miércoles, diciembre 09, 2009

¡Que traigan la cuenta!... pero vestida

Entre los prejuicios que he descubierto en la sociedad donde crecí, uno de los que llama más mi atención es la vulgaridad del dinero. A mi generación se le enseñó que es signo de mala educación andar averiguando cuál es el sueldo de los demás o cuánto se pagó por la nevera nueva, incluso nos entrenaron para revisar los regalos que damos, para asegurarnos de no dejar ni el más mínimo rastro de cuánto costaron. Sin embargo es seguro que algo falló en el procedimiento que usaron conmigo.

Constantemente se me olvida que los demás piensan que soy maleducada cuando hago preguntas que tienen por respuesta una escueta cifra. Los más cercanos saben que esta información no me interesa para pedirles plata prestada, sino que hace parte de mi curiosidad natural, esa que me empuja a preguntar para sentir el gusto de saber, así, deciden evadir la pregunta o simplemente responder, para evitar mi insistencia acerca del tema y poder pasar a otras cosas. Pero, obviamente, no todos son tan comprensivos.

Luego de ser amiga, durante varios años, de algún amigo, llegó el día en que le pregunté por la sumatoria de sus ingresos, teniendo en cuenta los 3 trabajos que hacía, inmediatamente me contestó, no sé si por consejo de su mujer o por formación propia, que eso no se lo decía ni a sus papás, además, teniendo en cuenta que hacía mucho no éramos tan amigos como antes, menos me iba a revelar ese dato secreto.

Sigo sin entender por qué en los restaurantes tienen la costumbre de dejar la factura al revés, con los números contra la mesa, o por qué en otros llevan la cuenta dentro de una carpetita de cuero, los más elegantes, para evitar que uno vea el número que está escrito en ella. ¿Realmente tiene sentido molestarse tanto en ocultar algo que ya sé?
Si entro a un lugar para pedir algo lo hago sobre la base de que conozco los precios, así como la cantidad de plata que traigo en el bolso. La vergüenza de no tener con qué pagar no va a ser menor si le ponen suspenso al momento de descubrir cuánto me costó satisfacer mi apetito, es más, si de entrada no supiera cuál es el rango de precios en un restaurante, rápidamente lo descubriría luego de ver la carta, que en la mayoría de los casos, excepto cuando está el mesero al lado para informar, tiene los precios de cada uno de los platos, bebidas, acompañantes y demás que aparecen en ella. En serio, yo ya sé cuánto me está costando lo que me estoy comiendo, si me traen la factura y me la dejan encima de la mesa sin mostrarme la espalda no me voy a ofender, también sé sumar, restar, multiplicar, sé que a veces debo agregarle el impuesto al total.

Este asunto de andar ocultando lo que se gana o lo que se gasta me parece ridículo, estoy convencida de que va de la mano de las apariencias. Yo no siento pena al decir “no tengo plata” cuando alguna amiga me “invita” a un reencuentro para contarnos lo que ha pasado en nuestras vidas desde la última vez que nos vimos, yo digo franca, abiertamente lo que pasa, no me interesa tener más de una tarjeta de crédito para poder llevar el ritmo social que me exigen algunos compromisos, menos me interesa ocultar que gano la tercera parte de lo que algunas colegas y que soy tacaña cuando las circunstancias lo ameritan. Yo no digo de dientes para afuera que lo importante es el interior de la persona, para luego gastarme lo que no tengo, demostrando de ese modo lo exitosa que soy.

Si los demás quieren creer que soy una fracasada porque no puedo salir o comprar tanto como ellos, que lo crean, no me importa, así yo seguiré creyendo sin culpa que ellos son tan superficiales como aburridos faltos de imaginación, personajes que no pueden pasar más de 3 horas en casa sin encontrar qué hacer porque se aburren y porque, en todo caso, si se les ocurre algo ingenioso para hacer no tendría sentido porque nadie los está viendo.

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