viernes, diciembre 04, 2009

Perfecto: la palabra que me cagó la vida

Cuando era niña yo quería un osito de felpa que nunca tuviera que ser lavado, papás millonarios que me compraran todo lo que se me antojara y, además, deseaba que mi abuelo fuera inmortal para no morirme nunca, porque el día que él no estuviera yo no tendría motivos para vivir.
Con el tiempo a los juguetes los fui cambiando poco a poco, mis papás siguieron en sus trabajos de oficina hasta pensionarse y mi abuelo murió, pero yo probé que era posible seguir viviendo aunque de modo imperfecto.

En algún punto de mi vida comencé a creer, con fe inmensa, que el mundo era un sitio bueno, cálido, amoroso y sobretodo perfecto, donde todo ocurría justo del modo en que yo lo imaginaba. Después, lenta y dolorosamente, mi aprendizaje de la realidad inició, enseñándome que el sentido de la vida no está en darse cuenta de las desgracias que ocurren diariamente, sino en separarlas de las bendiciones.

Me parece que la primera película que fui a ver en una sala de cine fue Blancanieves y los 7 enanitos. Al salir de la proyección estaba absolutamente maravillada por los colores, la delicadeza de la princesa y el ritmo de las canciones. Es muy probable que mis papás tuvieran que soportar una semana entera en la que no paraba de hablar, preguntar y cantar canciones pegajosas relacionadas con la película, ignorando que ese simple entretenimiento sabatino estaba poniendo las bases para mis ideales posteriores de la vida perfecta.

Siendo un poco mayor, alrededor de los 10 años, para el día de brujas, quise disfrazarme de princesa, y sí, la elección era bastante predecible. Alguna costurera cercana a la familia estaba en el negocio temporal de los disfraces, les ofreció a mis papás venderles el deseado atuendo por un precio razonable. Apenas lo supe era la niña más dichosa y con ansias esperaba el momento de ver y vestir el sueño hecho de tela.

En mi colegio habían organizado la fiesta anual para celebrar el día de las brujas, yo estaba lista para ponerme el vestido amarillo, azul y negro que me convertiría en Blancanieves. Una vez vestida y calzada sólo esperaba que el rey padre me tomara de la mano para llevarme a la comarca donde me luciría.

Apenas comencé a caminar, paso a paso, el encanto se fue desvaneciendo. Descubrí que la diseñadora real había decidido ahorrar tela para mejorar las ganancias de su negocio, por lo que había cortado la falda con la mitad del ancho recomendable, obligándome a mí, y a todas las blancanieves de su colección, a seguir un paso pingüino, en el que debía pensar con antelación dónde poner el pie que levantaba, para evitar una caída, además de dolorosa, poco compatible con el garbo y delicadeza de una princesa.

De la fiesta ya no recuerdo mucho, sé que había toneladas de niños y algunos recreadores intentando hacer más divertido el evento, procurando, sin éxito, que las blancanieves, bellas durmientes, rapunzeles y demás especies de princesas, tuviéramos un rato agradable olvidándonos de que siempre habrá una más linda, más joven o más graciosa que pondrá a prueba nuestra autoestima. Yo me concentré en que no podía caminar, en que habría preferido el disfraz de la mujer maravilla para poder saltar y correr sin tropiezos.

Muchos años tuvieron que pasar desde entonces hasta que comprendiera la maldición de la palabra perfecto.

“El hombre perfecto es aquel trabajador, alto, de espalda ancha y fiel”, “el trabajo perfecto es con una multinacional que te paga hasta por estornudar, en donde puedes esforzarte lo menos posible hasta pensionarte”, “la casa perfecta tiene rejas blancas, garaje cubierto y antejardín lleno de flores” y parecidas fueron frases dichas automáticamente por otros, palabras que prepararon el terreno para hacerme difícil descubrir que esperar la perfección de todo, siempre, todas las veces, en todas las horas, es el camino más seguro hacia el suicidio.

Desde que me levanto hasta que me acuesto lucho con la manía de quejarme, con la tentación de decir “podría mejorar el baño si le pusiera una cenefa”, “el comedor tendría que ser más grande para recibir invitados”, “si no tuviera estos centímetros de más mi cadera sería perfecta”. Debo esforzarme a diario para encontrar todas y cada una de las razones por las cuales agradecerle a la vida, no porque viva miserablemente, sino porque la educación que recibí dentro, de una sociedad perfeccionista, me entrenó eficazmente para estar constantemente consciente de mi imperfección.

El reto de buscar razones para agradecer, en lugar de recitar letanías ciertamente ha valido la pena, hoy a pesar de los problemas, soy muy capaz de reconocer cada una de las bendiciones que me rodean. De forma incompleta pero continua, sé que el agua caliente es un privilegio, así como la mantequilla en el desayuno, la leche en el café, las sábanas suaves en la cama y el llegar a casa sana y salva todas las noches. No parecerán grandes lujos, pero si uno falta estará encendiendo mi sensor interno de imperfecciones, que siempre estará listo para saltar la alarma que dice “soy infeliz, soy infeliz, soy infeliz”.

2 comentarios:

Santrax dijo...

Somos felices con poco y lo valoramos así que cuando tengamos un poco más seremos más sabias para ponerlo en el lugar que le corresponde a nuestras vidas "imperfectas".

Licuc dijo...

Santrax en esa lucha perpetua estamos, en la del efímero equilibrio, espero que, como dices, la sabiduría nos acompañe cuando tengamos más, porque lo buscamos, porque lo queremos, porque lo que tenemos lo disfrutamos y agradecemos a diario. Seguro que si nos faltara un día lo echaríamos de menos y lo querríamos de vuelta.