viernes, enero 21, 2011

Mujer jedi vs. princesa rosada (En honor a mi salud mental)

“No C., creo que no voy a cambiar, no ahora, no del modo que esperas.”

A Sandra, Stella y Zita.

Cada familia tiene un valor que intenta grabar a fuego y sangre en la mentalidad de sus miembros, es esa razón de ser que mueve toda su existencia. Así como en otras casas a las niñas se las educa enseñándoles dietas y ejercicios de todo tipo, porque ninguna que lleve ese apellido puede cometer el pecado de ser gorda, en la mitad de la mía intentaron enseñarme a ser cordial.

La pelea casada es viejita ya, no tanto como yo pero sí es muy antigua. Desde que comencé a balbucear se me instruyó para que saludara con una sonrisa en la boca, el problema es que a mí la farsa no me queda y cada vez que intento fingir un gesto de esos mi cara imita a la de un bulldog. Sin embargo eso no ha sido obstáculo para la cantaleta de mi madre.

El dicho popular que más he escuchado, después de “la constancia vence lo que la dicha no alcanza” es “lo cortés no quita lo valiente”, empero soy un caso vivo de que el aprendizaje no siempre se logra a punta de repetición.

Las discusiones en mi casa no son míticas pero sí recurrentes y aburridas. Si llega visita, y la visita llega siempre con una frecuencia de entre 4 y 5 veces por semana, y yo cometo la gravísima falta de no saludar con una sonrisa digna de reina de belleza disputándose el título de Miss Universo hay sermón. Si paso derecho sin saludar aprovechando el alboroto hay sermón y si saludo con sonrisa fulgurante, pero no propicio la conversación vacía acerca del clima o del tema refrito de mi estatura también hay sermón.

Lo peor de haber nacido en una familia que tiene la imagen social como principio fundamental no es tener una madre que insiste en criarte a los 31, porque no se te da la gana irte o no se le da a tus finanzas, lo peor es cuando arman un frente común para evangelizarte en el arte del saludo hipócrita.

Las convencidas templarias, porque suelen ser mujeres las encargadas de enseñar buenos modales a las nuevas generaciones, aprovechan cualquier resquicio y oportunidad para criticarte, acomodarte y enderezarte el comportamiento. En un lugar muy profundo de sus cerebros está apuntada esa regla de oro que dice “el hijo es reflejo de su madre, así que si hace algo mal es porque su madre no lo supo educar”, hecha para activar automáticamente conductas correctivas en personajes ajenos impertinentes y desadaptados.

Debido a mi estupidez un día con la fiebre de Facebook agregué a las primas que me resultaban menos desagradables, para al poco tiempo estarme arrepintiendo. Una de ellas, a las que mejor metes en un grupo de gente que sólo tiene acceso limitado a tu perfil, o que en un acto más sensato o inteligente de plano no agregas a tu lista de contactos ,recordó su sacrosanto deber luego de leer una actualización de estatus que hice y decidió “aconsejarme”. Luego de que afirmé con la naturalidad de siempre que las sonrisas fingidas son una habilidad que nunca dominé, una en la que nunca pienso entrenarme, pasó a citarme que no hay nada tan bonito como una mujer que sonríe, que no hay nada tan sexy y atractivo para los hombres como una sonrisa bien puesta en un lindo rostro porque de ese modo se les comunica que es una mujer de corazón quien los observa. Después de forma predecible mi cinismo respondió, más o menos en el mismo tono de las primeras líneas que originaron el intercambio.

Ella días más tarde revisó su perfil y se encontró con mi respuesta. La tonta era yo, la oligofrénica social era yo que no entendía el punto que ella había bordado con tanta delicadeza para que yo captara el mensaje que ella con tan buena intención me había dejado en público, porque así son las buenas mujeres, te ayudan incluso cuando no se los pides y te critican, pero con cariño, nunca con la intención de dañarte. Pasados unos minutos, unos cuantos resoplidos, una taquicardia y un agradecimiento a la vida por no haberla tenido al frente para haberla mechoniado con gusto, borré la primera respuesta y le contesté con un mensaje. Me equivoqué.

El error no yace en haberle respondido, radica en pretender compaginar dos esquemas incompatibles por naturaleza. Así como las mujeres jedi no deben perder el tiempo discutiendo con princesas rosadas, a las princesas rosadas no les queda bien malgastar energía con casquivanas ferales que se resisten a aprender los modales que pueden conseguirles un buen marido, unos amigos dignos de albúm de Facebook y una familia hipócrita pero sonriente con la que reunirse durante las fiestas para intercambiar tarjetas y comentarios de doble sentido.

Nada más tengo para decirle a una persona que no concibe un mundo en el que es preferible pasar de largo junto a alguien, antes que disfrazarte de damita de la corte para dedicarle tu mejor y más construída sonrisa, al tiempo que las iteraciones de ese acto te untan el espíritu de vacío.

2 comentarios:

Micala dijo...

El Lío es que las "princesas rosadas" están educadas para tratar de "rehabilitarnos", ellas creen en los actos de bondad desinteresada de llevarnos al redil de la cordialidad y las buenas costumbres, la ventaja es, que nosotras sabemos que pierden su tiempo.

hadamagica dijo...

Las princesas no existen para mi aprecciacion personal son lobas con piel de ovejas por que son mas falsas e hipocritas que se tienen que esconder trans una marcara basada en una sonrisa y en otros actos para lograr lo que quieren o loque necesitan para no sentirse mas consigo mismas, y si es una sonrisa la prueba mas grande de que tipo de mujer es uno pues que desepccion de la humanidad yo deje de sonreir hace tiempo.