resistencia a las miradas de extrañeza que nos lanzan ojos hipnotizables con telenovelas, ritmos endemoniadamente repetitivos y películas de hermosa fotografía pero pobre argumento.

Como lectora recurrente me reconozco en la minoría, me gusta enfrentarme a esos objetos que producen tanta desconfianza, a esos monstruos capaces de absorberme durante horas con la sutileza de una mariposa, poseedores de pociones mágicas de efectos duraderos que me marean y amasan mi cerebro a su voluntad.

Hace años estoy en un camino que no tiene vuelta atrás, uno que comenzó cuando experimenté la sensación de poder personal al dirigir mi imaginación a donde quería, al descubrir a esos amigos que me esperaban pacientemente hasta que llegaba el momento de abrir sus puertas para contarme todos sus secretos, esos que no tienen comerciales y que no deben ser programados previamente para evitar perder un poco de su contenido, aquellas piezas de tecnología, hoy ya casi obsoleta, que me enseñaron las posibilidades de las lágrimas y la risa. Esos monstruos de mil y más letras son hoy parte de mí, parte de mi construcción como persona, son dulces mascotas que acaricio como a un dragón amigo en quien confío pero a quien no quiero domesticar, porque el conocimiento debe ser reactivo para transformar a quien de el se alimenta.

Que sigan siendo aterradores los libros, para que sigan encargándose de seleccionar a aquellos que realmente deben tener acceso a los profundos saberes.

4 comentarios:

Juan Arellano dijo...

Es un lugar común pero me gustó mucho tu blog, tanto q no sabía en cual post comentar.. claro, debí haberlo hecho en todos, pero el tiempo no me da para volver sobre lo ya avanzado. En todo caso q mejor que hacerlo en este en el cual celebras a los libros, esos objetos q a veces he preferido a una cerveza o a algo de contacto humano.. saludos!

Licuc dijo...

¿Lugar común? ¿Cuál? Creía que los libros eran de lo más impopular, pero bueno, intenté tomar algo cotidiano y darle una nueva mirada.
Me gusta que te guste mi blog, mmm, creo que a eso te referías con el lugar común, el punto es que agradezco tu lectura y los libros agradecen tu preferencia, aunque callados.

Juan Arellano dijo...

Ohhh lo de lugar común se refería al "Me gustó tu blog" Pero lo dije en serio :) Sorry x el malentendido.

Licuc dijo...

Juan gracias por aclararme, entre lo despistada que soy y que tengo mil ideas a la vez, a veces me cuesta llegar a término con una sola, clara y ordenada.