miércoles, abril 28, 2010

No estoy sola, estoy conmigo


Algunas personas reaccionan de forma violenta cuando les dicen que están solas o solteras, es casi como si las acusaran de transmitir la gripa N1H1 con la sola mirada, yo en cambio, cuando me dicen sola, soltera, solitaria, ermitaña e incluso solterona, saco pecho y sonrío socarronamente. Quienes dicen esas palabras buscando ofenderme, tienden a ser las mismas que se quiebran en cuanto se quedan sin pareja, parecen ser las que no logran nunca ser el alma de la fiesta, justamente aquellas a quienes más quieren, pero lejos.

Suele pasar que quienes ven más negativamente la soledad son justamente aquellas personas que más solas están y no, no las que viven solas por elección, ni las que adoran a los gatos. Las personas más solitarias son aquellas que viven con alguien que no soportan, pero con quien mantienen la imagen de una vida perfecta, no las que buscan entre la góndola de las verduras la zanahoria más pequeña para la ensalada del día. 

La gente que se casa porque con eso sueña no es una leyenda urbana, pero tampoco es fábula la historia de la mujer de 28 años que se siente mejor cuando marca “separada/divorciada” en el formulario del banco para abrir una cuenta nueva. Cree que haber pasado por el altar da estatus, que puede usar ese episodio de su pasado como una referencia social, que así prueba que es más estable y respetable que aquella que nunca se ha casado.

Hasta acá todo muy bien, pero ¿quién en su infinita sabiduría dijo que los solteros no podemos gozarnos la vida?, ¿fueron los cristianos o debo culpar a los judíos?, ¿será esta extendida creencia una venganza de los infelizmente casados para jodernos la vida a los solteros retozones? En realidad gasto poco tiempo pensando en eso, más es la energía que le dedico a ser feliz con mi familia armada: mis amigos. 

No tengo novio, no lo busco desesperadamente, le perdí respeto y fe a la etiqueta, es más, creo que las relaciones están evolucionando hacia escenarios en que la monogamia parecerá algo del tiempo de las cavernas, pero el respeto permanecerá de formas en que ahora parecen inconcebibles e incluso irracionales, en eso sí tengo fe, en la evolución social hacia nuevas relaciones afectivas.

Las personas con las que más me relaciono son parecidas entre sí, yo me parezco a ellas y eso me hace sentir más cercana, me da más familiaridad que una prueba genética que dice que soy prima de alguien o sobrina de algún fulano. La conexión emocional, la real, la auténtica no depende de los cromosomas ni mucho menos de la cercanía física. A pasos de distancia tengo a sujetos que no tienen la menor idea, el menor interés tampoco, en saber algo más de Arthur Golden y eso está bien.

Yo no creo en la compañía como la antítesis de la soledad física. Para mí no es compañía la presencia de carne y huesos a unos metros de distancia, si así lo creyera al menor sentimiento de profunda soledad me iría a un centro comercial para estar rodeada de gente, como lo resuelve mucha gente, que de pasada usa la tarjeta de crédito para terminar con el problema, al menos hasta el siguiente corte.

Aquellas personas que creen que la compañía equivale a tener a alguien al lado, que es suficiente con poder llamar a alguien para ir de compras o para comer en un restaurante, son las mismas que se lamentan cuando ese fantasma palpable no está, son gran parte de las que llenan la agenda de los psicólogos y psiquiatras cuando se enferman de soledad. Para mí la compañía es otro asunto, es la comunión de mentes, es la intersección de intereses, es poder irme a beber té y comer galletas con alguien que comparte conmigo la pasión por el olor del jazmín porque sí, porque realmente le huele rico y no lo dice sólo para quedar bien.

Es difícil, prácticamente imposible, para alguien como yo comprender al solitario enfermo, ponerme en sus zapatos, porque soy de esas personas que, como describió alguna vez Nietzsche, se hacen más fuertes entre más soledad resisten. Yo elijo estar conmigo, antes que en compañía de gente que está convencida de que todo el mundo debería ser igualito a su ombligo.

Artículos relacionados:

miércoles, abril 21, 2010

Kit de Soltera


miércoles, abril 14, 2010

La pereza de nuestros días




Ahora que la ciencia y la tecnología nos han librado de tareas tan aburridas y desagradables como lavar ropa, platos y barrer, se esperaría que nuestras casas permanecieran más limpias o que por lo menos todos los días se hicieran grandes avances para descubrir la cura del cáncer, pero lo que veo es que cada vez somos más flojos. Yo por ejemplo lavo ropa cada 2 meses, aunque sólo tengo que sacarla de la lavadora, escogerla, volverla a meter, apretar un par de botones y sacarla hora y media más tarde.

