viernes, enero 29, 2010

Soy tarada y me gusta ver novelas

Así, justo así les gustaría a los investigadores de medios que yo respondiera a una encuesta acerca de las novelas que veo. Me gustan las series gringas del tipo Gossip Girl y Grey’s Anatomy, pero tras aficionarme a la blogonovela Ciega a Citas, decidí que iba a ver la versión para tele en Youtube. La mayor parte del tiempo me gusta, pero cuando comienzan las escenas salidas de la realidad siento que los libretistas me gritan ‘estúpida’ en la cara.

Leer las historias está bien, activa la imaginación, mejora el vocabulario y distrae de la vida diaria. Verlas en alguna pantalla absorbe al punto de la desconexión con la realidad y en ocasiones causa serios daños cerebrales.

Creo que el éxito de una historia, sin importar el medio a través del cual se cuente, está en la acción verosímil de lo que ocurre. No sé si soy muy práctica, si me las doy de muy inteligente o qué pero cuando me pasan al frente una escena donde dos hombres dando alaridos se pelean por una mujer, sólo puedo pensar en que quien la escribió sólo está contando una de sus fantasías.

Hay situaciones que no van, que no se las cree nadie y cuando las llevan a la realidad de una producción sólo le están gritando ‘anormales’ a los espectadores. 

Si sabré yo cuán difícil es darle continuidad a los hechos y no aburrir en el intento, si me habré avergonzado cuando releo columnas pasadas y encuentro ideas que salieron orondas creyéndose posibles, tanto como un edificio de galletas de 200 pisos, por eso no deja de sorprenderme que la gente vea tantas novelas, novelas con nombres distintos pero con situaciones parecidas.

Aunque estoy lejos de venerar a los gringos por producir historias originales y dramas creíbles, les reconozco que sus historias son interesantes e innovadoras. Quizás por la presión que tienen para entretener a tantos millones de personas, se han llevado al límite hasta conseguir robarle la audiencia a su competidor, creando en el proceso buenos productos. 

No sé si mi reciente afición por la escritura de guiones me esté arruinando las historias cuando encuentro escenas absolutamente imposibles, pero seguro no está ayudándome a disfrutar los insultos visuales a los que me expongo cuando veo cómo lo que era una buena historia escrita, se convierte en un engendro deforme llevado a la televisión. Por suerte siempre estará ahí mi novio, House, M.D. para quitarme esa sensación haciéndome creer que soy más brillante de lo que parezco.

Entradas Relacionadas:

jueves, enero 28, 2010

Casada con Calvin Klein

Hace semanas paseaba con un amigo por un almacén de departamentos. Él llamó mi atención para que observara algo, era suave, maleable y tibia. Yo no pude evitar el sentir atracción instantánea hacia ella. Era única, nunca antes vista y bien podría acurrucarme bajo ella en las tardes lluviosas. Si tuviera esa cobija de diseñador no necesitaría un hombre nunca más.

No sé si sea Dios quien en su infinita sabiduría ha impedido que tenga 120 dólares libres para comprar aquella cobija con textura de osito de peluche, o si mi falta de planeación financiera ha sido la responsable, lo que sé es que aún no puedo abandonar mi feliz soltería para casarme con ese objeto del deseo.

Una de las razones que me empujan a buscar pareja de vez en cuando, es la satisfacción que me produce el calor de otro cuerpo, especialmente en las tardes de lluvia, lo sé, no es original pero soy mujer, eso tampoco es único, quizás sea por eso que ahí está una de mis debilidades. El sentir un hombre a mi lado abrazándome, acalorándome mientras veo televisión con él es una de esas actividades que extraño de cuando caminaba por el mundo en plural, en nosotros.

Todo lo puedo hacer sola. Cocinar, lavar (planchar no, eso es criminal hacerlo incluso en compañía) ir a cine, hasta arruncharme, enrollarme en medio de las cobijas, con la cama toda para mí, pero debo reconocer que algunos detalles hacen mejor el plan, como un hombre o esa cobija si pudiera comprarla. Descansar, dedicarme a no hacer nada es un placer que cada vez puedo darme menos, no por falta de tiempo o de interés sino porque la vida se me ha llenado de otras alegrías, sin embargo sé que para esos momentos no hay nada como una buena compañía.

Esa cobija de diseñador, como el chocolate, tiene la ventaja de ser muda, de no hacer reclamos, de estar siempre lista y no inspirar celos. Creo que el máximo problema que puede inspirarme es preocupación al momento de lavarla, pues quisiera que su perfección permaneciera de modo constante. Ahora que lo recuerdo puede incluso sustituir a la sábana, uno de sus costados es absolutamente.

Lo sé, soy irracional y parcial. Tuve un enamoramiento al primer contacto, no logro encontrarle defectos a esa manta. Quiero casarme con ella, quiero tener su dulce y tranquila compañía. Antes que un hombre atractivo pero insípido prefiero pasar mis noches con ella. Sí, acepto si ella quiere casarse conmigo.

miércoles, enero 27, 2010

Casada con el picador

Hace años, cuando aprendía a cocinar, fantaseaba con un marido lindo, juicioso y hogareño que hiciera eso que yo detestaba tanto, algo que me amargaba las tardes frente a la estufa: picar. Para conseguir una serie infinita de cenas cuasi-perfectas, estaba dispuesta a tolerar defectos ajenos, para tener a cambio un útil ayudante de cocina.

Cocinar es una de esas actividades que además de necesarias, puede ser placentera, pero dado que debe realizarse a diario para alimentarse, a menos que se siga una rigurosa dieta cruda, el componente gratificante puede desvanecerse. Preparar alimentos de vez en cuando, como parte de un ritual, para deleitarse es algo comprensible. Sentir pasión genuina y diaria por el acto creativo en la cocina, es privativo de los cocineros profesionales con gran vocación.

Si cocino a diario, porque toca, porque no queda más remedio, es altamente probable que cause indigestiones e incluso intoxicaciones masivas, en caso de que me aficione a tener grandes números de invitados con frecuencia. Si el rito con las verduras, las frutas y las especias es eventual y consciente, los resultados serán cercanos a la perfección.

La motivación entorno a la comida es crucial, por ello en mis primeros acercamientos fue claro que si quería seguirle teniendo afecto a esa actividad lo mejor era solucionar mi repulsión hacia la función de picado, la mejor opción que se me ocurrió fue conseguir un picador, con cabeza y piernas, además de manos.

Soñaba con las horas que pasaríamos juntos preparando huevos pericos – con cebolla larga y tomate – o con las deliciosas ensaladas que adornarían nuestros almuerzos, sin embargo pensaba en lo complicado que sería hacerse de un picador con esas condiciones, por el tema de la tolerancia y la convivencia.

Supongo que saludé al siglo XXI cuando descubrí los procesadores eléctricos de alimentos. Esos maravillosos aparatos que con sólo apretar un botón reducen la comida a una taza de trocitos o a una salsa lista para servir, cuando, por distracción o elección, se deja al dedo descansar un poco más sobre el mágico mecanismo. Los procesadores de comida son una forma más de disfrutar la soltería.

