martes, julio 26, 2011

El llamado del sendero

La voz comenzó a oírse un día a la hora del almuerzo, el ruido de los cubiertos chocando con los platos no pudo ahogar la sensación de estar en un lugar al norte, en la estación que sigue a la nieve, dentro de una tienda con el aire saturado de incienso. No importó que allí mismo la figura de Buda fuera usada como objeto vernáculo, contaba la huella que había dejado en su recuerdo.

Retumbó. El martilleo que a veces parecía dormido volvió a visitarla algún otro día a la altura del postre, entretanto ella observaba una edificación antigua, mediocremente conservada, mientras miraba de reojo a una pareja binacional conformada por ciudadanos provenientes de dos repúblicas bananeras, fue en ese instante cuando volvió a oírla, al tiempo que se disolvía en el aire, al paso del bus grande y rojo, la sensación, hecha y no hecha de humo, una certeza desconocida de recordar un continente en donde todavía no se había ensuciado las suelas de los zapatos.

La voz parecía estar hambrienta. 

Durante otro recorrido del sol su curiosidad natural, acechándola, la depositó en un espacio que sintió era característico del río plateado, a pesar de nunca haber estado allí con ese cuerpo, así el lugar la poseyó hasta que una pareja frustrada, vencida, corriente y maltrecha apareció para recordarle que esas paredes encerraban un sueño accidentado y ajeno.

De nuevo la voz busca alimento y ya casi grita.

Arropada por el frío húmedo de una tarde, bajo la luz gris del cielo, la ilusión del río plateado la envuelve hasta convencerla con furia serena de que este no es su sitio ni su momento.

Más tarde, cuando sueña, la voz le habla con naturalidad, explicándole con detalles las instrucciones que debe seguir para llegar a ese sitio que la espera, aquel que nunca visitó pero al que, sin embargo, pertenece.



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