viernes, febrero 26, 2010

Placer adulto

Cada tanto la adultez me pesa como el mundo sobre los hombros de Atlas, recordándome cruelmente lo dulce que fue mi infancia, transcurrida al frente del televisor viendo Plaza Sésamo y durmiendo siestas después del colegio, sin embargo hay momentos en los que la madurez me da el placer de ejecutar decisiones que de niña ni siquiera habría podido tomar. Ahora tendré que pagar mis cuentas, pero también puedo elegir donde y con quien NO estar.

En mi memoria aún hay nítidas imágenes de billetes y monedas quedándose sólo un corto tiempo en mis bolsillos. La crisis económica, aún viva, ha hecho que mi trabajo sea un trámite más entre la llegada de mi paga y la cancelación de mis deudas. 

Reconozco también que con el tiempo conocer gente nueva se ha convertido más en un reto y en una necesidad para ser afrontada. Los días en que a diario veía caras nuevas, quedaron atrás con mi asistencia a clases y mi grado profesional. Las madrugadas también se fueron. Ahora sólo debo levantarme temprano esporádicamente para cumplir citas de proyectos de trabajo y asistir a entrevistas, con la esperanza de cazar un ejemplar de la escasa especie “laborus estabilus”.

Pareciera una pesadilla sin final, un listado completo de razones por las cuales debería comenzar a evaluar distintos métodos de suicidio, porque no escucho a viejos sabios decir que más adelante la vida se hará más sencilla, sin embargo, en contra de la lógica y las probabilidades, encuentro motivos de alegría.

Es cierto que cuando era niña no tenía que preocuparme porque la plata me alcanzara hasta el siguiente pago, pero tampoco es mentira que a los 7 años no podía decidir quedarme sola en casa para evitar ir de visita a donde personajes desagradables.

La semana pasada tuve un recordatorio con carne y hueso de lo insoportable que puede ser alguien que se arrastra por atención, casi literalmente. Debo reconocer que mis capacidades de meditación zen todavía son débiles para aceptar tranquilamente ese tipo de presencia irritante, por lo que no tuve más remedio que llevar mi mente a otro lugar, mientras mi humanidad permanecía en la sala de torturas.

Una vez terminó la reunión recordé con placer que a pesar de las deudas, las responsabilidades, las canas, las arrugas y la falta de pretendientes potenciales, soy adulta. Si quiero ausentarme de futuros compromisos sociales similares puedo hacerlo, ya no tengo que pedir permiso para faltar, no tengo que soportar historias estúpidas y repetidas de quienes necesitan que los demás les acaricien el ego. 

Aunque corra el riesgo de ser llamada oportunista, no cambio por nada el placer adulto de elegir dónde y con quién estar. 

2 comentarios:

El Marqués de Carabás dijo...

Lo de oportunista cuadra en cualquier momento: Antes tomabas la decisión de ver Plaza Sésamo. Ahora tomas la decisión de verte a ti misma.

Es cuestión de aprovechar la oportunidad.

Licuc dijo...

En eso ando. ;-)