miércoles, octubre 27, 2010

Felicidad derretida

No intento siquiera disimular mi profunda admiración por Leila Guerriero. Aunque no conozco muchos cronistas insisto en decir que es mi favorita. El siguiente texto es un plagio descarado de su estilo, inspirado en un perfil suyo donde describe a una asesina. Este es el resultado de mi último ejercicio en el taller de crónica.

Las lágrimas cuando son ajenas saben a fresas dulces.

Lucía esperaba, sin decirle nada a nadie la próxima llamada de una amiga para contarle que había peleado con su novio. Cada vez que eso ocurría le brillaban los ojos y se dirigía a la cocina de 2 por 3 de su apartamento, luego abría un gabinete inferior, sacaba un delantal de pequeñas flores rosadas y lo ataba a su cintura por detrás sin demoras.

Con una sonrisa en el rostro abría un cajón y sacaba una olla alargada junto a un instrumento parecido a una cuchara de madera, pero en lugar de terminar en una pieza cóncava, remataba en una figura parecida a la de un batidor de huevos.

Lucía continuaba el ritual alistando trozos de canela, un clavo de olor por cada persona a la mesa, leche sacada de la nevera con antelación, para evitar el sabor a gas refrigerante, y dos cuadrados de chocolate de 3 por 3 centímetros. Un par de horas después llegaba la llorona de turno. Lucía la hacía seguir y se sentaban en su comedor de dos puestos.

Encima de la mesa de madera oscura había un rectángulo de lana sintética verde, con figuras redondeadas naranjas, cruzándola de lado a lado. Sobre el un tubo alargado de vidrio transparente, lleno de agua hasta un poco más arriba de la mitad, adentro una docena de margaritas amarillas. La llorona no podría decirlo, en realidad no lo recuerda, pero los pañuelitos desechables con los que secó sus ojos y limpió su nariz salieron de una caja en forma de cubo, también con diseño floral, que estaba junto a las margaritas.

Los recuerdos de la llorona se remiten a otros sentidos. A los olores y a los sabores.

Apenas llegó a la casa de Lucía, concentrada en la última frase que escuchó de su novio: “No soporto a las mujeres controladoras, ¡y tú ya pareces mi mamá!” el olor espeso en el aire le quitó 20 años de encima.

Cuando ya estaba sentada al lado de Lucía recordó que el corazón le dolía, pero se distrajo viendo los pequeños domos rosados, puestos sobre el plato decorado con pequeñas hojas verdes. Cogió uno y lo puso dentro de la tasa humeante, comenzó a jugar a hundirlo con la cuchara hasta verlo derretirse y hacerse uno con el líquido, luego sopló y bebió un poco. Tenía de nuevo 7 años y los hombres no existían, sólo le importaba que su papá la mirara durante mucho tiempo y que su mamá la escuchara con la atención que Lucía le daba en ese momento.

La llorona no lo recordará después, en realidad no tendría forma de saber que esa noche Lucía escribió en su diario “Muero de ganas por ser madre, es más, ya quiero ser abuela, pero no me queda más remedio que esperar. Ahora sólo puedo conformarme con desear que todas mis amigas peleen con sus novios, que tengan problemas que las hagan llorar, así tengo muchas excusas para invitarlas a tomar chocolate con masmelos e imaginar que son mis hijas y mis nietas a las que les doy por raticos esa felicidad que yo no tengo.”



2 comentarios:

harold(kira) dijo...

DESEARIA QUE LAS TASAS DE CHOCOLATE ESTUVIERAN .... TAN LLENAS DE ESAS COSAS... SOLO EN EL VELO DE LO QUE QUEREMOS . Y LO HACEMOS REFLEJAR EN OTRAS PERSONAS . SIN QUE SE DEN CUENTA ENCONTRAMOS ..ESA CHISPA .. QUE DA LA BIOS .

Licuc dijo...

Nada como el espejo de los otros para descubrir lo que hay mal en nosotros mismos, así lo entiendo yo.