viernes, julio 29, 2011

15 momentos típicos de la vida de soltera



Gracias Lina por la inspiración.

1. Descubrir que calculaste mal la compra cuando a la salida del supermercado tienes más bolsas de las que puedes cargar.

2. Poner las bolsas en el suelo para buscar las llaves y luego poder abrir la puerta.

3. Encontrar, mientras te bañas, señales de golpes en las piernas por los choques que tuvieron contra las esquinas de los cartones de leche y jugo.

4. Lavar un plato y una cuchara para poder comer cuando terminas de cocinar. Para ese punto TODO está sucio.

5. Encerrarte en tu cuarto luego de escuchar un ruido extraño cerca de la puerta, ignorando todas las películas de terror que viste en tu adolescencia donde la estúpida protagonista se autoacorralaba.

6. Comer 3 días seguidos arroz o pasta no porque lo planeaste sino porque volviste a olvidar las proporciones por alimento a la hora de cocinar para una sola persona.

7. Salir mojada y desnuda del baño para buscar la toalla que dejaste sobre la cama, al lado de la ropa interior.

8. Recordar que debes comprar papel higiénico cuando estás usando pañuelitos desechables o papel de cocina para limpiarte.

9. Caminar 20 cuadras hasta la casa de una amiga para pedirle la copia de las llaves de tu casa. Las tuyas están en esa bonita canastica que compraste para no perderlas.

10. Ir a la tienda para pedirle, sin vergüenza, a uno de los empleados hombres que te abra un frasco de pepinillos.

11. Besar borracha o deprimida a un tipo que no te gusta porque olvidaste todo lo que de celestial tiene vivir contigo.

12. Preparar elaboradas comidas a la madrugada mientras una amiga te acompaña por teléfono o chat.

13. Estar indigestada por olvidar no fritar salchichas en aceite recalentado.

14. Comprar una bolsa de nuggets de pollo para la quincena y desaparecerla en 3 días.

15. Vestirte con una blusa arrugadísima porque es lo único que está limpio.

martes, julio 26, 2011

El llamado del sendero

La voz comenzó a oírse un día a la hora del almuerzo, el ruido de los cubiertos chocando con los platos no pudo ahogar la sensación de estar en un lugar al norte, en la estación que sigue a la nieve, dentro de una tienda con el aire saturado de incienso. No importó que allí mismo la figura de Buda fuera usada como objeto vernáculo, contaba la huella que había dejado en su recuerdo.

Retumbó. El martilleo que a veces parecía dormido volvió a visitarla algún otro día a la altura del postre, entretanto ella observaba una edificación antigua, mediocremente conservada, mientras miraba de reojo a una pareja binacional conformada por ciudadanos provenientes de dos repúblicas bananeras, fue en ese instante cuando volvió a oírla, al tiempo que se disolvía en el aire, al paso del bus grande y rojo, la sensación, hecha y no hecha de humo, una certeza desconocida de recordar un continente en donde todavía no se había ensuciado las suelas de los zapatos.

La voz parecía estar hambrienta. 

Durante otro recorrido del sol su curiosidad natural, acechándola, la depositó en un espacio que sintió era característico del río plateado, a pesar de nunca haber estado allí con ese cuerpo, así el lugar la poseyó hasta que una pareja frustrada, vencida, corriente y maltrecha apareció para recordarle que esas paredes encerraban un sueño accidentado y ajeno.

De nuevo la voz busca alimento y ya casi grita.

Arropada por el frío húmedo de una tarde, bajo la luz gris del cielo, la ilusión del río plateado la envuelve hasta convencerla con furia serena de que este no es su sitio ni su momento.

Más tarde, cuando sueña, la voz le habla con naturalidad, explicándole con detalles las instrucciones que debe seguir para llegar a ese sitio que la espera, aquel que nunca visitó pero al que, sin embargo, pertenece.



miércoles, julio 20, 2011

Rompiendo el invierno

Le ardían los ojos, sentía sed y pocas ganas de desayunar. Deseaba oler tierra húmeda en el aire de su casa y escuchar música dulce, tal vez los cantos melosos, jazzísticos, de una voz negra eran los más recomendables, empero de ningún modo podían ser esos rayos de sol furioso que seguían a la lluvia. 

La luz gris de los últimos días, de los últimos meses la había hecho sentirse en casa, dentro de un hogar extenso y místico, casi indefinible. 

No le importó que el calendario insistiera en marcar con mayo el año, para ella era 24 de diciembre o, mejor solsticio de verano en medio del invierno, su corazón así se lo indicaba.

Las hormigas grises, lentas y aburridas que la rodeaban, que llenaban las calles que ella transitaba no eran más que eso, animales, autómatas sin consciencia, por eso con cada paso que daban la convencían de que a esa ciudad le sobraban al menos siete millones novecientos ochenta y seis mil habitantes, mínimo.

Si ese día las calles hubiesen estado más vacías habría estado en medio del paraíso, el real, no el católico; sin embargo su cerebro aún estaba muy empijamado como para permitirle una mente más clara, una que le permitiera ignorar a tanto ganado de dos patas.