miércoles, junio 01, 2011

Cazador de cazadoras

Con este nombre me refiero a una extraña especie de ser biológico, capaz de emitir, con la naturalidad que vuelan los pájaros, sonidos altamente elaborados.

A este espíritu se le puede reconocer por el desparpajo con el que sonríe, similar al de un niño sabio, además es bien sabido por sus presas que el color de sus ojos es esquivo. Intentar adivinarlo equivale al riesgo que corren los marineros cuando tratan de comprender los cantos de las sirenas.

Este metamorfo paciente puede enfrentar cara a cara cualquier tipo de amazona hasta hacerla ceder con la delicadeza de una aguja de pino en su caída, destruyendo simultáneamente sus murallas con la fuerza de una cascada en primavera.

El temor sin instintos que sienten las lobas al percibir la llegada de este perseguidor no es leyenda, es un mensaje que corre a la velocidad del relámpago, empujado por la angustia que experimentan ante la posibilidad de ver su identidad, única, congelada dentro de una burbuja de no tiempo.

Las cazadoras que logran abrirles las puertas al escenario de la unión sólo lo logran después de lavar con lágrimas las heridas que se han producido con las dagas de sus propios miedos, cuando han encontrado el silencio en el centro de la mente y han cortado las cadenas que unen a las anclas.

El cazador de lobas sabe que combatir demonios invisibles es una tarea inacabada, un reto doloroso, íntimo e ineludible que debe vivir con su igual cada vez que decide compartir con ella aprendizajes e imperfecciones.

Sólo un pescador que sabe usar las pestañas como anzuelos comprende que el dolor de desprender escamas es equivalente a la vulnerabilidad que entrega la ignorancia acerca de cómo producir veneno, de ahí que sus métodos sean tan sofisticados.

La sapiencia que caracteriza al cazador de cazadoras promete con sinceridad existencia intensa, ante la cual las lobas se rinde al percibir las nebulosas con olor a jazmín, especialmente cuando llevan siete viajes de sol enfrentando sin apoyo el asedio ajeno; entonces llega la epifanía: estupidez es mantener los ojos cerrados para sentir vértigo, cuando basta con abrirlos bien para aprender el procedimiento que las aleja del dolor y les devuelve el karma inmaculado.


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