viernes, septiembre 30, 2011

Escritorio en primera persona



Hasta hace 3 meses fui un mueble de inventario.

En mayo de 2010 soñaba con ser un escritorio reluciente en el que se apoyaran carpetas coloridas con los logos de marcas importantes impresos en ellas, sin embargo había un problema: los usuarios potenciales de este tipo de muebles observaban atentamente la fecha de fabricación. La mía era posterior, por un lustro, a la aceptable, así tuve que dedicarme a hacer más evidentes mis capacidades de apoyo y almacenamiento; con suerte, quizás, lograría parecer tan young and cool como deseaban mis esperados usuarios.

Llevaba casi un año abriendo y cerrando mis cajones de forma continua. Ya sabía que en ellos cabían objetos relacionados con la comunicación, redes sociales, diferencias de género, sexo descarado y otras materias experimentales, además había jugado con formas en las que los documentos podían ordenarse sobre mi superficie. 

Entonces vino el vendedor.

Él se encargó de compararme con otros muebles de oficina: uno sólo había trabajado en la oficina de un partido político y al otro sólo le gustaba que muy de vez en cuando un zángano le pusiera los pies encima. Yo, en cambio, estaba dispuesta a todo. Bueno casi.

Al comienzo me pusieron ruedas en las patas para poder moverme con facilidad de una oficina a otra. Un día estaba en el sexto piso en la mañana y en el segundo en la tarde. Otro día, uno en el que por un empujón ajeno salí rodando sin que pudieran detenerme, me llevaron al noveno y me amarraron una guaya chiquita y gastada, de esas que se sienten orgullosas “porque el gerente me usa mucho”. Transcurrieron tres semanas, tal vez, yendo de una oficina a otra, entre dry wall a medio instalar, polvo por montones y ruidos de pulidoras y taladros a modo de banda sonora.

El cambio vino de nuevo.

Estuve cerca a una planta de hojas grandes en las mañanas y junto a otras de hojas más pequeñas en las tardes. Piso 5 y piso 6 respectivamente. Para ese punto ya estaba aburrida de guardar las mismas carpetas de los clientes importantísimos en mis cajones, así que cada vez que podía me soltaba de la guaya (ah, sí porque también la llevaron a la oficina donde me ponían en las mañanas) y vaciaba un espacio adentro mío para que alguien guardara algo bonito, como un nenúfar, la flor favorita de la plata de hojas grandes.

Un jueves en la mañana llegó el jefe muy temprano, o sea a las once y sin querer me movió, apretando la guaya a la que estaba sujeta y provocando otra reorganización del espacio. Decidió que debía estar más cerca de la planta de hojas grandes y sin amarrar porque al fin y al cabo no tenía sentido, pues no tenía sentido que estuviera de ese modo si desde un principio me habían pensado como un escritorio rodante.

A los cuatro meses y medio o cinco no había olvidado mi naturaleza mobiliaria, lo que me ayudó a aceptar el nuevo cambio.

El señor de oficios varios me llevó cerca de las plantas de hojas pequeñas y estando ahí me quitó las ruedas. Después vinieron los movimientos extraños.

Un cuadro que alguna vez fue muy elegante, al que uno de los jefes no bota porque le parece que decora muy bien la oficina, fue colgado en el área del piso donde me habían acomodado al principio.

Todavía faltaban más cambios.

Un viernes vino de nuevo el señor de los oficios varios, me midió, tomó notas, me desocupó un poco los cajones y se fue. Entretanto yo guardé más espacio para los nenúfares de la planta de hojas grandes, los nomeolvides de las plantas de hojas pequeñas y las flores de loto, mis predilectas, que quería seguir albergando.

Un miércoles, me parece, el último gerente que me tuvo bajo inventario puso un post-it sobre el cuadro que alguna vez fue muy elegante, luego vino el señor de los oficios varios, lo leyó, me desocupó los cajones por completo, me bajó en el ascensor y me dejó ahí, a la entrada del edificio para que viniera una camioneta a recogerme.

Encima de mí había una planilla en donde se podía leer: mueble no apto para guardar espuma de cerveza y chistes obvios.

Ahora tengo muchas flores de loto adentro mío, varios nenúfares por abrir y, cuando el viento sopla hacia los cerros del norte, quienes me rodean perciben un suave olor a nomeolvides.