jueves, diciembre 16, 2010

La vida sin televisor

Los domingos pueden ser días difíciles pero no existe consenso acerca de que sean mejores gracias a la presencia del cubo tonto.

Ahora los televisores son cada vez más flacos pero, como una bulímica capaz de abrazar calorías, logran albergar 10 mil y más canales, sin asegurar que su contenido hará más llevadera la tarde en la que termina una semana.

A veces, cuando rayos de iluminación repentina atraviesan a algunas personas un poco sensibles, éstas se hacen conscientes, temporalmente, de la vacuidad inherente al acto de apretar un botón, para producir imágenes y sonidos, que sólo tienen como objetivo agotar bolsillos, mientras le venden, en cómodas cuotas, más almas a los bancos.

En instantes, más escasos aún, uno de esos individuos elige el martes de la tercera semana de un mes cualquiera para reinventarse. Desempolva su escasa biblioteca y descubre que está llena de embusteros cuentos de hadas, pero los lee igual. Luego recuerda a una bruja o a una princesa, a esa protagonista de su pasado con quien podía pasar horas enteras en la cama, mientras el televisor era testigo inerte de la vida que ocurría frente a el.

Y el recuerdo lo azota.

El dolor del golpe le hace comprender que la transmisión constante de cuadros sonoros en movimiento no es un mandato. Recupera el entendimiento de que el poder es suyo y no de los dedos que mueven los hilos invisibles, constructores de historias tontas, para mantenerlo como un adicto juicioso que se conecta, periódicamente y sin falta, a esa imitación de existencia feliz.

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