martes, julio 13, 2010

La selva de metal y cemento

Me siento a ver los programas de animales salvajes, en Animal Planet, como si los protagonistas fueran fenómenos. Luego salgo a la calle y me encuentro con escenas tan parecidas, adaptadas a la versión urbana, que me someten a un debate en el que no sé si debo ser una fiera depredadora o una presa miserable.

Estoy dentro de una oficina, sentada frente a una ventana que da a un limpio parque estrato 4. Está a sólo una cuadra de la autopista y es mágico. Allí no se siente el rumor enfurecido de los carros, que más parecen dragones conducidos por gnomos. Luego la fantasía se rompe cuando una mirla picotea sobre el césped el cuerpo inerte de un polluelo de copetón. Aparecen los padres, revoloteando alrededor del ave que tiene 3, 4 veces su tamaño. Con un leve movimiento los espanta un poco, luego decide dejar su víctima sobre el verde y se va. Los pájaros que quedan observan y también se van volando.

Camino hacia las montañas por la avenida de las palmeras. A la derecha suena el ruido del noticiero del mediodía. Alguien sale de un restaurante y arroja comida en el andén. En el montón veo arroz, cubos de zanahoria y un hueso de pollo, con algunos jirones de carne. Llegan las palomas del sector y empiezan a arrancar lo que queda a picotazos. Una tiene el privilegio sobre las otras, que deben conformarse con las harinas que muchas mujeres desprecian.

Las nubes sueltan todas las gotas que han tenido amarradas durante meses. Las hormigas grises, gigantes, del tamaño de un hombre adulto, corren para entrar en sus laberintos y de repente aparece una pareja de caniches machos, lavados, de blanco sucio, llamando la atención y simbolizando el odio que muchos le tienen a esa raza. El más grande en tamaño intenta guiar al otro por un camino que desconoce. Alguien se cansó de ellos, de ese regalo de navidad que sólo gastaba diariamente el mercado sin dar algo a cambio.

El sol brilla lo suficiente para actuar como antidepresivo en los organismos de muchos ciudadanos. Los buses rojos se detienen de a 1, de a 2, de a 5 en la caja metálica. Dirijo la mirada hacia una zona verde, cubierta por la sombra de un caucho sabanero y sobre sus raíces hay un hombre con la piel casi negra, igual a la ropa, además del trasero expuesto. Se esfuerza, hace gestos con la cara y aprieta. Ya no quiero ver más el lado público de su necesidad privada.

La luna mengua con sus ángulos hacia abajo. Atrás el cielo oscuro con estrellas opacas. Son más de las 10, detengo un bus y subo. Pago y observo la cara de los pasajeros, ubico al más inmóvil y me siento junto a el. 8 cuadras adelante, en un semáforo colorado un hombre joven, vestido con ropa gastada, le pide al conductor permiso para subir. Lo recibe. Adentro, delante de la registradora y más cerca de los pasajeros, pasa para adelante su morral, con el movimiento siento como los vellos de mi nuca se erizan, siento pánico en el estómago, pero me resisto. Espero obligada y soy testigo, una vez más de la actuación de un depredador siendo depredado.

3 comentarios:

El Marqués de Carabás dijo...

Qué buena cosecha hiciste con tu observación. Frutos reales que parecen ficticios. Y nadie los ve. Y pocos los leen.

humberto dijo...

Muy chévere, que fina sensibilidad !!

Licuc dijo...

Marqués, gracias, sobretodo porque allí estuviste cuando sembré algunas semillas.

Humberto, a veces se escribe por necesidad, para no envenenarse con la ponzoña que se encuentra a diario en la vida.