martes, diciembre 29, 2009

Exorcismo del espíritu de año nuevo

He escuchado varias historias acerca del espíritu de navidad. Algunas dicen que aparece el 21 de diciembre, en solsticio de invierno, otras hablan de sueños invadidos por navidades pasadas y futuras, pero nadie, absolutamente nadie me advirtió acerca del espíritu de año nuevo. Hoy me asaltó ese mezquino ser. Mientras lo despedía, deseaba fervientemente un exorcista que me facilitara el trabajo.

Habiendo superado esa sensación molesta del día de los santos inocentes, no sé qué es broma y qué no durante 24 horas continuas, me desperté temprano para hacer mi contabilidad de octubre y noviembre. Una vez terminé, vi con desagrado, encima del escritorio, unas bolsas plásticas arrugadas y amontonadas, desafiándome a resistir los deseos fervientes de doblarlas en triángulos.

Dejé de observarlas y me dediqué a clasificar papeles sueltos, rompiendo facturas viejas y revisadas, archivando ordenadamente tarjetas personales, guardando en archivos electrónicos ideas sueltas para futuras columnas, en general, cualquier actividad lejana al origami de supermercado. Pero ellas me seguían provocando.

Pasé rápidamente por el estudio para recoger una bolsa donde guardo lápices, con el fin de meter en ella parte del eterno desorden de mi mesa de noche. Me parece justo que el control remoto vuelva a tener espacio entre la maraña de libros, periódicos y cosméticos, en lugar de estarme torturando, frecuentemente, con los comerciales que no puedo ignorar como se debe cada vez que pierdo el bendito aparato. En esa corta visita ellas seguían incitándome.

Luego de terminar un débil intento de establecimiento de prioridades, con los objetos de mi habitación, no pude resistirme más. Regresé al estudio para sacarme de la cabeza la idea de una madeja colorida. Estaba decidida a cambiar ese enjambre de poliuretano, por un grupo de pequeñas torres triangulares fáciles de acumular en un cajón.

Me senté en la silla del escritorio para, una por una, doblar los pedazos de plástico hasta convertirlos en tiras y luego, en diagonal, formar geometrías perfectas de tres lados, que al final permitieran guardar el extremo restante en el bolsillo que queda, gracias a la concienzuda operación. Mientras no dejaba de preguntarme ¿para qué sirve esto?, ¿cuándo aprendí lo que siempre me negué a observar?, y finalmente maldije por tener una memoria tan fiel, en especial para asuntos ridículos como el que me ocupaba.

Al concluir la tarea busqué el estante donde guardo, en completa anarquía, todas las bolsas de supermercado y las doblé también. Más tarde lavé el baño, usando un cepillo de dientes para el espacio entre baldosines, al tiempo que pensaba en lo sucias que están las hojas de las plantas y que ya es hora de cambiar la ropa de cama.



No sé si fue la mezcla de cloro y limpiador de baños, el estarme golpeando distintas partes del cuerpo en el espacio reducido de la ducha o mis manos sudando bajo los guantes de caucho, pero algo me hizo reaccionar. Me vi como esas mujeres obsesionadas con el aseo, más maniáticas que de costumbre, enfermas porque el año nuevo no puede encontrar la casa con una servilleta sucia en el cesto de la basura. Justo ahí sentí horror de mí misma.

Enjuagué lo que tenía jabón, me bañé con agua caliente en el sitio que acababa de limpiar con obsesión, me vestí y busqué el libro que había empezado a leer la noche anterior, con la firme intención de llegar al final antes de que se acabara el día.

El año nuevo podrá poseerme durante algunas horas, pero me resisto a recibirlo con una casa reluciente y una mente vacía, prefiero tener la cabeza llena de novelas románticas antes que una cocina digna de portada en revista de decoración.

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