Las cobijas eléctricas y otras de diseñador, con una textura encantadora son otros productos hechos pensando en solteras felices como yo, por lo que es mejor dedicarles una columna entera. Esta es para celebrar el maravilloso invento del picador automático. Sus funciones me han ahorrado al menos un divorcio espantoso.

martes, enero 26, 2010

Para leer en salas de urgencias


La sola idea de escribir en medio de la gente y el ruido que produce me daba escalofríos. Mi ideal de situación creativa era en medio de la soledad, con música clásica de fondo, incienso de magnolia en el aire y sucesivas tazas de té verde con jazmín. Los meses pasaron y escribir dejó de ser una necesidad para convertirse en una compulsión, un reto propio. Durante esa transformación el ambiente ideal de escritura desapareció, siendo reemplazado por una disciplina oficinezca, que me acompaña de lunes a viernes, en ocasiones también los fines de semana, y que me permite escribir incluso en medio de una sala de urgencias.

Mucho tiempo estuve soñando con la idea de escribir a diario, columnas amenas, sencillas, cortas y llenas de contenido, manteniendo el hábito a lo largo de varios meses. Hice varios intentos, algunos me duraban un par de semanas y otros producían una sucesión de caricaturas con letras que pedían desesperadamente ser asesinadas. Yo con una mezcla de vergüenza y satisfacción las satisfacía.

Después de mis inconscientes ensayos de crónicas, de hace unos años, ahora soy más rigurosa al elaborar frases y párrafos. Ya no me extiendo eternamente, ni pienso 300 veces antes de materializar una idea que parece descabellada, incluso le doy letras visibles y la publico si me parece acorde con el todo.

En mi contacto con los medios escritos avanzo por un camino interesante, profundo e interminable, uno que se mide conmigo obligándome a crecer, en ocasiones a través de la tortura, cuando me hace formar textos completos sólo para verlos morir bajo tachones o las carreras del cursor. El resultado, como el sendero, es complejo, mi creatividad se ha ampliado, soy más capaz que antes de desarrollar en varias cuartillas una idea sencilla y para capturarlas a ellas, las inspiraciones, he adquirido la costumbre de llevar casi siempre conmigo lapicero y papel, cuando no, me las arreglo con el celular para grabar lo que no quiero desperdiciar. También me he vuelto recursiva.

Aunque todos los logros anteriores no son menores, sí son poco sorprendentes. Cualquier aficionado a las letras podrá conseguirlos con un poco de constancia y otro tanto de paciencia, en cambio la habilidad de escribir incluso en medio del ruido más monstruoso raya en lo meditativo, o al menos en un grado superior de antipatía.

No noté lo extraordinario de esta capacidad hasta que un amigo llamó mi atención sobre ello. Nos reunimos en un café y mientras lo esperaba me acompañó una de las múltiples libretas que uso, al llegar, al verme escribiendo en medio de conversaciones ajenas, ruido de platos y vasos se sintió impactado. Él, como muchas otras personas es capaz de producir textos laborales o académicos, pero para ello necesita condiciones mínimas, por lo que le parece inusual que alguien con una educación similar a la suya, sea capaz de ordenar sus ideas en medio de ambientes tan caóticos.

Esta destreza mía para escribir en medio de condiciones extremas, fue puesta a prueba días más tarde, por asuntos familiares tuve que pasar 10 horas seguidas en una sala de urgencias entre llantos, heridos, desmayados y exámenes médicos variados. Sin un borrador preparado, ni material listo para publicar ese día, no me quedó más remedio que comenzar mi columna mientras esperaba unos resultados de un estudio. No sé cómo lo hice, sólo tengo claro que una vez tuve la página en blanco frente a mí y el lapicero en la mano todo comenzó a calmarse, el orden fue evidente, lo suficiente para que empezara a darle manifestación física a mis ideas.

Desde esa revelación estoy convencida de que quien es capaz de escribir en condiciones extremas está cerca de la profesionalización, así que yo estoy a punto de graduarme.


lunes, enero 25, 2010

El tiempo que no regresaré

Es un crimen, uno que se paga con úlceras, espasmos musculares e insomnio, uno que da una condena de la que no se puede escapar, está con nosotros noche y día, recordándonos su gravedad y lo incorregible de sus consecuencias, sin embargo lo seguimos cometiendo a diario. Todos los días perdemos el tiempo.

Yo soy de esas personas que por un inexplicable motivo encuentro encantadores los techos, de madera, yeso, concreto, pintados, desnudos, sucios o limpios, especialmente en las mañanas, mejor si son de fin de semana. Ellos, en su amplia planicie, se presentan ante mis ojos como el reloj de un hipnotizador. Logro usarlos como si fueran una pantalla en blanco en la que puedo proyectar todo tipo de películas.

Según la época la historia puede tratarse de un hombre esquivo, que sólo me parece más atractivo con cada rechazo, o del porcentaje de impuestos que deberé pagar por el último trabajo terminado. Los sucesos, las escenas dependen en alto grado de lo que contenga mi mente, pero siempre puedo contar con el techo, ese telón de fondo para dejar rodar mis producciones cerebrales.

Cada vez que leo los comentarios a mis entradas, sentidos o no, reales o inventados, dramáticos o agresivos me pregunto ¿así pierde el tiempo la gente? Que se me entienda bien, yo aprecio los comentarios, especialmente aquellos desobligados, cuestionadores, respetuosos y constructivos, hasta los tendenciosos, despectivos y con aire de bomba atómica, pero me causa mucha curiosidad el por qué la gente regresa, una y otra vez, a leerme si realmente escribo de una forma tan deficiente.

En los canales de televisión nacional hay programas que no soporto, secciones de noticiero que me dejan con la sensación de masacre neuronal y personas en Facebook que no quiero encontrarme nunca por la calle. No niego que a veces, cuando voy por la calle y pasa un camión de bomberos me quedó, como todos los demás transeúntes con la boca abierta y la mirada fija en la mancha roja que suena la corneta con violencia, pero no por eso reviso hasta el último detalle disponible entre los datos públicos de gente que no quiero tener ni de conocida.

Una lectura casual, accidental de un lector, que luego se convierte en comentador furioso es un fenómeno de la naturaleza que no llegaré a entender. Si ya leyó el texto, si no le gustó, si no lo entendió ¿para qué lo comenta? ¿Va a recuperar comentando el tiempo que invirtió leyendo? ¿Voy a dejar de escribir por lo que él dijo? No, de eso estoy segura. Entonces ¿necesita desanimar a los creadores de párrafos para que así la tentación de leer basura termine? ¿Es incapaz de ignorar las palabras que otros producen a diario? Parece que sí, de otro modo no logro explicar que lean, comenten y regresen para leer o comentar, para seguir perdiendo el tiempo.

Señor lector, señora lectora, reciba usted mis más profundas y sinceras disculpas por el tiempo que ha perdido leyéndome: Para futuros usos de su tiempo libre le sugiero ignorarme. No hago devoluciones de tiempo perdido.

viernes, enero 22, 2010

Confesiones indeseables

Los nombres de la siguiente conversación han sido cambiados para no herir mucho sus egos.

Leonardo
¿Sabes? Me encantó lo que escribiste para mí.

Irene
¿Lo que escribí para ti?

Leonardo
Sí, ese poema de que alguien te desea.

Irene
Mmm, no, no era…

Leonardo
Bueno, no era un poema poema, pero te quedó bien.

Irene
En eso tienes razón, es más bien un minicuento, un relato corto, en todo caso mis poemas son algo raros.

Leonardo
Como tú.

Irene
Sí, suele ser mi firma.

Leonardo
Pero no importa, sea lo que sea me gustó. Gracias.

