martes, diciembre 22, 2009

Hija del televisor

Siendo niña mi mamá trabajaba y mi papá también, cuando ellos no podían cuidarme lo hacían mis abuelos o mis tíos, pero si ninguno de ellos estaba disponible quedaba ella, la cálida, cuadrada, paciente y brillante nana: el televisor.

Hacia los 11, 12 años se hizo evidente que, en ausencia de adultos, sólo necesitaba quién me alimentara o, en el peor de los casos, calentar la comida yo misma sin peligro. Recuerdo que por esa época se compró el horno microondas, luego de que yo armara una pataleta por teléfono, producto de un descuido propio. Dejé una cuchara metálica en la olla donde calentaba mi almuerzo, cuando fui a revisarla, toqué el cubierto olvidando que acumulaba calor y, evidentemente, me quemé, nada serio, pero lo suficiente para llorar desconsolada y convencer con facilidad a mi mamá de que era imprescindible comprar el mentado aparato.

Así como no sabía bien cómo funcionaba un horno microondas, - ¿a quién engaño?, aún no lo sé – tampoco sabía cómo funcionaba el televisor, pero tenía muy claro cómo me facilitaban la vida, el primero me permitía comer alimentos calientes sin ensuciar muchos utensilios y con menor esfuerzo que la estufa, el segundo, viejo conocido, me divertía con sus programas e incluso me ayudaba a repasar lo aprendido en el colegio, cuando la televisión educativa era una clase televisada. Mientras ellos trabajaran bien, pocas cosas podían preocuparme.

Desde ese entonces he aprendido a ser muy independiente, al punto que no recuerdo haber pedido ayuda a familiar alguno, para completar deberes mientras estudiaba en la universidad. Creía un motivo de orgullo poder decir que Miguel sí tuvo que pedir constantes asesorías a tíos y primos para hacer sus trabajos, mientras yo me las arreglaba buscando a los profesores para que me explicaran algo mejor o acudiendo a compañeros, que parecían más adelantados. Al final entendí que ayuda es ayuda, consulta es consulta y como los demás no pudieron solos, yo tampoco.

Cada tanto largo busco a alguna persona cercana para resolver temas con los que no puedo sola, pero al ser una hija única que aprendió a divertirse, entretenerse y arreglarse sola, con el eterno sonido televisivo de fondo, me cuesta socializar y comprendo que socializar es el precio que pago por adelantado para luego poder cobrar favores.

Cuando no se tiene crédito social es necesario pedir un préstamo, es decir, pedir el favor a sabiendas de que se entrará en rojos, que la próxima vez que esa persona busque mi ayuda no podré negársela legítimamente, porque estoy en deuda con ella y como a mí no me gusta tener deudas, de ningún tipo, así las tenga, prefiero buscar por mis propios medios una solución que no involucre a nadie más.

A regañadientes he aceptado que así es el intercambio de favores, la economía social, sin embargo sigue sin gustarme, porque aceptar no es gustar. No se extrañe, entonces, si prefiero buscar todos los medios a mi alcance para resolver mis problemas, antes que pedir ayuda y tampoco se sorprenda si prefiero tener pocos amigos, para que no me deban nada. Igual no hay ninguno como ella, como la nana apacible y callada, ella que no se queja aún cuando la cambie por una más moderna y estilizada.

3 comentarios:

Melissa Limón dijo...

Hola, encontré tu blog, leí tu texto sbre "Hija del televisor" y me gustó mucho, soy un poquito como tu, no me gusta tener deudas de ningún tipo y durante mi infancia carecí de televisión, cuando la descubrí, lamenté que ella no me cuidara, así que ahora, más que verla me gusta escucharla, como una anciana que cuenta sus mejores anécdotas, no me importa lo que dice, el susurro de su voz es suficiente para sentir que habito en el vientre de mi madre.
Melissa Limón

Paula dijo...

Hola, soy de la revista Cartel urbano, quisiera saber si podrias cedernos algunos de tus textos para nuestra sección opinión en la web. Si te interesa escríbeme a paular@cartelurbano.com

Licuc dijo...

Melissa me siento bien cuando alguien que no conozco hace clic con un texto mío. Me alegra que lo disfrutaras. Seguiremos con nuestras actividades mientras está el dulce ruido de fondo.

Paula, ya me comunicaré contigo.