miércoles, diciembre 01, 2010

La vida sin celular

Silueta de persona africana hablando por celular, sobre piso de cerámica.


10, 13, 14 son sólo números que no explican la dicha de permanecer inalcanzable.
Quizás fue la esencia de orquídea de ángel de protección, tal vez es el resultado del símbolo místico que dibujé en el vidrio de la estación de trabajo en la cúpula sea lo que fuere resultó. El celular murió. El objetivo inicial no era causar daños colaterales, simplemente deseaba encontrar el balance dentro de una burbuja imaginaria, púrpura, llena de olor a sándalo y canela, un lugar al que sólo podría acceder yo, pero todo ocurrió de otra forma. En este mundo que me obliga a saber la hora y la fecha, con constancia militar, no encontré más remedio que esculcar en mi cartera, buscando el aparatico de bolsillo que le permite al planeta entero tenerme ubicada con exactitud. Lo encontré, lo desempijamé y lo descubrí somnoliento. Se negaba a conectarse al sistema. Sin saber si debía celebrar su rebelión o hacerle caso a mi falsa y aprendida angustia ante los contratiempos de este tipo, oprimí la tecla “menú” para intentar solucionar el malfuncionamiento y él decidió responder “estoy malito” o en su jerga tecnológica “insert sim card”. En este caso el pánico, los gritos y las quejas son tan innecesarios como inútiles, lo mejor es sacar buena disposición y tender el espíritu contento para afrontar la libertad que viene. Esta dieta forzosa, pero alegre, me ha recordado algunas obviedades: La vida es tranquila. Durante mi período de desconexión forzosa he redescubierto pequeños placeres, por ejemplo el de ducharme sin miedos. Cuando mi celular funcionaba, y yo estaba bajo el agua, era capaz de confundir cualquier sonido, desde el paso de una hormiga hasta la trompetada de un elefante, con el timbre que le tenía asignado al número del hombre que me encanta. Ahora, para disgusto de mis vecinos y pesar de mis emociones, canto a voz en cuello mientras me habitúo al aburrimiento que produce saber que ninguna llamada importante se perderá. Sin embargo ya tengo un nuevo momento favorito.

Cada vez que voy en un bus y suena el Gran Vals de Francisco Tárrega sonrío socarronamente. Paso el tiempo segura de que esa llamada es para otro imbécil a quien pueden controlar a distancia. En el presente tengo, y por unos días más tendré, la certeza de que ese sonsonete intrusivo está fuera de mi vida.
La vida sin celular es sencilla. Inconscientemente la aceptación de este dispositivo en mi vida se convirtió en una en una obligación de constante presencia respondiente, es decir tengo que contestar el teléfono en donde, cuando y como sea. El celular rompió lo sagrado, como si no valiera o nunca hubiese existido. En ésta época he recordado, y sin proponérmelo he obligado a otros a recordar, que para encontrar a alguien que está siempre en el mismo lugar se hicieron los teléfonos fijos o líneas de tierra. ¿No es paradójico que una forma de vida tan sedentaria como la humana, que pasa tanto tiempo frente al computador y/o el televisor viva obsesionada con la telefonía móvil? No sé usted persona que me lee, pero yo paso 8 o más horas cada día en un espacio de aproximadamente 9 metros cuadrados con 5 teléfonos a 2 y 3 pasos de distancia, además estoy conectada a internet durante toda la jornada laboral, por lo que tengo abiertas constantemente 2 pestañas en mi explorador: una con mi correo de trabajo y otra con mi correo personal. Si aun así alguien no logra ubicarme o se desespera por no poder hacerlo inmediatamente existen 2 posibilidades más: su incapacidad para crear un vínculo funcional conmigo o el agotamiento de su paciencia jugando en su contra, que le impide pensar en cómo encontrarme. La vida sin celular es divertida. El que no está en Facebook no existe y el que no tiene celular da asco, dicen algunos, entonces yo existo pero apesto. Mi viejo celular tiene una cámara fotográfia que saca fotos borrosas, se cansa a los 5 minutos de estar grabando, audio o video, y no tiene nada más, sin embargo tiene las funciones suficientes para alejarme de placeres sencillos. Hace años mi regalo de navidad fue un radio con audífonos, sin mp3 ni nada de eso, que me cabía en la palma de la mano. Toda su gracia yacía en su tamaño y en su sonido. Luego de rodar por toda la casa volvió a mí para escuchar noticias una mañana de antojo. Lo conecté a los parlantes del computador y ¡eureka! Desde hace algún tiempo, en mis retiros literarios de fin de semana, en los que no quiero conectarme a Internet, ya ni el pc me hace falta (aunque los parlantes sí :/ ). Enciendo el pequeño radio y busco algo de música decente, mientras escribo hasta que se me cansa la mano. De este modo compruebo con frecuencia que una vida divertida es el resultado de los recursos intrínsecos y no del modelo de celular.

2 comentarios:

Siendo Humano dijo...

Excelente post y me alegro que hayas logrado la desconexión. Para cuando vuelvas a tener que enchufarte al teléfono, una buena técnica puede ser valorar la situación en la que estás cuando suene el mismo. Si vale más que la posible llamada, siempre está el correo de voz para encargarse de ella por ti =)

Licuc dijo...

¡Excelente consejo! Ya dan ganas de ponerlo en práctica. Se nota que realmente eres humano.