Irene
¿Gracias?

Leonardo
Sí, gracias, sé que lo escribiste pensando en mí o al menos sintiéndome.

Irene
¿¿¿??? Esteee…

Leonardo
Tranquila, por eso no dije nada cuando lo leíste.

Irene
Ese no es el punto.

Leonardo
¿Entonces por qué pones esa cara?

Irene
Porque no era para ti.

Leonardo
Bueno, yo sé que leíste para todos los presentes.

Irene
Ay no me entiendes, cuando escribí eso no estaba pensando en ti.

Leonardo
¡¿No?!

Irene
Para nada.

Leonardo
¿Estás segura?

Irene
Sí. Bendición o maldición, nunca se me olvida a quién le escribí un texto. Ese no era para ti.

Leonardo
P…, ¡qué pena!

Irene
Nada, tranqui, ya te echaste al agua, ya la metiste, ya no importa.

Leonardo
Mejor me voy.

Irene
Si quieres…

Leonardo
Mejor, creo que así se me va a pasar más fácil la vergüenza.

jueves, enero 21, 2010

Amigos pobres ¡despedidos!

Luego de ver un programa de emprendedores, en donde Robert Kiyosaki era uno de los invitados, me convencí de que tengo que hacer algunos despidos en materia social. Aquellos amigos que sólo ganan 4 salarios mínimos son una influencia nefasta para mi presupuesto. Si quiero, y realmente quiero, subir el nivel de mis ingresos debo rodearme sólo de personas que estén a la altura que quiero alcanzar.

Según explicaban si me rodeo de personas acaudaladas, empresarios exitosos y con amplia experiencia en el mundo de los negocios, tendré más probabilidades de aprender habilidades útiles para llevar a feliz término un emprendimiento. Además los consejos que me den personas que ya han tenido resultados positivos en sus propias empresas, habrán sido probados en escenarios reales y podrían funcionar de nuevo en los míos.

En este momento debo concentrarme en hacer una selección de mis amigos, eligiendo preliminarmente a aquellos que estén estudiando algún postgrado o piensen hacerlo en el corto plazo. Sus conocimientos podrían serme muy útiles cuando comience con mi proyecto productivo, los que ellos no me provean los podré aprender yo. Así vengo a descubrir que tiene su lado claro el seguir posponiendo mi maestría.

Aquellos que ganen menos de 25 mil dólares al año son fuentes potenciales de pasivos, pues teniendo en cuenta el estilo de vida que quiero llevar, invitar a uno de ellos a un restaurante podría convertirse en una invitación literal, es decir que no haría el mínimo esfuerzo para contribuir al pago de la cuenta y yo terminaría asumiendo todo el costo de la salida. Definitivamente es mejor concentrarme en aquellos que están por encima de ese techo.

Durante mucho tiempo he estado evadiendo compromisos sociales con esos amigos que, de forma admirable, hacen malabares para llevar su propia empresa, pagar la hipoteca de un hermoso apartamento, crían hijos y pagan la cuota mensual de un carro de modelo reciente. Equivocadamente creía que yo era la afortunada, no perdía el sueño pensando en cómo los intereses me harían pagar tres veces la casa donde vivo, no me preocupaba por tener ingresos fijos para cubrir las cuotas del concesionario, ni gastaba tiempo evaluando jardines infantiles bajo la luz del costo beneficio, simplemente hacía cuentas para saber cuándo me llegaría el pago de la empresa y programaba los descuentos automáticos de mi cuenta de ahorro, para olvidarme de ir a hacer fila al banco. Sin embargo las cosas cambiaron.

El año pasado la crisis económica global se desató, mi trabajo estable y sencillo escaseó y yo comencé a recordar con cariño a Kiyosaki conversando con la presentadora del programa, realmente tenían, mejor, tienen razón. Los ricos son lo suficientemente valientes para acercarse sólo a aquellas personas que los beneficiarán tanto con su chequera como con los consejos que ellos mismos aplicaron a sus vidas, los mismos que los ayudaron a engordar sus bolsillos.

No sé a dónde me lleve este nuevo rumbo, este recorte de personal compuesto por personas con pobres habilidades para la administración de negocios, pero espero que sea a un lugar mejor, donde tenga derecho a enfermarme y a ser atendida como un ser humano. Quién sabe, quizás resulte casada y con un par de niños hermosos estudiando en un colegio carísimo, pero bilingüe.


miércoles, enero 20, 2010

Advertencia: Analfabeta chateando

A veces cuando chateo con alguien por MSN, leo muy rápido y saco conclusiones, luego respondo, mal, todo mal, porque más tarde, cuando tengo tiempo, me aburro de lo que estoy haciendo o decido perder el tiempo revisando los registros de las conversaciones pasadas, descubro que Sarah me preguntó por mi prima y yo le respondí pensando en la suya. Sospecho que mi imaginación se está enredando peligrosamente con mi realidad. Es mejor que deje mi costumbre multitarea porque me estoy saboteando desde adentro.

Hace un par de semanas comencé a ver con preocupación cómo mi disco duro se llenaba inexplicablemente. Había borrado todas las series de televisión vistas, pasado a mi unidad externa los documentos del año pasado y eliminado los archivos innecesarios de trabajos pasados, pero la imagen del espacio libre se hacía más y más pequeña.

Esculqué muchas carpetas de la unidad C, una por una, aún sin entender qué había adentro, decidida a descubrir qué ratón, termita o plaga similar estaba comiéndose mi computador. Tras un par de horas descubrí la razón, Digsby, el programa que uso para centralizar los servicios de mensajería a los cuales estoy afiliada, tiene una función que guarda automáticamente los registros de todas las conversaciones que mantengo. Esa bendita carpeta estaba llena de basura electrónica o eso creía.

La curiosidad me pudo y comencé a abrir una por una las carpetas de charlas tenidas hace meses. Estuve toda una tarde leyendo lo que me decían y lo que respondía, al final tenía una conclusión clara: yo no sé leer, no tengo comprensión de lectura.

Creía ser capaz de navegar en una ventana, responder un correo en la otra y chatear en la tercera, pero la verdad es que por andar en esas no me concentro en ninguna. Me he encontrado en la ducha pensando en lo ridículo que es aguantarle desplantes a un hombre inmaduro, para luego darme cuenta de que Silvia no está de novia con él sino que Andrea usaba esa situación para compararla con la relación que tiene ahora. En resumen, leer a la ligera y responder es equivalente a todo el esfuerzo mental que hace un hombre para responder algo coherente cuando su novia le pregunta si está gorda. No hay modo de responder bien, se responde por decir algo, para evitar el llamado de atención del otro, pero bien no se hace.

Luego de revisar esos archivos me siento insegura y chateo menos, pero cuando lo hago intento no hacer nada más al tiempo. No quiero tener problemas del tipo “anoche te dije en MSN que ya no estaba con Mario sino con Iván” cuando una amiga me presenta al novio y yo le llamo por el nombre incorrecto. De ahora en adelante pretendo tener toda mi atención centrada en lo que escriben los demás para evitar nuevas vergüenzas.

Realmente no sé cuánto tiempo vaya a necesitar para recuperar la confianza en el funcionamiento de mi cabeza, el hecho de no pronunciar palabra cada vez que chateo no ayuda, así es muy difícil separar la fantasía de la realidad, sólo sé que de ahora en adelante es mejor no tratar asuntos importantes por chat mientras se lo acaban de inventar.

martes, enero 19, 2010

Recursiva… chismosa nunca

Laura
¡Es el colmo! ¡Me hiciste quedar horrible!

