miércoles, julio 20, 2011

Rompiendo el invierno

Le ardían los ojos, sentía sed y pocas ganas de desayunar. Deseaba oler tierra húmeda en el aire de su casa y escuchar música dulce, tal vez los cantos melosos, jazzísticos, de una voz negra eran los más recomendables, empero de ningún modo podían ser esos rayos de sol furioso que seguían a la lluvia. 

La luz gris de los últimos días, de los últimos meses la había hecho sentirse en casa, dentro de un hogar extenso y místico, casi indefinible. 

No le importó que el calendario insistiera en marcar con mayo el año, para ella era 24 de diciembre o, mejor solsticio de verano en medio del invierno, su corazón así se lo indicaba.

Las hormigas grises, lentas y aburridas que la rodeaban, que llenaban las calles que ella transitaba no eran más que eso, animales, autómatas sin consciencia, por eso con cada paso que daban la convencían de que a esa ciudad le sobraban al menos siete millones novecientos ochenta y seis mil habitantes, mínimo.

Si ese día las calles hubiesen estado más vacías habría estado en medio del paraíso, el real, no el católico; sin embargo su cerebro aún estaba muy empijamado como para permitirle una mente más clara, una que le permitiera ignorar a tanto ganado de dos patas.



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