No describiré una escena asquerosa y vomitiva detallando el percudido de mi ropa, es sólo que  tengo suficiente para lavarla cada mucho, pero la imagen de una lavadora llena de ropa sucia, esperando pacientemente para volver a estar limpia, ilustra lo suficientemente bien que la pereza se ha apoderado de nosotros.

Ahora hacer videos, tomar fotografías, grabar ruidos o canciones está al alcance de todos. Todos podemos aprender a usar Photoshop leyendo un tutorial o podemos mejorar nuestro nivel de inglés usando internet, pero la verdad es que la vida fácil sólo nos ha hecho más perezosos. He visto a personas preguntar en Twitter dónde pueden encontrar una imagen del beso oriental, en lugar de buscarla ellos mismos en Google. 

Ya no son sólo los adolescentes quienes bajan sus tareas de internet, todos somos perezosos. No es suficiente con habernos instalado en nuestros sofás y en nuestras camas para ver televisión, al haber desaparecido la necesidad de levantarnos cada tanto para cambiar el canal, ahora queremos evitarnos los comerciales porque nos da flojera perder el tiempo así. Queremos todo ya, todo fácil y si se puede gratis.

Los interruptores que encienden bombillos con sólo chasquear los dedos o aplaudir ya existen, pero nuestro desgano quiere más. Pronto nos inventaremos dispositivos que nos leerán la mente, así no tendremos que separarnos del computador para iluminar las habitaciones cuando caiga la tarde, simplemente pensaremos en un espacio más claro y como por arte de magia, aunque más exacto sería decir por arte de ciencia, la luz aparecerá. En el futuro tendremos el computador pegado a la cabeza.

Si pensara con lógica diría que cada día se venderán más productos que me facilitarán la vida, pero la pereza ¿quién me la quita? Así como todavía no existe una pastilla para adquirir instantáneamente conocimientos o mostrar perfectas habilidades para manejar maquinaria pesada, tampoco existe una que me quite la pereza de limpiar la casa, ni una que me ayude a hacer trabajos aburridos sin estarme quejando cada 2 minutos.

Algunos dirán que el mayor avance es la cápsula azul que le alargó la vida sexual a los hombres, pero también existen los preocupados por la invención de una que te dé un orgasmo sin necesidad de pareja, sólo con la compañía de un vaso de agua para tragar. Estos últimos dicen que en cuanto eso ocurra, ya nadie se interesará en el foreplay, es más muchos desistirán de buscar pareja porque ya no la necesitarán. ¿Será eso también pereza? ¿Las súper ejecutivas  preferirán comprar una dotación gigante de esas pastillas, para ahorrarse el marido que les reclama cuando ellos tienen ganas pero ellas no? ¿Se acabarán los fuckbuddies?

Mejor lo dejo aquí, tengo pereza de hacer más preguntas y mucha más de responderlas, además teniendo en cuenta que soy producto de este mundo moderno pero facilista y perezoso, dejo esta columna así porque necesito juntar ganas para cambiar las sábanas de mi cama. Para mi pesar todavía no puedo comprar telas que no se ensucien y tengo que esforzarme por encontrar un novio que me ayude a darle vuelta al colchón.

jueves, abril 08, 2010

Mujer soltera NO busca novio

Federico
Mi hermana se casó el año pasado, con un arquitecto.

Sarah
Mmm ¡qué envidia!

Federico
¿Ya te quieres casar?

Sarah
No, ni ahora ni más tarde.

Federico
Entonces ¿envidia por qué?

Sarah
Porque tengo un fetiche con los arquitectos, no sé si por las manos, por la habilidad espacial, por lo artistas, no sé, me gustan mucho los arquitectos.

Federico
Bueno, pero ustedes siempre piensan en casarse.

Sarah
¿Siempre?

Federico
Sí, siempre, todas, sin excepción, todas quieren casarse.

Sarah
No, yo no.

Federico
Sí, tú sí, tú y todas las demás.

Sarah
No, tengo que hacer muchas cosas más, profesionalmente hablando, antes de pensar en irme a vivir con alguien. A mí esa farsa del matrimonio no me emociona.

