martes, febrero 02, 2010

Carolina Herrera demasiado cerca de mí

Me venía persiguiendo, estaba en el metro, en el trabajo, en los autobuses, en el supermercado, a donde quiera que fuera ahí estaba. Ignoré su nombre, cerré los ojos ante la invasión, pero cuando llegó a mi lado no pude ignorarla, tuve que decirle lo horrible que es. Una desgracia, hombres usando una colonia de Carolina Herrera que huele a perfume de mujer con vestido de flores fucsias.

Tengo una sensibilidad especial para los olores, a tal punto que he detectado fruta guardada bajo varias capaz de tela y plástico, realmente una maldición dentro de autobuses llenos, en horas pico y días soleados. Quizás sea por eso que prefiero los olores suaves, algunos frutales y otros de flores claras. Las rosas, las violetas y las maderas pueden convertirse en engendros que producen aromas aberrantes para mi nariz.

Yo sé que las personas tienen humores propios, que no pueden evitarlos y pocas son las opciones que tienen para modificarlos, por eso no los culpo, pero tampoco me obligo a quererlos. Si alguien me huele mal desde el primer momento, difícilmente mi relación con el tendrá arreglo, entonces ¿por qué se empeñan en disfrazarse de malas personas?

Realmente creía que era la única a quien le molestaba tal olor profundo, encerrado y denso, creía que era yo la única que hacía maromas, como cederle mi turno en la fila para la caja a una familia haciendo mercado, irme al lugar más lleno del vagón del metro o cambiarme de acera, todo con tal de alejar mi nariz de la súper creación de la diseñadora venezolana, pero no, no estaba sola.

Un día, estando en una biblioteca pública, pude ver cómo un grupo de niños cubría y apretaba sus narices, para no sentir la peste proveniente de un joven con camiseta rosada. Al parecer no era la única que asociaba tal olor, dulce empalagoso, con el color de un ramillete en la ropa de una señora de mediana edad. El centro de atención nunca se enteró del efecto que producía, atribuyó el comportamiento de los infantes a una de sus ocurrencias.

El tiempo pasó y en las ciudades que visité la peste seguía viva. Intenté acostumbrarme, pero las náuseas que me provoca, cada vez que me encuentro en un lugar cerrado con su presencia, son una tortura espantosa. Creía que sobrellevaría esta nueva moda hasta que visité a un buen amigo en su trabajo. 

Apenas lo saludé comencé a maldecir mentalmente al hombre que subía las escaleras delante de nosotros, tenía ese odioso aroma y llenaba el aire a su paso. Al llegar a la oficina de mi anfitrión todo fue claro, lo insulté por traer esa porquería encima y él se defendió como pudo, se justificó y obviamente reafirmó su gusto por la última creación de Carolina Herrera. 

Desde entonces tengo un objeto más para mi odio, esa mujer, que además de envejecer con gracia, me invade la vida íntimamente, rociando con su feminidad hasta al más masculino de mis amigos. No me queda más remedio que esperar resignadamente hasta que otro gurú ponga de moda una loción más cítrica y menos vomitiva.

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