miércoles, julio 07, 2010

La princesa rosada que olía a fresas

Estas eran las palabras que la reina madre le repetía a la princesa cuando era niña: “Las niñas como tú deben llevar vestidos rosados y usar perfumes dulces, preferiblemente hechos de rosas cortadas en su propio jardín o de fresas maduras recogidas en su huerto. Esos detalles simbolizan la sumisión y la feminidad que caracteriza a las mujeres de la realeza.” La princesa, que la escuchaba con atención, se convencía cada día más de que su sabia madre le enseñaba cómo ser una buena mujer.

Era la época del temor furioso por la gripa H1N1 y los fabricantes de cosméticos habían aprovechado para sacar al mercado sus versiones mínimas de jabón seco. Un amigo, que visitaba la ciudad por esos días, me pidió que lo acompañara a un restaurante donde almorzaría con unos conocidos suyos.

Luego de sentarnos y hacer los saludos protocolarios, se añadió el gesto de moda:

-¿Quieres?, preguntó una de las comensales, ofreciéndonos su recién comprado jabón líquido antibacterial, yo ingenuamente lo recibí, lo destapé y comencé a frotarme las manos con su contenido, mientras, mi amigo se levantaba de la mesa disculpándose. 

A los pocos minutos regresó, se sentó a mi lado y yo, en voz baja, me quejé con él:

-¡Esta vaina huele horrible!, siento que soy Fresita, la muñequita esa que veía por televisión.

Él, parco, me respondió:

-Por eso fui al baño a lavarme las manos.

Entretanto, la princesa rosada, dueña del jabón, comenzó a hablar con orgullo de su trabajo, de la famosa universidad privada que le dio su título profesional y, obviamente, de su marido. Yo, mareada, con el olor a fresas que apestaba mis manos, sólo imaginaba que el BlackBerry, rosado también, que estaba sobre la mesa sólo le servía para revisar a diario el horóscopo.

La historia se repite una y otra vez, a veces el teléfono inteligente es rosado, otras veces es lila y en ocasiones está disfrazado con un forro muy colorido, siempre de diseño femenino, pero eso no importa. BlackBerry o IPhone el contenido es el mismo. Ella lo compra porque su príncipe azul le dijo que era lo que estaba de moda y, finalmente, él es quien sabe de tecnología.

La princesa rosada no sabe si le gustan o no las reuniones de geeks. Ni siquiera sabe que existen, en cuanto su príncipe azul comienza a hablar en términos complicados, ella entorna los ojos y pone cara de aburrida. Él, para complacerla, cambia de tema y le promete amor eterno. Una vez la princesa ha conseguido lo que quiere, se dedica a pensar para qué diablos le serviría un teléfono mejor, si lo que quiere es una plancha que le alise más el pelo.

Ella accede a la tecnología porque está de moda, no por necesidad, además aprendió que las mejores princesas son las que no piensan mucho y le hacen caso a su príncipe. Empero hay algo que sí le gusta y mucho: Facebook. Ahí puede publicar sus fotos más logradas, que alimentan su ilusión de que habría podido ser modelo profesional. 

De lo demás poco o nada necesita saber. No le interesa tener un blog, ni cuenta en Twitter. El tiempo que gastaría averiguándolo preferiría invertirlo depilándose o en cualquier otro tratamiento de belleza. En su mundo la etiqueta multitarea se aplica a leer una revista de farándula mientras le arreglan las uñas, no a recibir correos electrónicos al tiempo que habla por teléfono. El manejo de los nuevos medios de comunicación no la atropella, pero tampoco diría la verdad si afirmara que ser pionera en el área le quita el sueño.

La princesa es producto y víctima a la vez. Permitió que Disney la educara, que decidiera por ella, que la mercadeara y finalmente que se lucrara con sus anhelos de perfección. Se convenció, sin resistencia, de que cederle a otros la responsabilidad de adquirir conocimientos contemporáneos, le facilitaría la vida y le dejaría más espacio para asuntos realmente importantes como ir de compras o salir con amigas.

La princesa rosada que huele a fresas podría aprovechar sus habilidades naturales para la comunicación, involucrándose en los medios de expresión que le ofrece la tecnología actual, pero no. Lo mejor es dejarle eso a los príncipes atractivos e inteligentes, ella prefiere seguir con su vida plena. Al fin y al cabo logró casarse, conseguir un trabajo estable y una tarjeta de crédito, todo antes de cumplir 30.




4 comentarios:

Catirestrepo dijo...

Me agrada la lírica que tiene tu post. Todo un tejido de descripción de uno de los tantos tipos de muejres existentes.

Saludos y que bueno que te animaste a participar en el festival de blogs de Global Voices,

Cati (http://catirestrepo.wordpress.com)

Licuc dijo...

Cati confieso que es imitada. Luché por no escribir un perfil al estilo de Carolina Aguirre (http://bestiaria.blogspot.com) y siento que no lo logré.

Sonia.Ro dijo...

La princesa que huele a fresa quiere ser la que le vendieron como ideal cuando ella era niña...


Hace nada me sorprendió entrar a la habitación de una sobrinita de seis años, que tenía la cama rosada llena de moños, fresitas y grandes cojines de corazones en el centro de todo con las caras de Cenicienta, Blancanieves (es increíble que permanezcan estos estereotipos... ¿los verán nuestras nietas?) y la Sirenita, todas rubias, ojiazules, (por supuesto, nada que ver con los genes de mi sobrinita) delgadas y eternamente quinceañeras.

Esto es de lo que están alimentando los sueños de los niños, porque las princesas de fresa son el resultado que los medios (los que venden los cojines y los blackberrys), quieren alentar. Da igual si ella hoy compra cojines y mañana celulares. Lo importante es que comprará sin pensar, como lo hacen los padres de la niña.

Es más que un chiste: http://theberry.com/2010/06/23/stuff-no-one-told-me-illustrations-by-alex-noriega/stuff-no-one-told-me-8/

Muy de paso, recomiendo las demás ilustraciones del Stuff no one told me (but I learned anyway)

Licuc dijo...

Sonia excelente, la triné y todo. La estoy guardando en mi cuenta de Delicious.