miércoles, noviembre 24, 2010

La vida sin voz

Cuando habla mucho le duele la garganta pero su trabajo, como profesor, no le permite estar tan callado como necesita para recuperase de la ronquera constante, convertida en un rasgo definitorio más. Fumar frecuentemente y beber vodka cada fin de semana tampoco le ayudan a su mal, sin embargo para él son mantras palpables que le ayudan a llegar un poco más allá.

Es jueves y todavía le quedan 5 clases por dar, mas un dolor en el cuello le ha enfermado todo el cuerpo.

Son las 3 de la tarde y casi se puede sentir alegre de no estar frente a sus alumnos, muchas veces se los imagina como pequeños simios, aunque con tal imagen insulta a toda una familia de primates.

6 de la tarde, el procedimiento al que fue sometido viene con una restricción: no hablar durante 48 horas. “Ya quisiera que fueran 96”, piensa.

A las 8 de la noche cuelga el saco en el solitario que está al lado de su cama, camina hasta el estudio y se sienta frente al computador. Maldice, se lleva la mano al cuello y hace una mueca. Se levanta y va de nuevo hasta su habitación. Busca en el bolsillo izquierdo de parche y saca la papelería médica con las instrucciones de cuidado.

Hacia las 9 de la noche el servidor está enviándole al coordinador el siguiente mensaje:

Buen día doctor.
Recibí indicaciones médicas después del procedimiento. No puedo dar clases hasta el lunes. Adjunto documentación.

Al día siguiente, alrededor de las 8 y 30 el coordinador sentirá que la úlcera le arde más que de costumbre. Deberá organizar el horario para que los engendros ajenos no se maten entre sí.

El profesor se levanta campante. Tiene derecho a un día libre pagado y además sin hablar.

Ya son las 2 de la mañana y se despierta, todo está en silencio. En la pantalla del televisor hay un anuncio que dice “llame ya”, quiere gritar pero no puede, el televisor también está mudo. Lo apaga desde su cama con el control remoto y cierra los ojos. La garganta le arde pero no lo suficiente para necesitar otro analgésico. Decide quedarse dormido mientras persigue pensamientos.

Primero es adolescente, tiene 15 años, recorre calles vacías montado en su bicicleta, después en esas calles aparecen 2 mujeres, una lleva un perro pequeño atado a una correa, el perro ladra o eso parece, abre la boca, se agita, puede verlo en el moño ridículo y rojo que lleva sobre la cabeza, el perro se desespera y todo el pelaje, largo, pardo, se mece como una cortina en miniatura.

Observa a las mujeres, no hablan, solo aprietan, sin darle descanso a sus pulgares, unos pequeños teclados que tienen entre sus manos. A veces por minúsculos instantes se detienen y ríen pero sin mirarse a los ojos.

Ojos, ojos cerrados, el profesor tiene los ojos cerrados y todo está en silencio, está con él y en él, solo lo acompañan sus pensamientos, ninguno terrible, ninguno molesto, nada como las quejas constantes de sus alumnos. Quizás un mundo sin voz, sin ruido sería más soportable, tal vez en un mundo así no sería necesario fumar ni beber para continuar vivo un día más.

2 comentarios:

Bufón dijo...

http://stonerbrunch.blogspot.com/2010/11/las-noches-en-marte-eran-solitarias.html

Como dijo Horacio Acaballo "no me bajés los brazos (pendejo), vamos todavía!!"

Licuc dijo...

El dolor en la garganta de tanto hablar se siente bien cuando ocurre después de reuniones con amigos queridos.