Irene
¿Perdón?

Laura
No pongas cara de estúpida que no te queda.

Irene
Bueno, en eso tienes razón.

Laura 
Sin embargo no parece, últimamente lo disimulas bien.

Irene
¿¿¿???

Laura
Sí, que fuiste tú, tú me hiciste quedar mal en la oficina, nadie quiere contarme nada personal, todos me evitan, hablan escasamente de trabajo.

Irene
Todos, eh…

Laura
Sí, todos. La señora que limpia, mis compañeros, la recepcionista, todos, absolutamente todos.

Irene
Absolutamente todos.

Laura
¿Y sigues viéndome la cara?

Irene
Para nada, intento concentrarme en la conversación, en lo que dices. Entonces todos.

Laura
Pues sí, todos o bueno…

Irene
¿Todos o absolutamente todos? ¿En qué quedamos?

Laura
Bueno, casi todos.

Irene
En fin, ¿puedo saber por qué estoy siendo gritada?

Laura
¿Y preguntas todavía?

Irene
Sí, cuando me gritan lo disfruto más si conozco el motivo.

Laura
¡Estúpida!

Irene
Mmm, creo que eso ya lo dijiste y no, no responde a mi pregunta.

Laura
Entonces ni idea.

Irene
Completamente sin pistas.

Laura
Por tú culpa Ricardo no me habla.

Irene
¿Ricardo?

Laura
Sí, hazte la desentendida, la que no sabes nada.

Irene
Laura no me hago, llevo 15 minutos tratando de averiguar porque discutimos.

Laura
Aaarrrggghhhh…

Irene


Laura
Tú, tú te dedicaste a escribir toda la conversación que tuve con Silvia, seguro que ella te contó. ¡Chismosa!

Irene
¡¿Qué?!

Laura
Sí, tu, nadie más, sólo Silvia, tú y yo sabíamos que Ricardo era gay.

Irene
¿Era? ¿Acaso se puede dejar de ser de un día para otro?

Laura
No más, no me confundas, no me distraigas, tú y nadie más…

Irene
Saca la plastilina, aún no entiendo.

Laura
Yo le conté a Silvia, Silvia te contó a ti y tú lo escribiste en tu blog.

Irene
Mira Silvia, primero no sé quién es ese tal Ricardo del que hablas, el único hombre que conozco con ese hombre vive en Argentina y no lo veo hace más de 10 años, segundo, cuando hablo con Silvia no me interesa saber nada de ti, escasamente me dedico a soportarla porque es amiga de Andrea y tercero, que tú tengas conversaciones tan parecidas a la gente que toma la misma ruta de autobús que yo, no me sorprende, todas las muñequitas como tú piensan parecido. Puede que no sea muy creativa cuando “copio” una conversación que oí más temprano, pero al menos la cabeza me da para cambiar los nombres, no uso justo los reales, eso en caso de descubrirlos.

Laura
Entonces tú no…

Irene
Yo nada, podré ser poco creativa, recursiva a medias pero no chismosa, me importa un pepino si te hablan o no en la oficina. Si tanto te molesta que los demás tengan historias tan parecidas a tu vida, cambia, búscate una más entretenida o al menos una más original, aunque eso te obligue a estar menos a la moda.

lunes, enero 18, 2010

Basura cotidiana

Sarah
¿Cómo te fue hoy?

Irene
Bien…

Sarah
¿De veras? No parece.

Irene
Ahí…

Sarah
O sea no tan bien.

Irene
Ajá.

Sarah
¿Quieres contarme algo?

Irene
No, realmente no, es que no entiendo.

Sarah
¿Qué no entiendes?

Irene
Esto.

Sarah


Irene
Sí, esto. Todos los días el tráfico va a estar insoportable, todos los meses lo que pagamos por servicios públicos nos va a parecer una barbaridad, vamos a seguir dándonos cuenta de que muchos tipos lindos son gays…

Sarah
¿Entonces?

Irene
Entonces ¿por qué seguimos hablando de la misma basura?

Sarah
Ah no, pues gracias.

Irene
No Sarah, no hablo de ti, hablo del resto de la gente, de esas pequeñas conversaciones tan vacías que sólo gastan tiempo, esas son realmente las cucarachas que tenemos o que nos meten en la cabeza, desperdicio de oxígeno hablando de temas intrascendentes.

Sarah
Sí, te entiendo, a veces me pasa lo mismo. Estoy en el trabajo al lado de alguien con quien sólo puedo hablar del clima, de las horribles uñas moradas de la recepcionista o del último despido, pero al final no me queda nada.

Irene
Sí, a eso me refiero, no es que yo no hable de basura pero no sé, incluso cuando hablo porque ‘ajá’ me gusta aprender, prefiero sentarme a hablar con alguien que me cuente el último artículo que leyó acerca de la recuperación de la crisis económica. o de porqué renunciar a las dos semanas de aceptar un empleo es una buena decisión.

Sarah
Creo que somos muy complicadas.

Irene
No creas, según los demás, según el grueso somos, nosotras sólo nos llamamos a nosotras mismas intelectuales para que suene más lindo, pero no tenemos remedio, el socializar porque toca no nos sale bien, pero que nos pongan a argumentar porqué no queremos ser mamás y van a ver lo que se les viene encima.

Sarah
Y sí, prefiero tener la casa sin barrer, pero no la cabeza vacía y con noticias de hace 10 años, no quiero ser como esa vecina mía que cree todo lo que le dicen, ella no piensa, para eso están los demás.

viernes, enero 15, 2010

Pasatiempo: Odiar

Conozco personas a quienes les apasiona encontrar motivos de odio verdadero y profundo, seres a los que la sola posibilidad de lanzar sus ataques contra un blanco jugoso y distraído les hace brillar los ojos, individuos que salivan de sólo pensar en los chismes que podrán esparcir acerca de alguien, más aún si tendrán la oportunidad de crearlos.

Generalmente noto la existencia de estos personajes cuando se sueltan, cuando sienten la confianza suficiente para dejar fluir sus agresiones abiertas o escondidas. En otras ocasiones los reconozco porque me corresponde ser el objetivo a destruir.

Aunque no soy coleccionista profesional de agravios y quejas, me sé muy capaz de revivir todo tipo de recuerdos, basada en las emociones que me produjeron las experiencias que los imprimieron en mi cabeza, por eso recuerdo con bastante claridad las veces que recibí críticas, fundadas o no, con toda la intención de herirme. Han llegado de variados lugares, desde bienintencionados amigos preocupados por mi eterna adolescencia, hasta de enemigos hechos a la ligera y sin ganas.

Lentamente estoy aprendiendo que no debo tomar decisiones ni evaluar situaciones estando cansada. La falta de sueño es equivalente al exceso de alcohol en la sangre, todo se ve distinto, más grave, más iluminado o más bonito de forma intercalada, por lo que prefiero dormir bien, esperar a que se retiren los efectos del guayabo (también conocido como resaca) antes de emprender las sendas elegidas. Sin embargo soy consciente de que no todos actúan así.

