miércoles, septiembre 22, 2010

Los ricos también lloran


La pobreza y la riqueza son hermanas, desconocidas, pero con tantas semejanzas que no pueden negar su parentesco.

Hace tiempo escuché a un hombre relatar una historia acerca una niña pobre que no iba a Rock al Parque porque no sabía que existía. Su mayor limitación era reunir la plata necesaria para ir al Parque Simón Bolívar, misma que necesitaba su papá para ir al centro, a comprar algo de mercado de aseo para toda la familia.

No me quedó claro si la limitación era algo que la diferenciaba o la hacía más parecida a los ricos, que con mucha frecuencia se comportan como niños en corral, incapaces de ir más allá de los límites invisibles de sus prisiones autoimpuestas.

Si es París, Roma, Nueva York o Santorini no importa. Los ricos se alojarán en los mismos hoteles, comerán la misma comida y serán transportados en carros de las mismas marcas y modelos. Su abundancia los protegerá de conocer desde adentro las culturas y las almas de los pobladores, porque para ellos esa es la perfección, estar siempre tan lejos, como sea posible, de la inmunda realidad, al tiempo que son íntimos con el lujo superficial.

A veces, contadas, los ricos deciden que quieren emociones exuberantes y pintorescas, desean conocer de primera mano el sabor de las lágrimas, entonces se aventuran a visitar las tierras de los pobres, pero con mucha frecuencia esas vivencias les alimentan los temores que han creado solos, por lo que después huyen para sentir alivio en sus blandos refugios.

¿Y los pobres?

A los pobres los limita el hambre, la educación estandarizada que busca obreros productivos y reflexivos, tanto como animales de granja. A ellos se les (¿nos?) paga para que engorden las cuentas bancarias de los primeros sin cuestionar mucho, pero innovando tanto como sea posible. A los que peor les va apenas les alcanza para tomar gaseosa el fin de semana e ir, una vez en la vida, a la piscina más cercana. Para ellos el mundo es cal, arena, piedra y en general una sucesión infinita de trabajos duros, pero no se dan cuenta porque no entienden el significado de la palabra “infinita”, tampoco conocen lo que es descansar sin hambre y sin frío.

De pronto el no querer ser.

Ahí estamos los que no queremos ser ricos pero tampoco queremos sufrir como pobres. La resistencia a trabajar en demasía para comprar todo lo que no es necesario, la evasión constante de la lástima que intentan inspirar los pobres para recibir lo que ya no saben ganar.

La senda media.

Seguir la marcha sin anhelar los deseos de los ricos ni esperar las desgracias de los pobres. Tener contacto con los dos extremos para permanecer en un tenso equilibrio, uno que permite conocer los 2 más allá sin estar realmente en ninguno.

3 comentarios:

humberto dijo...

va bien chévere !!

El Marqués de Carabás dijo...

¿Qué hay de la brecha que estás (está creada) creando?

Cuéntanos algo, más o menos...

Licuc dijo...

Humberto gracias.

Marqués la brecha somos nosotros, los clase media, los proletarios con aires de burgueses, que intentamos no perder el balance. Hacia ese punto dirigiré el desenlace de esta columna/ensayo.