lunes, febrero 28, 2011

5 años: celebración

Soy rácana para las celebraciones, sin embargo, hoy dado el número - uno de mis favoritos - decidí hacer una excepción. Más o menos hace 5 años, porque no llevo la cuenta exacta, abrí este blog en otro lugar; hoy no sólo hay un río de textos sino una crónica a punto de ser publicada en papel.

Ya saben que el año pasado tomé un taller de crónica con la esperanza de crear un texto que fuera aceptado para una antología acerca de las Memorias del Agua, editada por el Archivo de Bogotá. Hace unas semanas les conté que lo logré, empero no les he mostrado el resultado.

Aún no tengo fecha para la publicación del libro, de momento la única novedad que he recibido, luego de enviar fotos que yo también tomé para acompañar a mi vástago, es que un compañero de tertulias también estará en esa antología, noticia que me alegró más. Compartir un espacio no físico con alguien a quien aprecias y que admiras por la forma en que escribe es un regalo extra.

Si quieren, celebren conmigo leyendo mi versión final de la crónica acerca de Sumapaz. En el libro tendrá otro título y una entradilla que alguien más escribió, así que esta es mi versión pura:

viernes, febrero 18, 2011

Tu basura es mi tesoro

No creo en el hombre de la vida sino en los hombres de la vida. En la mía uno ya se ganó su lugar y nadie se lo usurpará, aunque esté muerto: mi abuelo. El papá de mi papá me enseñó varias cosas, entre ellas algunas sólo con su ejemplo. Hoy quiero escribir acerca de su fijación con las servilletas. 

Mi abuelo trabajó durante varios años como conductor en casas de familia, lugares en los que las compras muchas veces se hacían basadas en la estética más que en la funcionalidad, sin embargo es claro que un pedazo de papel es eso y su utilidad cambia dependiendo de quien la ejecuta. En el caso de él las servilletas suavecitas que le daban eran como caricias, eran perfectas para entregármelas a mí, por eso nunca las usaba. Las guardaba en sus bolsillos, esos lugares mágicos e infinitos, para poder dármelas al llegar a casa. Y ese es sólo uno de los recuerdos que me dejó.

Inconscientemente aprendí a guardar las sobras de mis experiencias, la evidencia, esos objetos olvidados y muchas veces desperdiciados que aparentemente nadie quiere. Hoy no sólo guardo las servilletas elegantes sino casi todo lo que creo es susceptible de ser reutilizado, también por el trauma que han logrado grabarme en la mente tantos comerciales que se apropiaron del discurso “cuidemos el planeta”.

Freegan

De esta tendencia supe hace un par de años. Al menos eso me dejó la basura televisiva que se produce en este país. Luego por mi cuenta, usando esta monstruosa herramienta – Internet – averigüé más y le puse nombre a una costumbre que para mí era casera y natural. 

Como muchas otras personas, también me he llevado los cosméticos que deja el personal de limpieza en un hotel. Ahora que soy adulta lo sigo haciendo.



Mi gusto por la fotografía análoga va al punto de guardar los tarritos en los que vienen los rollos. Luego me gusta usarlos para envasar todo tipo de sustancias limpiadoras cuando salgo de viaje, eso si no tengo frasquitos a la mano frasquitos tomados de hoteles.



Cuando pido comida chatarra a domicilio o voy a comerla a algún restaurante no sólo guardo las servilletas extra que me dan – creo que cuando viva sola nunca voy a comprar servilletas – sino que me llevo las bolsitas de condimentos, incluso la salsa de soya que nunca le pongo al arroz chino. Más tarde me sirve para cocinar.




Ya sea en la Florida o en otro lugar, generalmente recibo 2 bolsitas de azúcar para endulzar mis bebidas, como el té lo tomo sin dulce y el café sólo con una, siempre me sobra. Si mi acompañante deja alguna también la guardo para otra ocasión.



Ahora me pondré un poco asquerosa para el gusto de algunos. Un día, mientras almorzaba un vigilante del restaurante comenzó a recoger bandejas y platos sucios de las barras. En aquella donde yo almorzaba seguramente había estado una mamá o un papá con su vástago, la pista era una bolsa de toallas húmedas encima de la mesa. El hombre, al ver el objeto abandonado, recogió la bandeja que estaba cerca de mí, luego me arrimó la bolsa creyendo que era mía.

Otro día iba en una buseta y vi en el suelo un paquete cerrado de pañuelos desechables…




El prejuicio está en la mente, no en la realidad. Se nos enseña a pensar que todo lo usado está sucio, que equivale a pobreza, empero dependiendo de nuestros intereses nos disponemos o no a cambiar de parecer, así como cuando hice que “me regalaran” material de trabajo.




Del mismo modo, aunque adoro los cuadernos y las libretas con esta estética [abajo] acepto de buena gana otro tipo de papelería para seguir creciendo.




Traigo proyectos extraños pero prometedores, eso quiero creer, entre ellos la posibilidad de hacer un grupo para trocar, para intercambiar objetos y servicios sin una sola moneda de por medio. El haber cambiado un antifaz para dormir que hice por un paraguas inmenso me hace creer que es posible.