Algunos individuos tienen unas vidas tan aburridas y miserables, tan monótonas que han asesinado su imaginación, al punto que sólo pueden tener emociones fuertes siguiendo con las pautas que traen desde antes. Están aquellos que olvidaron (sí, para colmo perdieron la memoria también) otras formas de diversión distintas a lanzar críticas destructivas y empollar huevos de resentimiento. Se sienten conformes y menos incómodos sentándose en sus nidos de espinas para producir veneno hacia otros. Pueden pasar meses, años, incluso décadas y ellos seguirán esperando el momento en que sus objetivos caigan en desgracia, para anunciar a su audiencia que se ha quebrado la cáscara, que el engendro ha salido para permitirles gozar con la desgracia ajena, sin embargo esto no siempre ocurre.

Hay épocas durante las cuales las personas tienen los problemas de siempre: pierden el trabajo, se enferman, sufren robos, deben realizar reparaciones locativas y demás, para luego volver a emplearse, montar un negocio, recuperar la salud, irse de compras o disfrutar de la remodelación, con lo cual cometen un grave error, intentan ser felices, en algunos casos lo logran. El odiador aficionado sentirá como una traición personal que alguien más, alguien que no sea el, obtenga beneficios con esfuerzo, aun cuando no desee lo conseguido por otro, porque este ejemplar siente como una ofensa dirigida expresamente hacia el, cualquier suceso positivo que le ocurra a los demás.

Me estaría declarando mentirosa si negara que por temporadas el exceso de problemas y la falta de optimismo me han tentado a ejercer este pasatiempo, sin embargo con los años he aprendido que el tiempo y energía que pierdo odiando a otros, podría invertirlo provocándoles yo misma las desgracias o creando éxitos propios que les permitan a los odiadores amargarse solos.

He descubierto que el último método es más divertido y productivo, por eso prefiero reírme con frecuencia, hasta de mis errores, antes que desgastarme eligiendo gestos, palabras y medios para responder ofensas ajenas, que sólo me quitan espacio para llegar a los lugares donde realmente deseo estar. Esta es la forma que he elegido para amordazar a los odiadores.

jueves, enero 14, 2010

Aprendiendo a comportarse con una victoriana moderna II

Victoriana Moderna
Irene hoy hablaremos de cómo aceptar un favor indeseado.

Irene
¿Qué?, digo ¿perdón?

Victoriana Moderna
Sí, por ejemplo cuando tienes las manos limpias pero alguien te ofrece un jabón antibacterial para que te las limpies.

Irene
Veo, ¿entonces tengo que aceptarlo?

Victoriana Moderna
Sí, es lo debido.

Irene
¿Así las tenga impecables y el condenado jabón apeste a fresitas o cualquier brebaje dulce?

Victoriana Moderna
Con mayor razón.

Irene
Pero lo que tú quieres es disfrazarme de princesita hasta en el olor.

Victoriana Moderna
Nada de eso, lo único que pretendo es enseñarte a aceptar gestos amables.

Irene
Me pudre la amabilidad no pedida.

Victoriana Moderna
Justamente por eso estás aquí, porque no te llevas bien con los demás.

Irene
¿Podrías recordármelo menos?, creo que cada 5 minutos es un poco excesivo.

Victoriana Moderna
Quéjate menos, acepta más y yo te lo recuerdo con menor frecuencia.

Irene
Odio con toda mi alma los olores dulces.

Victoriana Moderna
Perfecto, en ese caso haremos una práctica corta con este de cerezas.

Irene
Maldita.

Victoriana Moderna
¿Perdón?

Irene
Mandarina, qué lástima que no es mandarina.

Victoriana Moderna
Esa actitud es más sana, en ese caso usaremos ese aroma.

Irene
(“Esto funciona, quién iba a creerlo.”)

Victoriana Moderna
Tú recibes el jabón, lo usas y me lo devuelves dándome las gracias.

Irene
¿Así de fácil?

Victoriana Moderna
No es complicado, ¿verdad?

Irene
Lo imaginé peor. Bueno entonces endulzo la voz, lo recibo, lo uso… “toma, muchas gracias”… “discúlpame, debo ir al baño”.

Victoriana Moderna
¿Qué haces?, eso no hace parte de la dinámica.

Irene
Es cierto, pero que creo que tampoco hace parte de ella vomitar y si no me quito este olor de encima no respondo.

miércoles, enero 13, 2010

Ya se vienen los 30

Raquel
¿Entonces es mañana?

Irene
Ajá.

Raquel
¿Y qué se siente?

Irene
Nada.

Raquel
¿Nada o nada en particular?

Irene
Bueno, si lo pones así digamos que nada en particular.

Raquel
Mmm…

Irene
Es simplemente que por mí tengo 30 hace años, me vienen diciendo desde niña que soy más madura de lo que debería, también dicen que tiene que ver con mi signo y con que crecí entre adultos. Bueno, no suena muy loco.

Raquel
Sí, todo eso debe ayudar.

Irene
Supongo.

Raquel
Pero no estás muy emocionada.

Irene
¿Debería?

Raquel
De pronto, me parece.

Irene
No creo. Insisto, me gustan mucho más los días no especiales.

Raquel
Por las celebraciones supongo.

Irene
Justamente por eso, porque la no-presión de estar bien, de estar feliz, de “dibujarte una sonrisa en el rostro” hace que la felicidad sea real, auténtica. Por lo que a mí respecta ya celebré, hace algo más de un mes.

Raquel
¿Entonces no celebramos mañana?

Irene
Mejor inventémonos algo para el… 23 de febrero, vayamos a cine, a comer, lo que sea, ni siquiera tiene que ser ese día, cualquiera de febrero está bien.

Raquel
¿Y por qué no este mes?

Irene
Porque al seguir siendo enero contaría como otra celebración de cumpleaños y no me interesa.

Raquel
Entiendo, entonces nos encontramos para hacer algo el mes que viene, vamos a almorzar o a cine.

Irene
Perfecto y recuerda que no estás obligada a decir feliz no-cumpleaños.

martes, enero 12, 2010

Mujer que piensa = Mujer feminista

Irene
Los demás ya suenan como disco rayado.

Silvia
¿Por qué dices eso?

Irene
“Seguro eres feminista” me dicen cada vez que digo que los niños no me enloquecen, que prefiero un perro o un gato para cuidar, el animal se divertiría más conmigo que un niño, mutuamente nos haríamos más felices.

Silvia
Umh, creo que sí, me parece que sí eres feminista.

Irene
Gracias Silvia, no esperaba nada menos de ti.

Silvia
¿Por?

Irene
Tú siempre tan dulce y plana.

Silvia
Tan femenina dirás.

Irene
Si tú lo dices. Pero ¿para qué me gasto? Ya sé que a todas las que creen que una mujer sólo llega a su realización máxima cuando se casa y tiene hijos, les parece un error de la naturaleza que no quiera tener mocosos, porque me interesan más otras áreas de mi vida. Aunque no lo creas me parece que a los niños los debe cuidar alguno de los padres y como no estoy para esas prefiero no tenerlos es todo. Es que yo pienso en eso antes de hacerlos.

Silvia
Ay no seas tan extremista, es cosa de casarse y ya, es más de ennoviarse. No es tan complicado.

Irene
Debo creerlo, lo dice una experta en novios.

Silvia
O dejas esa actitud o no hablamos más del tema.

Irene
¡Oh por Dios! No me amenaces de ese modo, tanto placer ofrecido de ese modo es una tentación.

