miércoles, enero 27, 2010

Casada con el picador

Hace años, cuando aprendía a cocinar, fantaseaba con un marido lindo, juicioso y hogareño que hiciera eso que yo detestaba tanto, algo que me amargaba las tardes frente a la estufa: picar. Para conseguir una serie infinita de cenas cuasi-perfectas, estaba dispuesta a tolerar defectos ajenos, para tener a cambio un útil ayudante de cocina.

Cocinar es una de esas actividades que además de necesarias, puede ser placentera, pero dado que debe realizarse a diario para alimentarse, a menos que se siga una rigurosa dieta cruda, el componente gratificante puede desvanecerse. Preparar alimentos de vez en cuando, como parte de un ritual, para deleitarse es algo comprensible. Sentir pasión genuina y diaria por el acto creativo en la cocina, es privativo de los cocineros profesionales con gran vocación.

Si cocino a diario, porque toca, porque no queda más remedio, es altamente probable que cause indigestiones e incluso intoxicaciones masivas, en caso de que me aficione a tener grandes números de invitados con frecuencia. Si el rito con las verduras, las frutas y las especias es eventual y consciente, los resultados serán cercanos a la perfección.

La motivación entorno a la comida es crucial, por ello en mis primeros acercamientos fue claro que si quería seguirle teniendo afecto a esa actividad lo mejor era solucionar mi repulsión hacia la función de picado, la mejor opción que se me ocurrió fue conseguir un picador, con cabeza y piernas, además de manos.

Soñaba con las horas que pasaríamos juntos preparando huevos pericos – con cebolla larga y tomate – o con las deliciosas ensaladas que adornarían nuestros almuerzos, sin embargo pensaba en lo complicado que sería hacerse de un picador con esas condiciones, por el tema de la tolerancia y la convivencia.

Supongo que saludé al siglo XXI cuando descubrí los procesadores eléctricos de alimentos. Esos maravillosos aparatos que con sólo apretar un botón reducen la comida a una taza de trocitos o a una salsa lista para servir, cuando, por distracción o elección, se deja al dedo descansar un poco más sobre el mágico mecanismo. Los procesadores de comida son una forma más de disfrutar la soltería.

Las cobijas eléctricas y otras de diseñador, con una textura encantadora son otros productos hechos pensando en solteras felices como yo, por lo que es mejor dedicarles una columna entera. Esta es para celebrar el maravilloso invento del picador automático. Sus funciones me han ahorrado al menos un divorcio espantoso.

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