jueves, enero 07, 2010

Pecados Escritos: Los errores invisibles

Tras una docena de lecturas, entre la redacción y la revisión la palabra “tasa” se quedó orgullosa, refiriéndose a la cantidad de agua que tenía que agregársele al estofado para realzar su sabor. El cocinero aficionado, soltero además, creyó que allí debería estar el secreto para conquistar a la mujer de sus sueños, por lo que concluyó, se trataba de una trampilla puesta para probar la intuición. 
El plato quedó insípido y ella no quiso volver a cenar con él. Cualquier hombre que no supiera entender una simple instrucción no tenía lo necesario para entenderla y hacerla feliz.

No se trata de un manual de física cuántica aplicado al comportamiento femenino, es una simple receta que, por falta de revisión, se va al cuerno, en compañía de las ilusiones de quien depositaba mucha confianza en su resultado. Quizás trágico, pero posible a causa de los textos sin corregir.

En más de una ocasión, borracha de tanto leerme, he pasado por alto errores evidentes que podría detectar si tuviera los ojos más frescos, si no estuviera aletargada con mis propias palabras, si no las hubiera repasado tanto al punto que mis pupilas se han habituado a ellas, casi hasta memorizarlas.

La creación de mis textos pasa por distintas fases. Una obligatoria para esos de buena calidad o, al menos, decentes, esos que pueden ver los lectores, meses o años más tarde, sin que yo sienta vergüenza, es la relectura cuidadosa, pasado un tiempo luego de la escritura inicial.

Una vez he terminado de redactar un párrafo me parece conveniente repasarlo, quitarle los restos sobrantes y ordenar las palabras como quien prepara poco a poco la mesa para recibir invitados, sin embargo, cuando tengo visita no debo completar una sola tarea, también debo estar pendiente de lo que ocurre en la cocina y de que los baños estén limpios. Del mismo modo, cuando creo un escrito, comienzo, reviso y me retiro a hacer otras actividades, que me permiten cambiar de foco mi mente, para cuando regreso al monitor, ver con otra mirada lo que escribí hace un tiempo.

Al sentarme de nuevo frente a las letras, esas palabras que suenan igual, se escriben distinto y definitivamente tienen significados lejanos, aparecen ante mí desnudas, mostrándome cómo la emoción primigenia con la que le di vida a una cadena de palabras, me impidió ver errores que en ese momento me parecen absolutamente evidentes y vulgares.

Leer un texto no sólo me es útil para cazar errores, para meter en cintura esas formas descuidadas sino también para cortar, con tijeras o con guadaña según sea el caso, las vueltas que di antes de comunicar la idea claramente. Creo que gracias a ello, entre otras costumbres, trato los temas de un modo más respetuoso y claro, al tiempo que he aprendido a ser concisa, entendiendo que no todos tenemos por pasatiempo leer blogs y muchos menos esperamos que la vida se nos vaya en ello.

Mañana otro pecado: Arrullando a mis lectores.

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