Silvia
Tú y tus ironías, tu nombre es perfecto, si tus papás te hubieran podido bautizar así: Ironía, les habría salido perfecto con tu temperamento.

Irene
Si quieres puedo cambiármelo, para darte gusto, a ti que te gusta tener todo en perfecta armonía, el bolso con los zapatos y el cinturón, los aretes con el collar y la pulsera…

Silvia
Ay ya, ya no más, eres insoportable. No sé qué bien te hace analizarlo todo, pensarlo todo, reflexionar tanto, aún no entiendo cómo no tienes más arrugas, sobretodo en la frente con esa forma que tienes de preocuparte.

Irene
Mmm, déjame ver, quizás sea porque la naturaleza recompensa a las feministas pensantes con menos arrugas ya que pasarán tanto tiempo frunciendo el seño o…

Silvia


Irene
O simplemente se trata de maquillaje.

Silvia
¿Maquillaje?, pero si tú permaneces con la cara lavada.

Irene
Precisamente, entre menos maquillaje menos arrugas. Pero quizás tengas razón, tal vez sea mejor no ser feminista sino femenina, para usar más maquillaje.

lunes, enero 11, 2010

Confunde y vencerás

Si no puedo darle gusto a todas las mato, sólo dejo viva a la realmente indispensable, a aquella que lleva consigo el mensaje crucial.

En ocasiones, mientras escribo, mi mente es atravesada por tal cantidad de pensamientos que es imposible darle orden a un curso de ideas en poco tiempo. Hace un par de años recibir la corona por la escritora más fiel, más diligente y más detallada me trasnochaba, al menos así parecía, porque en mi afán de informar cada uno de los pormenores ocurridos mientras redactaba un texto, apuntaba todo lo que se me iba ocurriendo, como si al no hacerlo me arriesgara a ser acusada por falso testimonio o delito parecido, situación que nunca, pero nunca ocurrió.

Inocentemente creía que si dejaba de lado alguna motivación que hacía parte del proceso creativo, estaba faltando a la verdad y por ello el producto sería menos auténtico. Me equivocaba rotundamente. Aunque es cierto que la autenticidad está compuesta por varios elementos como el tono, el ritmo, la elección de las temáticas, el pronombre y tiempo favoritos para conjugar los verbos, es innecesario el relato de todas las circunstancias que rodearon la creación de un escrito. Incluir todos los detalles biográficos, gastronómicos y meteorológicos que antecedieron al nacimiento de un párrafo, sólo tiene sentido cuando se hace de forma intencional y deliberada, no como fruto de un accidente, de falta de concentración o por el afán de llenar líneas vacías.

Apoyar una idea central con otras auxiliares es una forma de reforzar mi argumento, pero sólo lo consigo si desde el comienzo tengo claro el objetivo a expresar, de lo contrario, cualquier idea que surja será buena y digna de ser incluida, aunque poco tenga que ver con el tema esencial que se está tratando, llegando a veces incluso a contradecirme.

Un amigo usa la metáfora del barco para explicar el proceso de transmisión de un mensaje, para él este va desde una isla a otra y entre menos rodeos dé, más rápido y claramente llegará al otro lugar. En ese escenario las ideas que surgen, sin relación con la carga de la nave, son como vientos furiosos que disfrutan desviando a la tripulación, fuerzas naturales que reclaman la atención del capitán. Del mismo modo en que un experimentado jefe de navegación aprende a usar para su beneficio los elementos, un escritor veterano aprende a usar lo que sirve de las ideas que llegan y desechar el resto.

No importa si quedan restos de ellas o si mueren totalmente mientras construyo frases, es más relevante que la idea inicial, la principal, la que quiero comunicar llegue sin remiendos, sin manchones, pulcramente a los ojos del lector. Suficiente ya con las interpretaciones que este le dará como para decir sí en el primer párrafo, afirmar que la sopa de puerros es deliciosa en el segundo, alabar el sol en el tercero, comentar la excelente calidad del grafito con que escribo en el cuarto y cerrar el quinto afirmando que en el primero me equivoqué terriblemente.

viernes, enero 08, 2010

Arrullando a mis lectores

Hace poco comencé a leer mis escritos y aunque en algunos momentos me divertí muchísimo, en otros descubrí párrafos perfectos para una noche de insomnio. Es realmente criminal que haya dejado a leer a otras personas tales canciones de cuna. Es sorprendente que algunos aún me lean, luego de haberles deseado dulces sueños con mis letras.

Preparé el material con mis diarios personales, tanto los de cerradura que se abre con una llave minúscula o con un clip, según la ocasión, como los cuadernos personalizados a punta de recortes y calcomanías varias, además abrí el archivo donde guardo todas las entradas que he escrito en mis blogs, al menos las que se salvaron de sucesivos trasteos, luego di inicio a la tarea.

En realidad no sé cuánto tiempo llevo en esta actividad, sólo sé que hace años comencé a leer lo que escribí antes. Es realmente complicado establecer un orden cronológico cuando se ha escrito desde hace tanto y el archivo de Word tiene más de 200 páginas, sin contar que también se corre el riesgo de afirmar el narcisismo y la autoafirmación hasta límites incompatibles con la vida social, aun así decidí atreverme.

Para no recordar viejos tiempos, tiempos aburridos, donde detallaba cada alimento que ingería, como si hiciera una lista de compras para llevarla al supermercado, no una entrada para mi blog, diré que he tenido buenas noches. En algunos puntos de mi lectura he encontrado descripciones tan detalladas, largas y desordenadas que he deseado no haberlas escrito nunca y publicarlas menos.

Que no soy periodista lo tengo claro, ni estudié la carrera ni me dedico a investigar profundamente las fuentes antes de publicar un texto. Es cierto que me documento para no decir barbaridades, como que la capital de Irán es Moscú, pero no me trasnocho buscando incansablemente todas las opiniones posibles acerca de X tema. Pero ni siquiera eso, el no ser periodista, es excusa para tornarme tediosa.

Así como no me gustó la prosa de Katherine Mansfield, porque se dedica a crear atmósferas más que a relatar historias, no me gustaron muchos de los textos que escribí hace años. Muchos, aún hoy publicados en este blog, debieron ir directamente a mi diario personal y nunca salir de ahí. Con que yo me aburra leyéndolos y sobre-reflexionando acerca de ellos es suficiente, nadie más tiene por qué ser víctima de mis divagaciones e infinitos rodeos antes de llegar a decir “no tengo trabajo, ¿alguien sabe de algo?”. No, esos textos son realmente vergonzosos, pero ahí están.

Los textos informativos son una categoría que describe hechos, reporta actividades y en general, carecen de una postura propia frente al tema tratado, por eso es frecuente que se los encuentre redactados en tercera persona, sin embargo eso tampoco justifica tener en el lector el mismo efecto del conteo de ovejas.

No sé si leer tanto en la web o ver tanta televisión ha dormido mis neuronas, sólo sé que aquellas supuestas historias que narran monótonamente lo que aconteció en una reunión de junta directiva del banco X me provocan bostezos, igual que muchos de mis textos viejos. Un suceso puede ser comunicado de forma amena, con pequeños giros, títulos y recursos que no le quitan seriedad. También es importante elegir el pronombre en el que será escrito, el tiempo, la información que se usará, previamente, para que llegado el momento de su creación se logre un cuerpo uniforme, un producto que no se parezca a una quimera hija de un diálogo con la mejor amiga invitándola a una fiesta y el informe de los temas tratados en la última rueda de prensa acerca de seguridad ciudadana.

