lunes, enero 25, 2010

El tiempo que no regresaré

Es un crimen, uno que se paga con úlceras, espasmos musculares e insomnio, uno que da una condena de la que no se puede escapar, está con nosotros noche y día, recordándonos su gravedad y lo incorregible de sus consecuencias, sin embargo lo seguimos cometiendo a diario. Todos los días perdemos el tiempo.

Yo soy de esas personas que por un inexplicable motivo encuentro encantadores los techos, de madera, yeso, concreto, pintados, desnudos, sucios o limpios, especialmente en las mañanas, mejor si son de fin de semana. Ellos, en su amplia planicie, se presentan ante mis ojos como el reloj de un hipnotizador. Logro usarlos como si fueran una pantalla en blanco en la que puedo proyectar todo tipo de películas.

Según la época la historia puede tratarse de un hombre esquivo, que sólo me parece más atractivo con cada rechazo, o del porcentaje de impuestos que deberé pagar por el último trabajo terminado. Los sucesos, las escenas dependen en alto grado de lo que contenga mi mente, pero siempre puedo contar con el techo, ese telón de fondo para dejar rodar mis producciones cerebrales.

Cada vez que leo los comentarios a mis entradas, sentidos o no, reales o inventados, dramáticos o agresivos me pregunto ¿así pierde el tiempo la gente? Que se me entienda bien, yo aprecio los comentarios, especialmente aquellos desobligados, cuestionadores, respetuosos y constructivos, hasta los tendenciosos, despectivos y con aire de bomba atómica, pero me causa mucha curiosidad el por qué la gente regresa, una y otra vez, a leerme si realmente escribo de una forma tan deficiente.

En los canales de televisión nacional hay programas que no soporto, secciones de noticiero que me dejan con la sensación de masacre neuronal y personas en Facebook que no quiero encontrarme nunca por la calle. No niego que a veces, cuando voy por la calle y pasa un camión de bomberos me quedó, como todos los demás transeúntes con la boca abierta y la mirada fija en la mancha roja que suena la corneta con violencia, pero no por eso reviso hasta el último detalle disponible entre los datos públicos de gente que no quiero tener ni de conocida.

Una lectura casual, accidental de un lector, que luego se convierte en comentador furioso es un fenómeno de la naturaleza que no llegaré a entender. Si ya leyó el texto, si no le gustó, si no lo entendió ¿para qué lo comenta? ¿Va a recuperar comentando el tiempo que invirtió leyendo? ¿Voy a dejar de escribir por lo que él dijo? No, de eso estoy segura. Entonces ¿necesita desanimar a los creadores de párrafos para que así la tentación de leer basura termine? ¿Es incapaz de ignorar las palabras que otros producen a diario? Parece que sí, de otro modo no logro explicar que lean, comenten y regresen para leer o comentar, para seguir perdiendo el tiempo.

Señor lector, señora lectora, reciba usted mis más profundas y sinceras disculpas por el tiempo que ha perdido leyéndome: Para futuros usos de su tiempo libre le sugiero ignorarme. No hago devoluciones de tiempo perdido.

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