miércoles, enero 26, 2011

Retomando a Irene

Las personas que escribimos por gusto, por necesidad, porque simplemente no nos queda de otra cada tanto enfrentamos terrores diurnos. Hay quienes dicen que fantasmas limpios y rectangulares les quitan el apetito, entretanto otros se quejan de presencias del pasado que salen de bocas de desconocidos felicitándolos por su primera novela. Yo estoy en la mitad.

El año pasado cuando esperaba que un milagro ocurriera o que un trabajo medianamente decente me ayudara a rescatar mis finanzas decidí emprender una aventura: escribir mi primera novela. Ahora me pregunto por qué pensé en “mi primera novela” en lugar de “una novela” pero ya es tarde, el texto está comenzado y esas son criaturas que tarde o temprano tengo que enfrentar. Detesto dejar líneas inconclusas que me miran desafiantes.

La frase anterior fue sólo una evasiva más que intenta retrasar la expresión de algo que ya decidí: retomarla y terminarla.

Sin importar la calidad de una obra pero sí el compromiso con ella, llevarla hasta su fin, darle toda su anatomía y llenarla de vida es un proceso muy parecido a un embarazo, sin embargo entre sus diferencias está la temporal: se sabe con claridad que el ciclo termina cuando se cumple un plazo calculable fácilmente desde la gestación; con las ideas sólo hay incertidumbre. Una vez creas algo que no sabes cómo materializar - o quizás sí - ni cómo resultará te abraza la penumbra, por ende es prácticamente imposible pronosticar su destino.

Es momento de comenzar una nueva etapa en mi crecimiento literario, una en la que mediré mi constancia y mi resistencia de un modo distinto, de una forma algo desconocida.

De hoy en adelante me propongo entregarle mis fuerzas, mi vida y mi pasión a ella, a Irene.

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