Es verdad que no todos tienen la capacidad de escribir de forma amena, yo misma fracaso a menudo cuando lo intento, por lo que está bien encontrar textos aburridos de vez en cuando. Son útiles para contrastarlos con los más entretenidos, así como para descubrir que algunas personas están hechas para bailar.

jueves, enero 07, 2010

Pecados Escritos: Los errores invisibles

Tras una docena de lecturas, entre la redacción y la revisión la palabra “tasa” se quedó orgullosa, refiriéndose a la cantidad de agua que tenía que agregársele al estofado para realzar su sabor. El cocinero aficionado, soltero además, creyó que allí debería estar el secreto para conquistar a la mujer de sus sueños, por lo que concluyó, se trataba de una trampilla puesta para probar la intuición. 
El plato quedó insípido y ella no quiso volver a cenar con él. Cualquier hombre que no supiera entender una simple instrucción no tenía lo necesario para entenderla y hacerla feliz.

No se trata de un manual de física cuántica aplicado al comportamiento femenino, es una simple receta que, por falta de revisión, se va al cuerno, en compañía de las ilusiones de quien depositaba mucha confianza en su resultado. Quizás trágico, pero posible a causa de los textos sin corregir.

En más de una ocasión, borracha de tanto leerme, he pasado por alto errores evidentes que podría detectar si tuviera los ojos más frescos, si no estuviera aletargada con mis propias palabras, si no las hubiera repasado tanto al punto que mis pupilas se han habituado a ellas, casi hasta memorizarlas.

La creación de mis textos pasa por distintas fases. Una obligatoria para esos de buena calidad o, al menos, decentes, esos que pueden ver los lectores, meses o años más tarde, sin que yo sienta vergüenza, es la relectura cuidadosa, pasado un tiempo luego de la escritura inicial.

Una vez he terminado de redactar un párrafo me parece conveniente repasarlo, quitarle los restos sobrantes y ordenar las palabras como quien prepara poco a poco la mesa para recibir invitados, sin embargo, cuando tengo visita no debo completar una sola tarea, también debo estar pendiente de lo que ocurre en la cocina y de que los baños estén limpios. Del mismo modo, cuando creo un escrito, comienzo, reviso y me retiro a hacer otras actividades, que me permiten cambiar de foco mi mente, para cuando regreso al monitor, ver con otra mirada lo que escribí hace un tiempo.

Al sentarme de nuevo frente a las letras, esas palabras que suenan igual, se escriben distinto y definitivamente tienen significados lejanos, aparecen ante mí desnudas, mostrándome cómo la emoción primigenia con la que le di vida a una cadena de palabras, me impidió ver errores que en ese momento me parecen absolutamente evidentes y vulgares.

Leer un texto no sólo me es útil para cazar errores, para meter en cintura esas formas descuidadas sino también para cortar, con tijeras o con guadaña según sea el caso, las vueltas que di antes de comunicar la idea claramente. Creo que gracias a ello, entre otras costumbres, trato los temas de un modo más respetuoso y claro, al tiempo que he aprendido a ser concisa, entendiendo que no todos tenemos por pasatiempo leer blogs y muchos menos esperamos que la vida se nos vaya en ello.

Mañana otro pecado: Arrullando a mis lectores.

miércoles, enero 06, 2010

Publicado sin leer

El término escritora, aplicado a mí misma me parece soberbio y por eso no lo uso con frecuencia, prefiero decir que soy una aprendiza de escritora y que esta acción, escribir, es como una extensión de mi cuerpo. Así como a veces tropiezo mientras camino, en ocasiones cometo pecados que me avergüenzan cuando los leo, el de hoy publicar sin leer.

En la fiebre inicial de los blogs, escribía de forma compulsiva, contaba todo lo que hacía, lo que pensaba y lo que dudaba, por lo que gastaba el tiempo de forma ineficiente. Me demoraba muchísimo describiendo y detallando las vivencias que experimentaba, luego me apresuraba para apretar el botón “publicar”, así como los niños oprimen todas las teclas del teléfono cuando lo descubren, por lo mismo tengo textos que parecen una mala traducción del mandarín.

Una de las reglas inflexibles del oficio de escribir es la lectura propia, más cuando el producto del trabajo se dará a conocer.

Leyéndome he aprendido a usar las palabras adecuadamente y no a la ligera. He llegado a notar mis frases clichés, mi tono y mi ritmo. Me ha tomado bastante tiempo el aprender a ubicar las comas, para darle tiempo de respirar a quien me lee en voz alta y espacio para bostezar a quien me lee mentalmente, además he aprendido que todos los escritos, antes de ver la luz de otros ojos, deben ser revisados por los de su creador para encontrar gazapos rebeldes que se cuelan entre la mecanografía y la lectura apurada.

Un escrito digno de ser presentado en público debe haberse leído al menos una vez, idealmente más de tres veces y al menos una de ellas por ojos distintos a aquellos que lo crearon, pero como eso no siempre es posible, porque soy una mujer ermitaña, capaz de escribir en una sala de espera en urgencias, pero prefiero la pasividad y el silencio de una habitación solitaria, excuse usted si encuentra un error fugado en estas letras, más bien hágamelo saber y recuerde leer lo que escribe antes de apretar “publicar” o si está enviando un e-mail, “enviar”.

Mañana: Los errores invisibles.

martes, enero 05, 2010

¿Para qué People En Español si existe Facebook?

“El que no está en Facebook no existe y el que no sale feliz en la foto es un amargado, entonces si no tienes cuenta en Facebook y no subes fotos donde sales sonriendo, eres un anónimo miserable.”

Hace algo más de 2 años abrí mi cuenta en esta famosa red social, tras la insistencia de un par de amigos míos, pero poco después ya me estaba arrepintiendo. Víctima de mi curiosidad husmeé el perfil de un ex novio y descubrí que estaba estrenando pareja.

Hoy los arrepentimientos no me abandonan. Mientras se hace cada vez más popular 1984, la novela de George Orwell, yo sigo teniendo episodios psicóticos en los que espío hasta la última foto del álbum de un contacto, que estoy a punto de borrar, como si con eso pudiera aprender de memoria todo lo que no podré volver a ver, cuando me quiten los permisos para acceder a su información privada.

Las fotos me obsesionan, me cuestionan, me hacen sobreanalizar más que de costumbre. Me gusta imaginar que si las parejas sonríen con la misma amplitud tendrán un largo futuro juntos, pero si en cambio ella muestra todos sus dientes y él sólo dibuja una curva con sus labios, me convenzo de que la catástrofe está a la vuelta de la esquina. Sin embargo parezco tener compañía en mi compulsión hacia las imágenes.

Ya perdí la cuenta de las ocasiones en que alguien paró la fiesta para hacer una sesión fotográfica, justo cuando a todos les salía divinamente coordinada la coreografía de La Macarena, aun con la borrachera que tenían. Tampoco sé cuántas veces vi a compañeras de clase salir corriendo al baño para maquillarse, porque ya se venía el fotoestudio, ni los berrinches que tuve que presenciar porque les tomaron una foto casual y no salieron sonriendo. Obligaron al fotógrafo aficionado a borrar en su presencia la imagen maldita, de lo contrario lo acosarían hasta el cansancio para impedir que imágenes tan antiestéticas vieran la luz.

