jueves, diciembre 17, 2009

A mí tampoco me gusta la navidad

Confieso que parezco una extraterrestre para la mayoría de mis semejantes, si es que realmente puedo llamarlos así, porque encuentro felicidad en lugares y situaciones que ellos podrían llamar aberrantes, por ejemplo disfruto pasar una tarde tranquila de sábado, en casa, leyendo, no en un centro comercial viendo vitrinas y comprando lo que no necesito; o prefiero viajar sola antes que con un novio aburrido, tonto y con apariencia de modelo de portada de revista para disimular mi soledad. Estoy sola, por elección, porque no la temo y porque la disfruto, porque el “mejor sola que mal acompañada” es para mí una declaración de principios más que un refrán pasado de moda.

Así como a algunos no les sale bailar en una fiesta, porque no saben o porque no les gusta, de veras, aún sabiendo cómo hacerlo, a mí no me sale sonreír y cantar villancicos en diciembre. Para mí la época de fin de año es un obstáculo anual, una prueba que debo superar con gracia año tras año, antes de que se me entregue el crédito por la nueva edad que estrenaré en enero.

Supongo que hubo una etapa de mi vida en la que realmente disfrutaba las luces en el árbol y en el pesebre, casi puedo recordarla, las figuras de goma con las que se ordenaba este último, en casa de mis abuelos, parecían enormes, y lo eran dado el tamaño de mis manos, el olor a aserrín precedía al caminito que llevaba al establo donde estaban María y José esperando al niño, además el poder encender luces de bengala en la entrada de la casa era algo mágico, con todo y las quemaduras accidentales cuando, creyendo que aún quedaba una más sin usar, la levantaba para encontrarme con un hierro ardiente.

Más tarde, las figuras fueron perdiendo color, las luces unidas por un cable se convirtieron en una manguera llena de bombillitos, más parecida a un neón que a un rosario y la pólvora fue prohibida, y bueno, digamos que maduré, por lo que comencé a ver todo distinto.

Ahora que tengo las manos más grandes, y en general todo el cuerpo, me parece que el pesebre es un objeto más de decoración para esta temporada, creo que el árbol sirve para reforzar el ego de los poseedores, me basta con observar cómo se abren durante este mes las cortinas de las casas, que el resto del año permanecen cerradas escondiendo vergüenzas. Las personas sacan lo mejor de su exhibicionismo para mostrarnos cuán grande y verde lo tienen, luego, en las noches nos dan una muestra inmejorable de su falta de creatividad, esa que las empuja a ponerle un margen de luz a las ventanas o a pegar al vidrio la caja de luces, tal y como venía de la tienda, porque parece una hermosa estrella y ya no podrían dibujarla al sacar las luces de su recipiente.

Lo sé, el grinch interno me sale sin esfuerzo, ni siquiera he visto la película de Jim Carrey para inspirarme, una adolescencia placentera, vigilada por los ojos de MTV con la gran Daria en su reparto fue suficiente para formar parte de mi identidad actual. La navidad no tiene sentido para mí, ya no, es más, nunca lo tuvo, lo que podría llamarse significado era una sensación difusa de bienestar por ser una niña consentida y el anhelo de los regalos que traería el ficticio Niño Dios. No se confunda, no me quejo, ahora que esas promesas se rompieron, ahora que sé cómo es realmente la historia me veo en la obligación de encontrar fuentes de alegría legítimas y más frecuentes, que casi nunca vienen envueltas en papel de colores, ni acompañadas con manjares que se supone sólo coma en ésta época del año.

No sé usted, pero yo como buñuelos cuando quiero, cuando me los encuentro en la calle recién preparados, para mí la navidad no es una excusa para la felicidad, podrá ser una excusa ajena para gastar. Yo, en cambio, me doy el lujo de estar contenta sin importar la fecha en el calendario.

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