martes, diciembre 28, 2010

La esperanza muerta

Tras meses de peripecias económicas, prostitución de letras e inmensos aprendizajes espirituales, al estilo de los clásicos no de los lectores de Chopra y El Secreto, llegó el día en que experimenté porqué los negocios pequeños tienen alma mientras las cadenas comerciales son sólo líneas de ensamble.


Corría el año de 2009 y yo había regresado al país luego de unas vacaciones apoteósicas. El panorama laboral se veía confuso y oscuro, pero yo no perdía la esperanza de revivir los instantes felices que había vivido en la Gran Manzana mientras admiraba mis fotos. Temerosa, con el recuerdo fresco de cuando Foto Japón perdió mis fotos de mi coctel de grado, de mis vacaciones en Cartagena y no respondió por el incidente, llevé un par de rollos a Procesos Fotograficos – así sin tilde – para que los revelaran. 

Semanas más tarde, ansiosa por ver el resultado, pasé por el local para recoger el trabajo. El encargado de copiar las fotos en un cd no estaba, así que dejé el sitio con una amplia sonrisa en los labios. Los meses que habían pasado entre la captura de las imágenes y el proceso químico les habían entregado una apariencia setentera y romántica.

Vino la tormenta económica y yo quedé un poco por encima de la línea de pobreza, escribiendo artículos que más se parecían a traducciones miserables que a ensayos de poesía. Sobreviví de ese modo hasta que me convertí en un buen partido – eso dicen los demás -. Los días que vinieron fueron más alegres para mis bolsillos, aunque las obligaciones adquiridas con el título de soltera codiciada me llevaban a hacer gastos indeseados. En una de esas ocasiones noté que estaba muy cerca de allí, de ese lugar del que había salido la sentencia: 

-No, si es que aquí borramos todos los trabajos que no reclaman y botamos todo lo demás, si su trabajo es del año pasado lo más seguro es que ya no esté.

Pasé la mano sobre la billetera y saqué el papelito, el comprobante del trabajo que había dejado en el laboratorio hacía casi 12 meses, conté plata y vi que me alcanzaba para pagar el saldo, entonces decidí ir hasta allá. Llegaría con la cabeza baja y la esperanza, pero lo haría.

Al entrar le mostré al encargado el documento y él contestó:

-Sí, es muy difícil que estén, pero voy a mirar.

Lo esperé con amargura, aburrida, resignada, podía imaginarlo con claridad saliendo para decirme:

-¿Si ve?, lo que le dije, no está y como es un trabajo tan viejo no le podemos devolver el abono que hizo.

Me iría luego de escuchar esas palabras, con la esperanza muerta y enterrada. Sin embargo…

-Jum, qué raro, mire.























En sus manos estaban ellas, todas, completas, hermosas, reveladas, algunas desenfocadas pero existentes. La decisión inicial de llevarlas a Procesos Fotográficos y no a una sucursal de Foto Japón, o Foto Hampón, como le dicen varios, había sido acertada.

El local de Procesos Fotográficos también ha sufrido la transformación que caracteriza a la fotografía contemporánea. La mitad de sus instalaciones es ahora un restaurante de comida chilena que quizás entrega más ganancias de las que produce un laboratorio mágico. Este negocio se mantiene gracias a estudiantes idealistas que insisten en aprender un arte con elementos arcaicos y costosos, con instrumentos que aún son capaces de dibujar con químicos y luz.


2 comentarios:

Mako dijo...

Procesos fotográficos , el gran aliado.

Y la fuente chilena (el restaurante del lado) tiene muy buena comida .

Licuc dijo...

Mako, ese local es lo máximo. Ahora me dieron un recuerdo para toda la vida y no me refiero a las fotos, bueno, no sólo las fotos.
Tendré que entrar al restaurante un día a ver si me gusta lo que sirven.