En algún punto los realities perforaron los ideales de la sociedad y la gente se convenció de que para ser legítimamente exitoso es necesario mostrarlo, es requisito exhibir a cuántas fiestas se asiste, cuántas playas se visita en las vacaciones y la multitud de amigos que se tienen. Es más, algunos expertos en relaciones públicas afirman que la mejor forma de mantenerse en el closet, si se es gay, consiste en hacer un acuerdo con una hermosa amiga para que salga en las fotos haciendo las veces de pareja, con este simple acto se logrará callar a los críticos y se los obligará a decir frases como: “Yo a Ricardo no lo bajaba de gay hasta que vi la foto de su novia en Facebook, es hasta bonita”, comprobando el poder de validación, en el mundo real, que tiene la red.

Actualmente tengo menos de 100 contactos en mi cuenta, es de acceso público y todas las fotos, donde se me podía reconocer fácilmente, salieron de ahí, igual que las etiquetas que me habían puesto los demás o las que yo misma situé sobre mi miopía. Ahora mi perfil de Facebook sirve para promocionar mis textos, los que se leen aquí o allá, no para alimentar el morbo ajeno. Mis datos en esa red social son inútiles para aquellos personajes, tan oscuros como yo, que intentan establecer mi nivel de felicidad viendo fotos mías y de mis amigos.

En este orden de ideas yo soy una total fracasada, nadie me invita tragos, no me bronceo al lado del mar y nadie me habla. Esos que tengo agregados en Facebook, son un grupo de samaritanos que se apiadaron de mis inexistentes habilidades sociales y me agregaron para que no luciera tan anormal.

Es hora de que lo reconozca: no tengo amigos, soy insoportable, Facebook es la verdad del mundo. Ese sujeto a quien oí hablar a escondidas, mientras hacía que leía en el autobús, tenía razón. Quien no está en la red social no existe, quien no sonríe en los álbumes no es feliz. Yo no soy feliz y como tengo menos de 100 contactos soy una paria a quien nadie se acerca, ni siquiera cuento para las estadísticas, soy una vagabunda porque en caso de emergencia, en caso de necesitar contactos para lograr un trabajo o pedir un favor nadie me auxiliaría, al fin y al cabo quien no tiene amigos virtuales es sólo un fantasma en la red.


Artículos relacionados:

lunes, enero 04, 2010

Primer paso: Retire la privacidad

Eduardo
Los blogs son lo mismo que un diario.

Sarah
No, no lo son.

Eduardo
Convéncete, lo son.

Sarah 
No estoy de acuerdo.

Eduardo
¿Has leído algo del tipo “mi novio me dejó por otra”?

Sarah
Sí, creo que sí. Pero yo no escribiría de temas así en el mío.

Eduardo
¿Es que acaso tienes blog?

Sarah
No, yo sigo con mi cuaderno en privado, lo escribo para mí y para nadie más.

Eduardo
Entonces no cuentas, no eres un ejemplo de lo que hablo.

Sarah
Pero no son iguales, no son lo mismo.

Eduardo
Convengamos que sirven para lo mismo, algunas personas disfrutan más de exhibirse que otras pero se exhiben igual, incluso son masoquistas.

Sarah
¡¿Cómo?!

Eduardo
Te explico. Quien abre un blog espera que lo lean. Es cierto que muchas veces escribe y publica sin leer, sólo escribe y publica. Más tarde se sienta a esperar los comentarios.
Quien escribe un diario lo escribe para sí, pero de todos modos busca un lector: sí mismo. ¿Tú te lees?

Sarah
Ehh, sí, creo, a veces.

Eduardo
Ahí tienes, te lees, tú eres tu lectora. Los autores de los blogs buscan ser leídos, leídos por desconocidos, se exhiben, pero de todos modos gozan su miseria. Tú también la gozas.

Sarah
Esto es muy complicado, no te entiendo.

Eduardo
Lo intento de nuevo. Tú escribes para sentirte mejor cuando terminas, pero también lo haces para leerte después, para saber qué te pasó antes. ¿Me sigues hasta ahí?

Sarah
Sí.

Eduardo
El blogger hace lo mismo: escribe, publica y se muestra. Es posible que no se lea a sí mismo sino hasta que algún comentario lo lleve de nuevo a su texto, pero si quiere lograr eso, si busca comentarios, si busca lecturas con rastro, debe escribir acerca de sus momentos más miserables, que al mismo tiempo son justamente los que más lo obligan a escribir.

Sarah
Sí, en eso tienes razón. Yo escribo sobretodo cuando me siento mal, no siempre me siento mejor después, pero creo que si no lo hiciera me sentiría peor.

Eduardo
A los autores de blogs les pasa algo similar, se sienten mejor luego de apretar “publicar”, además su sentimiento de bienestar aumenta cuando son leídos y cuando alguien los comenta.

Sarah
Ahora entiendo mejor. Entonces si alguien abre un blog, publica sus pensamientos pero no acepta comentarios tiene un diario virtual.

Eduardo
Justo lo que decía.

Sarah
Y además es exhibicionista, porque no hace como yo, que escribo y guardo mis cuadernos para leerlos sólo yo o con personas que conozco, sino que los deja en un lugar público a donde cualquiera tiene acceso. Tiene hambre de atención.

Eduardo
¿Ves? Son lo mismo, los blogs y los diarios son lo mismo.

Sarah


Eduardo
¿Qué pasa?

Sarah
Odio cuando terminas convenciéndome de algo. Ahora me siento masoquista y exhibicionista, pero menos que un blogger, en todo caso.

viernes, enero 01, 2010

Aprendiendo a comportarse con una victoriana moderna

Victoriana Moderna
La clave para comportarse adecuadamente está en el esmalte.

Irene
¿Esmalte? ¿Cuál esmalte?

Victoriana Moderna
Para empezar no puedes responder haciendo una pregunta, mucho menos dos preguntas seguidas. En lugar de ello debes decir “perdón”, con entonación interrogativa pero sin preguntar.

Irene
¿Perdón?

Victoriana Moderna
Mucho mejor, aunque el tono no es el ideal.

Irene
Si digo “perdón” es porque no entiendo nada.

Victoriana Moderna
No te apresures, ya irás tomándole el ritmo.

Irene
¿Ritmo a qué? ¿Cuál esmalte?

Victoriana Moderna
(Suspirando)
Un paso adelante y dos atrás. Pero no importa, serás un buen reto para mi paciencia.

Irene
No quiero ser reto de nadie ni para nadie.

Victoriana Moderna
Como te decía, la clave está en el esmalte, el esmalte de uñas. Si quieres comportarte como una mujer delicada y femenina, debes imaginar que acabas de aplicarte esmalte en las uñas, por lo que todo debes tomarlo con cuidado, porque no queremos arruinar el arduo trabajo que hicimos ¿verdad?

Irene
¿Queremos? ¿Por qué hablas en plural? Yo no sé lo que es pintarse las uñas. Hace años que no compro brillo siquiera.

Victoriana Moderna
No importa, ya lo resolveremos. El brillo es para niñas y tú ya no eres una, tampoco una adolescente. No será fácil pero podemos lograrlo. Yo estaré cerca de ti para convertirte en la dama elegante que puedes ser.

Irene
¡¿Quién me mandó a meterme en ese curso de Relaciones Públicas?! ¡¿Quién?!