Federico
Si tú lo dices…

(Media hora más tarde.)

Sarah
Tengo un problema, desde que conocí París siento que ya nada me sorprende, que ya nadie ni nada puede agregarle algo más, algo emocionante a mi vida.

Federico
Bueno, no exageres, aún no conoces la Riviera Francesa, por decir algo.

Sarah
No, pero no me llama la atención, aunque hablando de rivieras me haces acordar de que yo quería irme a la Riviera Maya de luna de miel, pero ya no.

Federico
¡Viste! Todas, todas, hasta tú, se quieren casar.

Sarah
Aich ya, ya no me lo eches más en cara, sí, sí, todas pensamos en casarnos, pero ni todas jugamos a vestirnos de novia con el mantel o con las cortinas de la casa, es más con el tiempo muchas recuperamos la razón. Además si pude ir hasta el otro lado del mundo y volver, sola y sana y salva puedo irme de luna de miel con o sin compañía.

viernes, abril 02, 2010

Sonreír es para mujeres

Pocas expectativas ajenas tan machistas, y sutiles a la vez, como la de aquellos que siempre quieren verte sonreír sólo porque eres mujer.

A las mujeres se nos cría con la idea de que debemos ser criaturas sociales, amables, candorosas e incluso cálidas, para que nuestra personalidad combine armónicamente con nuestro cuerpo. Los hombres también reciben una educación que se ve bien con sus cuerpos. Desde pequeños los convencen de que las lágrimas no les quedan bien y si intentan jugar con muñecas los regañan, porque ese comportamiento es un peligro potencial, además ningún papá sueña con tener hijos homosexuales. 

No importa cuán delgados sean los televisores o qué tan grande sea el ancho de banda de nuestra conexión a internet, los cuartos de las niñas se siguen pintando de colores pasteles y hay más hombres en las facultades de ingeniería que en las de psicología, confirmando que no hemos cambiado.

La mayor parte de mi vida ha transcurrido en ambientes donde se me ha discriminado poco o nada por el hecho de ser mujer. Encuentro tan natural el hecho de dirigirme a un hombre como un igual que tengo serias sospechas de que olvidé cómo coquetear, sobretodo porque cuando me encuentro con un tipo que me resulta atractivo termino diciéndoselo dentro de las 24 horas siguientes después de conocerlo, pero no con tono cómplice sino como quien le plantea una situación a un socio para abordarla de alguna manera, pero la falta de habilidades femeninas no para acá.

Mis recuerdos están salpicados de frases como “eres una aburrida”, “deja de ser tan amargada” o “no leas tanto” así como de miradas inconformes por los decibeles a los que llego cada vez que suelto una carcajada. Lastimosamente, para otros, no puedo confirmar que sea un suicida en potencia porque nunca intenté cortarme las venas o lanzarme desde la azotea de un edificio, pero tampoco puedo complacer a quienes me ven como un somnífero. No necesito bailar para divertirme, no me gusta reírme a un volumen “decente” y no le sonrío a todo el mundo.

Las personas tienden a sacar conclusiones apenas ven a una persona y esas conclusiones no salen sólo de lo que tienen al frente. Cuando conocemos a alguien los estereotipos hacen lo que quieren con nuestro criterio, impulsándonos a hacer afirmaciones acerca de cómo debe ser una persona por el modo en que se ve, se viste, habla, se ríe o no sonríe. Es más, la primera operación que hace nuestro cerebro, después de ver un objeto con forma de persona, es definir si es un hombre o una mujer, luego vienen las ideas preconcebidas. Ahí es justo cuando yo comienzo a perder.

De un tiempo para acá he comenzando a sospechar que si hubiera nacido hombre no me dirían con tanta frecuencia que soy antipática y odiosa. De las mujeres, más específicamente dentro de una cultura latina, se espera que sean amorosas, suaves y alegres para que complementen a los hombres, cuando eso no ocurre quienes las rodean creen que es su deber criticarlas para que cambien, pero no se detienen a pensar que simplemente no son ni tan divertidas, ni tan interesantes como para que inspirarles sonrisas a mujeres como yo.

Así como yo vivo feliz sin sonreírle a todos, espero que otros lo sean ignorando el hecho de que no muestro mis dientes con la frecuencia que una actriz porno muestra las tetas, al tiempo que entienden que eso no me hace menos mujer.